A diferencia de Chateaubriand hablo frecuentemente de mis intereses, de mis emociones, de mis trabajos, de mis ideas, de mis afectos, de mis alegrías, de mis tristezas, sin pensar en el profundo tedio que el francés temía causar a los demás hablandoles de si mismo.
Tomo
estos versos del poema “Si la muerte pisa mi huerto” de Juan Manuel Serrat,
pues reflejan el sentimiento primario de quien va a morir y ruega que sus
deudas sean liquidadas y su diario concluido.
Aunque
a nadie interese.
La Muerte
es un arcano para el conocimiento humano, y la tumba iguala a todos, ricos y
pobres, feos y guapos, gordos y delgados, inteligentes y lerdos, si, a todos…
Y a
todos preocupa, aunque omitan cualquier pensamiento o comentario sobre ello, y aunque
exista, en nuestra sociedad, la idea de que toda referencia a la muerte, toda
conversación o mención a ella, es una falta de respeto a nuestros contertulios.
En esta
línea recuerdo una anécdota entre dos amigos, en la que uno de ellos, cuando se
encontraban, se daba unos golpecitos con la mano en su hombro, significando “aquí
llevaré apoyado tu ataúd” a lo que el otro contestaba con intensos improperios,
llevándose la mano al bolsillo de su pantalón, donde, como buen supersticioso
que era, llevaba un taquito de madera para espantar la mala suerte y sus
maleficios.
En
mi caso, el hecho de llevar años conversando cara a cara con el destino y la
muerte, me ha llevado a no temerla.
De
hecho mi conclusión, al respecto, es
“Si después
de la muerte está la Gloria e Dios, espero que su divina y eterna misericordia
allí me lleven.
Y si
tras la muerte no existe nada, tampoco hay que temerla, pues la nada implicaría
que no haya conciencia de ella, ni melancolía, ni sufrimiento, ni tristeza,
solo NADA y nada más que NADA…”
Y de este modo, al no temerla, la veo como un acontecimiento
más de mi vida, cierto que el último, pero tan natural, que lo lógico es
aceptarla —en mi caso como creyente— cuando el Señor decida que me llegue,
sabiendo que serán mi familia, y mis amigos, los que se entristezcan con ella.
Pero siempre tendré un pensamiento profundo de fé y confianza, y dejaré mi destino en el regazo amoroso de Dios. En cuyas manos encomiendo mi espíritu
Y como
siempre os acompaño una nueva pieza musical, así que hoy os traigo la escena final de la ópera “Madame Butterfly” de
Puccini, "Con honor muero", cantada por la soprano Kristine Opolais
en producción de la Opera de Viena, 2016.
Antes
de nada quiero comentaros que mi costumbre es escribir un Post los viernes,
pero en esta ocasión he estado todo el día de médicos y por eso os público hoy
sábado.
¿Qué
es el Recuerdo Proustiano?
El
recuerdo proustiano es la experiencia de revivir un recuerdo pasado a través de
un estímulo sensorial, como un aroma, sabor, sonido o imagen.
En el
primer Libro de Proust, de su obra “Por el Camino de Sawn” de su obra “En busca
del tiempo perdido” ocurre que al saborear una magdalena mojada en té, se desencadena
en su cabeza una seria de recuerdos de su infancia, y juventud en Illers- Combray,
en casa de su tía Lèonie.
En
mi caso esa magdalena la constituye el olor de la pación —hierva o pasto— recién
segada, con su olor perfumado, frutal dulce e impresionante.
El
primer recuerdo que me trae ese olor es el de la siega de la pación por los
paisanos de la aldea y su carga en carros tirados por vacas, y se ayaba su
carga con maromas, siendo el pasatiempo de la chavalería subirse a lo alto del
carro, que tenía la peculiaridad de que el ronquido de su eje lo hacía
inconfundible, de modo que todos los miembros de la parroquia sabían quién
había subido a la siega y bajaba a casa con su carga.
Al llegar a casa, la hierva era almacenada
en la tenada —pajar situado sobre las cuadras— o se hacía con ella “Balagares”,
los típicos pajares en forma de pera que se veían por toda la geografía
asturiana.
Hoy,
sin embargo la tradición se ha perdido y los pajares tradicionales han sido substituídos
or esas terriles bolas negras que dominan los capos de Asturias.
Asturias
es, en cualquier caso es, una tierra peculiar, donde tanto el hombre del mar
como el paisano de tierra adentro intercambian su lenguaje.
Así,
el marinero dice que se forman borregos en las olas cuando la mar está picada,
mientras que el paisano habla de olas causadas por el viento en la hierba de
verano durante la siega de la pación.
Mis
recuerdos de Asturias, mi “tierrina” familiar y atopadiza, me emocionan y
abruman, transportándome a sensaciones primerizas de amor, conocimiento de la
muerte, experiencias,yfragancias que en la
juventud fueron marcando mi carácter, consideradas esenciales entonces e
intrascendentes hoy en día, pero que hoy, en mi madurez, actúan como las
magdalenas de Proust.
Y en
el anaquel de mis magdalenas, tienen presencia especial infinidad de recuerdos.
Así,
otra magdalena, esta visual, es la imagen del obispo arriano y hereje “Don
Opas” convertido en piedra por la Santina como castigo a su traición a
los cristianos, y que resiste incólume los siglos, en una peña cercana a
Covadonga.
Hasta aquí puedo decir que mis magdalenas
asturianas han sido placenteras y agradables, sin embargo también me han
deparado mi primer gran trauma existencial, la aproximación a la muerte.
En
el verano, creo que de 1.974 o 75, dos amigos de la pandilla, Jaime “el
mejicano” y “el ponticu” —que frecuentes son los apodos en Asturias—
subían de Gijón a Somió por la carretera del Piles, en una moto Laverda 1.000
propiedad de Jaime.
En
una curva “el ponticu”, que conducía, perdió el control, con tan mala
suerte que se golpeó la cabezacontra una farola, muriendo en el acto.
Esa
noche celebramos su velatorio en su casa y fue, para mí, la primera
aproximación a la tremenda realidad de la muerte de una persona cercana, y me
impresionó que al amanecer le hubiese crecido la barba.
También
en Asturias experimenté pequeñas sensaciones negativas, como el primer
desengaño amoroso, la primera pelea a puñetazos, las primeras copas de alcohol
y su correspondiente resaca, el primer revolcón con una gran ola, el primer
accidente en mi moto Derby50, pequeños acontecimientos, entonces importantes y
hoy intrascendentes, que me ayudaron a madurar.
Entre
otras cosas aprendí que, a pesar de no otorgar el perdón a mis enemigos, que soy
incapaz de causarles perjuicio alguno; de tal modo que mi actitud es de rencor
pero jamás he sido vengativo.
Recuerdo
también la primera copa por la tarde en “La Pondala antes de subir a la
discoteca “El Jardín”
O las primeras tardes de toros en la plaza
de “El Bivio”
Y las primeras “Verbenas” en
el Club de Regatas o en el Tenis.
Y finalmente la playa de San Lorenzo con sus casetas veraniegas que también conozco con el mar embravecida de Semana Santa
Y concluyamos esta “Reflexión Heteróclita” con una nueva pieza musical, como es
mi costumbre, de modo que hoy os traigo el Movimiento I, Improvisación, del
“Album de Proust” de Shani Diluka
En
las tierras asturianas, tanto el hombre del mar como el paisano de tierra
adentro intercambian su lenguaje.
El
marinero dice que se forman borregos en las olas cuando la mar está picada,
mientras que el paisano habla de olas causadas por el viento en la hierba de
verano durante la siega de la pación, cuyo olor me embriaga y trataron de replicar
en sus jabones los fabricantes del “Heno de Pravia”.
Mis
recuerdos de Asturias, mi “tierrina” familiar y atopadiza, me emocionan y
abruman, transportándome a sensaciones primerizas de amor, conocimiento de la
muerte, experiencias,yfragancias que en la juventud
fueron marcando mi carácter, y que hoy, en mi madurez, actúan como las
magdalenas de Proust.
Y en
el anaquel de mis magdalenas, tiene presencia especial la fragancia de la pación
recién segada en el verano, y la vuelta, por las calellas, a casa de mi tío Ramón
Lozana, encaramados en la montaña de hierva, atada con maromas al carro, tirado
por dos vacas, y con el característico ronquido de su eje, propio de cada
carro, lo que permitía saber al vecindario todo, quien se alejaba al monte o
volvía de él.
Otro
de mis recuerdos, este visual, es la imagen del obispo hereje “Don Opas”
convertido en piedra por la Santina como castigo a su traición a los
cristianos, y que resiste incólume los siglos, en una peña cercana a Covadonga.
Hasta aquí puedo decir que mis magdalenas
asturianas han sido placenteras y agradables, sin embargo también me han
deparado mi primer gran trauma existencial, la aproximación a la muerte.
En
el verano, creo que de 1.974 o 75, dos amigos de la pandilla, Jaime “el
mejicano” y “el ponticu” —¡que frecuentes son los apodos en Asturias!—
subían de Gijón a Somió por la carretera del Piles, en una moto Laverda 1.000.
En
una curva “el ponticu”, que conducía, perdió el control, con tan mala
suerte que se golpeó la cabeza contra una farola, muriendo en el acto.
Esa
noche celebramos su velatorio en su casa y fue, para mí, la primera
aproximación a la tremenda realidad de la muerte de una persona cercana, y me sobrecogió el hecho de que al cadáver le creciera la barba.
También
en Asturias experimenté pequeñas sensaciones negativas, como el primer
desengaño amoroso, la primera pelea a puñetazos, las primeras copas de alcohol
y su correspondiente resaca, el primer revolcón con una gran ola, el primer
accidente en mi moto Derby50...
Pequeños acontecimientos, entonces importantes y
hoy intrascendentes, que me ayudaron a madurar.
Entre
otras cosas aprendí que, a pesar de no otorgar el perdón a mis enemigos, soy
incapaz de causarles perjuicio alguno; de tal modo que mi actitud es de rencor
pero jamás he sido vengativo.
Y
concluyamos esta “Reflexión Heteróclita” con una nueva pieza musical, como es
mi costumbre, de modo que hoy os traigo el Movimiento I, Improvisación, del “Album
de Proust” de Shani Diluka
Es
una pregunta recurrente la de determinar hacia donde vamos en nuestra vida.
No
es fácil, en ocasiones, dar una respuesta a tal cuestión.
La primera respuesta a tal cuestión, como
individuos, es incontestable: Hacia
la muerte.
Junto a ello, como destino inevitable, debemos responder hacia donde vamos en
la vida.
Y
aquí se nos complican las cosas.
Todos
los filósofos, a lo largo de la Historia del Pensamiento, han tratado de
responder esa pregunta junto a la de “de donde venimos” y
la de “quienes somos en realidad”.
Y
las opiniones lo son para todos los gustos.
Así
que vamos a recoger algunas de esas opiniones
Dejando a un lado las
trascendentales preguntas kantianas, probablemente las tres cuestiones que más
se asocian a la filosofía son “¿quiénes somos?”, “¿de dónde venimos?” y “¿hacia dónde vamos”.
Trío de dudas que bien pudiera
resumirse también en el famoso “¿qué es el hombre?” Para el cual, hoy más que
nunca, carecemos de verdaderas respuestas.
En conclusión, la pregunta ¿A dónde VAMOS? es una
pregunta por el sentido de la vida, es resumen y resultado de una sospecha
incómoda de que tal o cual actividad carecían de sentido
En la época de Kant, sumida en un
fijismo antropológico y biológico, las citadas preguntas quedaban circunscritas
a un ámbito más espiritual que físico.
Si bien, con la aparición, primero,
del Hegelianismo y su concepción dialéctica de la realidad, y, después, del
Darwinismo y su Teoría de la evolución de las especies, la cuestión se complicó
para abarcar tanto la problemática física como anímica.
Ya no solo se trataba de entender
qué era el hombre, sino que, además, tenía que enfrentarse, ni más ni menos,
que al vértigo de una realidad propia que era transitoria y estaba enclavada y
supeditada a un proceso de constante cambio que lo arrastra indefectiblemente
con él.
En sí, y hasta donde sabemos, los
humanos no son ya más que una variante zoológica relativamente reciente y
sofisticada, con virtudes y defectos a nivel adaptativo, del amplio árbol de la
vida en la Tierra, pero con un futuro tan frágil como el de cualquier otro ente
viviente.
Realidad que, de habitual, suele
ser versátil pero pragmática, donde la simplicidad organizativa y funcional
suele primar sobre la complejidad en sus formas.
Jean-Paul
Sartre, y el existencialismo, hacen hincapié en los conceptos de “ser” y
“circunstancias”.
Ello me
lleva a la pregunta
¿En qué
se basa, realmente, la existencia del individuo? ¿Dónde aparece la razón y
hacia dónde nos dirige esta, en nuestra relación con el mundo?
En mi
búsqueda de respuestas me topé, con el nihilismo de Nietzsche, que me llevó, de
una manera indirecta, al pesimismo de Schopenhauer, y del pesimismo de
Schopenhauer, fui de él a Heidegger y, de Heidegger, finalmente a la literatura
de Sartre.
Mi primer
encuentro con Sartre fue con La puta respetuosa.
Un poco
más tarde, me topé con un ejemplar de La Náusea.
Fue
entonces cuando comenzó mi verdadero interés por la filosofía del francés.
Comprendí que para Sartre, el hombre tiene que
ser libre para elegir, pues en el momento en que se le priva de ese derecho
deja automáticamente de ser.
Me
explicaré mejor.
Sartre
analiza la problemática de dicha libertad dividiendo al individuo en ser
en sí, ser para sí y ser para otro.
Digamos
que el ser en sí es la voz de la conciencia rechazando la
materialización de las cosas, pues son las mismas las que nos acaban
simplificando.
Así lo
dice Roquetin, personaje principal en La Náusea:
“Las cosas se han
desembarazado de sus nombres. Están ahí, grotescas, obstinadas, gigantes, y
parece imbécil llamadas banquetas o decir cualquier cosa de ellas; estoy en
medio de las Cosas, las innominables”.
Sólo, sin
palabras y sin defensa, las Cosas me rodean, Debajo de mí, detrás de mí, sobre
mí. No exigen nada, no se imponen; están ahí.
Las Cosas
existen para nosotros como meros elementos decorativos.
Lo que es
tiene que ser, porque tiene una representación física.
Así
retomamos la frase de Ortega y Gasset para darle a su idea de las
Circunstancias, el significado del concepto sartriano de las Cosas.
No es de
extrañar que en el ser para sí, el asunto se complique hasta el punto
de envolver al hombre en una vorágine de reflexiones, donde se cuestiona a sí
mismo por qué tiene conciencia.
¿Por qué
tenemos conciencia?
¿Quién no
se ha angustiado, de pronto, una mañana, por el mero hecho de existir?
Nosotros estamos, podemos vernos, sentirnos,
tocarnos, por lo que somos del mundo parte del ser en sí.
Por eso
Sartre dice que, cuando esta sensación aparece, el hombre se encamina hacia un
conflicto interno que acaba en una guerra contra su propia naturaleza: “sí, es
eso, es eso; una especie de náusea en las manos”.
La Náusea
aparece de forma repentina y, por desgracia, uno no se puede librar fácilmente
de ella.
Por
ejemplo, soy yo quien mantiene esta especie de rumia dolorosa: existo.
Yo. El
cuerpo, una vez que ha empezado, vive solo.
Pero
soy yo quien continúa, quien desenvuelve el pensamiento.
Existo.
Pienso que existo. ¡Oh, qué larga serpentina es esa sensación de existir! Y la
desenvuelvo muy despacito… ¡Si pudiera dejar de pensar!
Mi
pensamiento es yo, por eso no puedo detenerme.
Yo existo
porque pienso… y no puedo dejar de pensar.
Yo, yo me saco de la nada
a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de
hacerme existir, de hundirme en la existencia.
Se podría
decir que se trata de un extrañamiento que conduce a la búsqueda insaciable de
la libertad absoluta, produciendo esa incapacidad de adaptación en el mundo en
que vivimos.
Ya lo
decía Eclesiastés (1:18):
“Porque en la mucha sabiduría
hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”.
Aprender
a coexistir en un mundo que solamente nos produce sufrimiento es, para Sartre,
un método de supervivencia.
Algo
similar defiende Schopenhauer cuando alega que, en el momento en el que se
acepta la voluntad, aparece la Nada.
Sobrevivir es también parte de la problemática del ser
para otro.
Para que
no resulte demasiado lioso, diré que, en esta ocasión, es el prójimo el enemigo
del individuo, es decir, quien entorpece la virtud del hombre,
empequeñeciéndola hasta hacerla insignificante.
Esto se
ve bastante ejemplificado en la obra teatral A puerta cerrada,
donde el extrañamiento se produce por el concepto del espacio.
Garcín,
Inés y Estelle, tras morir, tienen que permanecer en la misma habitación toda
la eternidad.
Y
finalmente es Garcín quien afirma que “el infierno son los demás” aquello que imposibilita la
libertad de ser y de elección, porque son los otros quienes, con un simple
gesto o una palabra, hacen que la existencia y la autenticidad del individuo se
deshagan, convirtiéndolo en un mero proyecto obligado siempre a intentar construirse
a sí mismo.
El siguiente autor a quien
quiero referirme es G.K.Chesterton, señor del arte de la paradoja y luz del
catolicismo inteligente, puede asignársele la hermosa frase que Novalis
escribió en su novela “Enrique de Ofterdingen”:
«¿A dónde vamos? A casa,
siempre a casa».
Al margen de su colosal
ingenio, de su envidiable sentido del humor y de sus altas dotes como
polemista y defensor de sus ideas, en sus escritos siempre se saborea un
sustrato nostálgico que tiene que ver con su naturaleza espiritual y con la
certeza de que la Modernidad expresaba una aspiración que muy pronto se
convirtió en estafa.
El escepticismo del Chesterton
no era gratuito.
Conviene recordarlo: a pesar
de derribar al Antiguo Régimen y fundar los valores republicanos, la revuelta
francesa terminaría en el absolutismo napoleónico, instaurando una nueva
variante de aquello que vino a abolir.
Toda revolución conduce a otra
aristocracia.
A Chesterton, se le suele
tener por un pensador de corte conservador, aunque esta etiqueta es obvia, al
tiempo que desprecia, el hecho de que su predilección por las verdades
sencillas del cristianismo o su devoción por la teología medieval nunca
partieron de fanatismo alguno.
Fueron más bien una
consecuencia ―en su caso parece que feliz― del uso estricto de la razón.
Al escritor inglés, en
realidad, debería considerársele como un intelectual novísimo.
Sabía que no existe nada puro
bajo el sol y que aquello que un día parece nuevo sólo lo aparenta, debido a que
somos nosotros, los hombres del tiempo presente, quienes hemos olvidado las
noticias importantes del pretérito.
El autor inglés, siempre
partidario de la defensa del individuo —desdibujado por el juego de
pesadillas neo/tribales que se han instalado en el centro de nuestro presente— era simpatizante declarado de la institución
familiar y reivindicador de la fiesta de la Navidad.
En el mundo contemporáneo, desacralizado y donde la muerte se ve como una molestia
imperdonable ―siendo un hecho tan cotidiano― leer a Chesterton, que supone un
auténtico festín de ingenio, puede parecer anacrónico.
Sin embargo, es uno de los
pensadores que mejor funciona como antídoto ante muchos males de nuestra
hora.
Sus libros vacunan contra el
exceso de sentimentalismo que rige la vida pública y gobierna la privada y
nos recuerdan que, igual que los cristianos primitivos o los ciudadanos de la
antigua Atenas, la pertenencia a una comunidad requiere no delegar en otros los
propios cometidos.
Chesterton, más cristiano que
vaticano, al margen de que se compartan o no sus ideas, es uno de esos
escritores que no adoctrinan y que son capaces de hacerte cambiar de opinión
con la asombrosa fuerza de sus argumentos.
Chesterton representa la
antítesis del determinismo progresista de izquierdas que, negando el concepto
de lo sagrado, instaura el nihilismo que conduce a nuevas formas de
servidumbre.
Dicho con sus palabras:
«Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que
ya se lo creen todo».
Y sigamos con la filosofía de Spinoza que entraña una llamada a
devenir activos y que nos invita a ser felices y libres, a gobernarnos a nosotros mismos, obedeciendo la ley del bien común, y gozar de ello junto con nuestros
semejantes.
Por eso, en el sistema spinozista, el individuo libre en nada piensa
menos que en la muerte pues su sabiduría es una meditación sobre la vida, desea
obrar, ser plenamente, a partir de comprender su naturaleza y la de todas las
cosas.
Así, la propuesta de este pensador involucra el desafío de maximizar
nuestra potencia de existir, volviéndonos causa de nosotros mismos, de nuestras
acciones, de las interacciones que entablamos con aquello que nos rodea.
Esta intención de exhortar a los individuos a dejar atrás el
padecimiento, este esfuerzo de mostrar el periplo hacia la felicidad atraviesa
de manera transversal el sistema de Spinoza, constituyendo un eje central de su
pensamiento.
Y llegamos así a Schopenhauer, quien afirma que:
«El
mundo es mi representación»
Y ésta
es una verdad aplicable a todo ser que vive y conoce, aunque sólo el hombre
puede llegar a su conocimiento abstracto y reflexivo; cuando a él llega, ha
adquirido al mismo tiempo el criterio filosófico.
Estará
entonces claramente demostrado para él que no conoce un sol ni una tierra, sino
únicamente un ojo que ve al sol y una mano que siente el contacto de la tierra;
que el mundo que le rodea no existe más que como representación, es decir,
única y enteramente, en relación a otro ser: el ser que percibe, que es él
mismo.
Si
hay alguna verdad que pueda enunciarse a priori es ésta, pues es la expresión
de aquella forma de toda experiencia posible y concebible, más general que
todas las demás, tales como las del tiempo, el espacio y la causalidad, puesto
que éstas la presuponen.
No
hay verdad alguna que sea más cierta, más independiente de cualquiera otra y
que necesite menos pruebas que ésta; todo lo que existe para el conocimiento,
es decir, el mundo entero, no es objeto más que en relación al sujeto, no es
más que percepción de quien percibe; en una palabra: representación.
Cuanto
forma o puede formar parte del mundo está ineludiblemente sometido a tener por
condición al sujeto, y a no existir más que para el sujeto. El mundo es
representación.
No
es nueva, en manera alguna, esta verdad.
Existía
ya en el fondo de las consideraciones escépticas que Descartes tomó como punto
de partida, pero Berkeley fue el primero que la enunció resueltamente, con lo
cual prestó un servicio eminente a la Filosofía, aunque el resto de su doctrina
no merezca ser recordada.
Sin embargo Kant, cometió el errorn de dar poca importancia a aquel
principio.
En
cambio, esta verdad capital fue conocida desde los primeros tiempos por los
sabios de la India, puesto que es el principio fundamental de la filosofía
Vedanta atribuida a Vyasa.
Así
lo atestigua W. Jones en la última de sus disertaciones titulada: On
the philosophy of the Asiatics (Asiatk researches, vol. IV,
pág. 164):
«El
dogma fundamental de la escuela Vedanta no consiste en negar la existencia de
la materia, es decir, de la solidez, impenetrabilidad y extensión, sino en
rectificar la opinión vulgar en este punto y en afirmar que la materia no tiene
existencia independiente de la percepción mental, puesto que la existencia y
perceptibilidad son términos convertibles uno en otro.»
Este
pasaje expresa con suficiente claridad la coexistencia de la realidad empírica
con la idealidad transcendental.
Esto
es lo que explica la repugnancia que siente cualquiera a admitir que el mundo
no es más que su representación, aunque por otra parte nadie puede negarlo.
No
obstante Schopenhauer al mismo tiempo que dice:
«El
mundo es mi representación»
puede y debe decir:
«El
mundo es mi voluntad».
Y llegados
hasta aquí, no os debe extrañar que mencione el famoso nihilismo de Nietzsche,
que tanto niega o recela de cualquier realidad que intente dar sentido a las
cosas, incluso a la vida.
Porque la
existencia no engloba solo lo particular, sino también lo interno.
Cuántas
veces nos habremos parado a pensar en quiénes somos, de dónde venimos, a dónde
vamos, apartando de nuestras cabezas la idea de que algún día moriremos sin
saber si hemos podido llevar a cabo todas nuestras expectativas.
Eso, o la
alternativa de estar sin ser, quizá tiernamente rechazando todo cuanto nos
rodea para intentar buscar el camino directo hacia la ataraxia.
Una primera y elemental aclaración es que cuando Nietzsche predica la
muerte de Dios no quiere decir que Dios haya existido y después haya muerto, lo
cual sería un absurdo.
Esta tesis señala, simplemente, que la creencia en Dios ha muerto,
empezando por considerar que Dios no crea al hombre sino el hombre a Dios.
Dios es, para Nietzsche, la metáfora para expresar la realidad
absoluta, la realidad que se presenta como la Verdad y el Bien, como el
supuesto ámbito objetivo que puede servir de fundamento a la existencia por
encontrarse más allá de ésta y darle un sentido.
Todo aquello que sirve a los hombres para dar un sentido a la vida,
pero que sin embargo se pone fuera de la vida, es semejante a Dios: la
Naturaleza, el Progreso, la Revolución, la Ciencia, tomadas como realidades
absolutas son el análogo a Dios.
Cuando Nietzsche declara que Dios ha muerto quiere indicar que los
hombres, hoy, viven desorientados, que ya no sirve el horizonte último en el
que siempre se ha vivido, que no existe una luz que nos pueda guiar de modo
pleno.
Esta experiencia de la finitud, del sentirse sin remedio desorientado
es necesario para empezar un nuevo modo de vida.
Para Nietzsche con dicha “muerte” podemos vivir sin lo absoluto, en la
“inocencia del devenir”.
De ahí que la muerte de Dios sea la condición para la aparición del
superhombre.
El perspectivismo es una doctrina filosófica que sostiene que el
acceso del ser humano al mundo a través de la percepción, la experiencia y la
razón, es posible solamente por la vía de la propia perspectiva e
interpretación y toda representación es dependiente del sujeto que la
constituye.
El concepto fue creado por Leibniz y desarrollado por Friedrich
Nietzsche, quien influenció con ideas similares en filósofos como José Ortega y
Gasset.
El perspectivismo es un concepto que sostiene que el conocimiento es
siempre perspectiva y que viene a través de la observación de una cosa, pero
desde un punto de vista en particular.
El perspectivismo también niega la posibilidad de una perspectiva
integral que podría contener a todos los demás puntos de vista y por lo tanto,
hacer la realidad disponible como es en sí misma.
Nietzsche defiende el perspectivismo: toda representación del mundo es
representación que se hace un sujeto; la idea de que podemos prescindir de la
situación vital del sujeto, de sus rasgos físicos, psicológicos, históricos o
biográficos, para alcanzar un conocimiento del mundo tal y como éste pueda ser
es un absurdo.
Nietzsche considera imposible el conocimiento de la realidad en sí
misma, pues toda afirmación, toda creencia, toda teoría del mundo depende del
punto de vista de la persona que la ha creado.
Más aún, todo ser dotado de algún grado de conocimiento, de alguna
capacidad para representarse el mundo, es tan buen testigo del mundo como
nosotros, los seres humanos.
Nuestro punto de vista no es
mejor para una correcta descripción de la realidad que el de otras especies
animales.
No existe ninguna experiencia no contaminada por un punto de vista.
No existen hechos que nos sean dados inmediatamente,sólo manejamos interpretaciones”.
La posición de Nietzsche es tan radicalmente contraria a la
posibilidad de encontrar una verdad absoluta que ni siquiera cree posible lo
que podría parecer la verdad más verdadera.
Para Nietzsche, nos acercamos a la “objetividad” en la medida que
vamos conociendo el mundo desde muchos puntos de vista, lo interpretemos desde
muchos ángulos, muchos rincones.
A más perspectivas, más acercamiento a la “verdad”.
En definitiva, existe un mundo que es susceptible de ser interpretado
de infinitas maneras por un individuo, pero este individuo se queda con una
determinada interpretación, la ganadora de esa lucha interna que se da en él,
dentro de él.
El perspectivista no interpreta sus instintos simplemente, también
valora una interpretación y lucha por ella en contra de otras perspectivas, en
él se da una lucha de perspectivas debido a la lucha interna de sus instintos.
“No hay hechos, solamente interpretaciones”
Vivir creativamente es la respuesta nietzscheana a la gran amenaza.
Saber vivir es saber cultivarse y hacer de la propia vida una
creación.
La urdimbre de la vida consiste en gran medida en la construcción de
uno mismo.
Dar estilo propio a la vida, forjar un gusto, es lo nos individualiza
y distingue.
El optimismo de Nietzsche contrasta con el nihilismo de una de sus
inspiraciones, la “voluntad de vivir” de Arthur Schopenhauer, quien se conforma por asociar nuestro propósito con un instinto
nunca satisfecho y que conduce, por tanto, al nihilismo.
Nietzsche se planteó desde su época de estudiante y joven profesor en
Basilea la manera de superar el corsé que había creado en Occidente un
gregarismo malsano o mentalidad de rebaño y una supeditación al academicismo
más vacío y afectado.
Nietzsche
opina que el individuo puede permanecer extraño hasta el extremo de conseguir
que cada uno sea un extraño para sí mismo.
Ante esta
situación, Kierkegaard argumenta que la
ausencia de interés por uno mismo, conlleva la posibilidad de su mismo fin como
individuo.
Cómo decía Nietzsche, en Verdad y mentira en sentido
extra-moral:
“En algún apartado rincón del universo, desperdigado
de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el
que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más
falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras un
par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales
astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como esta y,
sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío,
cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de
la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe
todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna
misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana”.
Si hay que hacer caso a los
expertos científicos, como recientes investigaciones han puesto de manifiesto,
el homo sapiens sigue evolucionando.
Sigue generando cambios y transformándose
en su aclimatación al medio.
O, más bien, ¿hay que aceptar
posmodernamente que hemos llegado al final de la historia como nos dice Fukuyama y no ha
sido para bien?, o, peor, ¿estamos involucionando a pasos agigantados como
especie y como cultura, mientras se dan esos simples ajustes al medio ambiente,
en camino directo a la extinción, sin dejar rastro duradero?
“¿Quiénes somos?, ¿de dónde
venimos? y ¿hacia dónde vamos?”.
Tres preguntas de una vigencia
absoluta que quizá estén detrás de la epoca, injusta y alienante concepción
antropológica y social del mismo hombre.
Trío de cuestiones que, por
supuesto, no por intempestivas han desaparecido del inconsciente colectivo por
mucho que hogaño suelan ignorarse.
Las cuales, por supuesto, también,
siguen remitiendo a una necesidad inherente al hombre que no cesará de buscar
saber “¿qué es el hombre?”
Máxime en este tiempo de retos y
grandes encrucijadas que están y se las esperan, para unos animalillos semi inteligentes
que están tan cerca de tocar los cielos y las estrellas, en lo material, y
están tan al borde de consumir ese planeta sobre el que se desarrollan como de
quemarse ellos mismos en su propia hoguera de las vanidades.
La segunda cuestión que quería
abordar en esta “Reflexión Hetróclita” es la de preguntarnos “¿A dónde VAMOS
COMO SOCIEDAD”.
Sin embargo, la longitud de esta
que os envío me obliga a plantear esa cuestión en una nueva “Reflexión” que
espero escribir en breve.
.
Y concluyamos esta compleja y extensa “Reflexión
Heteróclita”, siguiendo mi costumbre, con una nueva pieza musical. Hoy Carmina
Burana de Carl Off.