lunes, 4 de marzo de 2019

SOCIALDEMOCRACIA, EL DESPOTISMO ILUSTRADO DEL s. XXI



Un fantasma pernicioso deambula por las naciones occidentales y golpea con la furia de la “Guerra Santa” a sus ciudadanos y sus instituciones, y mientras tanto nuestros políticos y periodistas miran para otro lado en tributo a la religión de la “corrección política”, a la que ya me he referido con crudeza  en mi POST TOLERANCIA Y LIBERTAD y en otro titulado  ¿TIENE ALGO QUE VER LA VICTORIA DE TRUMP CON EL HARTAZGO CON LA CORRECCIÓN POLITICA?

Es una verdad irrefutable que la situación socioeconómica de las Sociedades occidentales viene gravemente deteriorada, desde hace décadas, entre otras razones por las políticas económicas socialdemócratas y políticamente correctas aplicadas por sus Gobiernos.

Esta ideología nació en el mundo liberal universitario norteamericano en los años 90, cercano o embridado con el partido demócrata, de claras influencias socialdemócratas.

La socialdemocracia, como decía Trotsky desde su perspectiva de la “revolución permanente”, es un marxismo desviado, pues piensa en la conservación de la democracia parlamentaria en beneficio del proletariado, abandonando, según este autor, la esencia real del marxismo, que no sería sino el modelo soviético, que centra su actividad en la revolución que ha de alcanzar el comunismo y a través de él llegar a la creación de la utopía del “hombre nuevo”, pleno y desalienado.

Pero al fin y al cabo la socialdemocracia no deja de ser marxismo, y por tanto intolerante y totalitario, defensor del “pensamiento único” y esencialmente, y por ello, puritano, intolerante y defensor de la censura frente a lo que sean opiniones o comportamientos, e incluso realidades, contrarias a su propio credo.
Pero ¿qué es exactamente la “corrección política” y cuál es su objetivo?

La corrección política es una ideología que considera que la humanidad está compuesta por diversos “colectivos”, unos serían los “grupos débiles” y, por tanto, buenos, siempre en posesión de la razón. Otros serían los “grupos fuertes” y, por ello, malvados y mentirosos.

Así, que un acto sea correcto, sólo depende del colectivo al que pertenezca quien lo cometa, o de quien se sienta atacado por él.

Pero lo más grave es que la corrección pretende eliminar cualquier expresión que pudiera ofender a algún grupo débil… pero permite insultar y ofender a quien forma parte de los malos, de un grupo fuerte.
        
Y todo ello se fundamenta en los llamados “Derechos Colectivos”

Derechos colectivos son los derechos cuyo sujeto no es un individuo ─como es el caso de los derechos individuales─, sino un conjunto, colectivo o grupo social.

Mediante esos derechos se pretende proteger los intereses e incluso la identidad de tales colectivos.

El asunto de los derechos colectivos es muy controvertido, particularmente cuando los derechos colectivos entran en conflicto con los derechos individuales.

Como en toda clase de derechos, el debate se centra en tres aspectos:

1.- Determinar si realmente existen esos derechos colectivos.
2.- Si se acepta su existencia ¿Cuáles son?
3.- Determinar, si se acepta su existencia, como juegan en su interrelación con los derechos individuales.

Todos ellos, aunque en orden aleatorio o implícitamente, se tratan en estas líneas.

Los modernos autores marxistas nos permiten afirmar que, desde un punto de vista estrictamente teórico, los derechos colectivos tienen su raíz en la consideración marxista de que el materialismo y el colectivismo de la síntesis marxista no dejarían lugar para la formulación de lo que, desde la consideración occidental se llaman habitualmente «derechos humanos».

Si acudimos a los escritos de Marx, podemos contemplar cómo, desde épocas muy tempranas, critica lo que hoy conocemos como derechos humanos y que el refiere a la declaración revolucionaria francesa de los derechos del hombre y del ciudadano ─no olvidemos que La “Declaración Universal de Derechos Humanos” se formula en la ONU en 1948, mucho más tarde de la muerte de Marx─, y respecto de tales derechos ya nos dice en «La Cuestión Judía», inserto en el primer y único número de los «Anales Franco Alemanes», publicados por él en París en 1843, que:

«comprobamos, ante todo, el hecho de que los llamados derechos del hombre son los derechos del miembro de la sociedad civil, es decir, del hombre egoísta, del hombre separado de los demás hombres y de la comunidad»

para afirmar, más adelante que:

“Ninguno de los llamados derechos del hombre sobrepasa, pues, al hombre egoísta, al hombre tal como es, miembro de la sociedad civil, al individuo cerrado en sí mismo, reducido a su interés privado y a su arbitrio particular, separado de la comunidad. Lejos de considerarse al hombre un ser social —continúa— la propia vida social, la sociedad, aparece más bien como un cuadro exterior al individuo, como una limitación de su autonomía originaria.”

párrafos en donde vemos ya la formulación “social” del concepto del “hombre” que posteriormente defendería en “El Capital”, pues Marx considera que el hombre no es una realidad unipersonal y autónoma, y así, nos dice:

"La esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de sus relaciones sociales".

Concepción que nos marca el camino a la negación de los derechos individuales y nos acerca al concepto de “derechos colectivos”.

Esta idea la recoge Gianfranco Morra, sociólogo y ensayista católico italiano, quien escribió:

«para Marx, el verdadero hombre es el social, el hombre colectivo; hablar de la «dignidad de la persona humana» es un juego de palabras, como ha hecho la revolución burguesa con la «Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano». En realidad, el hombre y el ciudadano existen solamente cuando cesa el dualismo entre vida privada y vida social. El hombre individual debe ser integrado en el hombre social: sólo entonces la emancipación será un hecho real y la religión, ese juego interior, no tendrá ya sentido”

Por su parte Mounier, fundador de la corriente filosófica “Personalista” afirma:

“La laguna esencial del marxismo es haber desconocido la realidad íntima del hombre, la de su vida personal.”

Finalmente, Benedicto XVI expone que:

“El marxismo parte de la idea de que la libertad es algo indivisible y subsiste, por tanto, como tal, sólo si es la libertad de todos. La libertad está unida a la igualdad: para que haya libertad, hay que establecer ante todo la igualdad. Lo que significa que para el objetivo de una plena libertad son necesarias ciertas renuncias a la libertad. La solidaridad de los que combaten por la libertad común, de todos, precede la realización de la libertad individual.”

En definitiva, en Marx prevalece la idea de la postergación de la libertad del individuo en aras de lograr la igualdad de todos los miembros de la Sociedad, lo que lleva, a la postre, a una libertad limitada del individuo, pues sobre la libertad individual ha de prevalecer la igualdad de los miembros comunidad y sobre sus derechos individuales como persona, los derechos de la Colectividad.

Llegamos, así pues, a la consideración indiscutible de que los llamados Derechos humanos de tercera generación, o “derechos colectivos”, nacen y se fundamentan en la concepción sociológica marxista de los derechos humanos, que niegan su individualidad y solo aceptan su existencia en tanto que tales derechos sean “colectivos”.

Pues bien, lo asombroso de esta cuestión es que tales derechos colectivos han sido abrazados con entusiasmo no solo por la izquierda marxista ─Socialdemócratas, Socialistas y Comunistas─, sino que también lo ha sido por Partidos que pretenden autodefinirse de derecha o centro derecha.

Así, la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia alemana, la derecha y la izquierda francesa y española, el Partido Demócrata americano, y grandes sectores de su partido Republicano, han venido gobernando el mundo occidental, desde la segunda Gran Guerra, sobre la base de la defensa de los derechos colectivos de carácter étnico, religioso, sexual, o de cualquier otra minoría existente, mediante la aplicación de sistemas de la llamada “discriminación positiva” y mediante subvenciones y subsidios que han sido financiados, naturalmente, por la mayoría silenciosa, que no sólo ha sido descuidada, si no que ha visto como esas minorías han progresado no por su trabajo, esfuerzo o mérito, sino  a costa de la merma de sus derechos y bienestar económico y ello porque esa política responde al principio de lo “políticamente correcto”.

Y tales “derechos colectivos” no son sino privilegios en perjuicio de las mayorías, y en beneficio de las minorías que lo sean por razón de nacionalidad, raza, sexo, pensamiento político, religión, circunstancias económicas o familiares, etc., etc.…, reales o pretendidas.

Así, en los últimos decenios hemos visto como se ha penalizado a los movimientos “pro vida”, con la disculpa de que se perjudican los derechos de las minorías proabortistas.

Henos visto cómo se penaliza el cristianismo a costa del supremacismo islámico, mediante la penalización de la “Islamofobia” y la censura de las posiciones cristianas por “ultraconservadoras”.

Hemos visto cómo se penaliza la heterosexualidad con la condena del inventado heteropatriarcado y la subvención y fomento de los movimientos LGTBI, hasta el punto de la censura de la libertad de expresión de quienes se oponen a los privilegios de estas minorías sexuales, o la imposición de la educación infantil en la “ideología de género”.

Hemos visto cómo, en España, la Ley de Memoria Histórica se utiliza para reinventar la Historia, reescribiendo la “Victoria Moral” de los vencidos en la guerra civil 1934-1939  ─ no es un error, ya que la guerra civil comenzó realmente con el intento de Golpe de Estado que supuso la revolución de 1934 ─  y elevando a la categoría de héroes a asesinos y pandilleros comunistas frentepopulistas y golpistas, tratando de vender como verdad la mentira de que la II República fue un ejemplo de Democracia, y olvidando injustificadamente, que en una guerra civil los abusos y la violencia se ejercen, siempre y desgraciadamente, desde las dos partes contendientes.

Hemos visto como los fondos destinados al injusto sistema del PER andaluz han sido desviados a sindicatos y partidos y a sus dirigentes, sin que haya existido una acción contundente de la Justicia.

Hemos vivido la politización de la Justicia, en beneficio esencialmente de la izquierda, sin que se haya reaccionado contundentemente frente a ella.

Hemos visto como la Nación española se desintegra en beneficio de los Reinos de Taifas en los que se han convertido la Autonomías, que además han quintuplicado el gasto público en los últimos 30 años.

Hemos visto ¡¡tantas cosas!! que, al final, las mayorías silenciosas han empezado a decir ¡Basta!

Y toda esta acumulación de agresiones formuladas desde la “corrección política” no hacen sino establecer mecanismos de censura y sanción al discrepante, como nos dice Armando Pego:

“Es una pretensión tiránica intentar relegar al ámbito privado la disconformidad de los ciudadanos por razones morales y/o religiosas con esa usurpación de facto ─del derecho a la discrepancia─. obligándoles a un asentimiento público por acción u omisión. Y lo es sobre todo en una época cuya ideología dominante ─la corrección política y el conjunto de los derechos colectivos─ está tejiendo un entramado legal que intenta imponer la "transparencia" -¿como cumplimiento del ideal ilustrado?- hasta en la intimidad del hogar, que se quiere identificar, de manera gnóstica, como un ámbito de oscuridad y de freno al progreso”.

En conclusión, llegamos a la convicción de que los llamados “derechos colectivos” son una falacia constituida sobre la base de la negación de los “derechos humanos individuales” con una finalidad política reivindicativa de grupos minoritarios de la sociedad, en perjuicio de las mayorías, y si no existen no cabe hacer una enumeración de los mismos.

Y finalmente, si llegamos a la conclusión de que son una mera construcción ideológica izquierdista, la respuesta a la pregunta de cómo funcionan frete a los “derechos humanos Individuales” es evidente:

Mi conclusión es que “Los pretendidos “derechos humanos colectivos” nunca pueden  prevalecer sobre los “Derechos Humanos Individuales”, realidad que la progresía dogmática intolerante de la “izquierda progresista” niega, pues es un freno a sus privilegios, que se concretan, esencialmente, en predominio social y subvenciones.

El problema es que, de momento, las mayorías dicen ¡Basta! con la boca pequeña, pero puede llegar un día que lo digan de tal modo que, en España, se ha producido un fenómeno tan inesperado como los resultados electorales de VOX en Andalucía.

Pero el stablishment político y mediático parece ciego y sordo, y continuará, por desgracia, en la senda que ellos consideran que les perpetuará en el poder, que no es otra que el uso de la corrección política como una reedición del despotismo ilustrado del s.XVIII, consistente en decirle al pueblo, a la gente, como debe comportarse, como debe pensar y lo que debe censurar, y no porque lo que les digan busque su bienestar, sino porque facilita su perpetuación en el poder, sin tener en cuenta que la corrección política, articulada como esa reedición del despotismo ilustrado, es incompatible con la democracia, con la sociedad abierta, porque niega la libertad de pensamiento, expresión y debate, dando lugar a un nuevo puritanismo que se escandaliza con un inocente retrato dieciochesco, una suerte de religión laica  al estilo de lo planteado por Rousseau, en su “Contrato Social” publicado en 1762, que establece como ideal del jacobinismo la imposición por el Estado de un credo laico: una profesión de fe civil, cuya definición corresponde al Soberano, que hoy son los políticos y los medios de comunicación, fijando las reglas, no como dogmas de religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin las cuales es imposible ser buen ciudadano; religión laica concretada en un conjunto de prohibiciones, códigos y tabúes lingüísticos, cuya excusa es que sólo prohíbe lo que pudiera resultar ofensivo para las “víctimas” sin tener en cuenta que la ofensa suele ser subjetiva, que no se encuentra en el emisor sino en el receptor y que por ello, la frontera entre lo permitido y lo prohibido es arbitraria y, demasiadas veces, interesada.

Pero esta ideología no tiene nada que ver con el respeto al prójimo, pués de hecho, es antagónica al respeto porque anima a denigrar, a denostar, a linchar a quienes no se pliegan a sus dictados. Y, al mismo tiempo, muestra una exquisitez tan extrema y exagerada con otros, que prohíbe muchas expresiones que ni por asomo tienen ánimo de injuriar

En España, la expansión fue primero consentida y después alentada por las élites porque políticos y burócratas cayeron en la cuenta de que podían utilizarla en su favor. Clasificar a la sociedad en rebaños dificulta el control sobre los gobernantes. Además, políticos y partidos podían suplir su mala gestión y ganar notoriedad sumándose a las nuevas “causas sociales”, incluso llegando a ser sus ideólogos. Y por último, la súbita eclosión de “discriminaciones” justificaba una ingeniería social que, como es lógico, lleva aparejada más poder y más gasto. Claro que… una cosa es resolver problemas y otra muy distinta favorecer a unos cuantos grupos de activistas bien organizados. Con demasiada frecuencia, las nuevas medidas no sólo agravan los problemas, sino que crean otros nuevos. Y la solución, cómo no, es la creación de más organismos, más observatorios, más burocracia, más presupuesto…

Pero juzgar a los individuos por el colectivo al que pertenecen, y no por sus hechos y cualidades personales, desemboca finalmente en aquello que la corrección política dice combatir: la injusta discriminación. 

Error sobre error, la ingeniería social no cambia la naturaleza humana, no puede erradicar la maldad, mucho menos construir un mundo feliz. Más bien suele conseguir lo contrario. De hecho, la corrección política, como herramienta de transformación social, se ha convertido en un factor determinante de la alarmante polarización política que hoy aflora en muchos países. Convierte a muchas personas en personajes dogmáticos, quejumbrosos y neuróticos, que en todas partes ven agresiones, conflictos, agravios contra su propio colectivo. A un martillo todo le parecen clavos.

Aun sin saberlo, podemos estar convirtiendo el mundo en un sufrido espejo de nuestros miedos y traumas personales. En esta línea se revela Richard Dawkins, con quien no comparto su ateísmo militante, pero que acierta al afirmar que:

”La Universidad no puede ser un “espacio seguro”. El que lo busque, que se vaya a casa, abrace a su osito de peluche y se ponga el chupete hasta que se encuentre listo para volver. Los estudiantes que se ofenden por escuchar opiniones contrarias a las suyas, quizá no estén preparados para venir a la Universidad“
         
Se que con este post voy a ganarme los adjetivos de islamófobo, homófobo, incorrecto políticamente, intolerante y fascista. Lo doy por descontado y lo asumo, pues parafraseando a Thoreau:

“El único sitio decente para un hombre libre, en una sociedad que persigue injustamente las libertades, es la cárcel”

Todas estas políticas, sobre las que reflexionamos, responden al ideal Gramsciano de superación de la “Cultura Occidental” como vía para su destrucción y posterior imposición de una Sociedad Marxista en la que sea posible la creación de la utopía del “Hombre Nuevo”

No olvidemos que, para Gramsci, teórico marxista italiano idolatrado por los neocomunistas:

“Si la revolución brota de un hecho violento o de una ocupación militar, siempre será superficial y precaria, y se mantendrá asimismo en un estado violento. El hombre no es una unidad que se yuxtapone a otras para convivir, sino un conjunto de interrelaciones activas y conscientes. Todo hombre vive inmerso en una cultura que es organización mental, disciplina del yo interior y conquista de una superior conciencia a través de una autocrítica, que será motor del cambio. La vida humana es un entramado de convicciones, sentimientos, emociones e ideas; es decir, creación histórica y no naturaleza”.

Y, por lo tanto el gran objetivo del marxismo contemporáneo ha de ser, como lo fue en su primer experimento en el “Mayo del 68” ─El mayor éxito hasta la fecha de la penetración del marxismo en las sociedades occidentales─ la destrucción de la familia, de la religión, de los principios morales occidentales de raíz cristiana, que constituyen, en lenguaje gramsciano, el entramado de convicciones, sentimientos, emociones e ideas, que conforman el armazón de la sociedad occidental que debe ser destruida como paso previo a la implantación de una sociedad marxista.

Lo más lamentable es que es que todo esto se está haciendo con la complicidad, o al menos con la obtusa idiocia del pasotismo de algunos sectores definidos como “conservadores” o considerados “de derecha”, como pueda ser el propio Partido Popular, trufados de corrección política de sesgo socialdemócrata.

No quiero concluir esta reflexión introductoria sin una referencia a lo que está sucediendo actualmente en los países occidentales: El crecimiento político de los movimientos “antistablishment”.

Efectivamente, los ciudadanos de los países occidentales están decantando su voto hacia posiciones que, con carácter siempre despectivo, el stablishment izquierdista socialdemócrata, que nos viene gobernando por décadas, define como “POPULISTAS” y ello, a mi juicio, no es más que una reacción de las “mayorías silenciosas” que se han visto flagrantemente perjudicadas por las políticas en beneficio de las minorías étnicas, sexuales o religiosas y han contemplado como su propio “bienestar” se ha reducido, mientras el de esas minorías ha mejorado, pero no gracias a su esfuerzo, su trabajo y su mérito, sino a través de multimillonarias subvenciones o subsidios pagados con sus impuestos.

En cualquier caso, si somos optimistas, todavía nos queda la reflexión de Popper:

“El marxismo solamente constituye un episodio más, uno de los tantos errores cometidos por la humanidad en su permanente y peligrosa lucha para construir un mundo mejor y más libre”

Veremos cómo evoluciona todo, y si Popper tenía razón, pero la denuncia de la situación que hoy vivimos debe hacerse para contribuir a la superación de la situación de acercamiento al apocalipsis social.

Ante este panorama, recemos….


© 2019, Jesús Fernandez-Miranda y Lozana

miércoles, 6 de febrero de 2019

ULISES ENTRE SIRENAS

                             Ulises y las sirenas. Herbert Draper (1909)


" …Detén tu nave y ven a escuchar nuestras voces. Después de deleitarse con ellas quienes las escucharon se van alegres conociendo muchas cosas que ignoraban, … sabemos cuánto sucede sobre la tierra fecunda". LA ODISEA Canto XII

                El ciudadano contemporáneo se encuentra, como Ulises, en la encrucijada de abandonarse a los cantos de las Sirenas, que le prometen hacerles partícipes de la verdad y la felicidad, pero que sólo quieren moldear la Sociedad a su antojo, o resistir a tal embelesamiento y proseguir, con criterio propio, la senda de su vida, tratando de alcanzar el conocimiento por si mismo y no como regalo de seres mágicos y embaucadores.

            Y ese es el reto que debemos afrontar, con reforzado ahínco, quienes hemos hecho de nuestra vida vocación por encontrar la sabiduría y la verdad mediante el estudio y la reflexión.

Ante el rechazo sufrido, las sirenas no tuvieron otro remedio que cumplir con sus promesas, por lo que una de ellas debía morir.

La escogida fue Parténope, que se lanzó al mar. Su cuerpo fue arrastrado hasta la costa, donde fue enterrada con grandes honores, construyéndose también un pequeño templo en su honor alrededor el cual se fundó un pueblo, Parténope, que tiempo después sería Nápoles.

Sin embargo, ninguno de los augures mediáticos o políticos que hoy en día nos prometen “conquistar el cielo”, alcanzar la felicidad, o la plenitud de nuestras añoranzas, están dispuestos a sacrificarse cuando los hados desoyen sus promesas; viven demasiado acomodados para aceptar sus falsarias propuestas.

Las redes sociales han usurpado el lugar que correspondía a los oráculos clásicos. Delfos o Dodona han sido sustituidos por Tweeter, Instagram, Facebook y demás chats en los que los charlatanes de cada ideología tratan de difundir sus predicciones, más que opiniones, sobre la realidad cotidiana, y con la particularidad de que cuando la verdad, siempre tozuda, les desautoriza, borran sus mensajes, y como si la verdad fuere tornadiza, inician su nueva andadura con criterios, las más de las veces, contradictorios con sus antiguos pronósticos.

Hoy los políticos y los medios, al amparo de la adaptación a las circunstancias del momento, propia de la corrección política y del principio “haz lo que yo te diga, no lo que yo haga”, opinan blanco o negro según sople el viento que consideren más favorable a sus intereses y objetivos cortoplacistas. Las promesas electorales siempre se quedan en agua de borrajas y la información no tiene por objeto crear una opinión pública plural e informada, sino servir a los intereses de quienes financien sus piruetas ideológicas.

A esta descomposición intelectual ha contribuido lo que Baumann ha llamado “Sociedad Líquida”, una sociedad en la que ya no existen principios sólidos, sino mutables conforme a las circunstancias, y en donde el más preciado objetivo de cada ciudadano ya no sería el afán de superación de la propia situación, sino el mero conformarse con quedarse como está, que papá Estado ya proveerá.

Me revelo contra esta Sociedad, no quiero que mis hijos sean volubles y sin principios sólidos, o que abandonen la exigencia del afán de autosuperación, pues ello solo conduciría a una sociedad decadente, languideciente y sin futuro.

Y no estoy dispuesto a vivir mi vida o censurar mis opiniones conforme a los dictados de ese “despotismo ilustrado” puritano y liberticida que es la Corrección política, que gira sobre el paradigma “Haz lo que yo te diga, no lo que yo haga”, formulado en beneficio de los propios políticos y de los medios a ellos apesebrados en defensa de sus privilegios económicos y su poder político.

Y que dicten todas las leyes que quieran para constreñir mi libertad, pues yo las violaré todas, ya que, como he recogido en varios de mis posts, opino como Thoreau en su “Desobediencia Civil”:

                          “El único sitio decente para un hombre libre, en una sociedad que persigue injustamente las libertades, es la cárcel”

Entre los acordes que llenan mi memoria de melómano, la pieza que más pueda recordarme al canto de las sirenas sería el "Coro a bocca chiusa" de Madame Butterfly de Puccini, que les acompaño en el siguiente video:


© Jesús Fernandez-Miranda, 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

VIENTOS Y TEMPESTADES



Como dijera Cicerón “Yo ya he visto otros vientos; y he afrontado otras tempestades”, lo que me permite afirmar, parafraseando a Chateaubriand, que a lo largo de mi vida he soportado tantas tempestades que, al final, no me quedan, como mesa de escribir, más que los restos de mis naufragios y en ellos me refugio y escribo, sin otro aliciente que dejar el papel garabateado como cronista de mi pasado o refugio de mis reflexiones.

En todo caso y como guía de dichas experiencias, siempre he pensado que si la vida sólo fuera, como pretende Albert Camus, la existencia corporal, sin otro espíritu ni alma más allá de la simple inteligencia, fruto de una mera evolución animal, entonces: ¿Para qué asumir cuotas de sacrificio o de sufrimiento y no limitarnos a asumir los mínimos riesgos existenciales que serían los propios de las personas juiciosas?

Se trataría entonces de ser simplemente “justos” en un sentido estrictamente Volteriano: La existencia del hombre quedaría justificada por sus “justas” aportaciones al resto de la humanidad, a los otros.

Sin embargo, aceptar esta concepción materialista sería tanto como abdicar de mis creencias y de los posos de mi educación. Mi Dios, omnipotente y misericordioso, sería apartado, abruptamente, de mis pensamientos y eso mi conciencia no me lo permitiría.

Y, hablando de los “justos”, ya lo decía Torcuato Fernandez-Miranda en su ensayo “Albert Camus y el testimonio de los cristianos”:

“Lo que pasa es que los justos, si tuviesen el poder que tiene Dios, serían omnipotentes, dictatoriales, se pondrían inmediatamente a evitar el mal, a impedirlo, a realizar esto o aquello. No comprenden que el Dios de los cristianos es, antes que nada, un Dios humilde, un Dios que respeta profundamente la individualidad, la personalidad, la libertad de todos los seres humanos, que no ejercita el poder, sino que se inclina humildemente ante la propia actitud del hombre, en sus miserias, pero en su sagrada libertad.”

Con los años uno se hace consciente de la complejidad de la vida y toma conciencia, desde aquella sagrada libertad, de las experiencias positivas y negativas de la existencia; como dicen los versos de Virgilio:

“Cuantas cosas horribles o gloriosas he visto y en cuantas de ellas he participado” (Eneida Libro Segundo, Versos 5 y 6)

            Y cada mañana, al mirarse al espejo, uno mismo ve claramente sus vicios y sus virtudes, sus yerros y sus aciertos, la vida, en fin, con sus alegrías y sus tristezas. Los vientos y las tempestades y los momentos de paz y calma vividos.

            Ya lo decía Goethe:

“Todo lo concede la fortuna a su favorito por completo, los gozos infinitos, las penas infinitas, por completo”

                Y el favorito de la fortuna, de Dios al fin y al cabo, es el hombre, a quien se le hace difícil, casi imposible, una existencia sin estridentes alegrías o tristezas deprimentes.

            Y esa paz ansiada, ese equilibrio entre ambos extremos, es la que sólo se logra en el esquivo silencio que domina la búsqueda de la felicidad, patrimonio de los Dioses que al ser humano sólo se le permite atisbar.

            Sin embargo, no quiero concebir la vida, como se hiciera en el barroco español, como un «morir viviendo» que, inexorablemente, y llena de angustias y dolor, camina hacia la muerte.

            Tampoco quiero ser, como Quevedo, un fue, un será y un es cansado.

            Cierto que las alegrías no son la felicidad, pero pienso que si el hombre es capaz de encadenar alegrías en su existencia podría vivir una suerte de “pequeña felicidad”, sin esperar a la plena felicidad que se nos augura para después de la muerte.

Y de esa manera desafiaríamos el concepto negativo de la vida propio del Cristianismo desde San Agustín, para quien el cuerpo es la cárcel del alma y el mundo el destierro del hombre, pues tal concepción negativa y de raíz Platónica, no se compadece con la idea manifestada en el Génesis

“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.” (Génesis 1,31)

            Así pues, la maldad, origen de la infelicidad, no se encuentra en el cuerpo ni en el mundo, sino en el alma libérrima del hombre, que opta por decisiones contrarias a los mandatos de Dios, y no por desafiarle u ofenderle, sino por pensar equivocada y egoístamente que la conducta desviada es la más adecuada para alcanzar sus objetivos.

Por eso el canto del hombre debería limitarse al Miserere

Miserere mei, Deus,
secundum magnam misericordiam tuam
(Salmo 51 MISERERE)


 MISERERE: Pavarotti, Zuchero, Bocelli




jueves, 24 de enero de 2019

¿POR MUCHOS O POR TODOS?



En las últimas semanas hemos sido testigos del cambio introducido por la Conferencia Episcopal Española en la fórmula de la consagración del Cáliz en la Santa Misa, que se ha producido en cumplimiento de la instrucción de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos y el Culto Divino de la Santa Sede, del 28 de marzo de 2001, que, sin embargo, no se ha cumplido en la práctica hasta ahora.

            El cambio se trató de explicar por una carta enviada por Benedicto XVI al Presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, el Arzobispo Zollistsch, en la que le manifiesta que

“… cuando hubo que traducir al alemán el Misal Romano, bajo la responsabilidad de los obispos, había un consenso exegético en que la palabra «los muchos», «muchos», en Isaías 53,11s, era una forma de expresión hebrea que indicaba la totalidad, «todos»”.

Y continúa diciendo:

“…la Santa Sede ha decidido que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» deba ser traducida literalmente, y no al mismo tiempo interpretada. En lugar de la versión interpretada «por todos», ha de ponerse la simple traducción «por muchos»… (aunque) ..para quienes participan habitualmente en la Santa Misa, esto pueda parecer casi una ruptura precisamente en el corazón de lo sagrado. Ellos se dirán: Pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? ¿Ha modificado la Iglesia su doctrina? ¿Puede y está autorizada para hacerlo? ¿Se está produciendo aquí una reacción que quiere destruir la herencia del Concilio?”

            Para concluir señalando que lo cierto es que Cristo se entregó por todos, y a todos alcanza su poder salvífico, como se desprende de varios textos sagrados como son

Pablo en la Carta a los Romanos afirma (Rm 8,32) Dios entregó a su Hijo «por todos»

 El mismo pablo, en la Segunda Carta a los Corintios, hablando de la muerte de Jesús (2 Co 5,14) nos recuerda que «Uno murió por todos»

 Y, en la Primera Carta a Timoteo (1 Tm 2,6) escribe Jesús «se entregó en rescate por todos».

Entonces, con mayor razón, una vez más, debemos preguntarnos: si esto es así de claro, ¿por qué en la Plegaria Eucarística está escrito «por muchos»?

Y finaliza su reflexión afirmando que “El respeto reverencial por la palabra misma de Jesús es la razón de la fórmula de la Plegaria Eucarística”. Y que lo cierto es que los Cristianos Católicos somos hoy ni tan siquiera muchos, sino muy pocos y que, si bien Cristo se entregó por todos, sólo son “muchos” quienes desde su libertad de conciencia aceptarán el mensaje del Salvador, pues el sacrificio de Cristo y la voluntad salvífica de Dios no tienen un efecto obligatorio ni automático, pues Dios respeta nuestra libertad. De modo que cada hombre tiene que acoger en su vida la salvación que Dios le otorga gratuitamente.

            Lamento profundamente discrepar de la opinión del Papa Benedicto, de la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos y el Culto Divino y de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyos miembros son, todos ellos, muy respetables Doctores Teólogos de la Iglesia, y entiendo que muchos de mis lectores consideren mi postura una imprudencia y una insolencia, pero tengo la impresión de que su instrucción responde a motivos que sospecho espurios, a los que ha cedido el Santo Padre por evitar nuevos enfrentamientos con la Curia.
            Y tales motivos podrían no ser otros que:

·        El temor de los actuales responsable de nuestra Iglesia, infectada por el virus de la corrección política, de que defender la voluntad salvífica de Cristo hacia “todos” pudiera ser interpretada como una intromisión y falta de respeto a los creyentes de otros credos, especialmente los musulmanes.
·        El deseo de la Iglesia de conservar a sus fieles, o, dicho de otro modo, de evitar el abandono de las Iglesias por los católicos, cada día menos numerosos, con el argumento de que la fórmula “por muchos” expresa la terrible realidad, ya comentada anteriormente, de que sólo muchos, pero no todos, se beneficien efectivamente de ese don salvífico consustancial a la muerte de Jesús, proscribiendo una interpretación ilusoria de la salvación, que puede desembocar en la creencia de que, por el Sacrificio de Cristo Jesús estuviéramos ya salvados, pues lo cierto es que, en uso de nuestra libertad, no queramos acoger el regalo de la salvación y de la gracia, excluyéndonos así de esos «muchos» a los que Jesús desea salvar.
·        Item más, que para alcanzar esa salvación debemos acogernos al seno de la Iglesia como único vehículo doctrinal y litúrgico que garantiza el camino a esa salvación.

Pues bien, en relación con el primero de los argumentos de la Iglesia, el del respeto a la literalidad del mensaje de Jesucristo,  hemos de advertir que los conceptos hebreo [rabbîm] y arameo [saggi`îm], que son los vocablos utilizados en la versión de la que parten las traducciones de los evangelios al griego y al latín, son términos, que aun significando literalmente “muchos”, se refieren a “todos” y, especialmente, si van precedidos de artículo, en cuyo caso significan toda la humanidad, según afirman expertos en ambas lenguas. 

Pero entonces, ¿por qué cambiarlo? ¿Por fidelidad a la literalidad de las palabras de Jesús? ¿Qué literalidad, la latina, la griega o la hebrea/aramea?

En segundo lugar y ante el deseo de la Jerarquía de la Iglesia de mantener su monopolio en la gestión de ese pretendido único vehículo doctrinal y litúrgico que garantice el camino a esa salvación, hemos de defender la idea de que Cristo ofrece su vida por todos los hombres, por «el mundo», y que la salvación no es "mercancía" gestionada monopolísticamente por la Iglesia, sino que reside en el amor de Dios al hombre y la repuesta individual de este al Padre.

Así debemos interpretar las palabras del Evangelio de Juan
“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.” (Juan 3, 16-21)
«Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» ( Juan 6,51).

Sin perjuicio de que, por desgracia, no todos acojan el deseo del Salvador

 «Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (Juan 1,11)

«Señor, ¿son pocos los que se salvan?», y Jesús respondió: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (Lucas 13,23-24).
Por ello, y frente a la opinión de los expertos de la Congregación, que estaba liderada por el Cardenal nigeriano Francis Arinze, sigo preguntándome: 
¿Por qué este cambio? ¿Cómo puede ser que la liturgia parezca recortar la validez redentora de la sangre de Cristo de “todos” a “muchos”? ¿No es esto un paso atrás, una rémora o coletazo de esa Iglesia que parece querer restringir la salvación a “unos pocos”?

Por todo ello considero erroneamente fundamentado el cambio comentado y pienso que lo correcto sería mantener la referencia a "todos" en la consagración del vino.

            Para concluir, quiero citar unas palabras que contradicen la opinión, en este tema, del propio Papa Benedicto y que ya he comentado en mi post Y EL VERBO SEHIZO CARNE Y HABITO ENTRE NOSOTROS   que se puede leer íntegramente haciendo click en el enlace, y cuya lectura recomiendo como complemento a la presente reflexión.
Esa reflexión de Benedicto XVI, contenida en su obra “El infierno es estar sólo” y que, implícitamente se refiere a "todos los hombres", es la siguiente:
Si existiese [después de la muerte] una suspensión de la existencia tan grave que en ese lugar [o situación] no pudiera haber ningún tú, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno. Pero una cosa es cierta, hay una noche a cuyo abandono no llega ninguna voz; hay una puerta que podemos atravesar solo en soledad: la puerta de la muerte. La muerte es la soledad por antonomasia. Aquella soledad en la cual el amor no puede penetrar es el infierno. Sin embargo, Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; con su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado. Allí donde no se podía escuchar ninguna voz. Allí está Él. De este modo el infierno, la muerte que antes era el infierno, ya no lo es más.”





sábado, 6 de mayo de 2017

HISTORIA DE DESAMOR

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Cayo Argentius Nepociano paseaba por la Casa de Campo una tarde de primavera.

Los pinos y las retamas comenzaban a despedir su característico olor balsámico como reacción al sol que los calentaba.

Los pájaros cantaban y la tranquilidad del momento le relajaba.

Tras un recodo del camino, que serpenteaba entre los pinos y las encinas, descubrió la presencia de una bella joven que leía tranquilamente, sentada en un banco, bajo una gran encina que extendía una gruesa rama sobre ella resguardándola con su sombra, con los auriculares de su MP3 colocados en sus oídos y una expresión de calma y placidez maravillosas.

Se quedó un rato, extasiado, contemplando a la bella mujer, hasta que, al cabo de un rato ella, que había percibido su presencia, pero que intencionadamente le había ignorado, le miró y le sonrió.

Aquello fue el comienzo de una bella historia de amor.

Meses más tarde, los titulares de los periódicos relataban en las páginas de sucesos:

“Un joven aparece ahorcado en una encina de la Casa de Campo”

A sus pies, sobre un banco del parque había aparecido una nota que confirmaba el suicidio del joven.

“Señor Juez:

La presente tiene por objeto imputar la causa de mi suicidio a los políticos progresistas que velan por nosotros, tanto los que nos gobiernan como los de la oposición, pues ellos son los que han dado pié a mi drama y al enorme engaño del que he sido víctima.

Yo era un hombre feliz, normal y corriente, que conocí por casualidad a quien pensé sería mi compañera de por vida y la madre de mis hijos, tal y como le ocurre al común de los mortales en algún momento determinado de su vida.

Claudia Quinta Sertoria, pues a sí se llamaba la interfecta, era una mujer bella, aunque en ocasiones me sorprendían sus reacciones poco femeninas y ciertos ademanes excesivamente vigorosos, que yo, ingenuamente, achacaba a su educación o a sus orígenes, sobre los que se negaba a hablar.

Compramos un piso de esos que las administraciones sortean para jóvenes con pocos ingresos, pues tuvimos la inmensa suerte de que me adjudicasen uno en un sorteo, así que ya ve que la vida nos sonreía. El piso, como diría la Ministra de la Vivienda no es que fuera pequeño, sino que era coqueto, una “solución habitacional” que, más o menos, satisfacía nuestras necesidades, con un único inconveniente, cuando vas al cuarto de baño has de tener cuidado de cerrar la puerta, no ya por los olores, sino porque si alguien abre la puerta de la calle te pillan in fraganti, sentado en el trono, con una visión directa desde el descansillo de la escalera.

Ya el día que fuimos al Notario, pues consideré oportuno cederle el 50% de mi piso en prueba de amor, me extrañó que su carnet de identidad fuese uno de esos tan modernos con el chip incorporado, que tan solo hacía un mes que se había anunciado que se ponían en circulación, pero ella me dijo con esa gran sonrisa que me deslumbraba, que lo había tenido que renovar hacía poco porque el anterior lo había perdido.

Planeamos nuestra boda con esmero. No queríamos una boda religiosa, sino civil, y el banquete sería reducido para un grupo de amigos solamente, porque como ella me contó sus padres habían muerto cuando era pequeña y no tenía familia.

Nuestras relaciones sexuales antes del matrimonio fueron muy conservadoras. Ella me decía que quería mantener incólume su cuerpo hasta el matrimonio, así que se limitaron a algunos besos, más o menos apasionados y algunos intentos de “tocamiento” que ella siempre frustraba.

El día de nuestra boda hubiese deseado hacer el amor con ella apasionadamente, pero después de intentarlo infructuosamente solo me dejó hacerlo con la luz apagada, sin desvestirse y por un conducto a mi juicio inapropiado, pero como siempre había escuchado a los amigos del trabajo decir que las mujeres no quieren hacerlo normalmente por ahí, pensé muy ufano que aquello no era sino una muestra más de amor de mi adorada Claudia.

No voy a entretenerle con otros detalles sórdidos de nuestra relación, que poco a poco, y en muy poco tiempo arruinaron nuestra convivencia.

El mayor de mis pesares consistía en su obstinación de no hacer el amor, pues ella se negaba a tener hijos, defraudando así mi deseo de crear una familia, siempre con la disculpa de que no quería truncar su carrera profesional, ¡¡¡ ella que era dependienta de una tienda de ultramarinos !!!.

Su terco comportamiento llegó a no tener disculpa, pues yo le insistía en que el mejor sistema para no procrear, aceptando resignadamente su dedicación al trabajo, era una visita al ginecólogo para que le recetase algún anticonceptivo, de tal modo que, al menos, recuperásemos la ilusión en nuestro matrimonio que marchitaba, haciendo el amor, cosa que me estaba vedada. A lo que ella se negó reiteradamente con igual ahínco, acrecentando así mis sospechas de infidelidad conyugal.

Pero la gota que colmó el vaso y que me ha llevado a la determinación que hoy ejecuto, ocurrió esta misma mañana.

Me sentí indispuesto en el trabajo y decidí marcharme a Casa.

Al llegar pensé que Claudia estaría despachando mortadela en su colmado, pero la horrorosa escena que contemplé en mi hogar me ha empujado irremediablemente a quitarme de en medio de este mundo, pues soy el hombre más desafortunado que por él pudiera arrastrar sus huesos.

Al entrar en Casa me encontré allí a Claudia desnuda, su espalda era enorme, nunca hasta el momento me había fijado en el detalle, de pie ante el retrete haciendo pis.

Al descubrir mi presencia, instintivamente se giró hacia mi con cara de horror y con un inmenso pene entre sus manos que continuaba orinando.

Salí corriendo sin atender a sus gritos y sus súplicas de que volviera, que seguí oyendo mientras bajaba precipitadamente las escaleras.

Al llegar a la calle no supe que hacer. Me alejé del barrio tan rápido como pude y me encontré, de repente y sin pensarlo, ante el banco en el que la había visto por primera vez en mi vida, y que estoy decidido a que sea la ultima visión de mi existencia.”

Según relata una pareja de ciclistas, que descubrieron el cuerpo inherte de Cayo colgando de una rama de una gran encina de la Casa de Campo, antes de llegar hasta ella escucharon un gran crujir de ramas, precedido de una desesperada exclamación vociferante que decía:

“Me cago en la madre que parió la Ley LGTB”