sábado, 8 de agosto de 2020

TORCUATO O LA COHERENCIA

    Hoy me veo en la necesidad de contestar a un artículo publicado por un tal Julio Merino en el digital “Cierre Digital” bajo el título:

“El día que el estratega de la Transición, Torcuato Fernández Miranda, lloró y se arrepintió de dar el sí a las Autonomías”

    Todo lo relatado en este artículo no es más que una falsedad, e intuyo que, en el fondo, no es más que una manipulación de la figura de mi padre con el oculto deseo de criticar a Don Juan Carlos I, desde posiciones de ultraderecha en que al parecer se ha movido siempre este personaje, según he podido averiguar.

       En el texto de este artículo su autor manifiesta que le unía a mi padre una “vieja amistad”, amistad desconocida tanto por mí como por mis hermanos, lo que me hace, de entrada, dudar de su existencia.

    Pero empecemos por el principio.

    Torcuato Fernandez-Miranda no era un hombre de lágrimas, y puedo asegurar que durante el tiempo que compartí su vida nunca le vi llorar, es más, pese a la imagen de adusto, serio y frio, no lo era, y se enfrentó a los momentos más difíciles de su vida con un sentido del humor constante, una verdadera manifestación de la alegría que presidía su vida íntima y privada.

    De hecho, en algún momento de su vida afirmó

Os aseguro que el llanto más doloroso es aquel que carece de lágrimas, de lamentos y de palabras.”

    Continúa su relato ficticio el Sr. Merino afirmando que, en la primavera de 1980, lo encontró pesimista como asqueado de todo, desilusionado, desesperanzado, un místico de la catástrofe…

    Desde luego no era esa la imagen que mi padre transmitía no era desde luego un espejo de la alegría, pero tampoco llegó, nunca a esa desilusión o desesperanza.

    Y es a partir de este punto donde el relato de Merino toma unos derroteros absolutamente disparatados, pues según relata, mi padre le manifestó su arrepentimiento sobre varias cuestiones, incluso sobre la propia Transición, y pone en boca de mi padre la afirmación de que el proceso de conquista de la democracia debería haberse hecho desde la absoluta ruptura con el franquismo, y por tanto de acuerdo con las posiciones de la Platajunta, que no era sino el conjunto de partidos y movimientos sociales que querían la ruptura total con el franquismo y no la transición.

Tales afirmaciones son Inconcebibles en Torcuato Fernandez-Miranda.

       Además, para explicar las falacias contenidas en el artículo de Merino, debemos tener en cuenta que Torcuato era un creyente profundo para quien un “juramento” era cuestión de esencial importancia, y él había jurado respetar las “Leyes Fundamentales” del franquismo no en una, sino en varias ocasiones, razón por la cual nunca hubiera apostado por la ruptura y vulneración de aquellas leyes, ni por apoyar la tesis de un referéndum que decidiera entre República y Monarquía de acuerdo con las tesis de la “Platajunta”, pues eso hubiese sido una traición impensable al Rey.

Torcuato defendió, siempre, la formulación del tránsito a la Monarquía Parlamentaria y democrática a través de la formulación de hacerla “De la Ley a la Ley”, es decir respetar la legalidad franquista para desde ella llegar a una nueva legalidad democrática, procedimiento que estaba pactado con Don Juan Carlos mucho antes de su acceso a la Corona.

       En cuanto al Rey Don Juan Carlos I hemos de recordar, también, que en el año 1969 el General Franco propuso al entonces Príncipe Juan Carlos, de 31 años, asumir la posición de ser su heredero, a título de Rey, para lo que era imprescindible que jurase lealtad a las “Leyes Fundamentales” del régimen.

       Ello supuso un dilema moral para el Príncipe, pues le preocupaba que para alcanzar su íntimo deseo de que su Monarquía fuese una Monarquía “de todos los españoles” parlamentaria y democrática, tuviese que romper su juramento.

       El conflicto se salvó con el consejo de Torcuato Fernández-Miranda,  quien argumentó que la jura de las “Leyes Fundamentales” llevaba implícito el juramento del procedimiento establecido para su modificación, que habría de ser la llave de la democracia.

Por otra parte, es definitiva para manifestar que todo lo contado en el artículo de marras es falso absolutamente, de la afirmación de su arrepentimiento por dar el SI a las autonomías, pues nunca dio ese “SI”, de hecho Torcuato Fernandez-Miranda no votó a favor de la aprobación de la Constitución, y efectivamente no lo hizo por el recorte de facultades de la Corona, y por la inclusión del concepto “Nacionalidades” en su texto, y la regulación de las Comunidades Autónomas, dado el riesgo que suponía, hoy concretado, de desintegración territorial de España.

Así, mi padre no asistió a la sesión del Senado en que se votó la Constitución, ni su firma aparece en el ejemplar original de la Constitución, que se custodia en el Congreso y en el que aparecen las firmas del Rey, del Gobierno y de todos los Diputados y Senadores, pero no la firma de mi padre.

Después de ello explicó al Rey Juan Carlos las razones de no votar a favor de la Constitución, elaborada desde el “consenso” entre la UCD de Suárez y el PSOE de Felipe González, con formulaciones que le preocupaban enormemente.

El Rey premió su trabajo, lealtad y dedicación, con el Ducado de Fernandez-Miranda y con la concesión del Toisón de Oro, máximo galardón dinástico a los servidores de la Corona.

Y no olvidemos que, tal y como aparece en la fotografía de la firma de su abdicación en su despacho de la Zarzuela, entre las fotografías colocadas en su biblioteca aparece la fotografía de Torcuato, el único personaje no miembro de la familia Real que aparece entra las fotos de la familia, en dicha biblioteca.

Y les aseguro que no existió conflicto o desencuentro entre mi padre, Torcuato, y el Rey Juan Carlos I, y ello lo apoyo en una reciente anécdota.

Un buen amigo me comentó hace algunos meses, que en un almuerzo que compartió con don Juan Carlos el Rey manifestó expresamente:

“Torcuato Fernandez-Miranda ha sido la persona más leal y fiel a la Corona y a mí mismo, de las muchas que he conocido a lo largo de mi vida.”

CONCLUSIÓN Julio Merino hace un artículo en el que se inventa la amistad con mi padre y manipula su figura, y quien sabe si no lo hace con la intención de hacer una crítica más a Don Juan Carlos I en otra manifestación de hacer leña del árbol caído.


domingo, 2 de agosto de 2020

GENERALES NEGROS DEL EJÉRCITO ESPAÑOL EN AMÉRICA. LA AMÉRICA NO ESCLAVISTA ESPAÑOLA


Retrato del General Puello por Ferrer Dalmau


Estados Unidos vive la tormenta perfecta de su «Black lives matter», que se ha extendido hacia la “Hispanofobia” con el derribo de esculturas que representan a personajes de nuestra historia que contribuyeron a forjar la Nación norteamericana.

Sin embargo, las revueltas populares nada tienen que ver con la discriminación racial en EEUU.

Cierto que pudieron comenzar como consecuencia de la muerte de George Floyd, un ciudadano negro, en una actuación abusiva de un policía blanco, ya apartado del Cuerpo Policial y a la espera de juicio por su acción, pero pronto degeneraron en una protesta financiada por los lideres antisistema mundiales, especialmente Soros, convirtiéndose en un movimiento revolucionario de corte anarquista antisistema, que más tarde o más temprano acabará siendo reprimido por las autoridades, ya estatales, ya federales.

Y todo ese movimiento, en cuanto a su manifestación “hispanofóbica” demuestra una incultura absoluta hacia lo que España y los Españoles representaron para América.

Así, se acusa de esclavista a Colón y a los Reyes Católicos, cuando todos los indígenas traídos por Colón a la Península, fueron devueltos a sus tierras por orden Real.

De igual modo, ya en 1504, tan solo 12 años después del descubrimiento de América, la Reina Católica dio instrucciones para que:

«No consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien».

La “Real Cedula de 1514” de Fernando el Católico, vino a avanzar en la colonización no esclavista de América, al autorizar los matrimonios mixtos, y reconocía de forma legal una realidad que se convertiría en una de las principales características de la experiencia colonial española, y cuyas consecuencias afectarían el entramado social de Sudamérica hasta nuestros días: el mestizaje, debiendo advertirse como mientras en EEUU y Canadá el porcentaje de población indígena o mestiza es del 3 o 4 %, mientras que en los países de habla hispana de sudamerica ese porcentaje es superior al 85%.

Por otra parte, en EEUU no se autorizaron los matrimonios mixtos entre blancos, indios o negros hasta los años 60 del s.XX.

Incluso se ha vandalizado una escultura de Cervantes, desconociendo que él mismo fue esclavo de los berberiscos en Argel durante cinco años, hasta su liberación por los padres trinitarios.

En cualquier caso, la esclavitud en España, que fue una práctica habitual en los diferentes reinos de la península ibérica durante la Edad Media, se abolió pronto en las posesiones españolas en América. 

La esclavitud indígena fue abolida con las Leyes de Burgos en 1512, tan sólo 20 años después del descubrimiento. 

En 1873 se abolió todo tipo de esclavitud, aunque de facto no había esclavos en la península ibérica desde 1766, cuando fueron expropiados por el Estado y vendidos a Marruecos o liberados.

Sólo Cuba y Puerto Rico quedaron expresamente exentas de cumplir la norma, pues amenazaron que si se abolía la esclavitud se unirían a los Estados Unidos.

La exención relativa a Puerto Rico fue derogada por la I República en 1873, y la de Cuba en 1886, si bien desde 1880 ya no se permitía la tenencia de nuevos esclavos

En cualquier caso, de entre las potencias colonizadoras, España fue posiblemente la menos esclavista como consecuencia de la firma del Tratado de Tordesillas en 1494, que impedía el transporte de esclavos desde África, entre otros límites al comercio.

Tratados posteriores, como por ejemplo el firmado en 1713 con Inglaterra cedían la totalidad del comercio de esclavos de raza negra a otras potencias.

Como consecuencia directa de esta política, en las regiones conquistadas por España apenas existieron negros.

Además, los esclavos tenían derechos impensables en otras latitudes, como el descanso dominical, establecer pequeños negocios de subsistencia y comprar su libertad. Y aunque hoy pueda pensarse lo contrario, tanto los indígenas americanos como los afrodescendientes fueron firmes pilares de la monarquía hispánica frente al independentismo americano. Se sentían protegidos por el Rey frente a las arbitrariedades de los criollos, oligarcas de origen español, como Simón Bolivar, perteneciente a una rica familia propietaria de minas de cobre.

    Pero aquí no se acaba la historia colonial no esclavista americana de España, pues el primer General Negro con mando sobre soldados blancos, del que tenemos noticias en el mundo entero, lo fue Eusebio Puello y lo fue en 1861, un siglo antes de que EE.UU. tuviera alguno, cuando Benjamin Davis llegó a general en 1960.


Eusebio Puello y Castro nació en 1811 en Santo Domingo, el antiguo territorio hispano que ocupaba la mitad occidental de la isla de La Española. Ingresó en filas en 1824 y siempre demostró un gran valor y una extraordinaria capacidad de liderazgo, lo que le proporcionó una meteórica carrera durante las guerras de la República Dominicana contra sus vecinos de la República de Haití.

En 1859 y ante las continuas invasiones haitianas, Santo Domingo solicitó la anexión a España para protegerse de sus violentos enemigos. 

Puello sería admitido entre las tropas españolas en 1861 con el grado de mariscal de campo (general de división). Pronto tuvo que hacer frente a la sublevación de sus compatriotas opuestos a la anexión, que abrió desde 1863 un período de casi tres años de guerra, en la que participaría del lado de España en innumerables combates.

España decidió abandonar su presencia en Santo Domingo en 1865. Los numerosos dominicanos que, como Puello, habían apostado por España se vieron en la necesidad de emigrar a Cuba o Puerto Rico. Como otros muchos afrodescendientes libres convivieron con los rescoldos de una esclavitud que, debido a los intereses de los oligarcas y hacendados antillanos, no sería abolida definitivamente hasta 1888.

Puello había sido condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III por su actuación en Santo Domingo. Al estallar la sublevación independentista cubana en 1868, empuñó nuevamente las armas, ahora para defender la integridad nacional de su país de adopción. Mientras otros compañeros dominicanos emigrados eligieron unirse a los rebeldes cubanos, Puello participó en numerosas operaciones militares -siempre al mando de tropas españolas de raza blanca- contra los mambises, como eran llamados los insurrectos.

A mediados de 1869 fue nombrado comandante general del Departamento Central o de Camagüey, con sede en Puerto Príncipe. Allí fortificó la ciudad, reparó las líneas de ferrocarril y animó a los habitantes, muy afectados por el hambre y las enfermedades tropicales.

El 30 de diciembre de 1869, al mando de una columna compuesta por unos 1.200 hombres (Batallones de Chiclana, La Unión, Reina y Voluntarios de Madrid; Infantería de Marina, Caballería, Ingenieros y 4 piezas de artillería) atacó y ocupó el pueblo de Guáimaro, que las fuerzas insurrectas habían establecido como su capital.

El 1 de enero de 1870 se enfrentó en Las minas de Juan Rodríguez (en el camino de Guáimaro a Palo Quemado) a las tropas rebeldes dirigidas por el aventurero norteamericano Thomas Jordan (un antiguo general del ejército confederado) y el líder independentista Ignacio Agromonte. En esta acción, sus tropas sufrieron 223 bajas y Puello resultó herido en el asalto a pecho descubierto contra un enemigo fuertemente atrincherado y emboscado, que le esperaba con el grueso del ejército rebelde. Su arenga a sus soldados bisoños fue:

 «¡Soldados! ¡Yo que soy negro, me ofrezco como blanco a los enemigos de España! ¡Adelante!»

Cuatro meses más tarde y tras recibir críticas por deficiencias en la administración y organización de sus tropas, Puello sería relevado del mando de Camagüey y, aunque estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su deber hacia España, no volvería a dársele ningún mando en campaña.

A las secuelas de sus muchas fatigas y heridas de guerra se unió el pesar de sentirse apartado y olvidado. Pocos meses después, un 15 de diciembre de 1871, el valiente, honrado y leal general fallecía en la ciudad de La Habana, rodeado de sus diez hijos, fruto de su unión con cinco esposas diferentes.

Sin embargo, puede que Puello no sea el primer negro con rango de General en el ejército español, pues hay un personaje llamado Georges Biassou que ostentó dicho rango, aunque no al mando de tropas regulares sino de los “auxiliares negros”.


George Biassou nació en 1741 en Haití hijo de esclavos traídos de África para trabajar en la isla, y murió en 1801, en San Agustín (Florida) fue un prócer de la independencia haitiana y el primer líder de los esclavos rebeldes de Haití.

El mismo Biassou fue esclavo de Los Padres de la Caridad, ​ trabajando en plantaciones de azúcar.

En 1791, miles de esclavos se levantaron y se enfrentaron contra sus dueños blancos.

Biassou, que tenía en aquel momento cincuenta años, se unió a ellos y pasó a asumir rápidamente la jefatura rebelde con Jean Francois.

Biassou envío a 40.000 esclavos, para que quemaran las plantaciones y asesinaran a los blancos.

En cuatro años de guerra, Biassou desarrolló una importante reputación que provocó el desarrollo de leyendas sobre su persona.

Dado que la isla de la Española, estaba dividida entre España y Francia los esclavos decidieron luchar contra los franceses uniéndose al bando español.

Allí, el gobernador español reclutó a los esclavos rebeldes, ofreciendo a los líderes de la revolución haitiana libertad para ellos y sus familias y posiciones en el ejército de Santo Domingo en la guerra contra Francia.

El gobernador les dio armas, suministros, ropa,​ salarios y la nacionalidad española.

Jean - Francois Papillón, Jorge Biassou, y su ayudante Toussaint L'Ouverture recibieron medallas de oro y cartas de agradecimiento y confianza por parte del gobierno español.

Biassou fue reconocido como "Caudillo de los Auxiliares Negros de Carlos IV" en Santo Domingo​ y "Virrey de los territorios conquistados".

Aunque el gobernador les estaba agradecido por sus hazañas en la guerra contra Francia, cuando esta terminó, los auxiliares negros fueron disueltos y enviados fuera de la Española, y con tanta rapidez que Biassou no tuvo tiempo de vender su propiedad o encontrar a su madre.

A Biassou y varios de sus seguidores se les ordenó marchar a San Agustín (Florida).

Biassou se trasladó a Florida con su familia y sus seguidores en 1795 y, allí, se instaló como un ciudadano libre español.

 El gobernador español de Florida le nombró General de la milicia negra.

Jorge Biassou sirvió en el ejército militar de San Agustín durante cinco años. Murió en 1801 a la edad de sesenta años, como hombre libre y ciudadano español.

Tras su muerte, surgió un importante y expontáneo reconocimiento de la posición del General Biassou como un oficial condecorado de España, incluso reemplazando las distinciones raciales. Se le honró con una misa y el Gobernador acompañó el cortejo fúnebre al cementerio de la iglesia con tambores y una guardia negra de honor.

Jorge Biassou está enterrado en el cementerio de Tolomato, aunque la ubicación exacta de su tumba se desconoce.

Como conclusión de esta reflexión, podríamos resumir diciendo que la esclavitud y el genocidio de indígenas, no llegaron a América en la Pinta, la Niña y la Santa María en 1492, sino con el Mayflower en 1620.

Y concluimos esta reflexión con la “Marcha de Infantes” que es la marcha de honor a los Generales, según las vigentes ordenanzas militares.






jueves, 30 de julio de 2020

COVADONGA


La “Santina”, como es conocida en Asturias la Virgen de Covadonga, es no solo patrona del Principado, sino la advocación mariana que con mayor respeto y cariño llena el corazón de los asturianos.

Y da igual del Concejo que uno sea, o sus adscripciones políticas o culturales, la “Santina ye la Santina”, y no hay más que hablar.

El origen de la advocación se remonta a la mítica batalla de Covadonga, que os relato, y que tuvo lugar en el año 718, aunque otros autores la fechan en el 722 en un paraje próximo a Cangas de Onís (Asturias), entre el ejército astur de Don Pelayo y tropas de al-Ándalus, que resultaron derrotadas.

​ Algunos autores han señalado que la pretendida batalla no fue sino una mera escaramuza que supuso el afianzamiento del caudillaje carismático de Pelayo, así como de la alianza entre los visigodos refugiados y la aristocracia indígena.

Las crónicas árabes restaron importancia al acontecimiento —«un cronista musulmán tardío, al-Maqqari, afirma que las huestes de Alqama decidieron retirarse de las montañas astures porque al fin y al cabo allí sólo había "treinta asnos salvajes", por lo que se preguntaron "¿qué daño pueden hacernos?"»—, mientras que los cristianos más adelante lo magnificaron llegando a considerarlo algunos eclesiásticos próximos a la corte, años más tarde, nada menos que el punto de partida de "la salvación de Hispania".

Tras la caída del reino visigodo, el bereber Otman ben Neza, conocido por los cristianos como Munuza, fue nombrado valí del tercio noroccidental de la península. Su autoridad fue desafiada por algunos dirigentes astures que, reunidos en Cangas de Onís en 718 encabezados por Pelayo, decidieron rebelarse negándose a pagar impuestos exigidos, el jaray y el yizia.

Tras algunas acciones de castigo a cargo de tropas árabes locales, Munuza solicitó la intervención de refuerzos desde Córdoba. Aunque se restó importancia a lo que estaba sucediendo en el extremo ibérico, el valí Ambasa envió al mando de Al Qama un cuerpo expedicionario, acompañado por el obispo Don Oppas que trató de convencer a Pelayo que se plegase al poder musulmán y renunciase a su rebelión.

Pelayo esperó a los musulmanes en un lugar estratégico, como el angosto valle de Cangas de los Picos de Europa cuyo fondo cierra el monte Auseva, donde un atacante ordenado no dispone de espacio para maniobrar y pierde la eficacia que el número y la organización podrían otorgarle.

El enfrentamiento se produjo en la cueva de Covadonga, en el año 722 (718 para otros historiadores), y se saldó con la completa derrota de los sarracenos.

Se desconocen las dimensiones exactas del ejército de Pelayo o el de Al Qama, aunque los recientes descubrimientos arqueológicos hacen pensar que las fuerzas cristianas de la región eran de varios miles y que, consecuentemente, las tropas musulmanas de Al Qama, serían de una entidad tal que no cabría calificar al enfrentamiento de escaramuza.

La cuestión es que las tropas sarracenas fueron diezmadas, obligando a Munuza a escapar de Gijón, donde se hallaba en ese momento.

Al Qama halló la muerte en este lance, mientras que sus fuerzas sufrieron grandes pérdidas en su desordenada huida, al caer sobre ellos una ladera debido a un desprendimiento de tierras, muy probablemente provocado por los cristianos, cerca de  Cosgaya en Cantabria.

La Batalla de Covadonga supuso la primera victoria de un contingente rebelde contra las fuerzas musulmanas. Tuvo una amplia difusión en la historiografía posterior como detonante del establecimiento de una insurrección organizada que desembocaría en la fundación, en principio, del reino independiente de Asturias, y de otros reinos cristianos.

A ella se refieren ya las crónicas de Alfonso IIICrónica de Albelda, datada en el año 881.

La falta de documentación en relación con la figura de Pelayo ha hecho posible que en torno a él surjan ciertas leyendas.

Sin embargo, se encuentran bases suficientes para afirmar la historicidad del personaje.

En un manuscrito del siglo IX se le considera hijo del duque Fávila y perteneciente a la corte del rey visigodo Witiza (700-710).

A parte de la situación estratégica se dice que Covadonga era un lugar mágico. La leyenda cuenta que un ermitaño había revelado a Don Pelayo los secretos de la cueva y la salida por la gruta de Orandi, que según antiguos relatos conecta con la Cueva Santa y que sería el camino usado por los guerreros de Pelayo para apostarse en la Cueva Santa en espera de la llegada de los sarracenos.

 Antiguamente se asociaba a la Santa Cueva propiedades mágicas y se rendía culto a la Virgen en ella. El nombre de Covadonga (Cueva de la Señora o Cueva Honda) hace referencia a este culto.

Dejando de lado la exageración de las cifras de los ejércitos y los elementos mágicos, la victoria en la batalla de Covadonga de los astures se debió a una falta de juicio por parte de Córdoba, que consideró que no era necesario prestar atención a las revueltas, y la falta de estrategia del general Alqama.

En cualquier caso, con o sin leyendas, pues existen muchas en torno al origen de Pelayo, su papel en la Corte Visigoda, o el desarrollo de la Batalla/Escaramuza, se puede afirmar que esa gran batalla o pequeña revuelta, fue el comienzo del Reino de Asturias, que primigeniamente estableció su Capital en Cangas de Onís, muy cerca de Covadonga, y de la “Reconquista” de la Península por los Reinos Cristianos, que terminaría casi 800 años más tarde, en 1492, con la conquista de Granada por los Reyes Católicos..

Por su belleza os acompaño dos vídeos de Covadonda. 







martes, 28 de julio de 2020

LA CRUZ DE BORGOÑA


    La “Cruz de San Andrés” o “Cruz de Borgoña” es un distintivo heráldico del Ducado de Borgoña, cuyo Santo Patrón era San Andrés, que fue crucificado hasta su muerte en una cruz en aspa, y fue utilizada por primera vez por el Duque Juan I Sin Miedo de Borgoña en la Guerra de los cien años, en torno a 1400.

       La llegada a España de este emblema se produce con Felipe I de Habsburgo, Duque de Borgoña, casado con Juana I de castilla, que llegó a la península en 1502, con un importante séquito, en el que se encontraba su guardia personal o “Guardia Borgoñona” cuyo emblema era la Cruz de San Andrés en rojo sobre fondo blanco.

       Del mismo modo, Felipe I vinculó a la Corona de España no sólo el ducado de Borgoña y su Cruz de San Andrés, sino también la Orden del Toisón de Oro, instituida en 1429 por el duque de Felipe III de Borgoña, así como la condición de Gran Maestre de la Orden que hoy en día ostenta S.M el Rey Felipe VI en su condición de Duque de Borgoña.


Y aquí quiero hacer un inciso, pues en mis hijas se da una condición única en la historia, cual es la de ser descendientes en línea directa del Primer Toisón de Oro concedido por S.M. Don Alfonso XII tras la reinstauración de la Monarquía en la dinastía Borbón, después de la I República y el efímero reinado de Amadeo de Saboya, en la persona del padre de su tatarabuelo, Pedro Gómez de la Serna y Tully, y del primer Toisón de Oro concedido por S.M. Don Juan Carlos I después de la reinstauración de la Monarquía en la Dinastía Borbón. tras la II República y el franquismo, en la persona de su abuelo, mi padre, Torcuato Fernandez-Miranda y Hevia.

Pero volviendo a la Cruz de Borgoña, recordemos que, con la dinastía de los Austrias, a su vez Duques de Borgoña, la Cruz se adoptó como elemento común para las banderas españolas de la época y los estandartes militares.

En tierra, esta bandera ondeó probablemente por primera vez como insignia española del ejército de Carlos I en la batalla de Pavía, en 1525.

 Posteriormente se convirtió en la más característica de las utilizadas por los tercios españoles y regimientos de infantería del Imperio español durante los siglos XVI, XVII, XVIII y comienzos del XIX.

Dado que el paño blanco con el escudo del Rey era propio de la Casa de Borbón, se utilizó en el siglo XVIII como Bandera Nacional por las distintas ramas de los Borbones que reinaban en Francia, Nápoles, Toscana, Parma o Sicilia, además de España, por lo que Carlos III decidió cambiar el pabellón nacional por la actual bandera rojigualda en el año 1785, en su génesis solo para la Armada, con la finalidad de diferenciar mejor sus naves de las de  estas otras naciones, y que, sin embargo, no comenzó a utilizarse por el ejercito de tierra hasta 1843.

En cualquier caso, la Cruz de Borgoña seguiría muy presente en la vexilología patria.

Muchas banderas, guiones y estandartes actuales de unidades del Ejército español siguen presentando este emblema.

 Un claro ejemplo lo constituyen los guiones y estandartes de la Guardia Real, así como el Escudo de Armas del Rey Juan Carlos I, aunque no así el de Felipe VI.

A nivel aéreo, el símbolo fue adoptado en el Ejército del Aire poco tiempo después de la creación de esta fuerza en España a partir de 1939, cuando se creó el Ministerio del Aire.

Los aviones militares españoles aún incluyen en su cola la cruz de San Andrés en Negro sobre fondo blanco, además de la escarapela rojigualda, como puede verse en esta fotografía.



lunes, 27 de julio de 2020

DON PEDRO MENÉNDEZ DE AVILES, ADELANTADO MAYOR DE LA FLORIDA


    Don Pedro Menéndez de Avilés, Conquistador y Adelantado Mayor de la Florida, es ancestro por línea materna, en descendencia directa, aunque por vía de segundones, de mis hijas, a través de enlaces matrimoniales de los Rato-Argüelles con algunas Ramírez de Jove hermanas de los primogénitos de la Casa, familia que entroncaría en el s XIX con los Armada, actuales Condes de Revillagigedo, y que ostentan el Título de “Adelantado Mayor de la Florida” con carácter hereditario, dignidades que actualmente ostenta mi buen amigo Álvaro.

    Y es precisamente a través de Álvaro que accedo al Post que hoy no escribo yo, sino que, por su interés, reproduzco del Blog “La Paseata” de Don José Crespo-Francés, y que se ha escrito en defensa de don Pedro ante los ataques furibundos contra toda memoria española en América por los energúmenos del movimiento LBM.

La ceremonia de la confusión y Pedro Menéndez de Avilés 

Por José Antonio Crespo-Francés

26 julio 2020


Leo sin sorpresa en un diario español unas líneas escritas bajo el titular “Pedro Menéndez y sus 500 esclavos”, entendiendo que se refiere a la figura de Pedro Menéndez de Avilés, y digo sin sorpresa pues asistimos a una ceremonia de la confusión a nivel global en el que los enemigos de España y de la Hispanidad, tanto externos como internos, se debaten moviendo los mismos fantasmas. Líneas cuyo autor también reclama en otro titular que «Sigue pendiente un relato satisfactorio de la Guerra Civil» lo cual también es esclarecedor viniendo de gente joven y sobre todo para todos los que peinando canas hemos nacido fruto del amor, la reconciliación y el perdón.

 

Tras la muerte de George Floyd por una mala praxis policial en los EEUU se ha desatado una furia contra símbolos a lo largo de ese país, furia que se ha cebado especialmente con la herencia española, así se han atacado las imágenes de Ponce de León, Colón, la reina Isabel la Católica, San Fray Junípero Serra, e incluso Cervantes cuyos agresores se identificaron sin saberlo al estampar “Bastards” con pintura roja sobre el monolito de nuestro universal Cervantes en el Golden Gate Park de San Francisco ignorando que en 1575, Cervantes fue capturado por piratas islámicos argelinos siendo esclavizado durante cinco años en Argel hasta su liberación. Dado lo inexplicable de la situación se comprende porque existe un trasfondo común en todos estos ataques y no es otro que la querencia por destruir la cultura, idioma, historia y herencia española, obviada en Norteamérica donde cierta historiografía habla de “siglo perdido” para describir el periodo comprendido entre el Descubrimiento y la llegada de los Peregrinos.

 

No es una simple identificación sobre esas esculturas de una rabia contra las injusticias del presente, es una disculpa para atacar y demoler una herencia centenaria sobre una ignorancia que alienta y facilita la comisión de esos hechos.

 

Si viajamos por Europa veremos cómo en sus plazas públicas se rinde homenaje a sus prohombres, existe una cultura nacional algo que se produce en toda Europa durante y a partir del siglo XVIII, únicamente en España se ha buscado una estética contraria llegando al ridículo que el gracejo popular pone en su sitio cuando renombra lugares como la plaza de la pantera rosa en Zaragoza y la plaza del monstruo en Jaca, así como en innumerables plazas en toda España donde los “objetos” depositados en ellas rayan entre el ridículo y el absurdo.

 

Ese movimiento antifa ‘Black Lives Matter’ responsable de vandalizar el monumento a Miguel de Cervantes y al santo Fray Junípero tiene sus acólitos también en España y a todos ellos hay que recordarles lo que en su día dijo Juan Pablo II sobre nuestro país:

 

 «España aportó al Nuevo Mundo los principios del Derecho de Gentes, y puso en vigor un conjunto de Leyes, con las que la Corona de Castilla trató de responder al sincero deseo de la reina doña Isabel I de Castilla, de que sus hijos los indios fueran reconocidos y tratados como seres humanos con la dignidad de hijos de Dios. Me urgía reconocer y agradecer ante toda la Iglesia, vuestro pasado evangelizador. Era un acto de justicia cristiana e histórica. Vosotros que fuisteis capaces de aquella empresa gigantesca, sed fieles a vuestra historia de fe».

 

Y esta ceremonia de la confusión afecta directamente a don Pedro Menéndez de Avilés, atacado frívolamente en este momento, cuyo único sueño era terminar sus días en la Florida.

 

 En la carta que dirigió a su sobrino diez días antes de su muerte, el 8 de septiembre de 1574, y recién nombrado como general de la armada destinada a atacar Inglaterra, resumía cuáles habían sido y cuáles eran sus fines en el gobierno de La Florida:

 

 «el acrecentamiento de nuestra Santa Fe Católica; y después de la salvación de mi alma, no hay cosa en este mundo que más desee que verme en la Florida para acabar mis días salvando almas».

 

Digo que no es nuevo este movimiento, ahora reactualizado en estos días por los neopopulismos, es solo una disculpa, pues ya Chaves, tras abolir el Día de la Raza en 2002, autorizó la vandalización y ahorcamiento ceremonial en 2004 del monumento erigido al almirante en el paseo de Colón en Caracas que pasó a llamarse con el nombre del cacique Guaicapuro. Si a esto añadimos que hemos visto a la fundadora de ‘Black Lives Matter’ fotografiada sonriente junto al déspota Maduro, que mata de hambre a su pueblo, nada nos puede sorprender.

 

Nadie valora globalmente como “gloriosa” la conquista de América pero la valoración general desde luego es totalmente positiva, los juicios de residencia pusieron en su sitio a los infractores e incluso algunos no alcanzaron la rehabilitación hasta después de muertos. Gracias a nuestros reyes, las leyes españolas, nuestros exploradores y misioneros América pasó de la Edad de Piedra a la Edad Moderna.

 

La conquista, luego poblamiento y asentamiento, de España en América no fue posible sin el amplio y masivo apoyo de los nativos americanos, porque con España les llegó la libertad, acabando con crueles imperios caracterizados por brutales sacrificios humanos.

 

Aquellos territorios nunca fueron colonias sino reinos, provincias parte constitutiva de la propia España. Hispanoamérica gozó de seguridad, estabilidad social y prosperidad económica cuando estuvo unida a España y así lo relatan con sorpresa y admiración los viajeros europeos en América durante el periodo virreinal, además contando con una presencia militar mínima basando la defensa en las milicias.

 

El modelo de la sociedad americana se estableció sobre los mismos parámetros que en la metrópoli… religión, derecho, educación, economía, aportando los españoles con todos sus defectos propios una administración moderna, infraestructuras, decenas de universidades, agricultura, ganadería, industrias, hospitales dando a la luz una nueva cultura fusión de la existente y la de los recién llegados.

He estudiado diferentes figuras olvidadas de la Hispanidad, sobre todo en los actuales EEUU, y en concreto tras años buceando en estos temas publiqué diferentes ensayos, un libro en 2020 dedicado al adelantado avilesino, y en 2019 mi tesis doctoral “Estudio Histórico y Edición Crítica del Memorial de Solís de Merás: la Florida de Pedro Menéndez de Avilés”, con esto quiero decir que me he empapado en sus relato y en su vida, y que físicamente he caminado por los embarrados pantanos infestados de mosquitos que él caminó, y desde luego lo que no es de justicia es juzgar a personajes sacándolos de su contexto histórico enjuiciándolos con parámetros contemporáneos.

 

Si así lo hacemos ¿Qué habría que hacer con las pirámides? ¿Con el acueducto de Segovia? (que algún político actual ubica en Ávila),… con los vestigios de Roma… con el Taj Mahal… con las pirámides de Mesoamérica… sería entrar en una enumeración inacabable pero que nos conduce a esa teoría, vieja por cierto, que hoy se pretende imponer y que no es otra que destruir los cimientos de una sociedad, de una civilización, para sobre las cenizas edificar una nueva que por supuesto contaría con sus nuevas estatuas, no les quepa duda.

 

Atraído por ello, en 1996 me enfrenté al estudio de mi primer memorial relacionado con la presencia española en el suroeste de los EEUU desde donde a finales del siglo XVI se pretendía alcanzar y facilitar el control de la Florida. Pero no había sido el primero. Entonces tuve noticia de otro singular personaje, un asturiano, don Pedro Menéndez de Avilés, quien hizo todo lo posible por lograr y logrando el asentamiento español en la Florida después de seis intentos anteriores frustrados por parte de otros exploradores en aquella tierra amenazada, por su valor estratégico, por diferentes potencias extranjeras, y él también trató de lograr un itinerario desde el norte de Florida hasta el norte de Nueva España, Zacatecas, y previó el asentamiento en la costa del norte de Nueva España junto al río Pánuco como seguridad de un posible itinerario terrestre desde Nueva España a Florida.

 

Menéndez murió sin poder llevar a cabo ni el poblamiento deseado desde el río Pánuco ni encontrar un camino desde Santa Elena, en la costa atlántica hasta Zacatecas, con la frustrada expedición a través de los Apalaches de su capitán Juan Pardo, recogida en los documentos originales del Archivo de Revilla-Gigedo y del Archivo General de Indias, escritos por el capitán Juan de Labandera, y tampoco pudo alcanzar el soñado paso al Pacífico por el Atlántico Norte, asunto que se mantuvo vivo por centurias tal como vemos en el detalle esclarecedor del debate de finales del siglo XVIII celebrado en la Academia Francesa de Ciencias sobre el Paso del Noroeste.

 

Con aquel itinerario terrestre aspiraba Pedro Menéndez a ofrecer una salida a las mercancías desde Nueva España al Océano Atlántico evitando así la ratonera que obligaba a navegar mediante las predecibles corrientes marinas caribeñas a través del estrecho de Florida, corrientes descubiertas por el piloto Antón de Alaminos en la calamitosa expedición de Francisco Hernández de Córdoba en la segunda década del siglo XVI.

 

Pedro Ménendez albergó ese proyecto desde un principio cuando en 1565, pues justo antes de partir hacia La Florida se entrevistó en Cuba con Andrés de Urdaneta recién llegado de su tornaviaje desde Filipinas y de camino a la Corte para dar novedades del mismo al rey. Allí Pedro Menéndez decidió progresar por la costa hacia el norte en búsqueda de ese paso, por eso tras fundar San Agustín en 1565, funda Santa Elena el año siguiente en la actual Carolina del Sur con la idea de, igual que el avance de frontera durante la Reconquista, llegar a ese paso.

 

Las dificultades, y la falta de personal sumadas de los ataques ingleses sobre San Agustín forzarían el repliegue desde Santa Elena unos pocos años después de su muerte abandonándose ese proyecto.

 

En el año 2000, tras publicar un libro sobre Pedro Menéndez de Avilés, a partir del Memorial de Barrientos, conocí el archivo de los condes de Revilla-Gigedo y a su cuidador el actual adelantado de la Florida, archivo que comprende una extensa y muy valiosa colección de manuscritos de excepcional importancia no solo para la historia de España sino también para la de EEUU de América, de México y otros lugares de las Américas y del Pacífico, y que podemos considerar como uno de los archivos privados sobre la materia más importante de España. Allí pude ver, por primera vez, con una sensación entre la emoción y el vértigo, el manuscrito del Memorial de Solís.

 

Casi de inmediato consulté la edición de 1893 de ese memorial, realizada por Eugenio Ruidíaz y Carabia, titulada “La Florida, su Conquista y Colonización por Pedro Menéndez de Avilés”. A partir de ese momento quedé cautivado por el personaje y su experiencia vital, recogida tanto en el Memorial como en los documentos de Revilla-Gigedo de indescriptible interés relativos a la amplísima y extensa correspondencia del Adelantado con Felipe II, en la que se incluye la relativa a la gran flota frustrada que se le había encargado organizar a Pedro Menéndez en Santander contra Inglaterra poco antes de su muerte en 1574.

 

Pero… ¿Quién fue Pedro Menéndez de Avilés? En el Estudio Histórico de la tesis detallé con parquedad las vicisitudes de su carrera, desde su nacimiento y sus actividades de corso en el Cantábrico así como sus servicios y viajes con el emperador Carlos y Felipe II tanto a su boda con María de Inglaterra como a Flandes antes de la jornada de la Florida, mencioné el, muchas veces ignorado, relato de su captura por corsarios franceses en el Caribe en los inicios de sus navegaciones y el pago del rescate en Santiago de Cuba de 1.098 pesos en oro por su libertad y barco. Me centré, fundamentalmente, en las acciones de Menéndez de Avilés e intenté analizar su labor tantas veces desdibujada por los relatos franceses sobre La Florida que ofrecen un retrato de Menéndez como un fanático y que no deja de ser un estereotipo que juzga al personaje desde la óptica de la contemporaneidad.

 

Cuando, como recuerda el profesor Charles Moore en palabras de García-Castañón

 

«sus acciones son consideradas avatares lógicos en las guerras de entonces».

 

Definido por estudiosos como un simple contratista, contractor, o emprendedor, entrepeneur, se ha dejado de lado por parte de la historiografía el peso más importante de su personalidad, como fue su visión de futuro, perspectiva de conjunto y la percepción de la expansión hispánica desde el punto de vista de la evangelización que planeó desde su injusto encarcelamiento en Sevilla y tras la desaparición de un hijo en el mar.

 

El adelantado tuvo que sobreponerse, desde un principio, a numerosas trabas, envidias y dificultades en el cumplimiento de la misión.

 

Estas nacieron, en primer lugar, en la propia península, como consecuencia de haber sido designado para la misión directamente por el rey, lo que provocó las reticencias y celos de los oficiales de la Casa de Contratación que hasta entonces habían tenido el privilegio de ser los responsables del nombramiento de los generales para la Carrera de Indias.

 

Y se complicaron después por la amenaza de las potencias extranjeras que quisieron apoderarse de un territorio de un interés estratégico clave para la seguridad de la navegación de las armadas españolas en el Caribe.

 

El éxito, al menos parcial, de Pedro Menéndez en el asentamiento y poblamiento de La Florida residió en el planteamiento de unos objetivos lejanos. Estos no se centraron exclusivamente en la península de La Florida: se empeñó en buscar el enlace terrestre con Nueva España, desde Santa Elena a Zacatecas, también desde Pánuco hacia La Florida con el propósito de crear nuevos asentamientos; e igualmente incentivó, una vez conocido el tornaviaje de boca de Urdaneta la búsqueda de un paso del noroeste hacia el mar del Sur y además despejó el Caribe de piratas y corsarios. Es cierto que algunos de sus planes no alcanzaron el éxito, pero por su visión lejana y en profundidad facilitaron la ampliación del territorio, la exploración, poblamiento y asentamiento definitivo en La Florida.

 

Al adelantado no se le puede tildar de autoritario o despótico si lo comparamos con otros capitanes españoles y europeos de su época. Pedro Menéndez actuó con liberalidad siempre que pudo y en sus decisiones siempre trató de convencer, nunca vencer, usando de los consejos de oficiales para exponer sus planes y tratar que sus mandos interiorizaran sus designios. Estos planes pasaban por asegurar las posesiones españolas en aquella parte del Nuevo Mundo, amenazada, por su valor geoestratégico, por las naciones tradicionalmente enemigas de la monarquía hispánica, Francia e Inglaterra, y en donde el componente confesional fue no poco importante.

 

Por otra parte, si evaluamos fríamente, casi cinco siglos después, el suceso de la expulsión de los franceses, cabe preguntarse si hubiera sido posible otro desenlace: si al muy superior número de supervivientes náufragos franceses se les hubiera liberado y permitido costear hacia el norte hasta reunirse con los suyos en Fort Caroline, ¿qué habría sido del enclave de San Agustín, en fase de construcción, sin fortificar, y con un muy inferior número de colonos, en el caso de una victoria de los hugonotes y sabiendo que estos estaban atacando los asentamientos españoles en el Caribe?

 

Ni unos ni otros contaban con hombres, provisiones y medios para mantener un campo de prisioneros. Cualquiera que hubiese sido el vencedor en el lance, el resultado habría tenido, seguramente, los mismos trágicos resultados.

 

Además, don Pedro contribuyó a la evangelización que había proyectado con el padre Avellaneda durante su encarcelamiento en Sevilla, tal y como se refleja en una de sus cartas al inicio de la empresa floridiana cuando dice:

 

«e iré descubriendo aquel camino y allanándolo, procurando ganar en todo la voluntad de los indios»,

 

nada que ver con la «caza de los indígenas de aquellas tierras» de la que algún indocumentado le acusa con ligereza.

 

Pedro Menéndez de Avilés quería para los nativos y sus hijos lo mismo que para los españoles por eso se trataba de formar a los jóvenes en colegios en Cuba para luego ser llevados a sus poblaciones originarias, nada que ver con esclavizar o vender niños, tal como dice en su memorial:

 

«no los venían a matar ni hacer esclavos ni a tomarles su maíz, que solo iban a decirles si querían ser cristianos y enseñarles como lo habían de ser y tenerlos por amigos y hermanos, y que no iba a hacer la guerra ni matar a ningún cacique ni indio, excepto a los que le quisieran hacer mal e matar algún cristiano, e que si él e su gente querían ser cristianos que holgaría d’ello».

 

Efectivamente Pedro Menéndez de Avilés solicitó en 1570 «se le envíen 6.000 ducados a Nueva España, o que se le de licencia para vender esclavos» dado el mal estado de salud de la gente de la armada, por la escasez y la mala condición de los alimentos, habiendo recibido licencia el 22 de mayo de 1565 licencia para «trasportar a la Florida, libres de derechos, 500 esclavos», licencia que no sabemos si llevó a cabo aunque de lo que si tenemos constancia es del establecimiento en San Agustín, amparados por Carlos II de España, del primer asentamiento de personas de raza negra huidas de las colonias inglesas de Georgia formando como ciudadanos libres el fuerte de la Gracia Real de Santa Teresa de Mosé donde constituyeron una milicia libre al servicio del rey de España donde un esclavo mandingo, huido de Carolina, adoptó el nombre de Francisco Menéndez quien fue nombrado capitán de la Milicia Negra y jurando servir a la Corona Española «hasta que la última gota de sangre fuera derramada«.

 

La defensa del catolicismo emprendida por Menéndez fue más allá de la lucha contra el protestante. La preocupación por la misión, por la conversión de los nativos, marcó, según Herbert E. Bolton, las características de la expansión española en América del Norte, tanto por su sentido religioso como por su dimensión política, al actuar los colonizadores como una “agencia” reconocida por la corona.

 

Esta iba de la mano de la evangelización, aspecto que queda demostrado en la carta del papa San Pío V a Pedro Menéndez de Avilés, recién nombrado gobernador de la Florida, en la que le da su bendición apostólica y buen deseo para el cumplimiento del cometido evangelizador y le envía al arzobispo Rosano con dilatadas instrucciones al efecto de esforzarse «con buen seso y prudencia» para atraer a los nativos a la conversión.

 

Tanto esta carta como la contestación de Pedro Menéndez al Papa las podemos disfrutar actualmente en el Archivo Revilla-Gigedo.

 

Pedro Menéndez, fue un hijo de su época, marino, soldado, político, estratega, administrador, impulsor de la misión, amante de la música, inventor y creativo, en suma, polifacético como hombre típico del Renacimiento aunque no hubiera asistido a la Universidad de Mareantes.

 

Su personalidad nace de la fusión de la cruz y la espada que durante la Reconquista protagonizaron la Edad Media en la península ibérica.

 

En sus cartas apreciamos los matices de su carácter, su expresión digna y clara, su valor autodidacta y creativo, sin ser un hombre universitario, su profunda y convencida fe, frente a lo que consideraba el fanatismo luterano.

 

En fin, Dios y la defensa de la monarquía, al menos según sus palabras, fueron sus principales objetivos.

 

Es curioso, los que hablan de que ahora «se ha puesto sobre la mesa un pasado más cruel y menos digerible», atacan a nuestros personajes refiriéndose a la presencia española en América, guardan silencio sobre criminales contemporáneos, auténticos genocidas, me refiero a la larga lista que produjo el comunismo y que alcanza a personajes de la emancipación americana, como el esclavista Bolívar “El Libertador”, financiado por Inglaterra, con monumento ecuestre en Madrid en el parque del Oeste, responsable de crueles matanzas de civiles, paisanos y náufragos, escultura emplazada sobre el lugar donde se erigía el Monumento a los Héroes de Cuba, toda una contradicción.

 

Recordemos que los movimientos independentistas americanos no fueron promovidos por los indígenas, protegidos por las Leyes de Indias, sino por la oligarquía criolla opresora que vendió y esclavizó su economía dejándola en manos de los EEUU y de Inglaterra, sin olvidarnos de Francia, la creadora del término latinoamérica para arrumbar el de Hispanoamérica.

 

Esos mismos, incluso, llegaron a elevar a los altares de la concordia a un tal Marcos Ana, criminal de la última Guerra Civil española para la que buscan “un relato satisfactorio” pidiendo la concesión del Premio Príncipe de Asturias.

 

Visión de futuro, perspectiva de conjunto, inasequibilidad al desaliento, perseverancia, espíritu de sacrificio, fiel al cumplimiento de la misión y lealtad inquebrantable al rey, estudioso creativo, soldado, marino e ingeniero naval práctico, diseñador de los galeoncetes agalerados, fruto de su experiencia, ideólogo de la organización y procedimientos del sistema de flotas de la Carrera de Indias, ese fue Pedro Menéndez de Avilés, pero sobre todo un líder que supo emplear la información y experiencias anteriores y elegir cuidadosamente a sus auxiliares como el piloto Gonzalo Gayón. Don Pedro debió improvisar acudiendo al Obispo Toral en Yucatán, para obtener maíz y alimentos que le negaba el envidioso y luego destituido García Osorio gobernador de Cuba.

 

En definitiva con mi relato y el de tantos otros, se trata de desvelar, al menos desde mi sencillo modo de ver, y a través de la narración de todo el conjunto de vicisitudes que lo rodean, que este período que comienza en 1492 hasta el final del primer cuarto del siglo XVII no es en manera alguna ni puede ser tildado como un «período oscuro» en la Historia de Norteamérica, como cierta historiografía ha pretendido calificarlo, para, en consecuencia, afirmar que la “oscuridad” tendría su fin con la llegada de los peregrinos anglosajones.

 

 De esta forma, creo que podemos debemos poner en valor y contribuir con esta sencilla aportación y otras a establecer, parte de los ricos, variados y complejos orígenes de los Estados Unidos de América.

 

Thomas Jefferson, uno de los Padres Fundadores, nos recuerda que

 

«la historia más antigua de los Estados Unidos está escrita en español»

 

 idioma que a juicio de Jefferson todo norteamericano debería conocer.

 

John F. Kennedy, reconociendo esa falta declaró en 1961 a los asistentes al Seminario Internacional de Archivos:

 

 «siempre he pensado que una de las grandes necesidades de los americanos de este país en su conocimiento del pasado, ha sido su conocimiento de la influencia española, su exploración y desarrollo a lo largo del siglo XVI en el suroeste de los Estados Unidos, lo cual constituye una historia tremenda. Desafortunadamente también, los americanos piensan que América fue descubierta en 1620 cuando los peregrinos llegaron a mi propio Estado y olvidan la tremenda aventura del siglo XVI y principios del XVII en el sur y suroeste de los Estados Unidos».

 

Esas figuras de nuestra historia no son mitos, sino realidades, no se puede ignorar que la conquista fue seguida y reemplazada legalmente por los conceptos de poblamiento y asentamiento…

 

«Que en las capitulaciones se excuse la palabra conquista y usen las de pacificación y población»

 

 (Leyes de Indias, II, lib. IV, tít. I, ley VI), poniendo el acento en la persuasión como la mejor herramienta para la conversión.

 

Definitivamente aquello no fue un siglo perdido y la hazaña de Pedro Menéndez de Avilés y de tantos otros no debe quedar empañada por “historiadores” aventureros de la revancha y la ignorancia.

 

José Antonio Crespo-Francés y Valero

Doctor en Artes y Humanidades, Coronel de Infantería en Reserva