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viernes, 6 de octubre de 2023

CUAN ANGOSTO ES EL CAMINO AL PARAÍSO....

 


Me plantea un amigo cuestiones que son difíciles de contestar y que se refieren a la existencia de la fe, posiblemente tras repasar algun post de mi blog, y con la siguiente misiva:

“Querido Jesús: Cuan angosto es el camino hacia el paraíso, Quien sabe, tal vez tengamos la hoja de ruta grabada en nuestro subconsciente, pero que enorme grito de angustia cerrar las puertas a la fe y acabar en la descreencia. En cualquier caso, crea o no, no estoy dispuesto a aceptar a un Dios vengativo que entrega la gloria quienes secundan sus mandamientos y cantiga,, en un juego retributivo del bien y del mal a quienes le desobedecen.”

Cuan angosto es el camino hacia el paraíso....

Quien sabe, tal vez el libro de instrucciones venga grabado en nuestro subconsciente cual el software de los cachivaches que llenan nuestras vidas.

Los filósofos clásicos partidarios del “iusnaturalismo” consideraban que determinadas “potencias” espirituales eran consustanciales al hombre, implícitas a su propia existencia, inspiradas desde la naturaleza propia de las cosas, por el Creador o por la propia Evolución de las especies según construcciones más tardías, como un código genético indeleble a modo de evolución de los instintos animales.

O tal vez se nos grabe, a sangre y fuego, en el subconsciente por la propia sociedad en la que nos desarrollamos, desde el momento mismo en que se nos inflige la vida.

¿Por qué el rechazo de la fe habría de ser un grito de angustia....?

 La angustia es la descreencia misma....: ¿Qué mayor angustia que vernos huérfanos en la inmensidad de nuestra propia existencia?

No pienso que el rechazo de la fe pueda ser considerado desde las perspectivas de la culpa o el victimismo, salvo en cuanto reacción anímica frente a una situación “anómala” que se plantea en el círculo más intimo de cada individuo, pues algo de “antinatural” tendrá cuando da lugar a una situación anímica tan peculiar de “pugna interna”.

Si la falta de fe, la descreencia, fuera algo adecuado a la naturaleza del hombre, al igual que la respiración o el sueño, no daría lugar a debates intelectuales tan intensos.

Y no quiero circunscribir mis reflexiones al ámbito de la fe conforme a las doctrinas de los credos imperantes, ya sean cristianos, budistas, animistas mahometanos...., si no a la consideración de la existencia “trascendental” de ser humano, de la existencia de su espíritu entendido como algo más que el resultado de una afortunada conjunción de conexiones neuronales..... y de la creencia en un más allá que exista por encima de consideraciones retributivas.

El alma es y existe y su destino es reunirse con el sumo hacedor, en la glorificación de su esencia y si negamos esta “verdad” no nos queda más consuelo que pensar que el fin de nuestra existencia sería tan absoluto, que al fin y a la postre, no seríamos más que materia absurda destinada a su desaparición y que solo los genios tendrián futuro en nuestro mundo conforme a lo expresado por CICERON: La vida de los muertos perdura, tan solo, en la memoria de los vivos


Sin embargo, desde una posición de Fe, el camino nos es enseñado a los creyentes Cristianos por Cristo. Así Juan 14 nos relata las palabras de Jesús al respecto:

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino.» Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto."

Pensemos que, desde esa perspectiva del creyente, el rechazo de la fe habría de ser un grito de angustia.

David, en los párrafos 17 y 18 de su Salmo 69 nos dice

No escondas de tu siervo tu rostro, Señor, porque estoy angustiado. ¡Apresúrate, óyeme!¡Acércate a mi alma, redímela!

 La angustia es, pues, la descreencia misma... 

¿Qué mayor angustia que vernos huérfanos en la inmensidad de nuestra propia existencia?

        Y quiero concluir esta reflexión con el video del Canon in D Major para 2 Trompetas, Organo y Orquesta de Johann Pachelbel



  



 

 


LA DIALÉCTICA LIBERTAD vs IGUALDAD; EL DESEO DE SER REBAÑO



    Todas las veces que intento escribir algo original, busco en mis raíces. A veces me conformo con dedicar mi tiempo a darle mejor redacción a mis notas y reseñas, las que he ido elaborando en el pasado, y en otras ocasiones me dejo llevar por la inspiración, que se hurta frecuentemente a mis deseos, y llego, así, a la conclusión de que, a veces, decidir sobre que escribir no es fácil.
  
   Sin embargo creo que hoy he encontrado materia sobre la que escribir.

    Nuevamente quiero dedicar esta “reflexión” a la dialéctica “libertad vs igualdad”, y conectarla con el instinto gregario de los ciudadanos contemporáneos.

“¿Qué es la vida? un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Y el mayor bien es pequeño;
Porque toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son.” 

laméntase Segismundo de su suerte, considerando que todo en la vida no es más que un sueño, una ilusión.

    Pero, ¿hasta qué punto no debemos pensar todos lo mismo que Segismundo?, ¿hasta qué punto nuestra vida no es más que una quimera?

    Hace algún tiempo Gabriel Albiac publicó una columna en ABC en que reflexionaba acerca de este extremo y en la que destaco estos párrafos:

“Todo el modelo del poder, todo el modelo de Estado que define a la edad moderna cabe en esto: que el más impermeable de los despotismos requiere la manufactura y gestión de las fantasías que forjan orden en las mentes humanas. Y que el sujeto político no es más que el siervo de esa jerarquía de afectos con la cual su imaginación es saturada. Lo real en política no existe. Ahí nace la política moderna. Que es una artesanía de lo imaginario, su muy bien calibrada escena. (y donde) hasta el último destello de las candilejas, hasta el mínimo detalle de esos decorados que deben suplir la vida con ventaja, han sido calculados para desencadenar afectos en el espectador paciente: emociones primarias de amor, odio, risa o llanto. Y bajo esa marea, la inteligencia es ahogada, sin remedio. La libertad con ella: inteligencia y libertad son lo mismo.”

    El artículo de Albiac me sugiere una pregunta: ¿Qué queremos, en definitiva, al aceptar ese juego de luces, esas candilejas, esa puesta en escena, ese teatro del mundo?

    La izquierda considera que es bueno que no exista ninguna autoridad, pues los ciudadanos tienen derecho a actuar como quieran, en ejercicio de su “libre albedrío”, el suyo claro, pues no respetan la libertad de quien quiere comportarse de modo diferente a como ellos consideran que deben comportarse los ciudadanos.

    Esa ha sido siempre la posición de la izquierda, la supremacía de la igualdad sobre la libertad, en base al argumento de que para lograr la igualdad de todos, todos tienen que renunciar a su libertad.

    Pues el sanchismo ya ni eso, pues está en disposición de renunciar al principio de igualdad de los españoles sin discriminación por motivos territoriales, mediante el reconocimiento de “privilegios particulares” en favor de los partidos catalanes y vascos, a cambio de su apoyo para conformar la mayoría parlamentaria que le permita continuar al frente del Gobierno de la Nación.

    Privilegios que además habrán de ser financiados por el resto de los ciudadanos españoles no vascos ni catalanes.

    La lucha ideológica entre la izquierda y la derecha, ha girado, siempre en torno a la dialéctica de la supremacía de la igualdad, posición de la izquierda, o de la libertad, posición de la derecha.

    Como ya he comentado en mi post “PORQUÉ SOY ANTIMARXISTA” —que podéis leer haciendo clic en el texto resaltado— abordé esta cuestión con apoyo en las doctrinas creadas por diversos autores:

“Toda la historia del marxismo se fundamenta en la búsqueda de la “igualdad” con menosprecio de la libertad individual o colectiva.”

    Así Ratzinger, antes de ser Papa, nos advertía contra el marxismo diciéndonos:

“[Marx] Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y olvidado su libertad. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo desde fuera, creando condiciones económicas favorables”.

y Sánchez cae, salvando las diferencias intelectuales con Marx, en el mismo error, y cree que mintiendo a los ciudadanos, presentándoles una situación económica y social —falsamente— idílica, todo quedará resuelto y él continuará en el Gobierno.

    Desde luego, para la ciudadanía más inculta, la mayoritaria menos preparada, la dialéctica Igualdad vs Libertad tiene un atractivo populista evidente, un atractivo político innegable.

    La gente prefiere ser igual a todos sus conciudadanos, antes que ser libre, prefiere vivir “con seguridad” antes que ser libre, prefiere el “Estado de Bienestar” antes que su libertad particular. Y cuanto más crean que el Estado les garantiza todo ello, serán menos libres y más engañosamente felices.

    En el fondo la mayoría de los ciudadanos contemporáneos prefieren ser masa obediente; no tener problemas de subsistencia y de bienestar global, antes que poder ejercer todos sus derechos en plena libertad, aceptando, en definitiva, una suerte de esclavitud y olvidando la máxima de Cicerón, según la cual:

“La libertad no consiste en tener un buen amo —que te provea de lo que deseas, añadiría yo— sino en no tenerlo”

    Ya Nietzsche, a finales del s. XIX, criticaba la actitud “gregaria” de la sociedad democrática europea.

    Efectivamente en su obra “En busca del bien y del Mal” nos dice:

“Dado que, desde que hay hombres, ha habido también, en todos los tiempos, rebaños humanos y que siempre han sido muchísimos los que han obedecido en relación con el pequeño número de los que han mandado, es lícito presuponer en justicia que, hablando en general, cada uno lleva ahora innata en sí la necesidad de obedecer, cual una especie de conciencia formal que ordena: «se trate de lo que se trate, debes hacerlo incondicionalmente, o abstenerte de ello incondicionalmente», en pocas palabras, «tú debes». ...... Si imaginamos ese instinto llevado hasta sus últimas aberraciones, al final faltarán hombres que manden y que sean independientes, o éstos sufrirán interiormente de mala conciencia y tendrán necesidad, para poder mandar, de simularse a sí mismos un engaño: a saber, el de que también ellos se limitan a obedecer."

para continuar diciéndonos:

“La degeneración global del hombre, hasta rebajarse a aquello que hoy les parece a los cretinos y majaderos socialistas su «hombre del futuro», — ¡su ideal!— esa degeneración y empequeñecimiento del hombre en completo animal de rebaño (o, como ellos dicen, en hombre de la «sociedad libre»), esa animalización del hombre hasta convertirse en animal enano dotado de igualdad de derechos y exigencias son posibles, ¡no hay duda!.
Quien ha pensado alguna vez hasta el final esa posibilidad, conoce una náusea más que los demás hombres, — ¡y tal vez también una nueva tarea!...”

 

    La gravedad de los acontecimientos que llevamos viviendo estos últimos años bajo el Gobierno Sanchista, desgraciadamente, recuerda la indolencia ante los abusos radicales de la izquierda montaraz, en que incurrió, siempre, la “autoridad” —si acaso se la pudiese llamar así— republicana y que nos deslizó irresponsablemente, al precipicio de la Guerra Civil en 1934.

    Con el mismo talante propio de un bolchevique cualquiera como “Largo Caballero”, desde los partidos de izquierdas se descalifica a los “fascistas” que se manifiestan con banderas españolas con el escudo con el águila de San Juan, —aunque aparezca en la portada de la Constitución original y sea o no criticable— pero se considera, por el contrario, y sectariamente, que constituye una práctica de libertad de expresión el ondear de banderas republicanas o los insultos al Rey y a las Instituciones del Estado, o a la Iglesia, por parte de los “bolcheviques” —lo cual me parece un disparate—.

    Al final constituye una dramática legitimación, por una parte importante de la sociedad, de la violencia como arma política, situación de difícil solución y de hondas raíces marxistas revolucionarias, pues el derramamiento de sangre ha sido fomentado por la izquierda reiteradamente:

    Y como muestra varios botones:

    El ahora ensalzado por “demócrata” —cuando realmente era un bolchevique comprometido, aunque fuera un gran poeta— Miguel Hernández cuando decía:

"Juventud que no se arriesga, sangre que no se derrama, ni es sangre, ni es juventud"

o Jean Paul Sartre, paradigma de la "gauche divine", que afirmaba, en su “parcialismo” de izquierdas, que:

“La violencia es injusta según de dónde viene.”

o Josef Stalin, sin comentarios:

“La violencia es el único medio de lucha, y la sangre el carburante de la historia...”

    Manifestaciones de la izquierda que, con olvido, siempre, de lo expresado, entre otros, por el novelista, poeta y ensayista norteamericano Wendell Berry:

“La violencia engendra violencia. Los actos de violencia cometidos por la "justicia", en la afirmación de "derechos" o en defensa de la "paz" no acaban con la violencia, sino que preparan y justifican su continuación.”

    Y constituye la esencia de aquello contra lo que debemos oponer, formalmente, nuestra condición de individuos libres, únicos e irrepetibles, considerando no que cada uno de nosotros sea demasiado diferente, sino que los demás son, todos, demasiado iguales.

   Es decir, que ya estamos con la demagogia populista radical de la izquierda más pura.

    Y mientras tanto, las élites culturales, aunque ellos no se consideren tales, pues no está de moda no ser de la masa vulgar, aplauden el fin del “bipartidismo” y se alegran, con su corazón henchido de felicidad, por la presencia en las instituciones de esta caterva de antisistemas, ─“Marcianos” los llamó muy acertadamente Bieito Rubido en una tertulia televisiva─ pero a ninguno se le ocurre recordar que Hitler alcanzó el poder en unas elecciones democráticas y que una vez instalado en el poder, legítimamente, comenzó la destrucción de la democracia, o que los padres de estos monstruos de la izquierda ─Lenin, Stalin, Mao, Fidel, etc…─ conquistaron y han mantenido el poder omnímodo sobre sus pueblos a base de derramar la sangre de los disidentes.

    Y los “modernos” se mueren de risa porque la “gente de derechas” está “cagada” con la vuelta de los radicales comunistas.

    No seamos simples y analicemos la gravedad de los acontecimientos.

    Esperemos que la reacción de los “Pueblos Soberanos” de la vieja Europa sea meramente coyuntural, como reacción a los problemas que atravesamos ─Crisis, Corrupción y paro, esencialmente─ y que las aguas vuelvan a sus cauces habituales, pues si la tendencia del voto es de carácter “estructural” vayamos preparando a nuestros nietos para que sepan que volverán a tener que “batirse el cobre” por los campos de Europa en busca de una identidad perdida y de una libertad gravemente amenazada.

    Nietzsche, en su obra “Más allá del bien y del mal”, considera que el hombre moderno se mueve en sociedad por instinto gregario y en atención a una cuestión elemental que él llama “Imperativo del temor gregario”

Su formulación es la siguiente:

“Quien examine la conciencia del europeo actual habrá de extraer siempre, de mil pliegues y escondites morales, idéntico imperativo, el imperativo del temor gregario:
¡¡¡Queremos que alguna vez no haya ya nada que temer!!!
Alguna vez…
La voluntad y el camino que conduce hacia allá llámase hoy, en todas partes de Europa, «progreso».” 

    Es decir, conforme al enunciado del filósofo y melómano, el hombre moderno, amparado en la masa, en el conjunto de los demás ciudadanos, en la sociedad democrática, lo que quiere es obviar sus temores: “sentirse seguro”, para él el progreso es sinónimo de seguridad.

    Y lo grave es que este “hombre moderno” a cambio de esa seguridad, —o más exactamente: sensación de seguridad— está dispuesto a ceder parte de su libertad, (según Albiac de su inteligencia, pues ya hemos visto que este autor considera que libertad e inteligencia son la misma cosa).

    Ya sé que mi posición no está de moda, y que la corriente política y filosófica imperante no es defender la excelencia de unos pocos, sino la extensión de dicha excelencia a todos, con olvido y superación de la filosofía romántica, pero me resisto a aceptarlo. Creo que en ella todavía persisten formulaciones que, aún hoy, continúan siendo válidas.

    ¿O acaso no tiene razón Nietzsche cuando nos dice?:
“… tam­bién aquí el miedo vuel­ve a ser el padre de la moral. Cuan­do los ins­tin­tos más ele­va­dos y más fuer­tes, irrum­pien­do apa­sio­na­da­men­te, arras­tran al in­di­vi­duo más allá y por en­ci­ma del tér­mino medio y de la hon­do­na­da de la con­cien­cia gre­ga­ria, en­ton­ces el sen­ti­mien­to de la propia dig­ni­dad de la co­mu­ni­dad se de­rrum­ba, y su fe en sí misma, su es­pi­na dor­sal, por así de­cir­lo, se hace pe­da­zos: en con­se­cuen­cia, a lo que más se es­tig­ma­ti­za­rá y se ca­lum­nia­rá será ca­bal­men­te a tales ins­tin­tos. La espirituali­dad ele­va­da e in­de­pen­dien­te, la vo­lun­tad de estar solo, la gran razón son ya sen­ti­das como pe­li­gro; todo lo que eleva al in­di­vi­duo por en­ci­ma del re­ba­ño e infun­de temor al pró­ji­mo es ca­li­fi­ca­do, a par­tir de este mo­men­to, de mal­va­do. Los sen­ti­mien­tos equi­ta­ti­vos, modes­tos, su­mi­sos, igua­li­ta­ris­tas, la me­dio­cri­dad de los ape­ti­tos al­can­zan ahora nom­bres y ho­no­res mo­ra­les."

    Y es precisamente esa reacción del ciudadano global, de la sociedad estructurada, de protegerse frente a lo temido, lo que, en definitiva, constituye el nudo gordiano de su comportamiento.

    Ya no es importante lo que sea bueno en términos de desarrollo futuro o de mejora de las condiciones de vida, sino que será bueno aquello que aleje nuestro miedo al peligro. Pero ¿a qué peligro?

La frase de Nietzsche al respecto, anteriormente mencionada, es la clave:

“¡¡¡Queremos que alguna vez no haya ya nada que temer!!!” 

    Que no tengamos que temer ya, nunca más, por nuestro trabajo, por nuestra vivienda, por nuestra familia, por nuestra alimentación, por nuestra educación, por nuestra sanidad, por nuestro ocio…”

    Y eso ¿Cómo se consigue?

    El problema radica en que mientras algunos, tal vez los más, están conformes con el Ideal Utópico de la extensión de la excelencia a todos y asume el comportamiento de respeto al orden social establecido; otros, tal vez los menos, pero los más activos, están efectivamente contra el sistema y la paz, y hay numerosos ejemplos de ello en lo que han venido a llamarse los “movimientos antisistema” que contradicen el principio de coexistencia pacífica en aras del progresismo, con el objetivo de alcanzar otra Utopía, la igualitaria, aunque sea por medio de la violencia y fomentando los temores del resto de la sociedad con sus actitudes transgresoras.

    Es precisamente a ese progresismo radical intolerante al que debemos oponer nuestra individualidad, nuestro espíritu libre, para evitar que, como dijera Jünger:

“Si los lobos contagian a la manada, un mal día el rebaño se convierte en horda.” 

 


    Y eso es precisamente lo que provocan los movimientos revolucionarios radicales de izquierdas, transformar los “rebaños” en “hordas”, y los ejemplos vividos en España durante los últimos meses son evidentes, las "hordas", los movimientos antisistema, han hecho suyas las calles en huelgas y manifestaciones, y el ciudadano medio se ve obligado a aceptar esa situación ante la inoperatividad, cuando no pasividad, del poder.

    No nos olvidemos que conforme a la cita clásica “homo homini lupus est”, es decir, que el hombre es un lobo para el hombre.

    La sociedad contemporánea no es, por desgracia, una balsa de aceite en la que los individuos que la componen se integren en ella y sus instituciones de forma voluntaria y pacífica, confirmando el orden constituido mediante su acatamiento normal, libre, y no coaccionado.

    Frente a tal concepción, son numerosos los ejemplos de incitación a proceder a una sistemática desobediencia de la Ley, de perturbación del orden y de deseo de imposición de las propias ideas por la sinrazón de la fuerza y mediante la transgresión de la sensación de seguridad de los conciudadanos.

    Pero es que esa lucha contra el “temor al peligro” se extiende en nuestra sociedad a situaciones difícilmente conciliables incluso con el derecho de autodefensa, así ya Nietzsche nos dice en el s. XIX algo que hoy es el catecismo del progresismo jurídico penal:

“Fi­nal­men­te, en si­tua­cio­nes de mucha paz fal­tan cada vez más la oca­sión y la ne­ce­si­dad de edu­car nues­tro pro­pio sen­ti­mien­to para el rigor y la du­re­za; y ahora todo rigor, in­clu­so en la jus­ti­cia, co­mien­za a mo­les­tar a la con­cien­cia; una aris­to­cra­cia y una au­to­rres­pon­sa­bi­li­dad ele­va­das y duras son cosas que casi ofen­den y que des­pier­tan des­con­fian­za, «el cor­de­ro» y, más to­da­vía, «la oveja» ganan en con­si­de­ra­ción. Hay un punto en la his­to­ria de la so­cie­dad en el que el re­blan­de­ci­mien­to y el lan­gui­de­ci­mien­to en­fer­mi­zos son tales que ellos mis­mos co­mien­zan a tomar par­ti­do a favor de quien los per­ju­di­ca, a favor del cri­mi­nal, y lo hacen, desde luego, de ma­ne­ra seria y ho­nes­ta. Cas­ti­gar: eso les pa­re­ce inicuo en cier­to sen­ti­do, la ver­dad es que la idea del «castigar» y del «deber cas­ti­gar» les causa daño, les pro­du­ce miedo. «¿No basta con vol­ver nope­li­gro­so al criminal? ¿Para qué cas­ti­gar­le ade­más? ¡El cas­ti­gar es cosa te­rri­ble!» la moral del re­ba­ño, la moral del temor, saca su úl­ti­ma con­se­cuen­cia con esa in­te­rro­ga­ción. Su­po­nien­do que fuera po­si­ble lle­gar a eli­mi­nar el pe­li­gro, el mo­ti­vo de temor, en­ton­ces se ha­bría eli­mi­na­do tam­bién esa moral: ¡ya no sería ne­ce­sa­ria, ya no se con­si­de­ra­ría a sí misma ne­ce­sa­ria!” 

    Efectivamente, nuestra sociedad huye del castigo, y profundiza en conceptos más socialmente confortables como la reeducación o la reinserción del criminal, que en la práctica resultan mayoritaria y lamentablemente inútiles.

    Pero sea todo en honor de la obra de teatro que representamos, no desentonemos con las candilejas ni con el attrezzo, y si es preciso, que sean otros quienes hagan el trabajo sucio entre bambalinas, pero sin enterarnos; idealicemos nuestra Sociedad, considerémosla fruto de nuestra bonhomía, aceptemos el deseo general de no tener más temores, y convezcámonos de que podemos vivir en una situación permanente de paz y armonía.

    Pero ya que aceptamos vivir en una permanentemente representada obra de teatro, seamos al menos conscientes de que, como dijera Shakespeare, por boca de Próspero:

“Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, como dije, eran sólo espíritus y se han fundido en el aire, en la levedad del aire; y al igual que la efímera obra de esta visión, las altas torres que las nubes tocan, los palacios espléndidos, los templos solemnes, el inmenso globo, y todo lo que en él habita, se disolverá; y, tal como ocurre en esta vana ficción, desaparecerán sin dejar humo ni estela. Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra pequeña vida cerrará su círculo con otro sueño.”

    Y hago mío, como conclusión de esta reflexión, el final de la citada columna de Albiac:

“Riámonos, ya que no hay manera de salvarnos. Con el Quevedo que pone en burlón verso castellano el severo moralismo de Epícteto:
«No olvides que es comedia nuestra vida
Y teatro de farsa el mundo todo,
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes»
Todos.
Ellos (los políticos).
Nosotros (los ciudadanos)”

    Y concluyamos como de costumbre con un nuevo video musical, hoy el “Coro de los Esclavos” de la ópera Nabuco de Verdi, rememorando el ánimo obedientemente esclavizado de los ciudadanos masa, al que nos hemos referido


© 2023 Jesús Fernández-Miranda y Lozana



lunes, 2 de octubre de 2023

CUANDO LLEGUE EL ALBA


    Llevamos tiempo, todos, deseando ver esa luz al final del túnel —esa luz del amanecer— y todos pensamos que cuando llegue el alba tendremos otra vida, al menos no peor de la que tenemos ahora.

    El pasado 23 de julio se celebraron elecciones generales cuyos resultados, analizados ya desde todas las perspectivas ideológicas, supuso, para quienes deseábamos un cambio de gobierno, una nueva tormenta que amenaza con ocultarnos ese amanecer deseado.

    Debemos reconocer que las erráticas políticas de Sánchez no dejaron de provocar un pacífico campanazo social que movilizó las conciencias en torno a la idea de que “las cosas tienen que cambiar” y que, pese a las esperanzas de la izquierda de que la derecha sería derrotada en las elecciones municipales, el efecto fue el contrario y los ciudadanos se manifestaron también electoralmente por esa necesidad de cambio.

    Sin embargo ese efecto, por razones de todos conocidas y en las que no voy a entretenerte, ese cambio deseado, no ha llegado a producirse en las elecciones generales de 23 de julio.

    Y no es que piense que Núñez Feijoó sea el portador de las formulas capaces de solucionar todos los males que padecemos, pero al menos era garantía de que no continuaríamos por la senda del disparate sanchista, aunque no podemos olvidar que el hombre-masa de Ortega es el Individuo normal enfermo de estupidez dirigido por otros estúpidos más avispados.

Efectivamente, en su obra "La revolución de las masas", Ortega y Gasset analiza el concepto de hombre-masa, que no es un individuo promedio, sino alguien que encarna las características y tendencias de la sociedad moderna, una sociedad que valora la conveniencia, la mediocridad y la uniformidad por encima de todo.

Una de las ideas clave desarrolladas por Ortega es que el hombre-masa está "ahíto de estupidez", pero, siendo consciente de su propia falta de profundidad, en lugar de esforzarse por superarse a sí mismo, se contenta con su mediocridad y acepta ser manipulado y controlado por otros individuos más astutos, pues es fácilmente influenciable, incluso manipulable, por las ideas y opiniones de aquellos que ostentan el poder.

Esta tendencia se ve exacerbada por los medios de comunicación, que desempeñan un papel importante en la configuración de una visión sesgada —al servicio del poder— del mundo y de las preferencias de los ciudadanos, que, al final, como masa, buscan ajustarse a las normas e ideales sociales inspiradas en su provecho por el poder, a menudo a expensas de su propia libertad.

En este sentido, el hombre-masa es un participante pasivo en la sociedad, que carece de las habilidades de pensamiento crítico y de independencia y profundidad intelectuales para cuestionar y desafiar el status quo.

       Ortega argumenta que el hombre-masa es el resultado del declive del elitismo y la erosión de los valores y jerarquías tradicionales y advierte contra los peligros de una sociedad que prioriza las opiniones y preferencias emocionales de las masas sobre la experiencia y la sabiduría racionales de unos pocos.

    Y eso ha dado lugar a los resultados electorales del 23 de julio que hoy todos lamentamos.


    Ahora, constituidas las Cámaras el 17 de agosto y nombrada la extremista Francina Armengol como Presidenta del Congreso con el voto favorable de todo el mundo Frankenstein —incluido el disparate de las "lenguas vernáculas"— parece que todo vaya a derivar, gracias a aquella actitud del hombre-masa electoralmente consagrada, en la renovación del Gobierno Sanchista, por lo que elevo al cielo una plegaria 

"Que Dios nos pille confesados".

    Para comenzar, recordemos que el pasado día 31 de agosto la reunión celebrada por Feijóo con Sánchez fue resumida por el primero de ellos diciéndonos:

"Sánchez no quiere un pacto de Estado, sino pactos con JUNTS, ERC, PNV Y BILDU"

    Durante los pasados días 26 y 27 hemos asistido al debate de investidura del candidato propuesto por el Rey para ocupar la Presidencia del Gobierno, Alberto Núñez Feijoo.

    Las notas más destacables de este debate han sido las siguientes:

• Un discurso formal y apasionado del candidato, contundente y directo con críticas ciertas y directas a Sánchez, fundamentalmente por su posible y más que probable cesión de una amnistía y un referéndum de autodeterminación a los catalanes con la finalidad de obtener el apoyo parlamentario de JUNTS y ERC a su investidura. 

• La inexistencia de una mayoría parlamentaria suficiente para proclamar a Núñez Feijoó Presidente del Gobierno de.

        • La incomparecencia del Pedro Sánchez en la respuesta al Candidato, que fue delegada en el impresentable y embarrador exalcalde de Valladolid, Óscar Puente, un mediocre resentido y extremista lacayo de Sánchez.

    Aquellas cesiones inconstitucionales pretenden ser amparadas por el sanchismo con una "aplicación interpretativa" de nuestra Constitución, sin que podamos olvidar las manifestaciones de José Manuel Otero Novas:

"La «aplicación interpretativa» de la Constitución de Weimar sirvió de cobertura para el establecimiento de Adolf Hitler."

    Veremos ahora como Sánchez cede, o no, a las pretensiones inconstitucionales de los independentistas.

     Y termino está reflexión con un nuevo vídeo musical con la canción "Cuando llegue el alba" del payador argentino Jorge Cafrune.


© 2023 Jesús Fernández-Miranda y Lozana 


viernes, 29 de septiembre de 2023

Y DESPUES DE LA MUERTE, ¿QUÉ?


     Durante estos últimos tiempos he mantenido diversas conversaciones sobre este tema, que merece ser tratado en una nueva reflexión heteróclita.

     La muerte es una realidad permanentemente presente en nuestra sociedad, aunque tratemos de ocultar su rostro y su realidad en nuestra vida cotidiana como quien trata de no pensar en los kilos de más o en ese cigarrillo que apagamos en el cenicero y que no deberíamos de haber fumado.

     En el Arco central del Pórtico de la fachada occidental de la Catedral gótica de Notre Dame de París se representa el momento del Juicio Final, Presidido por Jesucristo, y en el que vemos la salida de los difuntos de sus tumbas a la señal de las trompetas tocadas por los ángeles, y su reparto entre los ángeles, que dirigen a los salvados al Cielo, y los demonios, que encadenan a los condenados para llevarlos a los Infiernos.

     En esa representación medieval solo se contemplan las realidades del Cielo y del Infierno, pero no las del Purgatorio y el Limbo.

      Benedicto XVI ya había dicho en 1984, como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que el limbo era solamente "una hipótesis teológica" utilizada por la doctrina escatológica para resolver un dilema que siempre había inquietado a la Iglesia: ¿Qué pasaba con los niños sin bautizar y con los millones de personas que, nacidas antes de Jesús, habían muerto cuando aún no había sido instituido el bautismo?

    Teóricamente todas estas personas habrían fallecido sin expiar el “Pecado Original” por virtud del bautismo instituido por Cristo y por tanto no podrían alcanzar la Gracia del “Paraíso”, la “Presencia de Dios”, de tal modo que, sin alcanzar la categoría de “dogma de fe”, la existencia de “El Limbo” había sido aceptada por la Iglesia como “Recurso Teológico” para dar una explicación plausible a aquella realidad, de tal forma que aquellos seres humanos, impuros por no haberse librado del pecado original por vía del bautismo, aunque fuesen justos y bondadosos, no podrían alcanzar el cielo, pero tampoco ser objeto de condenación, por lo que “El Limbo”, considerado como un lugar donde aquellos no gozarían de la presencia de Dios pero tampoco sufrirían, venía a ser la opción mejor considerable.

     La figura de “El Limbo” era así contemplada por el Catecismo de Pío X, pero ya a partir del Concilio Vaticano II la cuestión de “El Limbo” fue resuelta, en relación con los niños fallecidos sin bautizar, tal y como se establece el vigente Catecismo de la Iglesia Católica, en su norma 1261:

“En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo.”

     La cuestión, pues quedaría tan solo abierta en relación con los adultos justos y bondadosos fallecidos con anterioridad a la resurrección de Jesucristo, pero incluso en relación con tales supuestos parece que la posición teológica es partidaria de la idea de la inexistencia de “El Limbo”, pues el efecto salvífico del Sacrificio de Jesús operaría en beneficio de todos ellos. Es más, la doctrina teológica católica opina que Jesús durante los tres días anteriores a su resurrección “Bajó a los Infiernos” para salvar a estos seres humanos justos y bondadosos que, sin embargo, no gozaban de la “Presencia de Dios”, y dado que el concepto del más allá es intemporal podríamos interpretar que su salvación se operó desde el momento exacto de su muerte, sin haber pues permanecido en “El Limbo” cuya existencia, así, sería innecesaria.

     En cualquier caso siempre he entendido que discutir a cerca de la figura de “El Limbo” es una pérdida de tiempo intelectual, que demuestra que quienes se encontraban en él no eran sino quienes defendían su existencia.

     Efectivamente, dicho en román paladino, la idea de “El Limbo” no sería sino un recurso facilón de los teólogos para resolver una cuestión que se les escapaba doctrinalmente, en épocas en que la dinámica premio-castigo, como elemento retributivo del comportamiento humano, era una constante sociológica sobre cuya base debían resolverse todas las dudas referentes al destino trascendental del hombre y el más allá.

     Cuestiones distintas, que suscitan un permanente interés en los teólogos especialistas en escatología, son las referentes a la existencia del Purgatorio y del Infierno.

     Es curioso que en nuestro idioma el térmico escatológico tenga dos acepciones perfectamente diferenciadas, la una referente a la filosofía y que no es sino el estudio del fin del mundo, del fin de la vida individual y del más allá, concepto que procede del termino griego “éskathos” o final; la otra es la rama de la fisiología que estudia la defecación y los excrementos y procede de un término también heleno “skatós” o hez.

     Y nos encontramos así, por casualidad, con una nueva pareja de “falsos amigos parónimos”, a los que me refería tiempo atrás en uno de mis escritos.

     Así, esta peculiaridad semántica nos permite hacer un chiste fácil:

“La vida, mientras se vive, es una realidad escatológica, cuyo final es escatológicamente analizado.”

     Hace algunos días leía algunas reflexiones de teólogos, ortodoxos con las doctrinas de la Iglesia Católica, que contradecían mis teorías a cerca de la no existencia del infierno como “lugar de sufrimiento”, sin embargo en Papa Juan Pablo II manifestó el 28 de julio de 1999 en la catequesis que impartió ante 8.000 fieles en el Vaticano, que:

«Las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben ser rectamente interpretadas. Ellas indican la completa frustración y vacuidad de una vida sin Dios. El infierno indica más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría»

     Y según defendía en mi escrito “El Infierno”, entiendo que esa “situación” sería la de la “NO RESURECCIÓN”, es decir, quedarse sin el premio de la “Vida Eterna en Presencia de Dios” que corresponderá a quienes lo hayan merecido.

 No olvidemos que el propio Jesucristo nos dijo

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.» San Juan 11:25-26 

         Lo que a sensu contrario implicaría que quien no crea no vivirá eternamente y por tanto no podrá ser eternamente castigado.

        Está idea no es novedosa, pues el Apocalipsis de San Juan nos dice en su versículo 21:8:

"Los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.

Y ¿Qué ocurre con el Purgatorio?

      Según la doctrina tradicional de la Iglesia Católica “El Purgatorio” es el lugar donde los pecadores que no hayan cometido pecados mortales o no los hayan purificado totalmente, expiarán, temporalmente, sus faltas hasta acceder al Cielo.

    Conforme a esta doctrina tradicional el purgatorio implicaría una “Pena de Daño” consistente en la “Dilación de la Gloria”, es decir dilación o aplazamiento en el momento de acceder al Cielo, a la “Presencia de Dios”, unida a la “Pena de Sentido”, cualitativamente distinta de la que se daría en el infierno, pero consistente en “tormento físico”.

        En conclusión en el “Purgatorio” el alma quedaría privada de la visión de Dios mientras purga sus pecados atormentada mente.

        Finalmente es esencial a la idea de Purgatorio su carácter temporal, ya que no puede prolongarse en el tiempo hasta más allá del Juicio Final, “momento” en el que se decidirá la suerte de cada alma humana en la disyuntiva Cielo-Infierno.

        Un último apunte interesante en relación con la visión del Purgatorio de la Iglesia Católica es que según Santo Tomás (De purgatorio) Dios NO se vale de los demonios para la administración de las penas del purgatorio.

        Vamos… que los demonios están relegados al infierno. ¡¡¡Menos mal!!!, porque si el Purgatorio existiese pocos íbamos a librarnos de él…

        En esta materia me declaro “Protestante”, pues al igual que las Iglesias encuadradas bajo este epígrafe, tampoco puedo aceptar las teorías tradicionales de los teólogos católicos que defienden la existencia de “El Purgatorio” como lugar de tormento y expiación, aunque parece ser que la comisión que analiza “El Limbo” pudiera estar también discutiendo la posición oficial Católica referente a “El Purgatorio”, lo que me llevaría nuevamente al “redil”.

        Por otra parte la idea de “El Purgatorio”, de un castigo temporal a los pecadores, no parece compadecerse con la de un Dios Justo y Misericordioso, que conforme a los evangelios

“No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores” (Lucas, 5-32)

     Si partimos de la base de considerar, conforme a las enseñanzas del Papa Wojtila, de que “El Infierno no existe como lugar, sino como situación en que se encuentra quien libre y definitivamente se aleja de Dios”, no podemos por menos que negar la existencia de ese “Lugar de Expiación Temporal” que representaría “El Purgatorio”.
    Por cierto, el mismo Papa y en idéntica intervención ya manifestó que:

“Para aquellos que, en el momento de su muerte, se encuentren en condición de apertura a Dios, pero de manera imperfecta, el camino hacia la plena bienaventuranza exige una purificación que la fe de la Iglesia ilustra a través de la doctrina del purgatorio, término que no indica un lugar, sino una condición de vida. Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección”.

    De esta forma “El purgatorio” no sería un lugar, si no un proceso de “purificación”, que se produce durante la vida de cada ser humano y que se prolongará después de la muerte.
Si a las enseñanzas comentadas introducimos el concepto de atemporalidad del más allá, llegaremos a la conclusión de que la purificación que implica la situación de Purgatorio después de la muerte, no tiene una duración concreta ---lo que no sería posible en aquella situación de atemporalidad--- por lo que el sufrimiento purificador, pues no otra cosa sería “el fuego del purgatorio”, vendría determinado por la propia conciencia de necesidad de purificación, y no por su duración, lo que hace inadmisible el concepto de “temporalidad” del purgatorio formulada por la doctrina teológica tradicional Católica.
     Por otra parte, sí conforme a la doctrina del Papa Woytila

“Quienes después de la muerte viven en un estado de purificación ya están en el amor de Cristo, que los libera de los residuos de la imperfección”

ello implicaría la simultaneidad e inmediatez del proceso de “purificación” y de la incorporación a la “Comunión De Todos Los Santos” la “Gloria” o “El Cielo”

    Así pues, en resumidas cuentas, podemos concluir afirmando que, gracias a Dios, ---y nunca mejor dicho--- solo “El Cielo” existirá como “Lugar” de Eterna Felicidad, mientras que ni el Infierno ni el Purgatorio pueden ya ser considerados lugares de tormento.

    En cualquier caso, la conclusión de que “El Infierno” no exista como lugar de condenación al tormento eterno, pues tan solo sería la situación de no resurrección de los condenados, y por lo tanto su dilución en “La Nada”; o de que “El Purgatorio” sea un inmenso dolor atemporal derivado de la propia conciencia de la necesidad de purificación para acceder al Cielo, no deben confundirnos a cerca del inmenso sufrimiento que conllevan aquellas situaciones de Purgatorio-Purificación y de Infierno-Condenación.

    Es evidente que la teología escatológica contemporánea rechaza una concepción de un Dios que se complazca en torturar a sus hijos descarriados con el tormento físico.

    Podemos interpretar el hecho de la “Condenación” como la plena conciencia, que será nítida en el más allá, de “la situación en la que se encontrará quien libre y definitivamente se haya alejado de Dios” ―en palabras de Juan Pablo II― situación que pienso que no será otra que la comprensión de lo que implica para el condenado que le sea negada la posibilidad de la resurrección y de la vida eterna.

    Opinar que con ello se atenúa la severidad de la condenación, sólo puede hacerlo quien subvalore todo sufrimiento que no sea físico.

    Precisamente por ello sería un error interpretar las palabras del Papa Woytila como un deseo de atenuación del dolor inmenso de la condenación, pues simplemente se limitó a poner de manifiesto que determinadas expresiones de la Biblia en relación con el Infierno tienen carácter eminentemente metafórico, como ya hiciera en 1979 la Congregación para la Doctrina de la Fe en su carta "Recentiores Episcoporum Synodi"⁷, en la que explicaba que el concepto de “fuego del infierno” debe interpretarse como el dolor insufrible que la privación de la visión de Dios provoca sobre todo el ser del condenado.

    Finalmente y en cuanto al pretendido “infierno vacío” ―la idea de que el Infierno existe, pero que la Misericordia infinita de Dios y el poder redentor del Sacrificio de Jesús lo mantendrían vacío― la teología católica tradicional niega esta posibilidad, pues si el infierno es un estado y no un sitio, no puede decirse simultáneamente que se admite que exista aquella situación de Infierno-Condenación pero que está vacía; pues un estado o situación que no se diese para nadie, simplemente no existiría, recalcando la idea de que la condenación no es una decisión de Dios, si no del propio hombre que rechace consciente, decidida y definitivamente el amor de Dios, su redención.

    En todo caso, me resisto a aceptar que la capacidad de persuasión de Dios, que es bondad, misericordia e inteligencia inconmensurables, infinitas, no haga recapacitar al humano más contumaz, al más egoísta de los pecadores, para que acepte la purificación última que se ilustra en la idea de Purgatorio y se acoja a las bondades prometidas por Cristo.

    Solo el “Mal Perfecto” representado únicamente por Lucifer, el ángel caído Luzbel, el más perfecto de los Querubines, y sus acólitos celestiales caídos, podrían perpetuarse en su error, y ser así los únicos morador de “Las Tinieblas”, de tal modo que ya no se podría hablar de la idea de “Infierno Vacío”, pues estaría colmado con Satanás y sus demonios.

    Si analizamos la figura del Demonio desde posiciones creyentes, no podemos albergar la más mínima duda a cerca de su existencia, tal y como se manifiesta el catecismo de la Fe Cristiana, en sus normas 2850 y siguientes.

    Hoy en día sin embargo, y desde las predominantes posiciones racionalistas, se desprecia la existencia de “El Maligno”, que se considera una mera manifestación de los mitos religiosos primitivos.

    La psicología, la filosofía, la sociología, la ciencia en fin, serían quienes debieran explicar la maldad humana desde perspectivas empíricas, desde postulados racionalistas.

    Se afirma, así, que el hombre es una mera realidad sociológica y que su propensión al mal debe de ser explicada racionalmente.

    No faltan, por otra parte, quienes nos dicen que las referencias al maligno existentes en nuestra sociedad no son sino herencia de los ritos pre judaicos de oriente medio, centrados en la figura del dios Baal, de cuyo nombre se deriva el de Belcebú, propio del demonio, y en la tradición bacantica greco-romana, ambos con ritos de fertilidad licenciosos, caracterizados por orgías sexuales desenfrenadas, cuya permanencia en el acervo cultural europeo se extendió a través de los ritos mágicos medievales, pues los ritos de las bacantes ---adoradoras enloquecidas del dios Dionisos-Baco--- vinieron a ser los precursores de aquellas orgías que en la Edad Media se estigmatizaron como aquelarres.

    En el fondo nada nuevo hay bajo el sol, pues las doctrinas científicas que parten de considerar que el hombre es esencialmente bondadoso y que su maldad es fruto de su defectuosa educación, de su marginalidad, de su discriminación social, o de los traumas psicológicos sufridos durante su infancia o adolescencia, no se diferencian en nada del maniqueísmo propio del s.III, para el que el hombre presenta una esencia dual en pugna permanente: el bien (inspirado por Dios), y el mal (dominado por El Demonio), de tal forma que el hombre no sería responsable de sus malas acciones porque no son producto de la libre voluntad sino del dominio de Satanás sobre nuestra vida.

    Frente a esta posición racionalista la Iglesia Católica advierte sobre la existencia real del Maligno, y así se ha manifestado el Papa Woytila, expresamente, en su catequesis del 13 de agosto de 1986, al decirnos que:

“La malignidad humana, constituida por el demonio o suscitada por su influjo, se presenta en estos días de forma cautivadora, seduciendo las mentes y los corazones hasta hacernos perder el sentido del mal y del pecado.” 

     En definitiva que la mejor arma del maligno es lograr que no se crea en su existencia y mantener su permanente presencia entre nosotros, desapercibido pero constantemente activo.

    No sé si, desde el punto de vista teológico, las interpretación o teorías expresadas en este escrito serán muy conformes con la ortodoxia católica, pero son las que más me consuelan de cara a mis imperfecciones, mis pecados y mi esperanza de alcanzar la vida eterna.

    Sin embargo, hasta Bergoglio, con el que ya sabéis que coincido poco, manifestó recientemente, en entrevista concedida al periodista Italiano Eugenio Scalfarí, del diario La Republlica, que:

"El infierno no existe; lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras"

    De tal modo podemos concluir creyendo que el Infierno si existe, pero no como un lugar, sino como una situación eterna e irreversible, que no sería sino la situación de absoluta soledad de los condenados, su no resurrección, su desaparición perpetua.

    Y, ¿Qué mayor castigo que la conciencia ―en un instante puntual, pero que se convierte en eterno en una dimensión en que no existe el tiempo― de que el destino que te aguarda es la desaparición, la nada, sabiendo que la conjunción con la Gloria hubiera sido posible?

    Para concluir no quiero dejar de reconocer lo sensibles que son todas las cuestiones teológicas, en cuanto que se refieren a los principios de fe de mis lectores, y por ello ―dado que poseo un espíritu crítico, pero en absoluto inquisidor― no quiero dejar de recordaros que en estos posts tan sólo expreso mi opinión, sin otro deseo que provocar la reflexión de todos los amigos a quienes van dirigidos, sobre las materias abordadas, sin pensar que, en lo que expongo, anide la verdad, sino tan sólo las dudas que cuestiones doctrinales y teológicas provocan en mi espíritu.

    Por eso manifiesto que no trato de convencer a nadie de las ideas que  en mis escritos se recogen, y que, tan sólo, trato de que mis reflexiones susciten las de otros, que podrán coincidir con mis razonamientos u oponerse totalmente a ellos. 

    Y como siempre, termino con una pieza musical, hoy "El Purgatorio" de la Sinfonía "Dante" de Litz, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Barenboim.


© 2023 Jesús Fernández-Miranda y Lozana


lunes, 25 de septiembre de 2023

ESCRIBIR


    A lo largo de mi vida siempre he sentido pasión por escribir, pues es la forma en que mis pensamientos, fantasías y reflexiones, adquieren realidad material, dejando de estar encapsulados en mi mente.

    Como nos dice Albiac en su artículo de EL DEBATE del pasado día 6 de septiembre:

“No hay placer comparable a la escritura. Ni angustia que se le acerque ni de lejos. Escribir es un rigor que no admite transacciones. Ni benevolencias. Ni tampoco entusiasmos.”

hasta el punto de que escribir produce un desgarramiento interior incurable, un corte rotundo entre el mundo real y el mundo interior imaginado y relatado.

    La vida del hombre, de los hombres, sólo existe si alguien la refleja en un escrito, al igual que los descubrimientos científicos, las doctrinas filosóficas o las religiones.

    Pero también posee la escritura esa capacidad de permitir al escritor disfrutar de sus recuerdos, imaginaciones o reflexiones, como yo pretendo a través de estas.

    Sin escritura no habría civilización, ni cultura; las creencias habrían quedado reducidas a meras supersticiones, y la ciencia, la técnica o el pensamiento no habrían evolucionado como lo han hecho desde que el hombre comenzó a escribir, algo antes del año 3.000 A.C.

    El Homo Sapiens apareció en nuestro planeta hace más de 100.000 años.

    Con anterioridad a la escritura el homo sapiens evolucionó muy lentamente, y no es hasta la invención de la imprenta, a mediados del s. XV, que las obras escritas llegaron a multitud de seres humanos, produciéndose una evolución exponencialmente acelerada a partir de aquella fecha y muy especialmente en los 2 o 3 últimos siglos.

    Hoy leer y escribir son herramientas al alcance de una gran parte de la población terrestre, aunque quedan cantidades ingentes de analfabetos.

    Sin embargo no basta con saber leer y escribir, hace falta expresar en la escritura lo que se quiere decir, y entender con la lectura aquello que se lee.

    Si no es así, nos encontraremos con lo que se llama “analfabetismo funcional”, que afecta a multitud de personas que usan las herramientas de la lectura o la escritura, pero que ni expresan correctamente lo que quieren transmitir ni entienden lo que leen.

    Cuando el escritor se enfrenta con el papel en blanco para dar vida a sus realidades o imaginaciones, se enfrenta a expresar sus dramas o sus alegrías reales o imaginadas, y si escribe sus reflexiones se enfrenta al reto de tratar de encontrar respuesta a todos aquellos problemas esenciales de su existencia, o al hecho de su existencia misma, nublados, muchas veces, por la angustia que el hombre siente cuando se aproxima a lo incomprensible.

    En este último caso las respuestas definitivas nunca llegan, pues lo cierto es que los filósofos, como diría Pascal, no ven al hombre como es, sino como ellos lo ven, o como entienden que el hombre debe ser.

    Así, en la infinidad de obras de filosofía leídas sólo he encontrado reflexiones aisladas de gran interés, pero nunca soluciones definitivas a los problemas existenciales esenciales, lo que me lleva a pensar que abandonada la filosofía —por no aportarme las soluciones buscadas— tan solo me queda, en ocasiones, la fe.

    Sin embargo continúo escribiendo diariamente, en un intento de que mis ideas adquieran forma material, pues en caso contrario se diluirían en mi mente como le ocurría a Harry Heller, —“El Lobo Estepario” de Hesse— que nos relata su experiencia:

“Una vez por la noche ocurrió que, estando despierto en la cama, empecé súbitamente a recitar versos, versos demasiado bellos, demasiado singulares para que yo hubiera podido pensar en escribirlos, versos que a la mañana siguiente ya no recordaba y que, sin embargo, estaban guardados en mí como la nuez sana y hermosa dentro de una cáscara rugosa y vieja.”


    Y es ese empeño en materializar mis pensamientos o imaginaciones lo que me lleva a escribir estas reflexiones heteróclitas, que en ocasiones no son más que lucubraciones inservibles, que no aportan otra cosa más que un sutil reflejo de mi alma.

    Pero ¿Qué es la literatura sino la descarnada pulsión a contar historias por escrito?

    Al final, tal vez se escribe para obtener respuestas sin necesidad de hacerse previamente ninguna pregunta y para vaciar el alma y después recomponerla con nuevas ideas y nuevos escritos.

     En cualquier caso, la escritura es como el fuego, que no tiene forma definida pero se adhiere al objeto que quema, como hace la luz con la oscuridad.

        Y para terminar os traigo una nueva pieza musical, una de las muchas que me acompañan en los silencios de mi castillo. Y no es una pieza de música clásica, sino un clásico contemporáneo "La canción más bonita del mundo" de Joaquín Sabina
        

© 2023 Jesús Fernández-Miranda y Lozana