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martes, 26 de marzo de 2013

LA TOMA DE LA ROCHELLE 1372

Existe una tendencia generalizada a hablar de las invencibles escuadras inglesas cuando se habla de la guerra en el mar.

Cierto que, durante los siglos XVIII y XIX, el control británico de los mares fue apabullante, pero la historia presenta numerosos acontecimientos grandiosos de la fuerza naval española, que dominó los mares desde el s. XIV hasta el s.XVIII.

En los últimos tiempos ha contribuido a esta magnificación de la potencia naval británica la industria del “Showbiz” americano, que está plagada de omisiones, falsedades y leyendas, en aras de los éxitos de taquilla, y en la que lo británico es siempre lo bueno y lo español lo detestable.

No vamos a referirnos a Blas Lezo y su heroica defensa de Cartagena, o a los Galeones de Asia o de Indias, mil veces acosados por los corsarios británcos, franceses y holandeses, sino a páginas gloriosas de victorias poco conocidas de las armadas españolas.

Vayamos pues a 1372, último cuarto del siglo XIV, en que definitivamente se consolidó el poder español sobre los mares, que duraría hasta el s. XVIII.

En 1369 Carlos V de Francia reinició las hostilidades con Inglaterra, violando el Tratado de Brétigny de 1360, reanudando así la de la Guerra de los Cien Años.

Su decisión se basaba en contar con la ayuda de Enrique II de Castilla, quien disponía de una poderosa armada, alianza franco-castellana que se remonta a la Guerra Civil Castellana (1366–1369), en la que Enrique de Trastámara (futuro Enrique II), para contrarrestar la coalición con Inglaterra de su oponente Pedro I, firmó con Carlos V de Francia el tratado de Toledo de 20 de noviembre de 1368, por el que Castilla se comprometía a aportar el doble de naves que los franceses en las operaciones navales conjuntas que se desarrollaran a partir de entonces.

Dentro de su estrategia el rey francés pretendía someter La Rochelle, punto clave para el control del Ducado de Guyena, en poder de Inglaterra. Para lo que pidió la colaboración naval castellana.

Carlos v de Francia

Enrique II de castilla envió una flota al mando del almirante genovés Ambrosio Bocanegra, entre cuyos capitanes se encontraban, además del almirante, Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, Fernando de Peón y Ruy Díaz de Rojas (Adelantado Mayor de Guipúzcoa y jefe de las naos).

Eduardo III de Inglaterra se propuso defenderla a toda costa con una armada constituida bajo el mando de yerno Juan de Hastings, conde de Pembroke. Además de los barcos de guerra iban en ella naves de transporte con hombres, material y dinero destinados a la guerra en la Guyena.

Pero no puede olvidarse que los intereses castellanos coincidían con los franceses, pues en esta intervención Castilla vio, de una parte, la posibilidad de reforzar su relación con Francia, que sufría derrota tras derrota en asedios estériles a los territorios dominados por el rey ingles.

Además los castellanos vieron también en su intervención una ocasión para exterminar la piratería inglesa que infestaba el mar del norte, dañando el
comercio con Flandes, al tiempo que era un ocasión para desestabilizar las

                                                                                                                                                                               Enrique II de Castilla
pretensiones al trono castellano por parte del Duque de Lancaster, Juan de Gante, casado con la infanta Constanza de Castilla, hija de Pedro I el Cruel, hermanastro de Enrique y legítimo heredero del trono castellano, a quien Enrique había matado, tras larga guerra de disputa por el trono de Castilla, concluida la batalla de Montiel y ayudado por el francés Bertrand Du Guesclin, quien en la pelea entre aquellos ayudó a Enrique pronunciando la famosa frase “Ni quito ni pongo Rey, pero ayudo a mi Señor”.

Pues bien, así las cosas, y tras el tratado hispano francés, las tropas del Rey Carlos sitiaban la fortaleza de La Rochelle, baluarte en poder del Rey inglés que servía para avituallar sus tropas en territorio de la Guyana.

La flota castellana de 12 galeras tenía como misión buscar y destruir cualquier nave inglesa que se avistase e impedir la arribada de la flota inglesa que lleva tropas de refresco a la Guyena a través de La Rochelle.

La flota inglesa estaba compuesta de 38 naves, y transportaba un ejército de 8.000 soldados y 500 caballeros con sus monturas y arneses, aparte de pertrechos para una campaña de varios meses.

                                                                                                 
El 22 de junio las flotas se encontraron a la altura de La Rochelle.                     
Boccanegra se encontraba a sotavento y ordenó a su flota esquivar el encuentro y mantenerse a distancia mientras esperaban la noche e intentaban ir ganando el barlovento.

Los ingleses, confiando en su superioridad numérica no varían el rumbo, esperando sortear la escuadra enemiga en la noche.

Galera "Sutil" Castellana
Lo que los marinos ingleses achacaron a una cobardía del genovés (como así lo pregonaron) fue en realidad una estratagema. Sabedor de las condiciones naturales del lugar y de las características de las naves de ambos bandos, el almirante castellano prefirió esperar al día siguiente. En esa jornada cuando, durante la bajamar, las naos inglesas, por su mayor calado, quedaron varadas, y antes de que subiera la marea y pudieran flotar, se acercó a ellas la escuadra castellana sacando ventaja de la mayor ligereza y menor calado de sus galeras.

Las naves de Pembroke apenas pudieron maniobrar en orden y Boccanegra hizo uso de un nuevo arma en la guerra naval : las bombardas.

Vomitando fuego desde sus costados, las galeras castellanas diezmaron terriblemente a la infantería inglesa. El pánico se apoderó de sus naves. El fuego se propaga de una nave a otra, mientras las galeras castellanas forman una línea impidiendo que ninguna escape. La victoria es aplastante. Pembroke es capturado, con 400 caballeros de “espuela dorada”, es decir nobles o hidalgos y unos 3.000 soldados de su fuerza inicial de 8.000 hombres.                                                         

                                                                                                                                                                   Nao o Nave redonda inglesa
     
Como colofón, Bocanegra, en su regreso a Santander capturan 4 naves inglesas más a la altura de Burdeos.

Boccanegra condujo a los nobles ingleses capturados a la presencia del monarca castellano.

Al hacer prisioneros, el almirante de Castilla tuvo con los vencidos en esta batalla un gesto humanitario inusual en aquellos tiempos, pues era costumbre entonces degollar o arrojar al agua a todos los adversarios, aunque se hubieran rendido

En Burgos, el rey castellano perdonó la vida a Pembroke y sus caballeros de alto rango, devolviéndoles la libertad, y permitiéndoles su regreso a Inglaterra bajo palabra de caballeros de 'no alçar las armas e gentes contra el rei de Castilla'.

Con la toma de La Rochelle terminó el control ingles del canal de la mancha que pasó a manos castellanas.

Posteriormente a la toma de La Rochelle, Las naves de Boccanegra saquearon diversops puertos de la costa inglesa en el mismo año. Los puertos del cantábrico y de Vizcaya se llenaron con las presas de mercantes ingleses realizadas por los corsarios de la Hermandad del Cantábrico.

Posteriormente se conquistó Roche-Guyon, en el estuario del Loira, y la flota castellana llegó a atacar con éxito las cercanías de Londres en 1380, remontando el Támesis al mando de Sánchez de Tovar y destruyendo Gravesend, a poca distancia de la capital británica.

                               

Puertos ingleses destruidos por la flota castellana

Para la Corona de Castilla, la victoria tuvo favorables repercusiones militares y económicas. Se consolidó como primera potencia naval en el Atlántico, otorgando así mayores posibilidades mercantiles a sus marinos. El comercio de lana entre Inglaterra y Flandes se había interrumpido a causa de la guerra, y ahora será Castilla la que sustituya en esta actividad a la derrotada con la lana de sus “merinas”. Sus mercaderes construyeron incluso un almacén en Brujas. Los ingresos obtenidos de las exportaciones propiciaron un auge económico castellano, y Burgos se convirtió en una las ciudades más importantes de Europa Occidental. Y todo esto duraría hasta la derrota y destrucción de la “Armada invencible”, en 1588, bajo el reinado de Felipe II, momento en que comenzó el paulatino e inexorable declive de la fuerza marítima de los Reinos españoles en beneficio de la Armada Inglesa.

En cualquier caso, lo más sorprendente de la Historia son las incomprensibles tergiversaciones, que implican el desastre de la Armada española de 1588, pues el episodio es con frecuencia referido por historiadores anglosajones como un brillante ejemplo de la gran tradición defensiva inglesa que ha impedido, desde la invasión normanda del siglo XI, el desembarco en suelo inglés de cualquier fuerza hostil por poderosa que fuera.

En realidad, tropas españolas atacaron y saquearon localidades inglesas en diversas ocasiones, tanto antes como después del episodio de la Armada Invencible, si bien estos hechos suelen ser omitidos en la historiografía inglesa.

Y no solo durante la Guerra de los 100 años, en episodios antes relatados que llegaron a incursiones hasta Londres.

Años después, y durante el mismo conflicto, el corsario español Pero Niño, volvió a atacar en 1405 la península de Cornualles, asolando la Isla de Pórtland y saqueando Poole.

Asi mismo, en julio de 1595 se produjo la Batalla de Cornualles. Una flota compuesta por cuatro galeras españolas al mando de Carlos de Amésquita, que patrullaba en aguas inglesas, desembarcó unos 400 soldados de los tercios en la bahía de Mount, en la península de Cornualles, al suroeste de Inglaterra para aprovisionarse.

Las milicias inglesas, encargadas de la defensa inglesa en caso de invasión de tropas españolas, huyeron, y los españoles tomaron todo lo que necesitaban y quemaron las localidades de Mousehole, Paul, Newlyn y todos los pueblos de los alrededores. Al final del día, celebraron una tradicional misa católica en suelo inglés, embarcaron de nuevo y lograron esquivar una flota de guerra al mando de Francis Drake y John Hawkins que había sido enviada para expulsarlos.

Dos años después del ataque de Amésquita, en 1597, Felipe II volvió a enviar una nueva flota de invasión contra Inglaterra, más poderosa que su precursora de 1588. Tras avanzar hacia las costas inglesas sin encontrar oposición, un fuerte temporal dispersó la flota, si bien en esta ocasión no se produjeron los catastróficos resultados de 1588. Aun así, siete barcos llegaron a tierra en las proximidades de Falmouth, desembarcando a 400 soldados de élite que se atrincheraron esperando refuerzos para marchar sobre Londres. Tras dos días de espera en los que las milicias inglesas no se atrevieron a hostigarlos, recibieron la orden de embarcar, pues la flota se había dispersado irremediablemente, regresando a España.

Luego el suelo de la “Pérfida Albión” fue hoyado por tropas españolas muchas más veces da las que los ingleses quieren contar o reconocer.

Finalmente no creo que esté de más recordar que desde el s XV hasta 1776, año en que partió la última Flota de Indias, y durante más de 250 años, las pérdidas de la flota por ataques fueron mínimas.

Puede calificarse así a la Flota de Indias como una de las operaciones navales más exitosas de la historia. De hecho, en los 300 años de existencia de la Flota de Indias solo dos convoyes fueron hundidos o apresados por los ingleses.

El resto que se cuenta, es cuento o tergiversación histórica anglosajona y malintencionada.

lunes, 18 de marzo de 2013

LA GUARDIA SUIZA - EL LEON DE LUCERNA


Cuando se habla de “Guardia Suiza” todo el mundo recuerda la colorida guardia del Vaticano, y se identifica el país como un lugar plácido, pacifico y alejado de toda clase de conflictos. Pero pocos saben que los Suizos, siempre Independientes de los Grandes Reinos Europeos, aportaron Regimientos de apreciados Mercenarios Voluntarios a todos ellos, desde el s.XIII. y siempre con sus coloridos uniformes llamados de “Reisläufer”.
Desde el siglo XV y hasta mediados del s.XIX, un regimiento de mercenarios suizos formó la Guardia Personal de los reyes de Francia.
En 1789 estalló la Revolución Francesa. En junio de 1791 Luis XVI trató de huir al extranjero y fue condenado a arresto domiciliario. En la insurrección del 10 de agosto de 1792, los revolucionarios tomaron el Palacio de las Tullerías. Cuando comenzó el asalto 5 miembros de la Guardia Suiza fueron asesinados ante su capitán por la turbamulta, pero la Guardia logró contener el asalto mientras el Rey se refugiaba en la Asamblea Legislativa, donde fue obligado a ordenar a su Guardia Suiza que se retirase y volviese a sus cuarteles. El capitán Dürler  pidió la orden por escrito al Rey y cuando la acató y al salir del palacio, indefensos, la Guardia fue masacrada sin piedad. De los 1.000 miembros de la Guardia Suiza que defendían al Rey, sólo sobrevivieron 300.
La iniciativa de crear el monumento en recuerdo de esta matanza, fue tomada por Karl von Pfyffer Altishofen, oficial de la Guardia que estaba de permiso en Lucerna en el momento de la lucha. El diseño del monumento se debe al danés  Bertel Thorvaldsen y su realización al cantero alemán  Lucas Ahorn y está tallado directamente sobre la roca bajo la inscripción “HELVETIORUM FIDEI AC VIRTUTI” “A LA LEALTAD Y VALENTÍA DE LOS SUIZOS”

 
Y esa tradición guerrera pervive hoy en día en el país alpino, que mantiene un ejército activo de 500.000 hombres con 7,5 millones de habitantes, mientras que España, con 50 millones de habitantes, apenas llega a los 150.000 efectivos.
Pero junto a esta tradición guerrera llama la atención la exigua pero conocidísima Guardia Suiza Vaticana, que se hace más presente en estos momentos, con la atención del mundo pendiente de la ciudad estado como consecuencia de la renuncia de Benedicto XVI al papado. Su origen se encuentra en la petición formulada por el papa Julio II, en 1505, encargando a Peter von Hertenstein conducir hasta Roma a 200 hombres que se ocuparían de la custodia de la persona del Papa y de los palacios pontificios.

 
Una de las más dramáticas historias en torno a este cuerpo de guardia fue el protagonizado durante el ‘saco di Roma’, saqueo de la ciudad por las tropas del emperador Carlos V al mando de Carlos Montpensiertercer duque de Borbón, enfrentado con Francisco I, su señor natural, y al mando de una tropa de 20.000 hom,bres, de ellos 17.000 lansquenetes alemanes luteranos, a los que debía su paga y quiso pagar con el saqueo de la Ciudad Santa, al tiempo que escarmiento al papa Clemente VII por su cercanía a la Liga de Cognac, formada por Francisco I  –el mortal enemigo del Emperador– como alianza militar enfrentada al ‘César’ Carlos. El pontífice, protegido por la Guardia Suiza, se salvó refugiándose en el castillo Sant’Angelo, pero 147 de los guardias perecieron en su defensa.

Carlos I que no había autorizado el saqueo, se manifestó enseguida indignado, pidiendo expreso perdón al Papa y vistuendo de luto en esñal de su rrepentimiento, aunque lo cierto es que el Papa Clemente no volvió a aliarse con Francia.
Y es precisamente el 6 de mayo, fecha de aniversario del famoso ‘saco’ cuando la Guardia Suiza celebra anualmente la ceremonia de juramento de los nuevos guardias que se han incorporado al cuerpo, bellísima celebración en que la Guardia al completo forma con sus alabardas, corazas y morriones con plumas rojas, salvo las moradas y blancas de los suboficiales y oficiales.

 
En este acto, los reclutas sujetan con su mano izquierda la bandera, y con la derecha alzada con solo los dedos pulgar índice y corazón estirados, en referencia a la Santísima Trinidad, juran lealtad al Papa y al Colegio Cardenalicio, a quienes sin dudarlo protegerán hasta con su propia vida, si se ven, de nuevo y como han demostrado que puede suceder, abocados a ello.

lunes, 25 de febrero de 2013

REY DE ESPAÑA...Y DE JERUSALEN

Hoy les contamos algo que no es muy conocido por la gran mayoría de los españoles: el Rey de España ostenta, entre sus muchos títulos históricos, también el de Rey de Jerusalén.

En el “Escudo Grande” del Rey, que no se utiliza protocolariamente, pues el usado es el de España, aparece el escudo del Rey de Jerusalén, Titulo que, como decimos, ostenta, entre otros históricos, nuestro Monarca.

El Reino de Jerusalén fue fundado por Balduino I en el año 1100 tras la conquista de la ciudad durante la I Cruzada por su hermano Godofredo de Bouiilón, en 1099, quien no aceptó coronarse rey "donde Cristo había sido coronado de espinas", limitándose a titularse "Protector del santo Sepulcro".
Tras Balduino I y hasta la definitiva pérdida de la ciudad ante Saladino en 1187 y la posterior de Acre en 1291, el reino funcionó según el esquema de los reinos cristianos europeos.
María de Antioquía, nieta de la reina de Jerusalén Isabel I (1192-1205), vendió sus derechos sucesorios al referido título a Carlos I de de Anjou, Rey de Ñapóles, por conquista frente a los Hohenstaufen, Conrado IV y su hijo 'Cornadillo', vinculando así para siempre ambas coronas mediterráneas, Ñapóles y Jerusalén.
Sin embargo, su antecesor 'Cornadillo', decapitado por Carlos I de Anjou en 1268, cedió sus derechos dinásticos, antes de su ejecución, a su tío Pedro, heredero de Aragón, que reclamó el reino como marido de Constanza, hija de Manfredo de Sicilia.

¿Y cómo termina la historia? Pues en que, sobre las bases de aquellos derechos hereditarios Atagón reclamó la soberanía sobre los Reinos de Napoles y Sicilia, que fueron conquistados por las tropas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, para nuestro rey Fernando de Aragón, el Rey Católico. Este fue reconocido como Rey de Napóles (y también de Jerusalén) tras la conquista por bula papal de Julio II de 3 de julio de 1510, lo que fundamentó en adelante la vinculación del título de Rey de Jerusalén a la Corona española. Una vinculación de la que hizo buen alarde el propio Fernando el Católico, pero sobre todo Felipe II, que recibió el título en 1554 de manos de su padre, Carlos I, para casarse en pie de igualdad, de monarca a monarca —pues aún no era Rey de España—, con María Tudor, Reina de Inglaterra.


Y esto dio lugar a otro curioso escudo, en el que se combinan los de Inglaterra y España, usado por María I —hija de Enrique VIII y esposa de Felipe II y muerta sin descendencia — desde su matrimonio en 1154 hasta su muerte en 1558, momento en que el trono pasó a su hermanastra Isabel I. El escudo combina las armas de los Tudor, que son las de Inglaterra y las flores de lis, pues eran pretendientes al trono de Francia, y las de los Habsburgo de Felipe, y sustituyendo por soporte el unicornio escocés por el águila de San Juan, sostén a su vez del escudo español desde los Reyes Católicos, tan franquista ella, según algunos ignorantes.

Pero eso es ya otra historia...

ARTICULO PUBLICADO EN EL Nº 10, DE 24 DE FEBRERO DE 2013 DEL SUPLEMENTO DOMINICLA DE LA GACETA “ESTILO G”

viernes, 22 de febrero de 2013

MEDIAS LUCES


En muchas ocasiones, aprovecho el ocaso de las luces del día para tratar de encontrar la vena de inspiración que me permita expresar, sobre el papel, las ideas que, a lo largo de día, hayan mantenido encadenados mis pensamientos.

En los meses de abril y mayo, son las horas en que los vencejos, mis viejos compañeros de cada primavera, revolotean entre sus alegres chillidos en los cielos de Madrid, en esas tardes en que todavía los calores del verano no agostan los campos ni las paciencias, y se abren a la calle las ventanas para permitir el acceso del aire fresco del atardecer. En el invierno son esas tardes lluviosas en que lo desapacible de la calle te lleva a refugiarte en una cálida habitación, sobre la mesa, con tus papeles y tu perro tumbado en el sillón de la esquina, esperando que te levantes a leer para cederte el sitio.

A lo largo de mi vida he disfrutado, siempre, de dos momentos mágicos del día: el amanecer y el atardecer.

Esa sensación del amanecer, sobre todo en el campo, en que la media luz de la mañana permite comenzar a distinguir las formas sin sombra de cada objeto, es difícilmente comparable a nada.

Sin embargo los amaneceres son momentos que generalmente se disfrutan poco, pues habitualmente se viven como final de una noche que se extingue o como comienzo, laborioso, de un nuevo día

El atardecer, por contra, es momento de paz, de reflexión, de resumen del día que se extingue, y su juego de luces, invirtiendo el ciclo de la mañana, difumina la imagen de los objetos, que poco a poco se disuelven en la oscuridad que va avanzando.

Generalmente el alma se adormece en estas situaciones placenteras, y como dijera Oscar Wilde “los placeres sencillos son el último refugio de los hombres complicados” y la verdad es que yo conozco a pocos hombres sencillos.

Y en esas ocasiones es fácil llegar a una simple conclusión: El fluir del tiempo descoloca, ¡¡¡en cuantas ocasiones!!! a los protagonistas de cada historia, de cada realidad, de cada episodio vital en el que se auto complacen .

Chateaubriand, al que cito últimamente tal vez en demasía, recoge la misma idea en un delicioso párrafo de sus obras:

“Recordaba los versos que escribía entonces a dos jóvenes ladyes que se habían hecho viejas a la sombra de las torres de Westminster; torres que volvía yo a encontrar erguidas como las había dejado, mientras que al pie de ellas habían quedado enterradas las ilusiones y las horas de su juventud de mis amigas.”

Recuerdo también, a un viejo profesor universitario, con el que durante algún tiempo compartí ratos de tertulia, que lastimeramente se quejaba:

“El gran peligro de la docencia es que no te das cuenta del paso del tiempo, pues cada curso, año tras año, te enfrentas a jóvenes de la misma edad, 20 o 21 años, y te crees que como por ellos tampoco por ti pasa el tiempo.... hasta que contemplas tu imagen avejentada ante el espejo”

O la frase que hace años escuché a mi madre:

“Te das cuenta de que eres mayor el día que descubres que los soldados son niños”

Todas estas reflexiones no hacen sino poner de manifiesto el devastador efecto del paso del tiempo: La Vejez, la decadencia.

En las culturas antiguas la vejez era sinónimo de sabiduría. El Senado, concepto procedente del latín (senectus-vejez), era la reunión de los sabios-viejos, que desde su experiencia ordenaban la vida de la comunidad.

Hoy la vejez es sinónimo de inutilidad. Lo viejo es lo inservible y los viejos, nuestros mayores, están en esa categoría contemplados.

“¡¡¡¿Viejo?!!! ya llegaras a ello, rapacín, si el diablo no te lleva antes” protestaba un anciano ante las prisas de un mozalbete que le apremiaba: ¡¡¡deje paso, viejo!!!



Y sin embargo olvidamos algo esencial, la experiencia, la memoria, la capacidad de juicio tamizada por la multitud de vivencias que se han filtrado por el alma, constituyen una riqueza que difícilmente pueda suplantarse por el espíritu combativo e impertinente de los jóvenes.

Salvo que como en el tan manido chiste, el abuel esté entre las medias luces del ocaso y pregunte:

¿Cómo se llama, hijo, que no me acuerdo, esa novia alemana tan pesada que me he echado?
Alzheimer, abuelo, Alzheimer......

Pero tampoco quiero olvidar que la vejez implica, también, una vuelta a los principios aprendidos en la infancia, a lo “aprendido en casa”, de tal modo y manera que el adulto toma conciencia en su vejez de que “su madre tenía razón”, lo me recuerdan el discurso de la vejez aniñada que aparece extensamente reflejado en Erasmo, quien en su “Elogio de la Locura” y por boca de la diosa “Estulticia” nos cuenta como es ella misma, ayudada por las ninfas ”Lethé” (el olvido) y “Anoia” (la demencia) quienes vuelven nuevamente niños a los viejos:

(SIC) “Cuanto más se acerca el hombre a la senectud, tanto más se va asemejando, por nuestro concurso, a la infancia, hasta que al modo de esta, el viejo emigra de la vida sin tedio de ella ni sensación de morir.”

aniñamiento que la Diosa y sus compañeras aplicarían al ser humano como remedio para evitar al hombre el sufrimiento insoportable que para él implicaría, en caso contrario, la propia vejez; y ese aniñamiento según manifiesta el propio Erasmo por boca de la Diosa, sería bondadoso no solo para con el mismo anciano, sino también para cuantos le rodean, pues:

(SIC) ¿Quién podría soportar la relación y trato con un viejo que a su enorme experiencia sobre las cosas, uniera parigual vigor mental y agudeza de juicio?

Ejemplo de esa actitud infantil propia de la vejez, sería la del anciano a quien conocí en Asturias, hace años, una tarde lluviosa de agosto, conduciendo con su vara de avellano su carro de vacas y que a sus más de 70 años y por el mero placer de hacerlo ―pues en ello no encuentra utilidad alguna― enyunta sus vacas al carro para realizar las labores que su yerno realiza, con su tractorcillo, en un tercio del tiempo empleado por él con su carro.

Sus vecinos afirman ante su actitud:

“que el buen anciano ya chochea… y que pierde más tiempo enyuntando y desenyuntando les vaques al carro, que el preciso para realizar las labores que luego acomete.”

¿Y qué le importará el tiempo, me pregunto yo, al buen paisano, si ya prácticamente ha agotado el que le concediera el destino….?

Lo único que a él le importa es poder enyuntar sus vaques al carro, como hiciera de rapacín, como le enseñase su padre, como hiciera el abuelo, como se “hacía en casa” ―antes de haber tenido que marchar a trabajar a Gijón para mantener a su familia― en un intento porfiado de recuperar una infancia y una juventud que se le escaparon de entre los dedos a fuerza de necesidad...y de años.

Solo y nada más, que eso…

martes, 12 de febrero de 2013

MARIA DE LAS MERCEDES Y ALFONSO XII

 ¿Quien no conoce la romántica historia de la Reina María de las Mercedes?, efímera Reina de España por su matrimonio con su primo el Rey Alfonso XII, matrimonio que tan solo duró cinco meses, desde el 23 de enero de 1878 hasta el 28 de junio del mismo año, fecha en la que falleció por causa de unas fiebres tifoideas.

La reina nació y murió en el Palacio Real de Madrid, y tan solo vivió 18 años.

Su popularidad se vio en su momento muy impulsada por la película rodada por Luis Cesar Amadori en 1958, en la que se contenía la popular canción que incluía la famosa estrofa:

“Donde vas Alfonso XII
Donde vas Triste de ti,
Voy en busca de Mercedes
Que ayer tarde no la vi.”

Pero tras la historia de este romántico matrimonio, que nace de un enamoramiento a primera vista, según reconoció el propio Alfonso XII en una carta dirigida a su abuela la Reina Cristina, viuda de Fernando VII, existe todo un folletín romántico en el que se entremezclan pretensiones dinásticas, duelos y asesinatos, que constituyen uno de los más novelescos períodos de nuestra historia durante el s XIX.


Todo comienza con la figura de Antonio de Orleans, 10º hijo del último Rey de Francia Luis Felipe I de Francia, uno de los tres reyes que ostentaron la Corona francesa en el periodo que transcurre entre la primera república y Napoleón Bonaparte y la instauración de la II República.

Con el título de Duque de Montpensier, y tras la abdicación de su padre, Antonio se exilió en España donde contrajo matrimonio con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, hija de Fernando VII y hermana pequeña de Isabel II Reina de España. Montpensier fue, durante toda su vida un conspirador obsesionado con el ascenso al trono, que disputó a su cuñada Isabel II y a su sobrino Alfonso XII .

Tras la llamada revolución Gloriosa de 1868 encabezada por el General Serrano y Prim y apoyada financieramente por Montpensier, en España se suceden distintas formas de gobierno una vez destronada la Reina Isabel II, que se exilió en París: el Gobierno Provisional (1868–1870), la monarquía democrática de Amadeo I (1870–1873) y la I República (1873–1874) hasta que esta fue liquidada en el mes de enero por el golpe de estado del general Pavía, y se abrió un segundo período de gobiernos provisionales. Durante esta etapa histórica (el Sexenio Democrático), la causa alfonsina estuvo representada en las Cortes por Antonio Cánovas del Castillo.

En todo momento Montpensier maniobró para convertirse en uno de los más firmes candidatos a suceder a su cuñada como Rey de España; Sin embargo su destino se vio empañado por la muerte del Duque de Sevilla, el infante Enrique María Fernando de Borbón, nieto de Fernando VII y hermano de Francisco de Asís, rey consorte esposo de Isabel II, y otro de los posibles candidatos a la obtención de la Corona.

Efectivamente Fernando María había denunciado por escrito en el periódico “La Epoca”, las conspiraciones del de Montpensier, entre las que se contaba la financiación de la llamada Revolución Gloriosa de 1868, lo que motivó un duelo “a primera sangre” que tuvo lugar en la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel, en la mañana del 12 de marzo de 1870. En el duelo Montpensier mató de un disparo en la frente al Duque de Sevilla, derramando así sangre real española, lo que le privaría de cualquier oportunidad de acceder al Trono que ansiaba. Y efectivamente, en el mes de diciembre de 1870 y con el apoyo del general Prim, era declarado rey de España, por el Congreso, el príncipe italiano Amadeo de Saboya.

Pero las intrigas de Montpensier no quedaron ahí, tras la reinstauración de la monarquía por impulso de Prim, en la persona de Amadeo de Saboya, y según numerosos estudios, entre otros los de Antonio Pedrol Rius, durante años Decano del Colegio de Abogados de Madrid, Montpensier fue el financiador e instigador del asesinato del General Prim, pensando que con su muerte liquidaría la posesión del trono del Saboya pudiendo nuevamente optar al mismo.

Pero tampoco en esta ocasión alcanzó sus objetivos.

Efectivamente Prim fue asesinado, y no solamente gravemente herido por los disparos recibidos en la emboscada sufrida en las calles de madrid, sino que al parecer, según los estudios que en estos momentos se están realizando sobre sus restos momificados, fue estrangulado ante el temor de que se recuperase de sus heridas por arma de fuego, que no revestían gravedad mortal y se asegura que nuevamente con la implicación de Montpensier y del general Serrano.

Pero Montpensier no accedió al trono, sino que, en diciembre de 1874, se restauró la monarquía en España, con el pronunciamiento en Sagunto del general Martínez Campos, en favor del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, que reinaría como Alfonso XII. Un joven Alfonso XII que accedía al trono con 17 años de edad.

En 1872 Alfonso había coincidido con su prima María de las Mercedes en la fiesta de Pascua de Navidad, contando él con 15 años y ella con 12, pero, pese a su juventud, el enamoramiento fue mutuo e instantáneo. Así lo reconoce el propio Alfonso, que pese a la oposición de su madre Isabel, dadas las pésimas relaciones con su cuñado Montpensier, padre de María de las Mercedes, como consecuencia de sus constantes conspiraciones, y del propio Presidente del Consejo Canovas del Castillo, impuso su voluntad de casarse con su prima, de la que está profundamente enamorado.

La boda se celebró en la Basílica de la Virgen de Atocha de Madrid el día 23 de enero de 1878. Los novios contaban con 20 y 18 años respectivamente, y fue todo un acontecimiento celebrado alegremente por el pueblo de Madrid

Sin embargo esa felicidad duraría poco, ya que después de un aborto sufrido por la reina su salud se resintió, y su creciente debilidad se complico con una infección de tifus, que acabaría con su vida el 28 de junio, a la edad de 18 años y apenas cinco meses después de su boda.

Se cuenta que el Rey cayó en una profunda melancolía y que se recluyó en el Palacio de Rio Frio para curar sus penas, aunque algunos historiadores comentan que no se encerró solo en el palacio de la dehesa segoviana, sino que lo hizo acompañado de quien fuera su amante, la cantante Elena Sanz, con la que al parecer tuvo dos hijos.

A partir de este momento las crónicas populares comentan que el Rey se convirtió en un personaje taciturno, bebedor y mujeriego, con permanentes escapadas de Palacio buscando la compañía de actrices, cantantes y juerguistas, siendo algunos de sus acompañantes habituales José Isidro Osorio y Silva-Bazán, Duque de Sesto, Fabián Gómez y Anchorena, conde del Castaño, y el Coronel Jefe de su Regimiento de Escolta Jacinto de León y Barreda.

Como consecuencia de las presiones de su madre y del Gobierno, que exigían al Rey que garantizase la descendencia a la Corona, Alfonso volvió a casarse, esta vez con la Princesa Austríaca María Cristina de Habsburgo-Lorena, matrimonio que se celebró el 29 de noviembre de 1879, y si bien es cierto que el Rey no estuvo enamorado de su nueva esposa, esta le dio tres hijos, entre ellos el póstumo Alfonso que nació como Rey Alfonso XIII tras la también temprana muerte de su padre por tuberculosis en 1885 a la edad de 27 años, y que fue una gran Reina Regente hasta la mayoría de edad del Rey Alfonso XIII en 1902.

Artículo publicado en el suplemento dominical de LA GACETA - ESTILO G del 10 de febrero de 2013