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sábado, 23 de julio de 2022

DE CORZOS Y PALACIOS

    


    La CAZA DEL CORZO ― al que se llama "El Duende del Bosque", por lo difícil que resulta localizarlos― exige levantarse muy temprano, para estar en los cazaderos antes del amanecer, pues esta es su hora preferida para salir a las praderas de los claros para comer los tiernos brotes de los mismos. 

     Hay que pensar que en Asturias, pese a que la caza del corzo está muy extendida, lo cierto es que no es pieza de caza apreciada por los lugareños; La prueba es que todos los cotos gestionados por las Sociedades Locales de cazadores, no adjudican los corzos a sus socios, que no los reclaman, sino que los venden a cazadores foráneos.

         Uno de los comportamientos más peculiares de los corzos es que generalmente la hembra es más atrevida, sale a los claros a comer los brotes, que les encantan, con mayor osadía que los machos, que generalmente no abandonan el bosque hasta que la hembra haya estado un buen rato, tranquila, pastando en la pradera. de modo que la táctica para dar con uno de ellos es la de pasear por las caleyas en dirección a los praos donde los lugareños afirman que buen macho frecuenta los brotes herbáceos propios de esta época del año.

     La última vez que cacé un corzo en Asturias, ejercité esa práctica, de modo que al llegar al prao previsto por el guarda que me acompañaba, nos acomodamos en uno de sus extremos, bajo las hojas de unos avellanos, entre dos grupos de ramas que bien servirían para hacer varas o bastones, y que nos mantenían bastante tapados en combinación con la “seve” que cerraba el prao y al amparo del viento.

     Una vez  allí aposentados, escudriñamos con los prismáticos el borde lejano del prao, donde se inicia el bosque, en busca, entre las luces crecientes del amanecer, de señales de la presencia de algún corzo, aunque sin éxito alguno.

     La misma historia se repitió por varios praos sin suerte en la localización del macho apetecido, hasta que en uno de los desplazamientos apareció un macho tranquilamente pastando en medio de uno.

      No era una pieza muy importante, pero nuestro tiempo de caza se agotaba y no aparecían otros machos mejores, así que… decidimos abatirlo.

     Cogí mi rifle, contemplando el corzo a través de su visor de aumento y controlando su paseo en la pradera a una distancia de unos 150 metros de donde yo me encontraba.

     Apunté a su codillo, no debía fallar y conteniendo la respiración….¡disparé¡

     La verdad es que no sé explicar la sensación que me produce un disparo de caza; posiblemente sea una mezcla de emoción, de éxito, de meta alcanzada, de melancolía por la conquista de la vida que arrebatas...

     El corzo resultó no ser un magnifico ejemplar... pero el disparo había sido certero y su muerte instantánea y sin sufrimientos innecesarios.

    En los países centro europeos realizan un rito respetuoso ante el cuerpo abatido de la pieza cazada. El guía arranca unas ramas de algún arbusto cercano o algunas hierbas altas. Parte las introduce en la boca del animal abatido como ofrenda de última comida, y otra parte las moja en la sangre de la herida causante de la muerte de la pieza, y sacudiéndolas sobre su cabeza, eleva una plegaria a los dioses protectores del bosque, al tiempo que da las gracias al animal por habernos permitido abatirlo y disfrutar de su carne. Y finalmente tras abrazar al cazador, le coloca la rama en su sombrero, cual si de un “Plantagenet” contemporáneo se tratase.

     Son ritos mágicos que nos entroncan con el cazador atávico y que, en alguna medida, tratan de reconciliarnos con la madre tierra tras disturbarla por la pieza derribada.

     Concluido mi tiempo de caza con la pieza cobrada, no quise abandonar otro de mis grandes placeres, consistente en pasear, contemplando el paisaje y haciendo fotografías, por las “caleyas” asturianas.

     Las “caleyas” son, en Asturias, los caminos rurales 一pistas, senderos o carriles一 y han sido durante milenios las vías de comunicación naturales y habituales entre las caserías diseminadas por su territorio.

     Generalmente son caminos toscamente empedrados para evitar que con la lluvia y el barro se hagan intransitables.

    Hoy tan solo los frecuentan los paseantes o los tractores, pues cada vez se ven menos vacas pastando en los praos, los carros tirados por una yunta de ellas ya no se ven por los caminos, y el característico ronquido de su eje de madera ha sido sustituido por el ronco sonido del motor de los tractores.

     En uno de mis paseos por las “caleyas” he descubierto, en el valle de Peón (Villaviciosa), las ruinas de una “Casona” de piedra, “Palacio” como aquí los llaman al igual que “Pazos” en Galicia.


     El palacio en cuestión, probablemente del siglo XVII o XVIII,  debió de ser una sobria y sólida construcción de piedra similar, en mayor o menor medida, a cualesquiera de los restantes cientos de palacios, la mayoría abandonados, de la pequeña nobleza rural asturiana y que pese a su postración mantiene, en sus muros desnudos, las huellas de su grandeza pasada.

     Para mi estas Casas Solariegas, o “Palacios” tienen un encanto especial, pues son reflejo fiel de lo que la Sociedad asturiana era hasta principios del siglo XX, antes de que la industrialización y la caída definitiva del antiguo régimen hicieran cambiar  el modo de vida de sus familias propietarias.

     El “Palacio de los Estrada”, pues así se llama, se encuentra en una llanada próxima al río y con agradables praderías en su entorno.

     Junto a las ruinas del Palacio propiamente dicho, aparecen las de otras edificaciones que junto a la principal compondrían un típico núcleo de actividad agropecuaria.

     Al otro lado del camino se mantienen, apenas en pie, las ruinas de una Capilla, típicamente palaciega, de media cúpula, en cuyas columnas frontales aparecen los escudos de armas de los linajes propietarios del conjunto.

     Pero lo que me llamó la atención de estas ruinas es una inscripción grabada, con fecha de 30 de enero de 1930, en una losa de piedra arenisca sobre la puerta principal del palacio que reza:

“ PARA PERPETUAR  LA MEMORIA DE LA EJEMPLAR MUJER  DOÑA PAZ MENENDEZ ESTRADA DE JIMENEZ TÉLLEZ QUIEN DURANTE LOS ÚLTIMOS 10 AÑOS DE SU VIDA CON SUS VIRTUDES Y TALENTO CUIDÓ Y MEJORÓ HASTA LA ABNEGACIÓN ESTE PALACIO Y SUS PROPIEDADES QUE RECIBIÓ DE SUS MAYORES. IMITADLA VOSOTROS LOS QUE VENGAIS DETRÁS. XXX - I -  MCMXXX

         La exhortación, lamentablemente, ha caído en un olvido tan profundo como el Palacio o como otros tantos palacios o casonas asturianas, algunas de ellas mucho más importantes, con mayor historia y mayor interés arquitectónico o artístico que el de Estrada, entre los cuales podrían citarse los de Aramil de la familia Vigil de Quiñones o el de Celles, de santa Cruz de Marcenado, por poner solo algunos ejemplos del Concejo de Siero.

        Sin embargo no toda la culpa se puede achacar a las familias propietarias, pues es preciso conocer la génesis del proceso que las ha llevado a la ruina.

     Las Leyes del Toro, dictadas en 1505, instituyeron el Mayorazgo, institución jurídica mediante la cual solo heredaba el hijo mayor, que sin embargo asumía determinadas obligaciones de educación y dote hacia sus hermanos y hermanas, siendo el propósito principal impedir el fraccionamiento de los más grandes patrimonios aristocráticos y la disolución social de las grandes familias españolas.

     En 1841, dentro del proceso desamortizador del siglo XIX de prohibición de vinculaciones perpetuas, se derogó la institución, que quedó circunscrita en España a la sucesión de las dignidades nobiliarias y otros derechos honoríficos.

     La desaparición de los Mayorazgos tuvo una gran repercusión sobre el status de la pequeña nobleza rural, como consecuencia del proceso de división de las propiedades vinculadas al mayorazgo, al que dio lugar.

     Efectivamente el mantenimiento de la Casa estaba íntimamente ligado a la existencia del conjunto de propiedades rurales vinculadas a ella como un todo, y en el momento en que estas hubieron de ser objeto de reparto entre hermanos, generación tras generación, dejaron sin sustento económico a la Casa, que fue paulatinamente abandonada.

     Tampoco olvidemos que el odio se enseñoreó de estas tierras durante la década de los años 30 del s. XX, y que durante la revolución de Octubre de 1934 y la posterior guerra civil 1936-39, muchas de estas propiedades palaciegas fueron pasto de las llamas como tributo a la conquista de la “democracia proletaria” instigada por los frentepopulistas, camino en el que la pequeña nobleza rural era el paradigma de la clase odiada que había que destruir.

      Si hiciéramos un censo de los Palacios o casonas Solariegas pertenecientes a la Nobleza rural asturiana, nos encontraríamos, por desgracia, con que el noventa por ciento de ellos se encuentran en un estado de abandono y ruina similar, y en muchos casos ya irrecuperable, y nuestros hijos y nietos habrán perdido un patrimonio artístico e histórico que tendríamos la obligación de transmitirles.

     Sería en cualquier caso una pretensión absurda que la conservación de ese patrimonio se hiciese con dinero público, pero hay otras formas que se han puesto en marcha en otros países europeos más preocupados por su patrimonio histórico cultural, medidas por la que ha venido luchando la Asociación de Propietarios de Casas Históricas, consistente en exenciones fiscales en los impuestos de patrimonio, sucesiones, contribución territorial o renta que faciliten la labor de mantenimiento o rehabilitación, ello siempre a cambio de su compromiso de conservación y de su exhibición al público.

     Para concluir, siguiendo mi costumbre, os incluyo un video musical. La Canción del cazador de Shumann






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