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sábado, 25 de julio de 2020

LA MARCA HISPANICA Y LA VERDADERA HISTORIA DEL REINO DE ARAGÓN Y DEL CONDADO DE BARCELONA


Los separatistas catalanes han creado una “nueva historia” de Cataluña, a la que denominan reino, y que independizan de su vinculación a Aragón, con el propósito de reforzar la existencia de una independencia y soberanía que nunca existió a lo largo de la Historia.

La estupidez de estos “historiadores” catalanes ha llegado al extremo de convertir en catalanes a numerosos personajes españoles.

Así, las rocambolescas teorías defendidas por supuestos eruditos refieren, por ejemplo, que el padre Bartomeu Casaus era el verdadero nombre de Fray Bartolomé de las Casas. Y que Juan Sebastián Elcano era, en realidad, Joan Caçinera del Canós. Incluso hay quien asegura que Hernán Cortés era Ferran Cortès, Miguel de Cervantes era Joan Miquel Servent o Gonzalo Fernández de Córdoba era el almirante Joan Ramon Folc de Cardona, para rematar diciendo que Santa Teresa de Jesús era, en realidad, Teresa Enríquez de Cardona.

Lamento que esta reflexión resulte larga, e incluso puede que tediosa para alguno de mis lectores, pero desmentir la “Historia Catalana Inventada” por los separatistas, exige un análisis exhaustivo de los acontecimientos históricos que demuestran la falta de soberanía o independencia histórica de Cataluña.

Para iniciar el análisis real de esa Historia, y desmentir la inventada, hemos de comenzar por referirnos a la “Marca Hispánica”, que era el territorio comprendido entre la frontera político-militar del Imperio carolingio con al-Ándalus (al sur de los Pirineos), desde finales del siglo VIII hasta su independencia efectiva en diversos reinos y condados.

La razón de la creación de este territorio defensivo transpirenaico se encuentra en el intento de conquista de Septimania y Aquitania por los musulmanes con presencia en tierras francesas desde el año 719 hasta el 759 en que Pipino el Breve acabó con los restos del poder musulmán en Francia.

Su hijo Carlomagno pasó a combatir en España, con la creación de la “Marca Hispánica”.

 Así, la “Marca Hispánica” fue una zona colchón creada por Carlomagno en el 795 más allá de la antigua provincia de Septimania, como una barrera defensiva entre los Omeya de Al-Andalus y el Imperio franco Carolingio (ducado de Gascuña, ducado de Aquitania y la Septimania carolingia).

A diferencia de otras marcas carolingias, la Marca Hispánica no tenía una estructura administrativa unificada propia.

Tras la conquista musulmana de la península ibérica, los carolingios intervinieron en el noreste peninsular a fines del siglo VIII, con el apoyo de la población autóctona de las montañas. La dominación franca se hizo efectiva entonces más al sur tras la conquista de Gerona (785) y Barcelona (801). La llamada «Marca Hispánica» quedó integrada por condados dependientes de los monarcas carolingios a principios del siglo IX.

Para gobernar estos territorios, los reyes francos designaron condes, unos de origen franco y otros autóctonos, según criterios de eficacia militar en la defensa de las fronteras y de lealtad y fidelidad a la corona.

El territorio ganado a los musulmanes se configuró como la Marca Hispánica, en contraposición a la Marca Superior andalusí, e iba de Pamplona hasta Barcelona.

De todos los condados que la componían, los que alcanzaron mayor protagonismo fueron los de Pamplona, constituido en el primer cuarto del siglo IX en reino; Aragón, constituido en condado independiente en 809; Urgel, importante sede episcopal y condado con dinastía propia desde 815; y el condado de Barcelona, que con el tiempo se convirtió en hegemónico sobre sus vecinos catalanes de Osona y Gerona.

Inmediatamente después de la conquista carolingia, en los territorios dominados por los francos, se encuentra la mención de unos distritos político-administrativos —Pallars, Ribagorza, Urgel, Barcelona, Gerona, Osona, Ampurias, Rosellón— que reciben el nombre de condado, dentro del cual, como subdivisión, existen otras circunscripciones menores, el «pago» (pagus, en singular), como, por ejemplo, Berga o Vallespir.

El origen de estos condados o pagos se remonta a épocas anteriores a los carolingios, tal como lo testimonia la frecuente coincidencia entre sus límites y los de los territorios de antiguas tribus íberas; como ejemplo, el condado de Cerdaña que se correspondía con el territorio al pueblo de los ceretanos, el de Osona al de los ausetanos, y el pagus de Berga a los bergistanos o bergusis.

En consecuencia estos territorios, forzosamente, deberían haber tenido alguna entidad política-administrativa en tiempos de los romanos y de los visigodos, aunque no se denominasen condados, ni hubiesen estado gobernados por condes en la época de los reyes de Toledo; en la monarquía visigoda, los condes, situados en jerarquía por debajo de los duques, la máxima autoridad provincial, gobernaban solo las ciudades, circunscribiéndose su autoridad exclusivamente al ámbito urbano, a menudo delimitado por murallas, que excluían el distrito rural dependiente de la ciudad.

 Por consiguiente, para organizar los territorios ganados al sur del Pirineo, los francos no crearon ninguna entidad, sino que se limitaron a conservar las ya establecidas por las tradiciones administrativas de sus pobladores.

Inicialmente la autoridad condal recayó en la aristocracia local, tribal o visigoda, pero los intentos de convertir sus demarcaciones en señoríos hereditarios, obligó a los carolingios a sustituirlos por condes de origen franco. De este modo, en Gerona, Urgel y Cerdaña hubieron de aceptar en el año 785 la autoridad franca que impuso el Imperio carolingio en estas marcas como baluarte contra la pujante expansión del emirato cordobés del poderoso Abderramán I, ya independizado de oriente.

Asimismo, Carlomagno, que en esta época rivalizaba por el dominio de occidente con el Emirato de Córdoba, situó marqueses y consolidó su poder ocupando Ribagorza, Pallars, Cerdaña, Besalú, Gerona, Osona y Barcelona, donde estableció caudillos con prerrogativas militares para oponerse a las ofensivas árabes. A lo largo de todo el siglo IX los condados hispánicos dependían del emperador carolingio.

Los condados pirenaicos orientales, que a partir del siglo XIII constituirían una entidad con una idiosincrasia común llamada Cataluña, no solo dependían administrativamente del Imperio carolingio, sino también desde el punto de vista eclesiástico.

 El poder religioso en estos condados dependió del arzobispado carolino de Narbona durante más de cuatrocientos años entre los siglos VIII y mediados del XII, cuando en 1154 el papa Anastasio IV otorgaba a la sede tarraconense el título de metropolitana. Todo ello pese a los intentos en este periodo de restaurar un arzobispado propio similar al que tuvo el Reino visigodo en Tarragona de Sclua (fines del IX) o Cesareo, que quiso restaurar el arzobispado en Vich en 970 sin conseguirlo. De tal modo que la Marca Hispánica dependía tanto del poder civil, como del poder religioso franco.

En todo caso, el territorio de la Marca Hispánica se estabilizó durante todo el siglo IX en una frontera entre el Reino de Carlomagno y la Marca Superior andalusí delimitada por las sierras de Boumort, Cadí, Montserrat y Garraf.

El siglo X viene marcado por la fragmentación política de los condados orientales, aunque se va afirmando progresivamente la hegemonía del conde de Barcelona, que desde principios del siglo ya controla también el de Osona y el de Gerona (como mínimo desde 908).

 Es el siglo X el del esplendor político y militar del Califato de Córdoba, por lo que el condado de Barcelona y el condado de Osona se mantuvieron a la defensiva durante toda esta época; no obstante Almanzor atacó Barcelona en el año 985 y la mantuvo en estado de sitio durante más de una semana, para finalmente saquear la capital condal.

Solo con la desmembración del califato cordobés, los condados de Urgel y de Barcelona pudieron pasar a la ofensiva y, como el resto de los estados cristianos, iniciar una expansión de su territorio mediante repoblación de tierras y conquistas militares con el apoyo financiero del cobro de parias a las taifas andalusíes a cambio de compromisos de no agresión.

Con el tiempo, los lazos de dependencia de los condados respecto de la monarquía franca se fueron debilitando. La autonomía se consolidó al afirmarse los derechos de herencia entre las familias condales. Esta tendencia fue acompañada de un proceso de unificación de los condados hasta formar entidades políticas más amplias.

El conde Wifredo el Velloso representó esta orientación. Su gobierno coincidió con un periodo de crisis que llevó a la fragmentación del Imperio carolingio en principados feudales.

A partir de entonces, los feudos francos se transmitieron por herencia y los reyes francos simplemente sancionaron la transmisión.

Wifredo fue el último conde de Barcelona designado por la monarquía franca y el primero que legó sus estados a sus hijos.

 Consiguió reunir bajo su mando una serie de condados, pero no los transmitió unidos en herencia a sus hijos. Conde de Urgel y Cerdaña en 870, recibió en el año 878 los condados de Barcelona, Gerona y Besalú de los reyes carolingios. A su muerte en 897, la unidad se rompió, pero el núcleo formado por los condados de Barcelona, Gerona y Osona se mantuvo indiviso.

De esta forma, se crea la base patrimonial de la casa condal de Barcelona, lo cual ha sido considerado por sectores de la historiografía catalana como el inicio de la separación de esos condados de la Marca Hispánica, que se aglutinarían en el siglo XIV en el Principado de Cataluña.

Los condes que sucedieron a Wifredo al frente del condado de Barcelona mantuvieron su lealtad a los carolingios, incluso frente a los intentos de diversos usurpadores de ocupar el trono franco.

Así, durante el reinado de Carlos el Simple se mantuvo la cronología según sus años de reinado en los documentos del condado, pero esta costumbre se interrumpió durante el gobierno de Raúl de Borgoña, y volviendo posteriormente a ser restaurada con el retorno de los carolingios al poder con Luis de Ultramar en 936. De todos modos, no consta que el conde Suñer I fuese a rendirle homenaje personalmente ni que le jurase fidelidad, aunque sí acudieron diversos clérigos y magnates del condado.

En el 985 Barcelona, entonces gobernada por el conde Borrell II, es atacada e incendiada por Al-Mansur (Almanzor) que la saquea el 6 de julio, tras ocho días de asedio. El conde se refugia entonces en las montañas de Montserrat, en espera de la ayuda del rey franco, pero no aparecen las tropas aliadas, lo que genera un gran malestar.

En el año 988, aprovechando la sustitución de la dinastía Carolingia por la dinastía Capeta, no consta que el conde de Barcelona Borrell II prestase el debido juramento de fidelidad al rey franco, pese a que este se lo requirió por escrito. Este acto es generalmente interpretado como el punto de partida de la independencia de hecho del condado de Barcelona.

En el año 1137 se produjo en la ciudad uno de los acontecimientos históricos más relevantes: en el barrio del Entremuro se firmaron los esponsales entre el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, y Petronila, hija de Ramiro II de Aragón, llamado el Monje. La boda se celebró mucho más tarde, en el mes de agosto de 1150, en Lérida, que había caído en manos del propio Ramón Berenguer IV y del conde Ermengol VI de Urgel un año antes.

Ya a principios del siglo XII, el conde Ramón Berenguer III (1082-1131) de Barcelona había incorporado a sus dominios el condado de Besalú (1111) (mediante alianza matrimonial), el de Cerdaña (1117 o 1118) (por herencia), y había conquistado parte del condado de Ampurias (entre 1123 y 1131).

Más allá de los Pirineos, también controlaba el de Provenza (desde 1112), que al morir legó a su segundo hijo Berenguer Ramón.

​ Otros condados, como Pallars, Urgel, Rosellón o Ampurias acabaron integrándose posteriormente, entre el último tercio del siglo XII y el siglo XIV, en la Corona de Aragón.

Ramón Berenguer IV el Santo a la muerte de su padre en 1131 recibió el Condado de Barcelona, mientras que su hermano gemelo Berenguer Ramón le sucede en Provenza. En agradecimiento al apoyo mostrado, en contra de los castellanos, Ramiro II de Aragón le ofreció a su hija Petronila, de un año de edad, en matrimonio.

Ramiro depositó en su yerno el reino, pero no su dignidad real, otorgada legítimamente a la casa de Aragón, por su antepasado Sancho III el mayor del reino de Navarra, firmando en adelante Ramón Berenguer como Conde de Barcelona y Príncipe de Aragón. Luego Ramiro renunció al gobierno, aunque no a su título de rey, pues seguía siendo el Señor Mayor de la Casa de Aragón en tanto que Alfonso no cumpliera la mayoría de edad y volvió al convento.

 De esta manera, Ramiro II, hijo del rey de Navarra Sancho Ramírez, cumplió la misión de salvar la monarquía y así también se uniría el Reino de Aragón con el Condado de Barcelona. En marzo de 1157 nacía en Huesca el primogénito de la pareja formada por Ramón Berenguer y Petronila, llamado como su padre: Ramón Berenguer, que reinará con el nombre de Alfonso II en honor a Alfonso I, y se convertirá en el primer rey de la Corona de Aragón con inclusión de los condados catalanes.

La fecha en la que los condados catalanes se independizan formalmente de Francia es el 11 de mayo en 1258 con el tratado celebrado en Corbeil entre Jaime I de Aragón, el Conquistador y el rey de Francia Luis IX.

En dicho tratado ambos reyes cedieron derechos sobre territorios, Jaime I sobre territorios occitanos y el francés sobre los condados catalanes, que pasaron a depender únicamente del monarca de la Corona de Aragón.

Así pues, los condados catalanes pasaron históricamente de ser señoríos feudales dependientes de la Corona francesa, a ser parte integrante de la Corona de Aragón, bajo la cual se producen la expansión marítima en el mediterráneo, con la incorporación de Nápoles y las Dos Sicilias, y su extensión territorial peninsular, con las incorporaciones, bajo Jaime I el Conquistador, de Valencia y las Baleares.

Y finalmente se produce la fusión de Aragón con Castilla con el matrimonio de Fernando II de Aragón con Isabel II de Castilla, que culmina con las conquistas de Navarra y Granada para dar lugar a la Monarquía Hispánica con los Habsburgo, por matrimonio de Felipe de Habsburgo, Duque de Borgoña, con Juana de Castilla Hija de los Reyes Católicos, cuyos descendientes históricos, comenzando con Carlos I, entronizan en España a la dinastía conocida como Los Austria.

Pero la pertenencia de Cataluña al Reino de Aragón, y a España nunca fue totalmente pacífica.

La ciudad de Barcelona floreció y llegaría a ser una de las principales del Mediterráneo occidental en los siglos X y XI, destacando en el plano comercial, aunque por debajo de Génova y Venecia, que dominaban el comercio en el Mediterráneo y entre Europa y Asia.

La decadencia se inició a partir del siglo XV con altibajos, y se prolongaría a lo largo de los siglos siguientes. Las tensiones derivadas de la unión dinástica con Castilla, iniciada con el matrimonio entre Fernando II de Aragón e Isabel de Castilla, alcanzó su momento álgido con la guerra de los Segadores, entre 1640 y 1651, y más tarde, con la guerra de Sucesión (de 1706 a 1714), que significó la desaparición de muchas de las instituciones propias de Cataluña.

Es importante tener en cuenta que la incorporación de los Condados Catalanes a la Corona de Aragón no fue el fruto de una fusión ni de una conquista, sino el resultado de una unión dinástica pactada. De hecho, los territorios que compusieron la Corona mantuvieron por separado sus propias leyes, costumbres e instituciones, y los monarcas reinantes tuvieron que respetar estas bases.

Cuando llega Carlos I de España, un rey que permaneció poco tiempo en la península, toma como base de operaciones a Castilla, con una población de 6 millones (entre los reinos más poblados de Europa en la época), una pujante economía (Flandes, Portugal y el Norte de Italia eran las otras economías más desarrolladas del continente), y el descubrimiento de América por el reino de Castilla, y su nuevo ejército que gracias al Gran Capitán era el más poderoso de Europa, lo convertía en la fuente perfecta para sus ambiciones expansionistas e imperiales, siendo la base principal de impuestos y de reclutamiento de tropas.

El hecho de que el descubrimiento de América y que por tanto los derechos sobre ella estuvieran en el reino de Castilla, alejó a la Corona de Aragón de sus ventajas hasta la unificación con el reino de Castilla con la llegada de los Borbones en la guerra de Sucesión.

Durante la guerra existente entre Francia y España desde 1635, los franceses invadieron el Rosellón al mando de Condé y se apoderaron de la villa y la plaza de Salses. Los catalanes levantaron sus somatenes y formaron, con ayuda de soldados reales, un ejército de 25.000 a 30.000 soldados al mando del virrey Santa Coloma, que recuperó la plaza el 6 de enero de 1640, tras lo que Olivares pretendió llevar la guerra al interior de Francia y forzar la paz.

Con esta intención se ordenó una leva forzosa de unos 5000 soldados catalanes, enervando aún más los ánimos, con lo que a mediados de marzo los conselleres (Pau Claris) y la Diputación emprendieron negociaciones secretas con el Cardenal Richelieu, primer ministro de Francia, que fueron ratificadas a finales de mayo.

Sin embargo, Cataluña se negó a aceptar estas órdenes, lo que motivó esta carta que, en 1638, le envía Olivares a Dalmau de Queralt, virrey hispánico en Catalunya:

"Cataluña es una provincia que (...) si la acometen los enemigos, la ha de defender su rey sin obrar ellos de su parte lo que deben ni exponer su gente a los peligros. Ha de traer ejército de fuera, le ha de sustentar, ha de cobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle el tiempo que no se puede campear, no le ha de alojar la provincia... Que se ha de mirar si la constitución dijo esto o aquello, y el usaje cuando se trata de la suprema ley”.

El 22 de mayo (1640) llegaron a Barcelona 3.000 campesinos del Vallés armados y encabezados por los obispos de Vich y Barcelona. De regreso al Ampurdán, asesinaron a los oficiales del rey refugiados en los conventos obligándoles a retroceder hacia el Rosellón cometiendo estos, actos de venganza en Calonge, Palafrugell, Rosas y otros pueblos.

El 6 de junio, que era la festividad de Corpus (día que posteriormente ha sido recordado con el nombre de Corpus de Sangre), los segadores entraron en la ciudad de Barcelona en busca de trabajo en la siega, siendo acompañados por rebeldes armados, cometiendo distintos saqueos y asesinatos, con una respuesta de los soldados del rey que apresan a un segador prófugo de la justicia por asesinato. La resistencia de los segadores contra la detención de su compañero, los disturbios y combates posteriores y los incidentes sangrientos dan origen a la guerra civil entre los catalanes realistas y los catalanes independentistas y que simpatizaban con el espíritu del levantamiento, aunque el levantamiento comenzó en un primer momento como una revuelta contra las tropas del rey, contra la nobleza y la burguesía, que sufrieron numerosos asaltos, saqueos y asesinatos a manos de los levantados en los primeros momentos.

El embajador francés, Du Plessis Besancon, se reunió en Barcelona con el presidente de la Generalidad, Pau Claris, con la intención de convertir a Cataluña en república independiente bajo la protección de Francia. Se alcanzó un acuerdo mediante la firma del tratado el 16 de diciembre de 1641 y Cataluña se sometió a la soberanía del rey Luis XIII de Francia.

A finales de 1642 murió Richelieu y, pocos meses después, el rey Luis XIII. Por su parte, Felipe IV prescindió del Conde-duque de Olivares. Todo ello marcó un cambio de tendencia en la guerra y, aunque las tropas francesas entraron en Cataluña como aliados de los catalanes, pronto fue evidente para éstos que los soldados franceses se comportaban de igual modo a como lo habían hecho los de Felipe IV.

Un año después fueron recuperadas Lérida y las comarcas leridanas, que no volvieron a caer en manos francesas.

En 1648 termina la guerra de los Treinta Años con la Paz de Westfalia, lo que deja libres a las tropas del rey para intervenir en la revuelta en Cataluña.

En 1649 los realistas avanzaron hasta casi Barcelona, donde el comportamiento de los franceses hizo inclinarse la balanza nuevamente a favor de Felipe IV produciéndose incluso varias conspiraciones en este sentido, siendo de destacar la protagonizada por doña Hipólita de Aragón, baronesa de Albi.

En 1651 don Juan José de Austria puso sitio a Barcelona recuperando en menos de un año Mataró, Canet, Calella, Blanes, San Feliu de Guíxols y Palamós. La Diputación general reconoció a Felipe IV, provocando la huida de Margarit (presidente de la Diputación tras la muerte de Clarís) y sus partidarios a Francia. La ciudad, en estado de peste después de un año de asedio, se rindió a don Juan José de Austria el 11 de octubre de 1652, poco después, el 3 de enero de 1653, Felipe IV confirmó los fueros catalanes, con algunas reservas.

El fin de la guerra se saldó con la anexión del Rosellón, el Conflent, el Vallespir y parte de la Cerdaña a la corona francesa, anexión confirmada en el Tratado de los Pirineos (1659), aunque en la Cataluña transpirenaica francesa los fueros catalanes fueron derogados en 1660 y el uso del catalán poco después, incumpliendo el rey Luis XIV de Francia este tratado.

El Tratado de los Pirineos o Paz de los Pirineos fue firmado el 7 de noviembre de 1659 por parte de los representantes de Felipe IV de Castilla, Luis de Haro y Pedro Coloma, y los de Luis XIV de Francia, el Cardenal Mazarino y Hugues de Lionne, en la isla de los Faisanes (río Bidasoa), poniendo fin al litigio de la Guerra de los Treinta Años. Una de las consecuencias de este tratado fue la cesión a Francia del condado del Rosellón y parte del de la Cerdaña.

El territorio catalán se dividía, de modo que sus territorios transpirenaicos pasaron definitivamente a Francia.

Con la muerte del rey Carlos II y su sucesión por parte de Felipe V (1700), nieto de Luis XIV (proclamado conde de Barcelona por la sublevación de 1640) se instaló en el trono hispánico una nueva dinastía, la Casa de Borbón, reinante en Francia, que sustituía a la de los Habsburgo. Esta circunstancia llevó a la formación de la Gran Alianza de la Haya por parte de Inglaterra, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio Romano Germánico a favor de los derechos del archiduque Carlos de Austria, iniciándose así la Guerra de Sucesión Española.

Aunque en Cataluña se aceptó inicialmente a Felipe V, y éste había jurado y prometido guardar sus fueros, las clases dirigentes catalanas fueron desconfiando por lo que percibían como formas absolutistas y centralistas del nuevo monarca, así como por la política económica pro-francesa.

La oposición al monarca culminó con el ingreso del Principado (pacto de Génova) y de toda la Corona de Aragón (salvo el Valle de Arán y algunas ciudades), en la Alianza de la Haya. Así, mientras en los reinos de Castilla y de Navarra Felipe V era comúnmente aceptado, en la Corona de Aragón, Carlos, instalado en Barcelona tras haberla invadido con el Sitio de Barcelona (1705), era reconocido como rey con el nombre de Carlos III. Aunque el apoyo al archiduque en la Corona de Aragón no fue unánime (ciudades como Cervera permanecieron fieles a Felipe V), sí fue abrumadoramente mayoritario.

La guerra se desarrolló en Europa y en la península con diversas alternancias para ambos bandos. Sin embargo, Gran Bretaña se conformaba con la obtención de nuevas bases navales (Gibraltar y Menorca) y con que los borbones no acumulasen los numerosos territorios de las dos coronas.

La causa de Carlos perdió apoyos y el propio pretendiente perdió interés al heredar la corona de Austria. Los tratados de Utrecht (1713) y de Rastatt (1714) dejaron a la Corona de Aragón internacionalmente desamparada frente al poderoso ejército franco-castellano de Felipe V, quien ya había manifestado su intención de suprimir las instituciones tradicionales. A pesar de la resistencia el territorio catalán fue sometido y Barcelona finalmente capituló el 11 de septiembre de 1714.

Con los Decretos de Nueva Planta (Aragón y Valencia en 1707, Cataluña en 1716, se produjo la abolición de las instituciones catalanas, se extendieron a los diversos territorios de la Corona de Aragón buena parte de las instituciones castellanas. Sin embargo, el derecho civil catalán (al igual que el aragonés) fue respetado por el monarca.

Todos los territorios de la Corona de Aragón pasaban a tener una nueva estructura territorial y administrativa a imagen de la de Castilla (excepto en el Valle de Arán); se instauraba el catastro y otros impuestos por los que la monarquía conseguía por fin sus objetivos de control económico y se centralizaban todas las universidades catalanas en Cervera, como premio a su fidelidad y para controlar mejor a las élites cultivadas, situación que se prolongó hasta 1842.

A pesar de la difícil situación interna, Cataluña lograría a lo largo del siglo XVIII una notable recuperación económica, centrada en un crecimiento demográfico importante, un aumento considerable de la producción agrícola y una reactivación comercial, gracias al comercio con América, abierto a partir de 1778.

En 1808, Cataluña fue ocupada por las tropas de Duhesme, general de Napoleón, tras el comienzo de la Guerra de Independencia Española en Móstoles.

El 26 de enero de 1812, Cataluña fue incorporada al Imperio Francés y dividida en 4 departamentos: Bouches-de-l'Èbre, Montserrat, Sègre y Ter.

 Al igual que en el resto de España, la mayoría de la población catalana se rebela contra la ocupación.

Entre los hechos de armas destacan la batalla del Bruch en 1808 y los tres asedios a que es sometida Gerona.

El dominio francés se extendió hasta 1814, cuando el Duque de Wellington firmó el armisticio por el cual los franceses debían abandonar Barcelona y otras plazas fuertes que habían ocupado hasta el último momento. El 28 de mayo de 1814 las tropas se retiraron al mando del general Pierre Joseph Habert.

Durante el reinado de Fernando VII (1808-1833) se sucedieron diversas sublevaciones en territorio catalán y tras su muerte, el conflicto por la sucesión entre el infante Carlos María Isidro y los partidarios de Isabel II dio lugar a la primera guerra carlista, que se prolongaría hasta 1840 y que sería especialmente virulenta en territorio catalán.

La victoria de los liberales sobre los carlistas dio pie al desarrollo de la revolución burguesa bajo el reinado de Isabel II. Los vencedores se dividieron pronto en moderados y progresistas, mientras que en Cataluña se empezaba a desarrollar el republicanismo. Durante esta época, la industrialización avanza en Cataluña a mayor velocidad que en el conjunto de España, dando lugar al surgimiento de una nueva clase social, el proletariado, que soportaría condiciones de vida y trabajo muy duras.

El desarrollo del reinado de Isabel II, marcado por la corrupción, la ineficacia administrativa, el centralismo y las tensiones políticas y sociales. se tradujo en un progresivo aumento de la agitación social y en el desarrollo de la ideología republicana y federal.

El descontento provocó la Revolución de 1868, también conocida como La Gloriosa, que causó la caída de Isabel II y dio lugar al comienzo del Sexenio Revolucionario.

La temporal coalición de liberales moderados, progresistas y republicanos que había derribado a Isabel tuvo enormes dificultades para decidir la forma de gobierno. Finalmente, siendo jefe de Gobierno el general Prim, se decidió mantener la monarquía en la persona de Amadeo de Saboya.

 Sin embargo, el asesinato de Prim privó al nuevo monarca de su principal apoyo antes de llegar a España.

El estallido de la Tercera Guerra Carlista agravó la situación. La oposición cruzada de los monárquicos alfonsinos y carlistas, por un lado, y los republicanos y movimientos obreros, por otro, obligaron a Amadeo a abdicar al cabo de sólo dos años y cuatro meses de subir al trono.

El enfrentamiento entre las diversas opciones monárquicas favoreció la proclamación de la Primera República Española. Ésta tuvo que afrontar la insurrección armada de los carlistas, las conspiraciones de los alfonsinos y la agitación de los movimientos obreristas vinculados a la Primera Internacional, así como la división de los mismos republicanos en unitarios y federalistas.

Además, tanto bajo la monarquía de Amadeo como durante la misma República, en Cataluña se suceden diversos intentos separatistas que fueron neutralizados por los distintos gobiernos. Los gobiernos se suceden vertiginosamente y la República se encaminaba hacia el federalismo.

La Revolución Industrial de Cataluña, o la era del vapor, se produjo entre 1840 y 1891, lo que convirtió Cataluña en uno de los territorios de mayor dinamismo industrial y se incorporó al grupo reducido de las regiones europeas que alcanzaron antes de 1860 unos niveles de industrialización elevados. La Revolución Industrial fue posible por el renacimiento económico que experimentó la sociedad y la economía catalana durante el siglo XVIII.

Las relaciones económicas con el resto de España se intensificaron mucho decididamente. La integración económica progresó al mismo tiempo que se avanzó en la unificación del ámbito administrativo, fiscal y financiero. El desarrollo de las infraestructuras modernas, especialmente gracias a la construcción de la red ferroviaria, incentivó esta dinámica.

El crecimiento económico catalán fue resultado, en gran parte, de la rápida integración en la economía española. Las ventas de los productos de la nueva industria conformaron la corriente más activa de estas relaciones. También aumentaron las conexiones con el mercado colonial de Cuba y Puerto Rico y, aunque de forma limitada, el tráfico con el resto del mundo.

En cualquier caso, la victoria de los Borbones en la Guerra de Sucesión, y los Decretos de Nueva Planta dictados por Felipe V en consonancia con el espíritu centralista de la Corona francesa, dejaron un poso de resentimiento antimonárquico, y a la postre antiespañol, que se concretó en la llamada Renaixença, que cristalizó en movimientos separatistas, que a lo largo del primer tercio del s.XX, provocó dos declaraciones de independencia de la “Republica de Cataluña” la primera protagonizada por Maciá en 1931, que se abortó con el compromiso del Gobierno de la II República de dotar a Cataluña de un Estatuto de Autonomía, y la segunda en 1934 protagonizada por Companys, que fue sofocada militarmente por el Gobierno de la República, con el encarcelamiento de Companys y todo su Gobierno de Esquerra Republicana (ERC).

La Guerra civil y el franquismo ahogaron toda manifestación de ese espíritu separatista, que renacería tras la muerte de Franco y la aprobación de la Constitución de 1978.

Pero esa es ya otra historia que merecería otra reflexión.

Terminemos con un video, que en esta ocasión se refiere al escudo de las cuatro barras doradas del Escudo de Aragón.



LA IGLESIA Y EL COVID, EL MATERIALISMO SE IMPONE EN EL VATICANO


    En 1567 durante la epidemia de peste que asoló Milán, San Carlos Borromeo afirmó que la epidemia era un castigo de Dios por los malos hábitos y pecados de los milaneses. Considerando que la solución a la plaga estaba en la oración y la penitencia.

    Han pasado, desde entonces, 453 y la Iglesia ya no considera las enfermedades, ni las plagas castigo divino, sino que aceptando las conclusiones de la ciencia las cataloga como meras enfermedades que afectan a los hombres por cuestiones de higiene, salud o estado físico, o como la plaga que sufrimos, por la expansión incontrolada de un virus desconocido y de difícil tratamiento o erradicación.

    De aquella imputación al “Castigo Divino”, lamentablemente, hemos pasado a que la iglesia trate la actual epidemia desde un punto de vista meramente sociológico sin mención alguna a la religión.

    En la línea de su encíclica ecologista “Laudatio si” Bergoglio, a través de la “Pontificia Academia por la Vida” presidida desde 2016 por el arzobispo Vicenzo Paglia, vincula el covid-19 a «nuestra depredación de la tierra» y a la «avaricia financiera», en un documento titulado “Humana Communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida”.

    El sesgo puramente materialista del documento lo explica el propio Arzobispo Paglia, que en una entrevista a “Vatican News” afirmó que

"En un momento en que la vida parece suspendida y nos afecta la muerte de seres queridos y la pérdida de puntos de referencia para nuestra sociedad, no podemos limitarnos a discutir el precio de las mascarillas o la fecha de reapertura de las escuelas, sino que tendremos que aprovechar la oportunidad para encontrar el valor para discutir mejores condiciones para guiar el mercado y la educación".

    Lo cierto es que el documento, para algunos católicos, entre los que me cuento, resulta absolutamente decepcionante, pues, de hecho, no entra en consideraciones sobre el origen vírico de la pandemia, ni ofrece reflexiones de índole espiritual, ni invita en ningún momento a la oración ni a los sacramentos, para circunscribirse exclusivamente a lo sociológico.

    En este sentido, es llamativo que en el documento que comentamos, no aparezca, en ningún momento, la palabra "Dios", ni ninguna referencia a Jesucristo, ni el término "cristiano" que pudiera calificar la perspectiva ofrecida, ni alusión espiritual de ninguna clase.

    Tampoco aparece referencia alguna a los términos "misericordia" ni "caridad" (la "solidaridad" aparece trece veces).

    La "esperanza" es mencionada en cinco ocasiones, pero no como virtud teologal sino como expectativa humana.

    Y la "fe" solo se menciona una vez, junto a la también única mención al "pecado", pero alusivo a las estructuras:

"Una pandemia nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad mundial que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama 'estructuras de pecado'".

    La pandemia, nos dice el documento, con una superficialidad infantiloide,

"nos ha privado de la exuberancia de los abrazos, la amabilidad de los apretones de manos, el afecto de los besos, y ha convertido las relaciones en interacciones temerosas entre extraños, un intercambio neutral de individualidades sin rostro envueltas en el anonimato de los equipos de protección. Las limitaciones de los contactos sociales son aterradoras; pueden conducir a situaciones de aislamiento, desesperación, ira y abuso".

 

    Y siguiendo con ese tono superficial, impropio del Vaticano, trata la muerte con una perspectiva estrictamente emocional, sin referencia alguna a su carácter trascendente, que es lo que identifica a los Cristianos Católicos, limitándose a decirnos que:

"en el sufrimiento y la muerte de tantos, hemos aprendido la lección de la fragilidad... Hemos sido testigos del rostro más trágico de la muerte: algunos experimentan la soledad de la separación tanto física como espiritual de todo el mundo, dejando a sus familias impotentes, incapaces de decirles adiós, sin ni siquiera poder proporcionar los actos de piedad básica como por ejemplo un entierro adecuado. Hemos visto la vida llegar a su fin, sin tener en cuenta la edad, el estatus social o las condiciones de salud... Todos somos 'frágiles': radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia, no sólo de manera ocasional".

    El remate de tanto sinsentido, materialismo y falta de espiritualidad, muy propios de Bergoglio, hace que el documento que comentamos afirme, sin prueba alguna que sustente sus afirmaciones, que:

"La epidemia del Covid-19 tiene mucho que ver con nuestra depredación de la tierra y el despojo de su valor intrínseco. Es un síntoma del malestar de nuestra tierra y de nuestra falta de atención"

y para rematarlo, mezcla churras con merinas, afirmando, basándose en la creencia de que el origen del virus en humanos se encuentra en la ingesta de murciélagos procedentes de un mercado ilegal, que

“Hemos de considerar la cadena de conexiones que unen los siguientes fenómenos: la creciente deforestación que empuja a los animales salvajes a aproximarse del hábitat humano. Los virus alojados en los animales, entonces, se transmiten a los humanos, exacerbando así la realidad de la zoonosis, un fenómeno bien conocido por los científicos como vehículo de muchas enfermedades. La exagerada demanda de carne en los países del primer mundo da lugar a enormes complejos industriales de cría y explotación de animales".

"El fenómeno del Covid-19", pues, "es el resultado, más que la causa, de la avaricia financiera, la autocomplacencia de los estilos de vida definidos por la indulgencia del consumo y el exceso".

    Todo el análisis de la Pontificia Academia por la Vida se centra así en el mecanismo de transmisión del virus culpando de ello a las desiguales condiciones de los países ricos y pobres.

    La lección que pretende transmitirnos es que "nuestras pretensiones de sociedad modélica tienen pies de barro. Con ellos se desmoronan las falsas esperanzas de una filosofía social atomista construida sobre la sospecha egoísta hacia lo diferente y lo nuevo, una ética de racionalidad calculadora inclinada hacia una imagen distorsionada de la autorrealización, impermeable a la responsabilidad del bien común a escala global, y no sólo nacional".

    Tras esta explicación, la propuesta de la Santa Sede se define como "una nueva visión" consistente en "el renacimiento de la vida y la llamada a la conversión", que no es una transformación por la gracia, sino que está constituida por los ejes de: una "ética del riesgo" entendido como la "realidad existencial" de que "todos podemos sucumbir"; un llamamiento a la cooperación internacional, con "acceso universal" a la prevención y el tratamiento y una "investigación científica responsable"; y un "equilibrio ético centrado en el principio de la solidaridad".

    Frases grandilocuentes, afectadas de cientificismo falso, prepotente, materialista, no espiritual y ajeno a la realidad sociológica de nuestro mundo. Es decir, un tributo al progresismo comunista que tanto gusta a Bergoglio.

    Aunque, sorprendentemente, el texto del documento no incluye sugerencia alguna específicamente cristiana, actuando más como un Think Tank sociológico que como una institución vaticana, Vatican News sí le pregunta a monseñor Paglia cuál ha de ser el papel de la comunidad cristiana en esta crisis.

    Y el Arzobispo, en posición laudatoria o de peloteo de su jefe Bergoglio, contesta que

    "La comunidad cristiana puede ayudar en primer lugar a interpretar la crisis no solo como un hecho organizativo, que puede superarse mejorando la eficiencia. Es una cuestión de comprender más profundamente que la incertidumbre y la fragilidad son dimensiones constitutivas de la condición humana, proponiendo un cambio de actitud de los cristianos que nos haga responsables y solidarios en la fraternidad global”

    Vamos, que el documento en cuestión podría haber sido elaborado por cualquier centro progresista de estudios sociológicos y constituye no solo una falta de respeto, sino una tomadura de pelo a los Cristianos, que en esta época de pandemia, sufrimiento y dolor, espera de su Iglesia reflexiones de tipo religioso que le ayuden a superar la muerte, el dolor y la incertidumbre acercándose a la Cruz, pues que lugar mejor en el mundo para contemplar el dolor que nos afecta, que los pies de la cruz de Cristo, olvidada en este caso por Bergoglio y sus corifeos.

    Y para terminar, un nuevo vídeo, en este caso el salmo 51 “Misericordia Dios mío” cantado en Arameo.



martes, 21 de julio de 2020

LA CATEDRAL DE CÓRDOBA


    Recep Tayyip Erdogan, Presidente islamista de Turquía, ha decidido que la Basílica Bizantina de Santa Sofía de Estambul, antigua Constantinopla, Catedral Ortodoxa desde el año 360 hasta 1453, deje de ser un museo para convertirse en mezquita dedicada al culto musulmán.

    El actual edificio fue construido sobre los anteriores por Justiniano I entre los años 532 y 537

    Entre otras razones, Erdogan manifestó que su decisión comenzó a tomar cuerpo con su visita a la Catedral de Córdoba, antigua mezquita de los Omeya.

    Sin embargo, la referencia a la Catedral de Córdoba carece de todo sentido.

    Según manifiesta expresamente la Nota del Obispado de Córdoba, de 27 de diciembre de 2006, la actual catedral se asienta sobre lo que fuera mezquita de los Omeyas.

    No obstante, ha de destacarse que las excavaciones arqueológicas dirigidas por el arquitecto Félix Hernández en 1930 demostraron la existencia en el subsuelo de la actual Catedral de todo un complejo episcopal que puede datarse entre los siglos IV y VI.

    Allí se encuentran los restos arqueológicos de la basílica visigótica dedicada a San Vicente Mártir, la domus episcopalis, y muy probablemente la escuela clerical y los servicios de caridad del Obispo.

    En el año 2004, por iniciativa del actual Obispo y del Cabildo se ha descubierto y expuesto a la contemplación de los visitantes y turistas, un pequeño sacellum o habitación donde se reservaba la Eucaristía para los enfermos.

    Tanto  los muros, construidos en el siglo VI, como la solería de mosaico del siglo IV, están plagados de símbolos cristianos. Todo este complejo fue destruido, tras la invasión musulmana, en el año 740,

    En cualquier caso, lo que es evidente es que si nos remontamos a la preexistente Basílica de San Vicente, el edificio fue dedicado al culto Cristiano desde el s. IV hasta principios del s.VIII, es decir, 400 años; posteriormente desde el 780 al 1238, año en que Fernando III de Castilla conquista Córdoba y entrega la Mezquita a la Iglesia Católica, el edificio se destinó al culto musulmán, es decir, 450 años, y desde 1238 hasta nuestros días ha sido Iglesia Cristiana, es decir casi 800 años, por lo que podemos afirmar que desde su origen a nuestros días el edificio se ha destinado al culto Cristiano durante 1.200 años, frente a los 450 que fue mezquita musulmana.

    Pero como las tonterías nunca vienen solas, nos encontramos con que el sultán Bin Muhammad Al Qasimi,


líder del Emirato de Sharjah, que forma parte de los Emiratos Árabes Unidos, exige ahora que la catedral de Córdoba, se convierta en una mezquita, afirmando que:

"La catedral fue originalmente una mezquita regalada a la Iglesia Católica por Fernando III tras su conquista de Córdoba  y exigimos que el regalo sea devuelto "

    No obstante, como ya hemos visto, la afirmación del sultán de que la Catedral de Córdoba fue originalmente una mezquita es solo parcialmente cierta.

    La historia del edificio es más larga que eso, y comienza con la Basílica de San Vicente, fue demolida en 784 por orden de la fuerza de ocupación musulmana.

    Hay, por otra parte, afirmaciones interesantes en relación con este edificio, que queremos destacar.

    Así, en primer lugar, debemos destacar el hecho de que los arcos de herradura que culminan el bosque de columnas de la mezquita, no es un elemento arquitectónico musulmán, sino visigodo, posteriormente incorporado a la arquitectura andalusí y extendido al todo el mundo musulmán como elemento ya no propio sino apropiado.

    Efectivamente nuestra afirmación se sustenta en la existencia de varias iglesias visigodas que se conservan en la península, construidas entre los s.IV y s.VII, es decir con anterioridad a la llegada de los musulmanes a la península que se produjo en el 711 (s.VIII), y en las que, en todas ellas, aparecen arcos de herradura, traigo aquí dos fotografías de la Iglesia Visigoda de San Juan de Baños, mandada construir por el rey Recesvinto en el año 661 y cuya ceremonia solemne de consagración se cree que fue el 3 de enero de 661, antes de la llegada de los musulmanes a la península.

    En estas fotos podemos ver la arquería interior de la iglesia, con arcos de herradura, igual que su puerta principal:


    Esta circunstancia ha hecho que el escritor Ignacio Olagüe Videla en su célebre y controvertido libro La Revolución islámica en Occidente (1974), afirma que Abderramán I habría construido la mezquita sobre un templo primitivo que ya contaba con el famoso bosque de columnas y que, originariamente, habría sido concebido para el culto arriano. 
    
    La teoría de Olagüe no es aceptada por la mayoría de los historiadores, pero no deja de ser sugerente y plausible.
    
    Para terminar, incluyo un nuevo vídeo, tal y como es mi costumbre, esta vez con el canto visigodo "Pacem Meam" interpretado por The Wyrm y en el que se ven imágenes de las Iglesias Visigodas citadas.



martes, 14 de julio de 2020

LOS IRREDENTOS

                        Tumba de Voltaire en Les Invalides de Paris

                Mis miserias físicas me impiden escribir con mayor asiduidad, y me transportan, a modo de ejercicios espirituales, a una mayor trascendencia en mis reflexiones heteróclitas, supongo que con gran pesar de mis sufridos lectores y desahogo de mis pasiones.

            Los volterianos, es decir, los seguidores filosóficos de François Marie Arouet, llamado “Voltaire”, se declaran muy suyos en lo referente a la figura de DIOS, pues no en balde no creen en el Dios de los Cristianos ni en su encarnación, ni, portanto, no creen en el mensaje evangélico, por lo que cualquier referencia a ÉL les resulta intrascendente.

        Si el Dios de los cristianos no existe y no se ha encarnado, ¿qué se va entonces a comentar del mismo?

Nada

            Ya en 1734, en famosa obra "Cartas filosóficas", acusó Voltaire al cristianismo de ser la raíz de todo fanatismo dogmático, lo que reiteró posteriormente de la fe musulmana en su obra “Mahoma o el fanatismo” escrita en 1742. 

            Vamos... que las religiones monoteístas, las llamadas “de Libro”, no producían especial simpatía en el sabio parisino.

        Según las enseñanzas de Voltaire, la labor del hombre ha de ser la de tomar su destino en sus manos y mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica, y embellecer su vida, en lo posible, gracias a las artes.

        Como se ve, en sus planteamientos filosóficos Voltaire prescinde de Dios, más en cuanto a su papel que en cuanto a su existencia, pues Voltaire no se declara ateo sino deísta y entiende que al igual que el reloj presupone la existencia del relojero, el universo implicaría la existencia de un "eterno geómetra".

        Sin embargo, al igual que el relojero carece de papel o influencia alguna en los acontecimientos que ocurran durante el tiempo medido por su artilugio, Voltaire tampoco cree en la intervención divina en los asuntos humanos o terrenales y denuncia el providencialismo en su cuento filosófico “Cándido o el optimismo” escrito en 1759. 

    Y fue siempre un ferviente opositor de la Iglesia católica, símbolo, según él, de la intolerancia y de la injusticia, sin valorar, en modo alguno, la influencia que el Cristianismo ha tenido en endulzar la dura filosofía romana o la barbarie de las tríbus germánicas que contribuyeron, junto con Roma, a la creación espiritual de la Europa Occidental.

        Nos encontramos así ante un agnóstico que se aleja de las concepciones religiosas que dan sentido a la fe y las creencias que han venido sustentando y desarrollando el Cristianismo durante los últimos dos mil años, y que constituye la base de la sociedad occidental Europea desde las posiciones católicas, protestantes y agnósticas.

        Lamento estar cerca de Voltaire cuando afirma que:

“La labor del hombre es tomar su destino en sus manos y mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica, y embellecer su vida gracias a las artes.”

y estoy muy alejado de él cuando niega la existencia de un Dios omnipresente, humanizado, bondadoso hasta el sacrificio redentor y amante de sus propias criaturas humanas.

        En el fondo, si aceptamos los planteamientos de Voltaire, su monumental tumba en “El Panteón de Les Invalides” de París no sería más que un pétreo y frío homenaje a sus ideas, hoy ya superadas, por los desarrollos que sobre las mismas han realizado filósofos y políticos a lo largo de los últimos doscientos años, es decir, no sería más que un monumento en recuerdo a la nada en que el propio François Marie se habría convertido.

        Comprendo que no es fácil, desde el punto de vista de la ciencia, o del pensamiento intelectual, sino solamente desde los postulados de la fe, defender la idea de ese Dios de los Cristianos al que he definido como Dios omnipresente, humanizado, bondadoso hasta el sacrificio redentor y amante de sus propias criaturas humanas.

        Pero mi fe, que no es sino fruto de la educación recibida de mis padres en el contexto social en el que me he criado y crecido, me lleva a formular su existencia, su verdad y su presencia real en nuestras vidas.

        Me niego a engrosar la lista de quienes creen que después de la muerte no hay nada y que somos el fruto de una mera carambola cósmica.

        Me niego a engrosar, así, la lista de quienes se perciben y reconocen a sí mismos como irredimibles desde el momento en que sus padres les infligiesen la vida como una experiencia estrictamente terrenal, desesperanzada, fútil y a término.

    Pensar que la vida se limita al mero deseo de mejorar el mundo, sin destino trascendente más allá de ello, me resulta insuficiente.

        En uno de mis escritos anteriores ya decía que:

    “La materia y la energía no desaparecen, tan solo se transforman. Y en esa verdad científica está, precisamente, y desde un punto de vista estrictamente empírico, la razón de mi creencia en la existencia trascendental del hombre. Me niego a aceptar que todas mis vivencias, mis recuerdos, mis sensaciones, mis emociones, mis placeres, mis dolores, mi vida humana, en fin, tenga por único destino la desintegración en unidades de materia inconexas y en energía “cósmica” disuelta".

    Si tan solo fuésemos el fruto de una incomprensible, por excesiva, casualidad cósmica, infinita, fruto de la conjunción de infinitas casualidades anteriores producidas desde el momento primigenio del “Big Bang”, en tal caso, la existencia del hombre, con su cualidad intelectual intrínseca, sería una carambola excesivamente cruel del Universo.

        Uno de mis amigos “volterianos” me decía, a cuenta de otro de mis escritos referido a la existencia de Dios y del Infierno:

“Querido Jesús no te olvides del miedo, de la venganza impotente y de aquella frase de Nietzsche al ver la crueldad, arrebatada, gratuita o simplemente mandada por la supervivencia: “algunas veces la única justificación de Dios es que no exista….”

        No quiero, tampoco, compartir estas reflexiones; Me opongo a la conclusión desesperanzada del gran pensador prusiano; Elijo acercarme a la existencia de Dios, aunque tal acercamiento sea contrario a todas las leyes de la razón y de la ciencia materialistas. 

    Estoy en ello más cerca de Tertuliano que de los racionalistas, pues "Credo quia absurdum"

    Al menos esta postura me permite abrigar alguna “Esperanza” en los términos tan compleja pero maravillosamente expresados por el Papa Benedicto XVI en su encíclica “Spe Salvi”.

    Sartre hizo famosa la expresión “El infierno son los otros” como una de las manifestaciones más certeras de las posiciones del nihilismo marxista de mediados del siglo XX.

            Frente a esa consideración el Papa Ratzinger ya en 1968 contestaba que no, que “El infierno es estar solo” pues el miedo de cualquier ser humano ante la muerte no es sino “el miedo a estar a solas con la muerte, la siniestra sensación de la soledad en si misma”.

        Últimamente algunos periodistas poco formados (EL PAIS) han informado que el Papa Ratzinger se ha apartado de las teorías del Papa Juan Pablo II, pues este decía que el infierno no existe como lugar, mientras que Benedicto XVI ha dicho recientemente, ante una reunión de párrocos
romanos que “el infierno existe y es eterno”.

        Nada más lejos de la realidad, pues las concepciones de ambos Papas en relación con el infierno son coherentes y complementarias.

        Recientemente se ha publicado en Roma bajo el título “Porqué Continuamos en la Iglesia”, con la recopilación de artículos teológicos de Ratzinger antes de acceder al papado.

        En uno de dichos artículos, precisamente llamado “El infierno es estar solo” Ratzinger nos dice:

“Si existiese (después de la muerte) una suspensión de la existencia tan grave que en ese lugar (o situación) no pudiera haber ningún tú, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno”

        Para concluir afirmando:

“Una cosa es cierta, hay una noche a cuyo abandono no llega ninguna voz; hay una puerta que podemos atravesar sólo en soledad: la puerta de la muerte. La muerte es la soledad por antonomasia. Aquella soledad en la cual el amor no puede penetrar es el infierno. Sin embargo Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; con su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado. Allí donde no se podía escuchar ninguna voz. Allí está Él. De este modo el infierno, la muerte que antes era el infierno, ya no lo es más. El infierno, así, es o una renuncia voluntaria
(el deseo de permanecer irredento) o como dice la Biblia, la segunda muerte.”

        De tal modo y manera que como dijera en mi escrito "La Alteridad, Yo y los Otros"” la formulación cartesiana del “yo” “Pienso luego existo”, sin relación alguna con los demás, con los otros, llevaría a un concepto de “Yo” que no sería sino una realidad capaz de auto pensarse, pero vacía de mayor contenido, y que solamente cobraría sentido en relación con la existencia de ese otro Tu que sería el Dios creador.

        Desde esta perspectiva, la única expresión posible del “yo” se da en el encuentro con el otro, en la inter subjetividad, de la que emana el concepto mismo de “yo” y todas sus manifestaciones, desde el propio reconocimiento de uno mismo, en contraposición a los otros, aunque ese otro sea tan sólo Dios. y si esa alteridad no existiese, no existiría el "Yo"

        Y por lo tanto la inexistencia de otro en la soledad profunda de la muerte, la no presencia, incluso, del Cristo Redentor, la absoluta soledad a la que se refiere Ratzinger como infierno, implicaría la desaparición del "Yo", la nada, una “segunda muerte” según la expresión Bíblica.

            La condena pues al infierno no sería sino la condena a la absoluta soledad, sinónimo de inexistencia, de no resurrección, a la que se verían abocados los Irredentos.

    Hasta Bergoglio, con el que ya sabéis que coincido poco, manifestó recientemente, en entrevista concedida al periodista Italiano Eugenio Scalfarí, del diario La Republlica, que:
 
"El infierno no existe; lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras"
 
        De tal modo podemos concluir creyendo que en Infierno existe, no como un lugar, sino como una situación eterna e irreversible, que no sería sino la situación de absoluta soledad de los condenados, su no resurrección, su desaparición perpetua.

    Y, ¿que mayor castigo que la conciencia del destino a la desaparición, a la nada, sabiendo que la conjunción con la Gloria hubiera sido posible, en un instante puntual, pero que se convierte en eterno en una dimensión en que no existe el tiempo?

    Tal la trascendencia de esta reflexión, que sólo me atrevo a finalizarla con el "Lacrimosa" de la Misa de Requiem de Mozart.