viernes, 1 de febrero de 2013

ALTERIDAD: EL YO Y LOS OTROS

Hoy quiero desarrollar una reflexión de tipo filosófico que ha venido preocupando a los pensadores de los últimos treinta siglos, y que no es otra que la de la “alteridad”, es decir la existencia del “otro” como realidad esencial a mi propia existencia como “yo”.
En atención al concepto de “alteridad”, “Yo” solo soy “yo” en tanto y cuanto exista “otro”, pues en caso contrario solo “sería”, sin adjetivos y como realidad exclusiva y universal.
Dicho con otras palabras, la esencia del “yo” radica precisamente en la existencia de “otro”, pues si no existiese el “otro” no existiría el “yo” como concepto, y el propio concepto sería, sin más, el de la existencia en si misma, sin contraposición posible a otra realidad diferente, por ser esta inexistente.
El concepto de existencia y de yo quedarían así fundidos en si mismos.
En su “Discurso del método”, tras plantearse todas las dudas posibles como método para llegar a la conclusión de la propia existencia, Descartes llega a la formulación esencial de su obra: “Pienso luego existo”
En tal formulación se concreta el conocimiento indubitado de la realidad de la existencia del individuo, pero no la de su “yo” existencial como contraposición a la existencia de los demás.
Efectivamente, en toda su formulación, Descartes no hace mención alguna al “otro”, por cuanto que lo que le preocupa es la afirmación de la existencia del individuo en si mismo, no como “yo” diferenciado de los otros.
Sin embargo, en esa formulación cartesiana del “yo”, sin relación alguna con los demás, con los otros, el yo no sería sino una realidad capaz de autopensarse, pero vacía de otro contenido.
Desde esta perspectiva, la única expresión posible del “yo” se da en el encuentro con el otro, en la intersubjetividad, de la que emana el concepto mismo de “yo” y todas sus manifestaciones, desde el propio reconocimiento de uno mismo, en contraposición a los otros, hasta los vehículos de afirmación-concreción del propio yo en la relación con los demás, culminados en el lenguaje.
En conclusión, sin tratar de enmendar a Descartes, tal vez una formulación más adecuada de la propia existencia debería realizarse sobre la premisa de la alteridad, de tal modo que:
 “Pienso, luego existo, lo cual será trascendente, para la realidad de mi propio ser, si lo perciben los demás”
Y mientras mantengo mi espíritu enredado en esta tela de araña conceptual, descubro que una pequeña araña del jardín ha tejido, entre las ramas secas de un arbusto, la más bella tela que jamás haya visto, que ha amanecido perfilada, en cada uno de sus hilos, por minúsculas gotas de agua del rocío de la mañana.
 
Creo, sin embargo que al concepto de “yo, además de la alteridad deberíamos darle una proyección más trascendental.
Si llegamos a la conclusión de que el “yo” no tiene sentido si no es desde la perspectiva de “otro” podemos darle a la reflexión una dimensión filosófico-religiosa, y así, desde luego ese “otro” siempre existe, cuando menos de forma inmanente y como principio de toda reflexión: “Dios”.
Desde esas premisas, el concepto de un “yo” trascendental, ajeno a toda idea de otro, solo sería aceptable como referencia a la divinidad, existente antes que todo.
“En el principio existía El Verbo. Y El Verbo estaba en Dios. Y El Verbo era Dios” (Juan 1,1)
Y desde esa existencia unívoca, exclusiva y singular, Dios, la esencia creadora, ha creado lo demás, lo “otro”, cuya culminación, en una concepción antropocentrica de la creación, se encontraría en el ser humano.
Si ello no fuese así, la realidad de la propia existencia del “yo”, y por tanto del “Creador” mismo, se concretaría, como ya apuntaba anteriormente, en una mera “realidad autopensante”, capaz de ser consciente de su propia existencia, pero vacía de otro cualquier contenido.
Y no quiero decir con ello que la creación pueda definirse como un acto de autoafirmación de la divinidad que precise de lo creado para afirmarse como una realidad superior a la de su propia creación, sino que es una consecuencia de la esencial perfección de la divinidad, que desde siempre, “ad initium” y “ad aeternum”, se manifiesta como tal, todopoderosa, a través de la creación misma; a través de la existencia de lo “otro”.
Así el “yo” alcanza su plena expresión, su plena trascendencia, su pleno sentido, en si mismo y por si solo, pero inevitablemente en relación con “otro”, ya entendido como “el prójimo”, o simplemente como referencia a su propio “creador”.
Ahora solo hay que esperar a que alguien se anime a soltar más hilo a la cometa. Aunque muchos puedan pensar que nos hemos enredado en su mismo carrete.

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