lunes, 1 de enero de 2007

SALUDO AL 2007



Allegro moderatto para trompeta, del concierto en Do de Mozart





Quiero dedicar estas primeras reflexiones del año que comienza a desearos, siguiendo una tradición secular, un prospero año nuevo.
Comprendo que para la mayoría de nosotros, el cambio de año no tenga ninguna trascendencia, pues tras unos breves días de descanso, en el mejor de los casos, continuaremos con nuestras rutinas, nuestras obligaciones, nuestras devociones, nuestros empeños, que no habrán variado apenas un ápice por el cambio de año en el calendario.

Pero en todo caso hemos de felicitarnos mutuamente por sobrevivir a oto cambio de ciclo solar en nuestra efímera existencia.
Hace algunos días, en una deliciosa cena con unos amigos, comentábamos la fugacidad del tiempo, que todos percibíamos que pasaba cada vez más deprisa.

Uno de los comensales nos hizo una interesante explicación matemática del efecto de aceleración del paso del tiempo, que más o menos se resumía en el siguiente argumento.

Cuando las personas empiezan a tomar conciencia reflexiva de su propia existencia, en torno a los diez años de edad, el transcurso de un año representa, aproximadamente, un 10% de la vida vivida.
En la juventud de los 20 años un año de nuestra vida representaría un 5% de la misma.
Mediada la edad, en torno a los 50 años, un año de nuestra vida representa ya tan solo un 2% de los años vividos.
Llegados a la vejez, en torno a los 75 u 80 años, un año equivale ya a un 1,29 % de la vida vivida, y así sucesivamente.
Ello implica, en la práctica, que el año trascurrido sobre el que reflexione un niño de diez años equivaldrá a un período de tiempo de cinco años para un hombre de 50, o a la inversa, que si un hombre de 50 años recapacita sobre su último año vivido, en la mente de un niño de diez años esa reflexión equivaldría a analizar el 2% de su vida, es decir, los últimos dos meses y medio.
Afortunadamente el hombre, enfrascado en su quehacer cotidiano, dedica poco tiempo a estas reflexiones, pues en caso contrario la depresión sería inmensa.
Y no penséis que estoy atacado por una bruma de tristeza, lo que ocurre es que cuando intentas sondear en el alma humana y sus paradigmas ---y el transcurso de nuestro tiempo es paradigma insondable--- normalmente encuentras que el empeño es inútil, y ya lo decía Ortega:
Los empeños inútiles tan solo conducen a la melacolía
Cuando Chateaubriand logró acumular unos pequeños ahorros, adquirió, en 1807, la mansión de la “Vallè aux loups” cerca de París, en cuyo amplio parque mandó construirse un estudio retirado, una deliciosa torre de inspiración italiana, a la que llamó la “Tour Velleda”, en honor de la sacerdotisa gala protagonista de su obra “Los Mártires”.


Aquí comenzaría a escribir sus “Memorias de Ultratumba” su bellísimamente escrita biografía, en la que trabajó durante más de cuarenta años, y en la que rememora, en numerosas ocasiones, la fugacidad de la vida.

Entre los numerosos pasajes de esa obra referidos a la cuestión de la fugacidad de la vida me parecen fascinante los siguientes:

Castelnau escribió una parte de su vida en Londres. Al final del libro VII le dice a su hijo “Trataré de este hecho en el libro octavo” y el libro VIII de las memorias de Castelnau no existe: lo que es un aviso de que ha de aprovecharse la vida.”

Recordaba los versos que le escribía entonces a dos jóvenes ladyes que se habían hecho viejas a la sombra de las torres de Westminster; torres que volvía a encontrar erguidas como las había dejado mientras que al pie de ellas habían quedado enterradas las ilusiones y las horas de su juventud.”
"Una vez conocí a un tal Monsieur Damaza de Raymond que tenía en su biblioteca una calavera junto a sus bibelots. Algún tiempo después perdió la vida en un duelo y su encantador rostro fue a reunirse con la cara horrorosa que parecía llamarle."

En cualquier caso la consecuencia inmediata de la reflexión a cerca de esa fugacidad de la vida se concreta en la idea clásica del “Carpe Diem” de Horacio:

dum loquimur, fugerit invida aetas
carpe diem, quam minimum credula postero

Mientras hablamos, huye el envidioso tiempo.
Aprovecha el día, y no confíes lo más mínimo en el mañana.

O en las aseveraciones de Cátulo:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemos…
soles occidere et redire possunt;
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos…
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera luz,
tendremos que dormir una noche eterna.

Es decir, la fugacidad de nuestras vidas nos inclina hacia la idea de que debemos aprovechar el momento presente, exprimir nuestras vivencias contemporáneas, pues el pasado ya no existe y el futuro es una mera incógnita, pues como dijera el propio Chateaubriand:

Solo el minuto presente nos pertenece, el siguiente es ya de Dios, y solo Él sabe si nos dejará vivirlo.”

Mientras evoco a los clásicos, y rememoro la “Tour Velleda” de Chateaubriand, me fascino contemplando el atardecer sobre los “Picos de Europa” que se yerguen majestuosamente nevados, a la luz del crepúsculo, sobre las cercanas colinas costeras que diviso desde mi casa asturiana.

Montes que, a la postre, son testigos impasibles del paso del tiempo humano, pues si en épocas pretéritas sobrecogieron a los “cromañones” que se refugiaron en las cuevas costeras de la rasa riosellana, o dieron refugio a Pelayo y sus mesnadas, hoy me deleitan con su contemplación sosegada, pues su formación, hace más de un millón y medio de años, hace que fuesen viejos gigantes, pese a su juventud geológica, cuando el “Homo Sapiens Sapiens” comenzó a pasearse por la tierra hace treinta y cinco mil años.

Desde una perspectiva cosmológica no dejamos de ser un acontecimiento reciente y fugaz, pues la vida humana comenzó a pasearse por nuestro mundo hace treinta y cinco mil años, mientras que, calculada desde su instante inicial, el “Big Bang”, la edad del universo es de casi 14 mil millones de años.

Nuestra vida, pues, desde esa perspectiva cosmológica, siendo generosos en nuestras máximas aspiraciones de senectud, no dejará de ser un ínfimo suspiro, un chispazo de energía y materia, que se unen y descomponen en el complejo existir de las galaxias.

Como para ser muy exigentes con nosotros mismos…

Hace algún tiempo un buen amigo mío me confesaba sus desvelos íntimos ante la pretensión de ser feliz, de alcanzar, al menos, la sensación de acariciar la felicidad propia con las yemas de sus dedos.

Le recité tan solo una frase de Nietzsche:

El ser humano no aspira a la felicidad. Solo los ingleses hacen eso”

Para tratar de convencerle de la inutilidad de su empeño.

El secreto de la vida, al fin y al cabo, no está tanto en ser feliz, como en saber mantenerse en relación con todas y las mismas cosas, en permanente estado simultaneo de amor y burla de deseo y desprecio, de pasión y frialdad, de ansia y de pereza.

De tal modo que con nuestra mera existencia, así equilibrada, seamos capaces de hacer felices a quienes nos rodeen y ello permita mitigar nuestra propia infelicidad, al punto de considerarnos casi felices también nosotros mismos.

Aunque las más de las veces seamos incapaces de lograr nuestro objetivo y las ramas nos impidan ver el bosque.

Ya lo decía Homero por boca de Ulises:

“El viaje navegando hacia la felicidad es ya la felicidad en si misma

Aunque otros como Epicuro, no admitan estorbo u ocupación alguna que pueda alterar la plenitud de la felicidad, de tal modo que esta solo es posible en cuanto que el alma se aleje de cualquier preocupación u ocupación, y alcance un estado de ininterrumpido sosiego.

Me temo no obstante que el sabio griego confundiese la felicidad con el aburrimiento. Lo cual es bastante probable en alguien que, según cuenta el poeta Hermipio, esperó su inminente muerte sumergido en una bañera de bronce con agua caliente para mitigar los dolores que le asediaban, bebiendo vino y charlando con sus discípulos, cuando ante la inminencia de la muerte estoy seguro que a todos se nos ocurrirían infinidad de cosas más interesantes que hacer que una tertulia.

En cualquier caso, apagadas ya las luces de crepúsculo, y ocultos los Picos de Europa por la falta de luz de la noche, que de todo ya se enseñorea, os reitero mi felicitación y buenos deseos para el año que comienza.
Espero que a lo largo del nuevo año encontréis y disfrutéis todos esos momentos deliciosos que suceden cada día y que hacen que la vida sea una experiencia apasionante por si sola.

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