lunes, 11 de diciembre de 2006

LOS TOROS


La llamada “Fiesta de los Toros” es un espectáculo tradicional español muy puesto en cuestión por los movimientos “verdes” ecologistas y los “progres” al uso.
Se trata de un “arte” de difícil comprensión para el no “iniciado”; una danza que se baila entre el torero y la fiera que quiere herirle, y a la que aquel engaña con belleza a lo largo del trance.
No voy a referirme a antecedentes históricos de la fiesta de los toros que los estudiosos remontan a la prehistoria y a Micenas.

Lo cierto es que el toreo, tal y como lo conocemos hoy en día, nace a finales del s. XVII y principios del XVIII, fruto de la labor de las escuelas sevillana y Navarra, y del trabajo de los que se consideran los padres del toreo moderno: Joaquín Rodríguez Costillares, José Delgado Guerra “Pepe-Hillo”, y Pedro Romero; trabajo que cristaliza, ya en el s XIX con Francisco Arjona Herrero “Cúchares”, primer torero que asienta el toreo a muleta por el pitón derecho y los naturales de izquierdas, y cuya influencia en el toreo moderno es tal que este arte es conocido como “El arte de Cúchares”.

No obstante si bien el toreo en la Plaza y conforme al reglamento taurino, la lidia ordenada y regular del toro bravo, es la quintaesencia de la tauromaquia, lo cierto es que el mundo taurino encuentra su máxima expresión en los festejos populares, que se reproducen en prácticamente la totalidad de la geografía española.
No existe fiesta local que se precie, salvo raras excepciones, en que no se toree, corra o de otra manera se juegue con un toro, novillo, o vaquilla brava.
En cuanto al toro de lidia, su crianza se remonta al Uro, bóvido centroeuropeo salvaje (Bos taurus primigenius) que dio lugar, tras su domesticación, a la mayor parte del ganado vacuno actual, y que cuantan que se extinguió en torno a 1627.
En España los primeros indicios de selección del toro bravo apuntan a los siglos XV y XVI en la provincia de Valladolid, en los términos de Boecillo, La Pedraja de Portillo y Aldeamayor de San Martín, donde ciaba una vacada que pudo sentar las bases del toro de lidia actual.
El nombre de esta pretendida ganadería primigenia fue Raso de Portillo.
Desde principios del siglo XVIII, y mediante la prueba de la tienta, a fin de elegir para su reproducción ejemplares en los que concurrieran determinadas características que permitieran el ejercicio de la lidia, es decir, la sucesión de suertes que se ejecutan en las corridas de toros desde que el toro sale al ruedo hasta que, una vez que el diestro le ha dado muerte, es arrastrado por las mulillas, nacieron las que se consideran las castas fundacionales de las que parten los encastes actuales: Morucha Castellana (Boecillo), Navarra, Toros la Tierra y Jijona (Madrid y la Mancha), Cabrera y Gallardo (El Puerto de Santa María), Vazqueña, Vega-Villar (Utrera) y Vistahermosa, si bien en la actualidad, el 90% de la divisas existentes proceden todas de esta última.

Las características del toro bravo han variado tanto a lo largo de los siglos como el toreo mismo, manteniéndose un único denominador común: la bravura del toro.
En cuanto a las pasiones favorables y contrarias que desata el mundo de los toros, solo quisiera introducir un apunte.

Comprendo que desde determinadas posiciones ecológicas radicales o de quienes se preocupan por los derechos de los animales la fiesta de los toros resulte inadmisible por cruenta.
Les pediría que realizasen, no obstante, un ejercicio de comprensión que aclararía bastante la cuestión.

En el toreo el aficionado no disfruta con el sufrimiento del toro, eso es absolutamente falso, es más sufre y se disgusta cuando las suertes, la de varas o la de banderillas, se practican inadecuadamente, de forma que el toro reciba un daño inadecuado o desproporcionado a la finalidad de la suerte, al igual que si el matador usa defectuosamente la espada sin matar certeramente al toro, pues de lo que se trata no es de disfrutar con el sufrimiento del animal, sino con el arte, la danza a que antes me refería, entre el hombre y la fiera.
El sufrimiento del toro es algo consustancial a la fiesta, pero no es en si mismo el espectáculo que se disfruta, sino algo accesorio aunque necesario.

Es un procedimiento para mermar la ferocidad del toro hasta el punto que la lidia sea posible, que la danza se desarrolle estéticamente bella, sin eliminar del todo la fiereza del animal y el riesgo consustancial a esa fiereza.

Si el toro no fuese “picado” nadie podría, en el coso, parar sus brutales acometidas; si no fuese “banderilleado” no se le podría enseñar, espoleado por la irritación del castigo infligido, a embestir franca y humilladamente con ambos pitones.

En definitiva, si no se le aplicasen las suertes primeras, nadie sería capaz de torear a un toro bravo con la muleta, de danzar con él y de pararlo para hacer posible su muerte con la espada.
Pero insisto, todas esas suertes de castigo físico, con ser esenciales en la lidia, son accesorias a su finalidad última: la lidia del toro con la muleta, en la que se concentra el momento de plenitud artística de la faena.

Recuerdo como una de las más bellas faenas que nunca he visto en una plaza de toros, la de Julio Aparicio en la plaza de Las Ventas de Madrid al toro “Cañego” de la Ganadería de Alcurrucén, del día 18 de mayo de 1994, cuyo video os traigo de "you tube".
Lo más bello de la faena fue el estilo desmayado del torero en sus derechazos, su parsimonia, su ritmo quedo, su temple en cuatro o cinco series maravillosas.

Es difícil abdicar de la afición al mundo de los toros si te emocionan.

Y no conozco a ningún aficionado que no sienta esa “emoción” ante una buena faena.

Pero, en cualquier caso, gusten o disgusten, los toros son parte consustancial de nuestra cultura y nuestra historia.

El chiste de Mingote, publicado hoy 10 de noviembre de 2006 en ABC, que os reproduzco, conecta con el pensamiento de Unamuno, que explicaba que no le gustaban las corridas, no porque fuese un espectáculo cruento, sino porque se perdía mucho tiempo hablando de ellas y esto explicaba la formación cultural de sus espectadores.



Ortega y Gasset, por su parte, consideraba que era impensable estudiar la historia de España sin tener en cuenta las corridas de los toros. En su obra “La caza y los toros”, se extrañaba, sin embargo, de que el toreo, siendo un ejercicio callado, diese tanto que hablar.
Finalmente Federico García Lorca manifestaba su abierto apoyo y gusto por la tauromaquia, manifestando que:

"El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo"

Lo que demuestra que la fiesta de los toros es una realidad que tiene detractores y partidarios en todos los segmentos culturales españoles, conservadores, liberales, e incluso marxistas.
Hago, en todo caso, un apunte interesante, la generación del 98, afectada por la crisis moral política y social de la España de finales del s.XIX, es en general crítica o al menos poco amante de los toros, que identifican con una de las muestras del atraso de nuestra sociedad, a diferencia de los intelectuales miembros de la más vitalista y más heterogénea generación del 27, quienes, en su mayoría eran más favorables a los toros.




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