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miércoles, 8 de enero de 2025

Y... ¿A DÓNDE VAMOS

 

Es una pregunta recurrente la de determinar hacia donde vamos en nuestra vida.

No es fácil, en ocasiones, dar una respuesta a tal cuestión.

La primera respuesta a tal cuestión, como individuos, es incontestable: Hacia la muerte.

Junto a ello, como destino inevitable, debemos responder hacia donde vamos en la vida.

Y aquí se nos complican las cosas.

Todos los filósofos, a lo largo de la Historia del Pensamiento, han tratado de responder esa pregunta junto a la de “de donde venimos” y la de “quienes somos en realidad”.

Y las opiniones lo son para todos los gustos.

Así que vamos a recoger algunas de esas opiniones

Dejando a un lado las trascendentales preguntas kantianas, probablemente las tres cuestiones que más se asocian a la filosofía son “¿quiénes somos?”, “¿de dónde venimos?” y “¿hacia dónde vamos”.

Trío de dudas que bien pudiera resumirse también en el famoso “¿qué es el hombre?” Para el cual, hoy más que nunca, carecemos de verdaderas respuestas.

En conclusión, la pregunta ¿A dónde VAMOS? es una pregunta por el sentido de la vida, es resumen y resultado de una sospecha incómoda de que tal o cual actividad carecían de sentido

En la época de Kant, sumida en un fijismo antropológico y biológico, las citadas preguntas quedaban circunscritas a un ámbito más espiritual que físico.

Si bien, con la aparición, primero, del Hegelianismo y su concepción dialéctica de la realidad, y, después, del Darwinismo y su Teoría de la evolución de las especies, la cuestión se complicó para abarcar tanto la problemática física como anímica.

Ya no solo se trataba de entender qué era el hombre, sino que, además, tenía que enfrentarse, ni más ni menos, que al vértigo de una realidad propia que era transitoria y estaba enclavada y supeditada a un proceso de constante cambio que lo arrastra indefectiblemente con él.

En sí, y hasta donde sabemos, los humanos no son ya más que una variante zoológica relativamente reciente y sofisticada, con virtudes y defectos a nivel adaptativo, del amplio árbol de la vida en la Tierra, pero con un futuro tan frágil como el de cualquier otro ente viviente.

Realidad que, de habitual, suele ser versátil pero pragmática, donde la simplicidad organizativa y funcional suele primar sobre la complejidad en sus formas.

Jean-Paul Sartre, y el existencialismo, hacen hincapié en los conceptos de “ser” y “circunstancias”.

 Ello me lleva a la pregunta

 ¿En qué se basa, realmente, la existencia del individuo? ¿Dónde aparece la razón y hacia dónde nos dirige esta, en nuestra relación con el mundo?

 En mi búsqueda de respuestas me topé, con el nihilismo de Nietzsche, que me llevó, de una manera indirecta, al pesimismo de Schopenhauer, y del pesimismo de Schopenhauer, fui de él a Heidegger y, de Heidegger, finalmente a la literatura de Sartre.

 Mi primer encuentro con Sartre fue con La puta respetuosa.

 Un poco más tarde, me topé con un ejemplar de La Náusea.

 Fue entonces cuando comenzó mi verdadero interés por la filosofía del francés.

  Comprendí que para Sartre, el hombre tiene que ser libre para elegir, pues en el momento en que se le priva de ese derecho deja automáticamente de ser.

         Me explicaré mejor.

 Sartre analiza la problemática de dicha libertad dividiendo al individuo en ser en síser para sí ser para otro.

 Digamos que el ser en sí es la voz de la conciencia rechazando la materialización de las cosas, pues son las mismas las que nos acaban simplificando.

 Así lo dice Roquetin, personaje principal en La Náusea:

 “Las cosas se han desembarazado de sus nombres. Están ahí, grotescas, obstinadas, gigantes, y parece imbécil llamadas banquetas o decir cualquier cosa de ellas; estoy en medio de las Cosas, las innominables”.

 Sólo, sin palabras y sin defensa, las Cosas me rodean, Debajo de mí, detrás de mí, sobre mí. No exigen nada, no se imponen; están ahí.

         Las Cosas existen para nosotros como meros elementos decorativos.

 Lo que es tiene que ser, porque tiene una representación física.

 Así retomamos la frase de Ortega y Gasset para darle a su idea de las Circunstancias, el significado del concepto sartriano de las Cosas.

         No es de extrañar que en el ser para sí, el asunto se complique hasta el punto de envolver al hombre en una vorágine de reflexiones, donde se cuestiona a sí mismo por qué tiene conciencia.

 ¿Por qué tenemos conciencia?

 ¿Quién no se ha angustiado, de pronto, una mañana, por el mero hecho de existir?

  Nosotros estamos, podemos vernos, sentirnos, tocarnos, por lo que somos del mundo parte del ser en sí.

 Por eso Sartre dice que, cuando esta sensación aparece, el hombre se encamina hacia un conflicto interno que acaba en una guerra contra su propia naturaleza: “sí, es eso, es eso; una especie de náusea en las manos”.

 La Náusea aparece de forma repentina y, por desgracia, uno no se puede librar fácilmente de ella.

         Por ejemplo, soy yo quien mantiene esta especie de rumia dolorosa: existo.

 Yo. El cuerpo, una vez que ha empezado, vive solo.

 Pero soy yo quien continúa, quien desenvuelve el pensamiento.

 Existo. Pienso que existo. ¡Oh, qué larga serpentina es esa sensación de existir! Y la desenvuelvo muy despacito… ¡Si pudiera dejar de pensar!

 Mi pensamiento es yo, por eso no puedo detenerme.

 Yo existo porque pienso… y no puedo dejar de pensar.

      Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la existencia.

 Se podría decir que se trata de un extrañamiento que conduce a la búsqueda insaciable de la libertad absoluta, produciendo esa incapacidad de adaptación en el mundo en que vivimos.

 Ya lo decía Eclesiastés (1:18):

“Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor”.

 Aprender a coexistir en un mundo que solamente nos produce sufrimiento es, para Sartre, un método de supervivencia.

 Algo similar defiende Schopenhauer cuando alega que, en el momento en el que se acepta la voluntad, aparece la Nada.

       Sobrevivir es también parte de la problemática del ser para otro.

      Para que no resulte demasiado lioso, diré que, en esta ocasión, es el prójimo el enemigo del individuo, es decir, quien entorpece la virtud del hombre, empequeñeciéndola hasta hacerla insignificante.

 Esto se ve bastante ejemplificado en la obra teatral A puerta cerrada, donde el extrañamiento se produce por el concepto del espacio.

 Garcín, Inés y Estelle, tras morir, tienen que permanecer en la misma habitación toda la eternidad.

 Y finalmente es Garcín quien afirma que “el infierno son los demás” aquello que imposibilita la libertad de ser y de elección, porque son los otros quienes, con un simple gesto o una palabra, hacen que la existencia y la autenticidad del individuo se deshagan, convirtiéndolo en un mero proyecto obligado siempre a intentar construirse a sí mismo.

El siguiente autor a quien quiero referirme es G.K.Chesterton, señor del arte de la paradoja y luz del catolicismo inteligente, puede asignársele la hermosa frase que Novalis escribió en su novela “Enrique de Ofterdingen”:

«¿A dónde vamos? A casa, siempre a casa».

Al margen de su colosal ingenio, de su envidiable sentido del humor y de sus altas dotes como polemista y defensor de sus ideas, en sus escritos siempre se saborea un sustrato nostálgico que tiene que ver con su naturaleza espiritual y con la certeza de que la Modernidad expresaba una aspiración que muy pronto se convirtió en estafa.

El escepticismo del Chesterton no era gratuito.

Conviene recordarlo: a pesar de derribar al Antiguo Régimen y fundar los valores republicanos, la revuelta francesa terminaría en el absolutismo napoleónico, instaurando una nueva variante de aquello que vino a abolir. 

Toda revolución conduce a otra aristocracia.

A Chesterton, se le suele tener por un pensador de corte conservador, aunque esta etiqueta es obvia, al tiempo que desprecia, el hecho de que su predilección por las verdades sencillas del cristianismo o su devoción por la teología medieval nunca partieron de fanatismo alguno.

Fueron más bien una consecuencia ―en su caso parece que feliz del uso estricto de la razón.

Al escritor inglés, en realidad, debería considerársele como un intelectual novísimo.

Sabía que no existe nada puro bajo el sol y que aquello que un día parece nuevo sólo lo aparenta, debido a que somos nosotros, los hombres del tiempo presente, quienes hemos olvidado las noticias importantes del pretérito. 

El autor inglés, siempre partidario de la defensa del individuo —desdibujado por el juego de pesadillas neo/tribales que se han instalado en el centro de nuestro presente—  era simpatizante declarado de la institución familiar y reivindicador de la fiesta de la Navidad. 

En el mundo contemporáneo, desacralizado y donde la muerte se ve como una molestia imperdonable ―siendo un hecho tan cotidiano leer a Chesterton, que supone un auténtico festín de ingenio, puede parecer anacrónico.

Sin embargo, es uno de los pensadores que mejor funciona como antídoto ante muchos males de nuestra hora. 

Sus libros vacunan contra el exceso de sentimentalismo que rige la vida pública y gobierna la privada y nos recuerdan que, igual que los cristianos primitivos o los ciudadanos de la antigua Atenas, la pertenencia a una comunidad requiere no delegar en otros los propios cometidos.

Chesterton, más cristiano que vaticano, al margen de que se compartan o no sus ideas, es uno de esos escritores que no adoctrinan y que son capaces de hacerte cambiar de opinión con la asombrosa fuerza de sus argumentos. 

Chesterton representa la antítesis del determinismo progresista de izquierdas que, negando el concepto de lo sagrado, instaura el nihilismo que conduce a nuevas formas de servidumbre.

Dicho con sus palabras: «Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que ya se lo creen todo».

Y sigamos con la filosofía de Spinoza que entraña una llamada a devenir activos y que nos invita a ser felices y libres, a gobernarnos a nosotros mismos, obedeciendo la ley del bien común, y gozar de ello junto con nuestros semejantes.

Por eso, en el sistema spinozista, el individuo libre en nada piensa menos que en la muerte pues su sabiduría es una meditación sobre la vida, desea obrar, ser plenamente, a partir de comprender su naturaleza y la de todas las cosas.

Así, la propuesta de este pensador involucra el desafío de maximizar nuestra potencia de existir, volviéndonos causa de nosotros mismos, de nuestras acciones, de las interacciones que entablamos con aquello que nos rodea.

Esta intención de exhortar a los individuos a dejar atrás el padecimiento, este esfuerzo de mostrar el periplo hacia la felicidad atraviesa de manera transversal el sistema de Spinoza, constituyendo un eje central de su pensamiento.

      Y llegamos así a Schopenhauer, quien afirma que:

«El mundo es mi representación»

Y ésta es una verdad aplicable a todo ser que vive y conoce, aunque sólo el hombre puede llegar a su conocimiento abstracto y reflexivo; cuando a él llega, ha adquirido al mismo tiempo el criterio filosófico.

Estará entonces claramente demostrado para él que no conoce un sol ni una tierra, sino únicamente un ojo que ve al sol y una mano que siente el contacto de la tierra; que el mundo que le rodea no existe más que como representación, es decir, única y enteramente, en relación a otro ser: el ser que percibe, que es él mismo.

Si hay alguna verdad que pueda enunciarse a priori es ésta, pues es la expresión de aquella forma de toda experiencia posible y concebible, más general que todas las demás, tales como las del tiempo, el espacio y la causalidad, puesto que éstas la presuponen.

No hay verdad alguna que sea más cierta, más independiente de cualquiera otra y que necesite menos pruebas que ésta; todo lo que existe para el conocimiento, es decir, el mundo entero, no es objeto más que en relación al sujeto, no es más que percepción de quien percibe; en una palabra: representación.

Cuanto forma o puede formar parte del mundo está ineludiblemente sometido a tener por condición al sujeto, y a no existir más que para el sujeto. El mundo es representación.

No es nueva, en manera alguna, esta verdad.

Existía ya en el fondo de las consideraciones escépticas que Descartes tomó como punto de partida, pero Berkeley fue el primero que la enunció resueltamente, con lo cual prestó un servicio eminente a la Filosofía, aunque el resto de su doctrina no merezca ser recordada.

Sin embargo Kant, cometió el errorn de dar poca importancia a aquel principio.

En cambio, esta verdad capital fue conocida desde los primeros tiempos por los sabios de la India, puesto que es el principio fundamental de la filosofía Vedanta atribuida a Vyasa.

Así lo atestigua W. Jones en la última de sus disertaciones titulada: On the philosophy of the Asiatics (Asiatk researches, vol. IV, pág. 164):

«El dogma fundamental de la escuela Vedanta no consiste en negar la existencia de la materia, es decir, de la solidez, impenetrabilidad y extensión, sino en rectificar la opinión vulgar en este punto y en afirmar que la materia no tiene existencia independiente de la percepción mental, puesto que la existencia y perceptibilidad son términos convertibles uno en otro.»

Este pasaje expresa con suficiente claridad la coexistencia de la realidad empírica con la idealidad transcendental.

Esto es lo que explica la repugnancia que siente cualquiera a admitir que el mundo no es más que su representación, aunque por otra parte nadie puede negarlo.

No obstante Schopenhauer al mismo tiempo que dice:

«El mundo es mi representación»

puede y debe decir:

«El mundo es mi voluntad».

 Y llegados hasta aquí, no os debe extrañar que mencione el famoso nihilismo de Nietzsche, que tanto niega o recela de cualquier realidad que intente dar sentido a las cosas, incluso a la vida.

 Porque la existencia no engloba solo lo particular, sino también lo interno.

 Cuántas veces nos habremos parado a pensar en quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos, apartando de nuestras cabezas la idea de que algún día moriremos sin saber si hemos podido llevar a cabo todas nuestras expectativas.

 Eso, o la alternativa de estar sin ser, quizá tiernamente rechazando todo cuanto nos rodea para intentar buscar el camino directo hacia la ataraxia.

 Una primera y elemental aclaración es que cuando Nietzsche predica la muerte de Dios no quiere decir que Dios haya existido y después haya muerto, lo cual sería un absurdo.

Esta tesis señala, simplemente, que la creencia en Dios ha muerto, empezando por considerar que Dios no crea al hombre sino el hombre a Dios.

Dios es, para Nietzsche, la metáfora para expresar la realidad absoluta, la realidad que se presenta como la Verdad y el Bien, como el supuesto ámbito objetivo que puede servir de fundamento a la existencia por encontrarse más allá de ésta y darle un sentido.

Todo aquello que sirve a los hombres para dar un sentido a la vida, pero que sin embargo se pone fuera de la vida, es semejante a Dios: la Naturaleza, el Progreso, la Revolución, la Ciencia, tomadas como realidades absolutas son el análogo a Dios.

Cuando Nietzsche declara que Dios ha muerto quiere indicar que los hombres, hoy, viven desorientados, que ya no sirve el horizonte último en el que siempre se ha vivido, que no existe una luz que nos pueda guiar de modo pleno.

Esta experiencia de la finitud, del sentirse sin remedio desorientado es necesario para empezar un nuevo modo de vida.

Para Nietzsche con dicha “muerte” podemos vivir sin lo absoluto, en la “inocencia del devenir”.

De ahí que la muerte de Dios sea la condición para la aparición del superhombre.

El perspectivismo es una doctrina filosófica que sostiene que el acceso del ser humano al mundo a través de la percepción, la experiencia y la razón, es posible solamente por la vía de la propia perspectiva e interpretación y toda representación es dependiente del sujeto que la constituye.

El concepto fue creado por Leibniz y desarrollado por Friedrich Nietzsche, quien influenció con ideas similares en filósofos como José Ortega y Gasset.

El perspectivismo es un concepto que sostiene que el conocimiento es siempre perspectiva y que viene a través de la observación de una cosa, pero desde un punto de vista en particular.

El perspectivismo también niega la posibilidad de una perspectiva integral que podría contener a todos los demás puntos de vista y por lo tanto, hacer la realidad disponible como es en sí misma.

Nietzsche defiende el perspectivismo: toda representación del mundo es representación que se hace un sujeto; la idea de que podemos prescindir de la situación vital del sujeto, de sus rasgos físicos, psicológicos, históricos o biográficos, para alcanzar un conocimiento del mundo tal y como éste pueda ser es un absurdo.

Nietzsche considera imposible el conocimiento de la realidad en sí misma, pues toda afirmación, toda creencia, toda teoría del mundo depende del punto de vista de la persona que la ha creado.

Más aún, todo ser dotado de algún grado de conocimiento, de alguna capacidad para representarse el mundo, es tan buen testigo del mundo como nosotros, los seres humanos.

 Nuestro punto de vista no es mejor para una correcta descripción de la realidad que el de otras especies animales.

No existe ninguna experiencia no contaminada por un punto de vista.

No existen hechos que nos sean dados inmediatamente,sólo manejamos interpretaciones”.

La posición de Nietzsche es tan radicalmente contraria a la posibilidad de encontrar una verdad absoluta que ni siquiera cree posible lo que podría parecer la verdad más verdadera.

Para Nietzsche, nos acercamos a la “objetividad” en la medida que vamos conociendo el mundo desde muchos puntos de vista, lo interpretemos desde muchos ángulos, muchos rincones.

A más perspectivas, más acercamiento a la “verdad”.

En definitiva, existe un mundo que es susceptible de ser interpretado de infinitas maneras por un individuo, pero este individuo se queda con una determinada interpretación, la ganadora de esa lucha interna que se da en él, dentro de él.

El perspectivista no interpreta sus instintos simplemente, también valora una interpretación y lucha por ella en contra de otras perspectivas, en él se da una lucha de perspectivas debido a la lucha interna de sus instintos.

“No hay hechos, solamente interpretaciones”

Vivir creativamente es la respuesta nietzscheana a la gran amenaza.

Saber vivir es saber cultivarse y hacer de la propia vida una creación.

La urdimbre de la vida consiste en gran medida en la construcción de uno mismo.

Dar estilo propio a la vida, forjar un gusto, es lo nos individualiza y distingue.

El optimismo de Nietzsche contrasta con el nihilismo de una de sus inspiraciones, la “voluntad de vivir” de Arthur Schopenhauer, quien se conforma por asociar nuestro propósito con un instinto nunca satisfecho y que conduce, por tanto, al nihilismo.

Nietzsche se planteó desde su época de estudiante y joven profesor en Basilea la manera de superar el corsé que había creado en Occidente un gregarismo malsano o mentalidad de rebaño y una supeditación al academicismo más vacío y afectado.

Nietzsche opina que el individuo puede permanecer extraño hasta el extremo de conseguir que cada uno sea un extraño para sí mismo.

Ante esta situación, Kierkegaard  argumenta que la ausencia de interés por uno mismo, conlleva la posibilidad de su mismo fin como individuo. 


    Cómo decía Nietzsche, en Verdad y mentira en sentido extra-moral:

“En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, solo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como esta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana”.

Si hay que hacer caso a los expertos científicos, como recientes investigaciones han puesto de manifiesto, el homo sapiens sigue evolucionando.

 

Sigue generando cambios y transformándose en su aclimatación al medio.

 

O, más bien, ¿hay que aceptar posmodernamente que hemos llegado al final de la historia como nos dice Fukuyama y no ha sido para bien?, o, peor, ¿estamos involucionando a pasos agigantados como especie y como cultura, mientras se dan esos simples ajustes al medio ambiente, en camino directo a la extinción, sin dejar rastro duradero?

 

“¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos? y ¿hacia dónde vamos?”

 

Tres preguntas de una vigencia absoluta que quizá estén detrás de la epoca, injusta y alienante concepción antropológica y social del mismo hombre.

 

Trío de cuestiones que, por supuesto, no por intempestivas han desaparecido del inconsciente colectivo por mucho que hogaño suelan ignorarse.

 

Las cuales, por supuesto, también, siguen remitiendo a una necesidad inherente al hombre que no cesará de buscar saber “¿qué es el hombre?”

 

Máxime en este tiempo de retos y grandes encrucijadas que están y se las esperan, para unos animalillos semi inteligentes que están tan cerca de tocar los cielos y las estrellas, en lo material, y están tan al borde de consumir ese planeta sobre el que se desarrollan como de quemarse ellos mismos en su propia hoguera de las vanidades.

 

La segunda cuestión que quería abordar en esta “Reflexión Hetróclita” es la de preguntarnos “¿A dónde VAMOS COMO SOCIEDAD”.

 

Sin embargo, la longitud de esta que os envío me obliga a plantear esa cuestión en una nueva “Reflexión” que espero escribir en breve.

.

Y concluyamos esta compleja y extensa “Reflexión Heteróclita”, siguiendo mi costumbre, con una nueva pieza musical. Hoy Carmina Burana de Carl Off.

 




   ©2025 JESÚS FERNÁNDEZ-MIRANDA Y LOZANA

lunes, 6 de enero de 2025

LA TRADICION ESPAÑOLA DE LOS REYES MAGOS

 


Hoy, la mayoría de los niños de España habrán estado tratando de levantar a sus padres de la cama, a horas intempestivas, para que les acompañen a ver qué es lo que les han dejado los reyes magos.

A partir del siglo XIX se inició en España la tradición de dar regalos a los niños en la noche de Reyes (noche anterior a la Epifanía). En el año 1866 se celebró la primera cabalgata de Reyes Magos en Alcoy, cuya tradición se extendió al resto del país, siendo adoptada esta tradición en otros países de cultura hispana.

La costumbre dicta que cada miembro de la familia ha de dejar un zapato en el lugar donde quiere que le dejen los regalos, que previamente les habrán pedido en una carta que les enviaron por medio de algún paje real que se encuentran en las parroquias, o grandes almacenes.

No faltan quienes dejan en una bandeja tres copas con alguna botella y trozos de turrón, así como un cubo de agua para los camellos.

Pero como todas las tradiciones, la de los Reyes Magos tiene también su lado oscuro, pues a los niños que durante el año no se han portado bien les dejan un trozo de carbón, que hoy se ha traducido en un trozo de azúcar negro.

Pese a ello, los ecologistas aconsejan no dejar carbón a los niños, ya que "contamina". Que le vamos a hacer con esas estupideces...

Según las estadísticas Los Reyes Magos es la tradición más celebrada en España. 

Cerca de la mitad de las familias españolas (48%) prefiere esta festividad, la noche del 5 de enero, a la de Papá Noel, el día de Nochebuena, que es la opción preferida solamente por el 13% de la población.

Un tercio de las familias, el 33%, reconoce que conmemora ambas por igual, 3 puntos más que en 2020.

Es una de las conclusiones que refleja el Informe sobre la Compra de Juguetes en España de ALDI 2021, un estudio cuantitativo realizado a una muestra de 1.202 consumidores.

Las familias andaluzas y madrileñas, las que más celebran la llegada de los Reyes Magos

Por comunidades autónomas, Andalucía es la región que siente mayor fervor por los Reyes Magos, (un 67%), lo que supone 19 puntos porcentuales por encima de la media española, frente a un 8% que prefiere la llegada de Papá Noel y un 25% que disfruta de ambas por igual. En Madrid, la mitad de los madrileños se inclina hacia los Reyes Magos frente al 8% que prefiere a Papá Noel y un 41% que celebra ambas por igual.

Pero ¿Cuál es el origen de esta tradición?

El Evangelio de San Mateo dice que varios 'Magos' estaban siguiendo una estrella hasta que llegaron a Belén para ofrendar sus regalos al niño Jesús.

La tradición occidental establece su número en tres, probablemente basándose en los tres regalos de “oro, incienso y mirra” presentados al niño Jesús, según el propio Mateo.

En cuanto a su condición, los evangelios no hablan de Reyes, sino de Magos, es decir astrólogos, que descubrieron una estrella a la que siguieron y que les llevó hasta Belén, donde había nacido Jesús.

En el siglo V, el teólogo Beda, escribió que “el primero de los magos fue Melchor: un anciano de larga cabellera blanca y luenga barba (…) el segundo, Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada (…); el tercero, Baltasar, de tez morena…”. A partir de entonces a los magos se les invistió como reyes, y el Papa León I decidió oficialmente que los Reyes Magos eran tres, uno por cada regalo ofrecido a Jesús: oro, incienso y mirra. El número también podría deberse a la relación que tiene con la Santísima Trinidad.

Durante la Segunda cruzada, el obispo de Milán San Eustorgio, religioso noble de origen helénico, visitó Constantinopla para que el Emperador le permitiera aceptar su reciente nombramiento; este no sólo le dio su consentimiento, sino que además le hizo un regalo inolvidable: las veneradas reliquias rescatadas en el año 300 d. C. por la emperatriz Elena, madre del emperador romano Constantino I, en Saba.

Las reliquias de los Reyes Magos fueron saqueadas por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico I Hohenstauffen, conocido como Barbarroja, que se las entregó al arzobispo de Colonia, Reinaldo de Dassel en 1164. 

Desde entonces las reliquias de los Tres Reyes atrajeron una corriente constante de peregrinos a Colonia.

En los días de Felipe de Heinsberg fue construido el relicario de los tres magos. Esto fue confirmado por algunos testigos oculares que estaban presentes cuando las reliquias de los tres magos fueron puestos en el relicario, y sus cráneos coronados pueden verse en uno de sus laterales

.



La construcción de la actual catedral de Colonia se empezó en 1248 para albergar estas importantes reliquias. 

La construcción de la catedral tomó 632 años, para llegar a ser, actualmente, la iglesia gótica más grande de Europa septentrional.

El 20 de julio de 1864, el relicario se abrió, y fueron descubiertos restos de los Tres Reyes y monedas de Philipp von Heinsberg. El informe de un testigo ocular cuenta:

En un compartimiento especial del relicario, que ahora se ve —junto con lo que queda de antiguas, viejas y podridas vendas y con restos de resinas aromáticas y sustancias semejantes— numerosos huesos de tres personas, que bajo la guía de varios expertos presentes se podrían reunir en cuerpos casi completos: uno en su juventud temprana, el segundo en su virilidad temprana, el tercero más bien envejecido.

Los huesos se envolvieron en seda blanca y fueron devueltos al relicario.

 Concluyamos nuestra reflexión con un nuevo video musical. El popular villancico “Ya vienen Los Reyes”



©2025 Jesús Fernández-Miranda y Lozana

viernes, 3 de enero de 2025

EL HOMBRE REBELDE

 

 

Albert Camus, en su obra “El Hombre rebelde” nos dice:

«¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no, aunque si niega no renuncia.

Rebelarse significa, por ejemplo, mantener que “las cosas han durado demasiado”, que “vais demasiado lejos” o que “hay un límite que no franquearéis”.

En cierta manera, opone al orden que oprime una especie de derecho a no ser oprimido más allá de lo que puede admitir.

EL hombre en rebeldía, en el sentido etimológico, se revuelve,  planta cara y opone lo que es preferible a lo que, a su juicio, no lo es.»

       Hoy en día, en España, un “Hombre Rebelde” es todo aquel que mantiene la “guerra cultural” frente a la espuria supremacía del pensamiento único marxista, la propaganda sanchista y el temor hacia el deslizamiento que se está produciendo, desde el poder, hacia el totalitarismo populista propio de republicas bananeras, tercermundistas o comunistas.

El concepto de “Pensamiento Único” fue formulado inicialmente por Schopenhauer con finalidad filosófico-positiva, pero a lo largo del tiempo transcurrido desde entonces se reformuló en el “Manifiesto Comunista”.

La purga, el ajuste de cuentas, contra todo el que disiente, es la más perdurable herencia del marxismo.

La única, en realidad.

No en vano Karl Marx dedicó la cuarta parte de El Manifiesto Comunista a condenar a todos los que sentía como enemigos por ser competidores en atraer el interés del proletariado.

Y esa ha sido la actitud permanente de la izquierda radical marxista, hoy en día representa por el sanchismo, ese peligroso conglomerado de socialismo radical, comunismo, separatismo y herederos del terrorismo.

Efectivamente, para ese sanchismo, todo lo que no respeta su impostada “única verdad Impuesta” es “lodo”, de tal modo que las acciones críticas de la oposición política oficial o de la sociedad civil, son denostadas como falsas, conspiranóicas, e ilegítimas.

Y con esa estrategia expanden una impenetrable cortina de humo para imponer sus interesas a la Sociedad y ocultar su corrupción, sus excesos y su tendencia totalitaria, que trata de evitar, al precio que sea, la posibilidad de la alternancia en la Poder.

Efectivamente, toda la política sanchista no es sino una pertinaz falsificación de la realidad, mediante su radical abolición por decreto, realidad que es sustituida por la mentira que constituye la esencia profunda de los intereses demagógicos y corruptos de esa banda.

Y precisamente ello constituye su punto débil pues los ciudadanos cada día están más convencidos de que “el sanchismo ha llegado demasiado lejos” y que “hay un límite que no franquearan”, haciendo suyas las expresiones de Camus.

Y como siempre, concluyo esta “Reflexión Heteróclita” con una nueva pieza musical. Hoy "La Stravaganza", Concerto no.2 in E minor, RV 279 de Antonio Vivaldi.




 ©2025 JESÚS FERNÁNDEZ-MIRANDA Y LOZANA

jueves, 2 de enero de 2025

RELEXIONES HETEROCLITAS

 


 

Desde hace algunos años, vengo dedicando espacios perdidos de mi tiempo a escribir mis ocurrencias.

No es una dedicación muy intensa, pero me divierte, y publico estos escritos, enviándolos por WA algunos amigos, con lo que supero la sensación, siempre frustrante para el escritor, de que sólo escribo para mí mismo.

No obstante, en relación con estos escritos que he venido en llamar “Reflexiones Heteróclitas”, quiero hacer algunas consideraciones, que creo pueden ser útiles, y lo hago en un día fuera de la programación de publicaciones que he fijado en lunes, miércoles y viernes.


 PRIMERO:

No pretendo sentar cátedra en relación con ninguno de los temas a los que me refiero, y desde luego no pretendo tener razón indiscutible en mis reflexiones o mis argumentos.

Tan sólo deseo expresar en ellas mis opiniones, que entiendo que muchas veces son, al menos, discutibes.

 

SEGUNDO:

Si alguno de mis lectores considera que estoy equivocado, me gustaría que me lo hiciese saber, pues como decía Aristóteles

“Me gusta que me corrijan para aprender y no para hacerme daño”

       Mientras que Patón consideraba que

“La Verdad sólo se alcanza mediante el diálogo y la confrontación de opiniones”

 

TERCERO:

El único objetivo de estos breves escritos es el de conseguir en el lector una sonrisa, una reflexión, una crítica o desacuredo, o una alteración de su ánimo cotidiano, y si lo consigo, aunque sea levemente, habré triunfado.

Y al final, estos pequeños escritos no responden sino a la reflexión de Nietzsche:

“Divertirse con pequeños pensamientos maliciosos le ahorra a la gente muchas grandes malas acciones

 

CUARTO:

Algunos lectores me han pedido permiso para compartir alguna de mis reflexiones con terceras personas.

No hace falta mi permiso para ello.

Podéis compartir mis reflexiones cuando y con quien queráis.

 

QUINTO:

Si cualquiera de mis lectores tiene a alguien que pueda estar interesado en recibir mis reflexiones, puede facilitarme su nombre y tfno. de WA para incorporarlo a la lista de distribución.

 

SEXTO:

De igual modo, si alguno de mis actuales receptores quiere dejar de recibir esas reflexiones, basta con que me envíe un WA para darle de baja.

 

SEPTIMO:

      Finalmente os quiero agradecer que me permitáis avasallar vuestra intimidad al enviaros estas “Reflexioes Heteróclitas”

Y como este escrito no es una reflexión, no os acompaño música nI Copyright, solo mí nombre.


JESÚS FERNANDEZ-MIRANDA Y LOZANA

miércoles, 1 de enero de 2025

SALUDO AL 2025



    Quiero dedicar estas primeras reflexiones del año 2025 que comienza, a desearos, siguiendo una tradición secular, un prospero año nuevo.

    Comprendo que para la mayoría de nosotros, el cambio de año no tenga ninguna trascendencia, pues tras unos breves días de descanso, en el mejor de los casos, continuaremos con nuestras rutinas, nuestras obligaciones, nuestras devociones, nuestros empeños, que no habrán variado apenas un ápice por el cambio de año en el calendario.

    Pero en todo caso hemos de felicitarnos mutuamente por sobrevivir a otro cambio de ciclo solar en nuestra efímera existencia.

    Hace algunos días, en una deliciosa cena con unos amigos, comentábamos la fugacidad del tiempo, pues todos percibíamos que pasaba cada vez más deprisa.

    Uno de los comensales nos hizo una interesante explicación matemática del efecto de aceleración del paso del tiempo, que más o menos se resumía en el siguiente argumento.

    Cuando las personas empiezan a tomar conciencia reflexiva de su propia existencia, en torno a los diez años de edad, el transcurso de un año representa, aproximadamente, un 10% de la vida vivida.

    En la juventud de los 20 años un año de nuestra vida representaría un 5% de la misma.

    Mediada la edad, en torno a los 50 años, un año de nuestra vida representa ya tan solo un 2% de los años vividos.    

    Llegados a la vejez, en torno a los 75 u 80 años, un año equivale ya a un 1,29 % de la vida vivida, y así sucesivamente.

    Ello implica, en la práctica, que el año trascurrido sobre el que reflexione un niño de diez años equivaldrá a un período de tiempo de cinco años para un hombre de 50, o a la inversa, que si un hombre de 50 años recapacita sobre su último año vivido, en la mente de un niño de diez años esa reflexión equivaldría a analizar el 2% de su vida, es decir, los últimos dos meses y medio.

    Afortunadamente el hombre, enfrascado en su quehacer cotidiano, dedica poco tiempo a estas reflexiones, pues en caso contrario la depresión sería inmensa.

    Y no penséis que estoy atacado por una bruma de tristeza, lo que ocurre es que cuando intentas sondear en el alma humana y sus paradigmas ―y el transcurso de nuestro tiempo es paradigma insondable― normalmente encuentras que el empeño es inútil, y ya lo decía Ortega:

Los empeños inútiles tan solo conducen a la melacolía


    Cuando Chateaubriand logró acumular unos pequeños ahorros, adquirió, en 1807, la mansión de la “Vallè aux loups” cerca de París, en cuyo amplio parque mandó construirse un estudio retirado, una deliciosa torre de inspiración italiana, a la que llamó la “Tour Velleda”, en honor de la sacerdotisa gala protagonista de su obra “Los Mártires”.


Aquí comenzaría a escribir sus “Memorias de Ultratumba” su bellísimamente biografía, en la que trabajó durante más de cuarenta años, y en la que rememora, en numerosas ocasiones, la fugacidad de la vida.

   Entre los numerosos pasajes de esa obra referidos a la cuestión de la fugacidad de la vida me parecen fascinante los siguientes:

Castelnau escribió una parte de su vida en Londres. Al final del libro VII le dice a su hijo “Trataré de este hecho en el libro octavo” y el libro VIII de las memorias de Castelnau no existe: lo que es un aviso de que ha de aprovecharse la vida.”

Recordaba los versos que le escribía entonces a dos jóvenes ladyes que se habían hecho viejas a la sombra de las torres de Westminster; torres que volvía a encontrar erguidas como las había dejado mientras que al pie de ellas habían quedado enterradas las ilusiones y las horas de su juventud.”


"Una vez conocí a un tal Monsieur Damaza de Raymond que tenía en su biblioteca una calavera junto a sus bibelots. Algún tiempo después perdió la vida en un duelo y su encantador rostro fue a reunirse con la cara horrorosa que parecía llamarle."

    En cualquier caso la consecuencia inmediata de la reflexión a cerca de esa fugacidad de la vida se concreta en la idea clásica del “Carpe Diem” de Horacio:

"dum loquimur, fugerit invida aetas  
carpe diem, quam minimum credula postero

Mientras hablamos, huye el envidioso tiempo.
Aprovecha el día, y no confíes lo más mínimo en el mañana."

O en las aseveraciones de Cátulo:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemos…
soles occidere et redire possunt;
nobis, cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos…
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera luz, tendremos que dormir una noche eterna.

    Es decir, la fugacidad de nuestras vidas nos inclina hacia la idea de que debemos aprovechar el momento presente, exprimir nuestras vivencias contemporáneas, pues el pasado ya no existe y el futuro es una mera incógnita, pues como dijera el propio Chateaubriand:

Solo el minuto presente nos pertenece, el siguiente es ya de Dios, y solo Él sabe si nos dejará vivirlo.”

    Mientras evocaba a los clásicos, y rememoraba la “Tour Velleda” de Chateaubriand, me fascinaba contemplando el atardecer sobre los “Picos de Europa” que se yerguen majestuosamente nevados, a la luz del crepúsculo, sobre las cercanas colinas costeras que divisaba desde mi perdida casa asturiana.

    Montes que, a la postre, son testigos impasibles del paso del tiempo humano, pues si en épocas pretéritas acogieron a los “cromañones” que se refugiaron en las cuevas costeras de la rasa riosellana, o dieron refugio a Pelayo y sus mesnadas, ahora me deleitaban con su contemplación sosegada, pues su formación, hace más de un millón y medio de años, hace que fuesen viejos gigantes, pese a su juventud geológica, cuando el “Homo Sapiens Sapiens” comenzó a pasearse por la tierra hace treinta y cinco mil años.

    Desde una perspectiva cosmológica no dejamos de ser un acontecimiento reciente y fugaz, pues la vida humana comenzó a pasearse por nuestro mundo hace treinta y cinco mil años, mientras que, calculada desde su instante inicial, el “Big Bang”, la edad del universo es de casi 14 mil millones de años.

    Nuestra vida, pues, desde esa perspectiva cosmológica, siendo generosos en nuestras máximas aspiraciones de senectud, no dejará de ser un ínfimo suspiro, un chispazo de energía y materia, que se unen y descomponen en el complejo existir de las galaxias.

    Como para ser muy exigentes con nosotros mismos…

    Hace algún tiempo un buen amigo mío me confesaba sus desvelos íntimos ante la pretensión de ser feliz, de alcanzar, al menos, la sensación de acariciar la felicidad propia con las yemas de sus dedos.

    Le recité tan solo una frase de Nietzsche:

El ser humano no aspira a la felicidad. Solo los ingleses hacen eso”

    Para tratar de convencerle de la inutilidad de su empeño.

    El secreto de la vida, al fin y al cabo, no está tanto en ser feliz, como en saber mantenerse en relación con todas y las mismas cosas, en permanente estado simultaneo de amor y burla de deseo y desprecio, de pasión y frialdad, de ansia y de pereza, de esperanza en Dios misericordioso.

    De tal modo que con nuestra mera existencia, así equilibrada, seamos capaces de hacer felices a quienes nos rodeen y ello permita mitigar nuestra propia infelicidad, al punto de considerarnos casi felices también nosotros mismos.

    Aunque las más de las veces seamos incapaces de lograr nuestro objetivo y las ramas nos impidan ver el bosque.

    Ya lo decía Homero por boca de Ulises:

“El viaje navegando hacia la felicidad es ya la felicidad en si misma

    Aunque otros como Epicuro, no admitan estorbo u ocupación alguna que pueda alterar la plenitud de la felicidad, de tal modo que esta solo es posible en cuanto que el alma se aleje de cualquier preocupación u ocupación, y alcance un estado de ininterrumpido sosiego.

    Me temo no obstante que el sabio griego confundiese la felicidad con el aburrimiento. Lo cual es bastante probable en alguien que, según cuenta el poeta Hermipio, esperó su inminente muerte sumergido en una bañera de bronce con agua caliente para mitigar los dolores que le asediaban, bebiendo vino y charlando con sus discípulos, cuando ante la inminencia de la muerte estoy seguro que a todos se nos ocurrirían infinidad de cosas más interesantes que hacer que una tertulia.

    En cualquier caso, apagadas ya las luces de crepúsculo, y oculta la naturaleza por la falta de luz de la noche, que de todo ya se enseñorea, os reitero mi felicitación y buenos deseos para el año que comienza.

    Espero que a lo largo del nuevo año encontréis y disfrutéis todos esos momentos deliciosos que suceden cada día y que hacen que la vida sea una experiencia apasionante por si sola.

    Y como siempre, siguiendo mi costumbre, quiero concluir esta "Reflexión Heteróclita" con una nueva pieza musical, hoy el Allegro moderatto para trompeta, del concierto en Do de Mozart, interpretado por Manuel Blanco y Josep Pons con la Orquesta Nacional de España dirigida por Eriko Takezawa


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