martes, 6 de octubre de 2015

TARDES DE OTOÑO



                                                              Imogen y Postumo por John Bacon

Como casi siempre, mis tardes de principios de otoño se llenan de melancolía como las calles se llenan de hojas caídas.

Dicen que los hombres movemos nuestros sentimientos al albur de lo que nos inspira la naturaleza, los “biorritmos” lo llaman, y no sé si será eso lo que me induce a la melancolía, o un exceso de inclinación atrabiliaria de mi alma bajo la suave seda de mis meninges.

Cuentan que Lord Tennyson, el gran poeta inglés, falleció en Aldworth en la noche del 6 de octubre de 1892, a la edad de 81 años “con el esplendor de la luna llena cayendo sobre él, y su mano asiendo el libro “Cimbelino” de Shakespeare” que  fue depositado en su ataúd, enterrado públicamente y con gran solemnidad en la abadía de Westminster. ─En descripción recogida en su Biografía escrita por su hijo Hallam─

Su propia muerte a la luz de la luna parece anunciada por él mismo Tennyson en uno de sus poemas

Cuando la luz de la luna cae sobre mi lecho,
Sé que en tu lugar de descanso,
Desde las amplias aguas del oeste,
Llega una gloria trepando los muros:
El mármol brillante aparece en la oscuridad,
Arrastrándose lentamente sobre la plateada llama
Que recorre las letras de tu nombre,
Y el número de tus años.
La mística gloria nada en la distancia;
Fuera de mi lecho la luz de la luna muere;
Y cerrando los párpados de agotados ojos,
Duermo hasta que se diluya el crepúsculo:

Y entonces sé que la niebla ha cubierto
Con su lúcido velo todas las costas,
Y en una iglesia oscura como un fantasma
El destello de tu lápida reposa hasta el alba.


La obra “Cimbelino” es un drama escrito durante la madurez del autor de Stratford-upon-Avon y en ella se encuentra una de las más bellas declaraciones de amor jamás escritas por el poeta; la que Póstumo, tras su destierro, dedica a su mujer Imogen al descubrirla viva:

“Cuelga aquí de mí, como un futo, alma de mi vida, hasta que el árbol muera”

Y esta relación entre el profundo amor y la conciencia de finitud de la vida ─…hasta que el árbol muera…─ es una constante en Shakespeare.

Esta sensación de finitud, de transitoriedad de la vida es espléndidamente definida por Shakespeare en su obra dramática “La Tempestad”  donde su personaje Próspero nos la describe, también, con muy bellas palabras:


“Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, como dije, eran sólo espíritus y se han fundido en el aire, en la levedad del aire; y al igual que la efímera obra de esta visión, las altas torres que las nubes tocan, los palacios espléndidos, los templos solemnes, el inmenso globo, y todo lo que en él habita, se disolverá; y, tal como ocurre en esta vana ficción, desaparecerán sin dejar humo ni estela. Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra pequeña vida cerrará su círculo con otro sueño.”




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