viernes, 9 de abril de 2010

NUESTROS ANCIANOS




Los datos recientemente hechos públicos por el Instituto Nacional de Estadística en relación con la esperanza de vida de los españoles son aterradores, y no porque vivir más no sea una bendición del cielo, siempre y cuando sea “vivir” que no “vegetar”, sino por los devastadores efectos económicos que ese alargamiento acabará teniendo para nuestra Sociedad del llamado “Bienestar”.
La primera advertencia del estudio viene a decir que la esperanza de vida de los españoles al nacimiento se sitúa ya en 84 años en el caso de las mujeres, y casi 78 para los hombres.
Pero lo más preocupante de la información que proporciona el INE —al menos en términos económicos— se refiere a la esperanza de vida de los españoles a partir del momento que cumplen los 65 años.
La importancia del dato radica en el coste que para la Sociedad representa la vida de un ciudadano a partir de su edad de jubilación, y no solo en forma de pensiones, sino que además, a partir de esa edad, comienzan a operar de forma abundante otras prestaciones sociales cuyo coste se dispara, como los costes sanitarios o de dependencia, y determinadas bonificaciones o exenciones que se aplican en determinados servicios públicos como el transporte, el uso de instalaciones deportivas o culturales, etc…
Pues bien, dicho lo anterior y según los datos del INE, si una mujer cumple 65 años, lo probable es que viva 21,65 años más, hasta los 86,65 años. Y si es hombre, su esperanza de vida respecto a la edad de jubilación se sitúa en 17,68 años, hasta los 82,68 años. Eso quiere decir que la esperanza de vida entre los pensionistas ha crecido en dos años desde 1991.
La cifra puede parecer pequeña, pero para comprender mejor su importancia económica hay que tener en cuenta que la nómina mensual de pensiones asciende a 6.517 millones de euros. O lo que es lo mismo, dos años de pensiones (sin incluir las pagas extraordinarias) suponen el abono de 156.408 millones de euros; es decir, alrededor del 15% del PIB.
La información del INE no acaba ahí. El aumento de la esperanza de vida provocará un aumento del número de nonagenarios sin parangón en Europa. Y es que, según Estadística, si un hombre llega a los 85 años, lo más probable es que viva hasta los 90,74 años, mientras que en el caso de las mujeres su esperanza de vida es mayor: hasta los 91,66 años. Pero si alcanza los 95 años, es muy probable que viva hasta los 98,07 años, o 98,12 años en el caso de las mujeres.
Otros datos oficiales confirman la longevidad de los españoles. Las estimaciones del INE calculan que en estos momentos hay en España 7.283 ciudadanos con cien años o más. Y de ellos, 5.439 son mujeres, cuya esperanza de vida ha ido convergiendo en los últimos años con la de los hombres. Se ha pasado, en concreto, de 7,22 años de diferencia en 1996 a 6,34 años en 2007, último ejercicio con cifras definitivas.
Para hacerse una idea de lo que avanza la esperanza de vida en España hay que tener en cuenta que en 1901 se situaba en 34,76 años, con escasa diferencia -apenas 1,85 años- entre hombres y mujeres. Medio siglo más tarde, la esperanza de vida creció hasta los 62,10 años, y desde entonces ha aumentado hasta los 80,94 años. Esto quiere decir que en poco más de cien años se ha multiplicado por 2,3 veces.
Ante esta realidad del envejecimiento preocupante de nuestra población el progresismo dogmático intolerante de la izquierda radical establece soluciones arbitrarias y unilaterales como la ley del aborto, que efectivamente a demás de consagrar como “legitimo” el asesinato de los no nacidos, no va a contribuir en manera alguna al rejuvenecimiento de nuestra población, sin todo lo contrario.
Mientras tanto “El País” publica —no sin cierta sorna— una noticia que habría de hacernos pensar en el drama de nuestros ancianos desatendidos, mientras que el estado no aporte los medios económicos que reclama la puesta en funcionamiento de la bienintencionada pero, al día de hoy, inútil “Ley de Dependencia”.
Esa noticia dice:

“El pasado 25 de enero el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó una orden, de 22 de diciembre de 2009, por la que se procedía a la inscripción en el Registro de Fundaciones del Ministerio de Sanidad y Política Social de una fundación llamada Marquesa de Balboa Ancianos Solitarios Venidos a Menos. Sin embargo, de la lectura de lo publicado en el BOE, no es el nombre de la fundación lo más llamativo, sino sus fines.
Así, se lee: "Los fines de la Fundación consisten en: «atender y cuidar a pobres vergonzantes y ancianos solitarios venidos a menos, que vivan solos o en condiciones precarias, con su familia o con personas a quienes también estorban, o en residencias que tienen deficientes condiciones de higiene y en donde, además les traten mal, atendiendo primero a las mujeres, y preferentemente a las que tuvieron una buena posición, con preferencia a las personas de la condición social que tuvo la extinta Excma. Sra. Marquesa de Balboa, que necesitan ayuda y no se atreven a solicitarla o no lo consiguen»".
El Patronato de la Fundación está constituido por Leticia de Borbón de Rojas, Condesa de Torrellano, en calidad de presidenta; la vicepresidenta es Oliva de Borbón y Rueda, Marquesa de Villamantilla de Perales; la secretaria, Cristina de Figueroa Borbón; y la vocal, Beatriz Bullón de Mendoza Gómez de Valugera.
La fundación se constituyó en noviembre de 2009 en Madrid según lo dispuesto en su testamento por Isabel de Borbón y Esteban de León, Marquesa de Balboa. La dotación inicial de la organización es de 601.012, 10 euros aportados por la fundadora, Isabel de Borbón, y depositados en una entidad bancaria a nombre de la Fundación Marquesa de Balboa Ancianos Solitarios Venidos a Menos.”

En definitiva una muestra más de la reacción de la sociedad civil ante la inoperancia de las instituciones públicas, y que responde a la iniciativa de la que encontramos numerosos ejemplos en el pasado.

Así, allá por finales del s XIX y principios del XX Luis Felipe de Orleáns, a la sazón Rey de Francia en el periodo 1830-1848, y propietario del Chateau de Amboise, mandó habilitar parte de sus pisos superiores para que en ellos pudiesen acomodarse damas de la nobleza que por consecuencia de los avatares de la Revolución y el Bonapartismo hubieran perdido hacienda y medios de subsistencia y tuviesen el suficiente pundonor para no permitirse suplicar limosna.

Lo mismo hizo Celeste Buisson, que sería esposa de Chateaubriand desde 1792 hasta su muerte en 1847, fundando en 1819 “L’Infirmerie Marie-Thérèse” asilo para sacerdotes ancianos y damas nobles, al que dio nombre en honor a su íntima amiga Maria Teresa, hermana de Louis Henri de Bourbon-Condé, Duque de d’Enghien, fusilado injustamente por Bonaparte, hijo del Príncipe de Condé, Louis Henri II y de Louise Marie Thèrése Bathilde, hermana a su vez de Felipe Igualdad, Duque d’Orleáns y padre del Rey Luis Felipe de Orleáns antes mencionado.

Claro que aquellos eran otros tiempos en donde la autoestima, el honor y la dignidad hacían perfectamente comprensible la figura del “pobre vergonzante” que no es sino un pobre que no lo era, un hombre venido amenos, arruinado por mor de los avatares de la vida y que se avergüenza de serlo en su dignidad herida pero incólume.

Y, claro está, esa figura choca con las concepciones de nuestros tiempos, de nuestra sociedad impregnada de las ideas del “progresismo dogmático intolerante” de la izquierda radical de nuestros gobernantes, “justos” que se creen omnipotentes y que desde el poder tratan, dictatorialmente, de evitar el mal, de impedirlo a toda costa, de imponer a la Sociedad “su” concepto del “bien”, pero desde equivocadas posiciones meramente igualitaristas, absolutamente ineficaces y plenamente displicentes con la sagrada libertad humana.

Como ya nos dijo NIetzche:

"La espiritualidad elevada e independiente, la voluntad de estar solo, la razón, son ya sentidas como peligro; todo lo que eleva al individuo por encima del rebaño e infunde temor al prójimo, es calificado, a partir de este momento, de malvado; los sentimientos equitativos, modestos, sumisos, igualitaristas, la mediocridad de los apetitos alcanzan ahora renombre y honores morales."

Y claramente meridiano está, también, que ese problema que representan para el futuro nuestros “viejos” me temo que sea camino abonado para profundizar en la práctica aberrante de las “sedaciones terminales” allanando el camino hacia la eutanasia, con olvido personal de nuestros gobernantes de que la vejez no es sino el destino al que casi todos —ellos incluidos— nos dirigimos, realidad que se desprende de la anécdota que creo haber contado ya alguna vez:

Caminaba un anciano por la calle con su paso cansino, ayudado por su bastón, cuando un mozalbete que andaba apresurado le exclamó “Apártate viejo que llevo prisa”, a lo que el impasible anciano contestó: “¿Viejo?, Ya llegarás tu a ello si el diablo no te lleva antes”.

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