miércoles, 24 de enero de 2007

DE XANAS Y CASTAÑAS


Desde que comencé a escribir estos artículos que os mando habitualmente a vuestras direcciones de correo electrónico, pienso que, a veces, he abandonado los aspectos más intimistas de mi escritura en aras a una pretendida dedicación a aspectos más intelectuales, más enjundiosos.
Pienso, por ello, que he perdido, en gran medida, la frescura de mi forma de escribir, la cercanía de mis reflexiones más personales, la inspiración como fuente y origen de mis escritos.

Tal vez mis lectores hayan salido ganando, pero pienso que yo he salido perdiendo.
Echo de menos los paseos por mis emociones, por mis sentimientos, por mis afanes, por mis conflictos, por mis contradicciones.

Y por esto aquí me tenéis, reflexionando a cerca de la forma en que os escribo y de la forma en que echo “algo” de menos en mis líneas escritas.

Tal vez sea hora de dedicarme un poco más a reflexionar y menos a escribir, pero como ello, de momento, no me es posible, encadenado a mi vida cotidiana y urbanita, aquí os va otro relato.

Cuenta la leyenda celta, enrizada profundamente en la cultura de mi tierra asturiana, que los paseantes que se acercan en la noche de San Juan a las fuentes corren el riesgo de ser atraídos por bellas jóvenes rubias desnudas ---aunque otros que afirman haberlas visto las describen envueltas en túnicas blancas--- que se afanan en tejer una madeja de hilo de oro sentadas en las rocas cercanas al manantial, son las ninfas astures de las aguas, las “Xanas”.
Según la mitología asturiana las Xanas tienen dos comportamientos peculiares:

1.- Se empeñan en cambiar a sus hijos, los “xaninos”, por los hijos recién nacidos de las mujeres que se acercan a los ríos a lavar la ropa, aprovechando el descuido de estas, enfrascadas en sus menesteres.
Al parecer lo hacen porque los “xaninos” son criaturas débiles y enfermizas, cuya vida se extingue inexorablemente y en breve tiempo, pero nada consiguen con el cambio, pues al llevarse a los niños raptados al fondo de las cuevas en que habitan, aquellos también mueren, alejados de la luz del sol, del aire fresco y del contacto humano.
Aunque también hay quien dice que la razón del cambio no es otra que la de conseguir que sus hijos sean bautizados, con lo que quedarían desencantados.

2.- La noche del 24 de junio, la noche de San Juan, a la que el cristianismo trasladó la celebración del solsticio de verano que ocurre entre el 21 y el 22 del mismo mes, las Xanas burlan la vigilancia de las “cuélebres” o dragones que las vigilan ---aunque otros afirman que ellas mismas son el propio dragón, pues esa dualidad es parte de su encantamiento--- y se hacen visibles a cualquier hombre que se acerque a las fuentes o manantiales en cuyas riberas habitan, prometiéndoles contraer matrimonio con ellos y ofreciéndoles grandes tesoros si son capaces de desencantarlas, lo que se lograría deshilando, sin romper el hilo, la madeja de oro que sostienen en su mano, hazaña que hasta la fecha nadie ha sido capaz de conseguir y fracaso que es penado con la muerte del osado que lo hubiera intentado, que es arrastrado por el cuélebre, ya sea Xana defraudada que se transmuta o guardián alertado, a las profundidades de la tierra.

Debo aquí hacer mención a una singularidad que presenta la celebración del festividad del Bautista en esta fecha mágica, pues se conmemora el día de su nacimiento, lo cual es excepcional, ya que lo normal en el cristianismo es celebrar la festividad de los Santos en el día de su muerte, lo que otorga a este día una cualidad especial que le acerca aún más a sus componentes mágicos.

Pero volviendo a las Xanas, debemos anotar que, al igual que todas las figuras mitológicas, las Xanas no son otra cosa que la personificación de un afán humano, en este caso el de conseguir riquezas sin esfuerzo, pero no se limitan a ser ninfas de las aguas, sino que son engendradoras de linajes antiguos.

Tirso de Avilés (1517-1599), en su obra “Armas y linajes de Asturias y antigüedades del Principado” cuenta que las xanas son forjadoras de linajes de naturaleza mágica, como el apellido asturiano de los Miranda.

Así nos relata cómo el fundador de la casa de Miranda casó con "una doncella encantada, en demasía hermosa, y que en ciertos días del año se tornaba en sierpe, en la cual tuvo un hijo y una hija, y al cabo de algún tiempo supo él cómo se tornaba sierpe, y aguardola y viola en esa tesitura y ella por entender que él la había visto en aquella figura, tomó los hijos debajo de los brazos y huyó y pasando un río acaeció que se le cayó la hija, que el padre recuperó y de la cual vienen los del linaje de Miranda".

Así que ya veis como mi linaje de los Miranda asturianos está íntimamente ligado a las sierpes, cuelebres o dragones, y no solamente por la leyenda de su origen, sino también por la de sus armas.

Efectivamente, el escudo del linaje de Miranda presenta en orla dos dragones o sierpes entrelazadas, que envuelven a cinco doncellas colocadas en aspa tapadas con una venera de oro.
El origen de estas armas de Miranda, se encuentra en la historia, iniciada con el Rey Mauregato, del tributo de las cien doncellas, que se entregaban a los moros para mantener la paz en los territorios cristianos.

Dice la leyenda que en las estribaciones entre León y Asturias y en el entorno de las postrimerías del s.VIII, un caballero llamado Alvar Fernández de Miranda que volvía a sus tierras después de una peregrinación en romería a Compostela para honrar al Santo Apostol, viendo como unos moros, representados por los dragones, afrentaban y llevaban cinco doncellas capturadas en pago del malhadado tributo, no pudiéndolo permitir entró en combate con aquellos, las liberó y las devolvió a sus respectivas aldeas.

A continuación y en unión de otros caballeros del reino solicitó al Rey Ramiro que aboliese el tributo aceptado por su antecesor, lo cual hizo el Rey, provocando la ira de los moros que vinieron contra él intentando restaurar el tributo, lo cual no lograron, pues fueron vencidos en la batalla que tales sucesos ocasionó, y que no fue otra que la de Clavijo, en la que el mismo apóstol Santiago ayudó a los cristianos a lograr su victoria.
Pues resulta que doce siglos después de aquellos sucedidos me voy a tener que ver obligado a renunciar a mis leyendas familiares en aras a una mal entendida “corrección política” y para contribuir al éxito de la tan cacareada “alianza de civilizaciones”.
Así que a partir de ahora ni moros, ni dragones, ni doncellas, ni Santiago Mata Moros, ni Santiago y Cierra España, pues es nuestra obligación ser “justos” y “benéficos”, como ya reclamase la Pepa, y andemos todos juntos por la senda de la confraternización, no sea que Moratinos nos regañe por no atender a los dictados del Gobierno en la materia, como ya hiciera con el empresario judío Hachuel, tras recriminar este a nuestros gobernantes por sus actitudes sino antijudías, si al menos propalestinas.

Aunque la verdad es que no me resigno ---les pese o no a los descendientes de Ismael, al propio Moratinos y a su jefe Rodríguez--- y no solo pienso seguir entregándome con denuedo a denunciar los peligros que el Islam y la condescendencia con él representan para nuestra identidad cultural ---tal vez por herencia genética de los impulsos de mi ancestro Alvar contra las malas prácticas de los moros consentidas por Mauregato--- sino que desde hace algunas semanas paseo por cada fuente que conozco, por cada manantial que me indican, y trato de recorrer hacia su origen cada regato de agua que encuentro en los bosques que transito, tratando de adivinar donde pueda encontrarme con las Xanas este próximo verano.

Sin embargo temo que en mi empeño me anden distrayendo los “Busgosos”, duendecillos burlones de los bosques asturianos, siempre empeñados en despistar a quienes penetran en sus selvas, pues cada vez que me adentro entre sus sombras no acierto a recorrer los caminos otrora andados, todos los recodos del bosque me perecen nuevos y no acierto a dar dos veces con los riachuelos o fuentes visitados, por mucho que lo intente.

Sin embargo he de reconocer que no lo lamento, pues en otoño el bosque siempre nos premia con el hallazgo de algún “ablanu” cargado de sus frutos, aún escondidos en sus “garapiellos”, y los castaños dejan caer sus “oricios” en los que palpitan, ya maduras, las castañas, hoy despreciadas por los nietos de quienes las cuidasen antaño como parte esencial de su dieta.
Si a nuestros bisabuelos les dijésemos que el 80 por ciento de las castañas producidas se pudren anualmente en el suelo de los bosques asturianos, no lo creerían.

Llegó a ser tan importante este fruto en el sustento de las gentes que dio lugar a instituciones curiosas, como el “derecho de poznera”, que permitía la plantación y usufructo de los castaños en terrenos comunales, permaneciendo el terreno común, mientras que el árbol, su madera y sus frutos pertenecían a quien los había plantado. Estos árboles se denominaban “entrepolaos”, se marcaban con las iniciales del dueño en la corteza y eran registrados ante notario para evitar toda duda.

Pero el maíz y la patata primero ---llegadas de América, nutritivas y fáciles de cultivar--- y la vida ciudadana después, unidas a la dureza del “pañau” o recolección de este fruto, han hecho que el “amagüestu”, o fiesta de la castaña, se haya convertido, tan solo, en una fiesta folclórica, y pocas son las casas que se afanan ya en preparar las castañas secas, o “mayucas”, para que aguanten comestibles todo el año.

O sea, que los tiempos van cambiando, y al igual que nuestra atmósfera va perdiendo su capa protectora de ozono, nuestros bosques van perdiendo sus Xanas y sus castañas, con gran regocijo de los “busgosos” que juegan con quien se atreva a hollar sus dominios, cada día más insondables y abandonados por el hombre.

En cualquier caso, si la peste de “la tinta” ---enfermedad causada por el hongo Phytophthora cinnamomino--- no acaba con nuestros bosques de castaños, lo hará sin duda el “ocalito” ---Eucalyptus globulus---, cuya expansión en los montes norteños, en detrimento de las especies autóctonas, es casi tan peligrosa como el olvido de nuestras tradiciones y nuestras leyendas.

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