sábado, 28 de diciembre de 2013

RÈCAMIER - CHATEAUBRIAND, UNA HISTORIA DE AMOR



El cuadro que abre este post, es un delicioso retrato de Juliette Rècamier, obra del pintor François Gérard, que se encuentra en el Museo Carnavalet de Paris.

Su historia es interesante.

Según se cuenta, en 1808 Juliette regaló el cuadro a su enamorado el Príncipe Augusto de Prusia, con quien se dice que había planeado casarse, lo que resultó imposible por la oposición de su marido al divorcio. El cuadro le fue devuelto a Mme Rècamier en 1848, justo antes de su muerte, con ocasión del fallecimiento del príncipe prusiano y fue adquirido por el Museo a los herederos de Juliette Rècamier en 1860.

El otro protagonista de nuestra historia es François Rène de Chateaubriand, que debió ser un muchacho tímido y retraído en su adolescencia, en la que creó una figura femenina, cuando tenía unos quince años, a la que llamó Sylphide; La mujer creada en su imaginación, era una amalgama de todas las heroínas, diosas y cortesanas de las que había leído en los libros. Obsesionado con su creación imaginaria, veía constantemente sus facciones en su mente, y oía su voz, paseaba con ella y con ella conversaba, era el ideal de mujer que François René esperaba encontrar algún día en la realidad.
Transcurridos los años el carácter mujeriego de Chateaubriand fue en aumento, llegado a ser conocido con el sobrenombre de el “L'enchanteur”,  “el gran encantador”, por su afición desmedida por la seducción de las damas; y aunque estaba casado, y era un católico fervoroso, tuvo numerosas aventuras, aunque no encontraba lo que por todos lados buscaba, su mujer ideal, su  Sylphide.
En el año de 1807 Chateaubriand compró una finca llamada “Vallée-aux-Loups”, a dos jornadas de París, y a la que se retiró a escribir, construyendo una deliciosa torre llamada la “Tour Velleda” en honor al personaje de su novela “Los Mártires”, en la que instaló su biblioteca y su estudio.
Llenó el lugar, de una extensión aproximada de 10 hectáreas,  de árboles del mundo entero, creando un bello jardín. Incluso la Emperatriz Josefina le regaló un Magnolio de flores púrpura, hoy muy frecuente en parís, pero del que en aquella época solo existía otro ejemplar en la “Malmaison”.
Allí empezó a escribir sus memorias, que acabarían siendo su obra maestra.
En 1817, sin embargo, la vida de Chateaubriand se desmoronó. Problemas financieros le obligaron a vender su Vallée-aux-Loups. Con casi cincuenta años de edad, de repente se sintió viejo y agotada su inspiración.
 Ese mismo año visitó a su amiga Madame de Staël, enferma y próxima a la muerte. Pasó varios días junto a su lecho, en compañía de la mejor amiga de la Staël, Juliette Rècamier, a quien conoció con ocasión de esa visita.
Así describe su primer encuentro:
Una mañana estaba con Madame de Staël; que me recibió mientras estaba siendo vestida por Mademoiselle Oliva, hablándome mientras jugaba con una pequeña ramita verde entre sus dedos: de repente Madame Rècamier entró con un vestido blanco, se sentó en un sofá de seda azul; Madame de Staël continuó su conversación, de una manera muy animada y hablando quedamente y con elocuencia; Apenas le respondí, mis ojos quedaron fijos en Madame Rècamier. Me pregunté si estaba viendo una imagen de ingenuidad o de  voluptuosidad. Nunca había imaginado algo igual y me desanimé más que nunca; mi admiración me provoco un gran disgusto conmigo mismo. Creo que este ángel, para reducir un poco su divinidad, para ponernos menos lejos, se amparaba en su tierna edad. Cuando soñaba con mi Syphide, yo estaba dotado de toda perfección para complacerla; cuando pensaba en Madame Rècamier disminuía mi encanto para poder atraerla: estaba claro que quería que mis sueños fuesen realidad: Madame Rècamier, a quien no volví a ver durante doce años.
 Madame Rècamier era célebre por su belleza e inteligencia. Casada con un hombre mucho mayor que ella, el banquero Lyones  Jacques Rècamier, con el que no vivía desde hacía tiempo, se dice que había roto los corazones de los más ilustres hombres de Europa, como el príncipe Metternich, el duque de Wellington o el escritor Benjamín Constant, incluso se dice que el propio Napoleón ordenó su destierro ante los rechazos sufridos de la bella cortejada, aunque se rumoreaba que, pese a sus coqueteos, seguía siendo virgen, pues en realidad, se afirmaba, era hija de su marido el banquero Rècamier, quien se habría casado con ella para ampararla y darle cobijo.


Cuando conoció a Chateaubriand, Julie de Rècamier tenía casi cuarenta años, pero mantenía la belleza y la frescura de la juventud.
Atraídos mutuamente, y apenados por el pesar de la muerte de su común amiga Madame Staël, Rècamier y Chateaubriand se hicieron amigos. Ella lo escuchaba con atención, adoptando sus estados anímicos y haciéndose eco de sus sentimientos, y él presintió que, al fin, había conocido a la mujer que personificaría a Sylphide.
Doce años más tarde Chateaubriand y Récamier se encuentran, y al año siguiente del retorno a  su amistad, Madame de Rècamier convenció a Madamme de Montmorency -cuyo esposo había comprado la  Vallée-aux-Loups- para que, con ocasión de una de sus ausencias, le permitiera invitar a Chateaubriand a que pasaran juntos una temporada en su antigua finca.
Chateaubriand aceptó encantado. No en balde en sus Memorias de Ultratumba se refiere en dos ocasiones, apasionadamente a esta propiedad:
La primera para afirmar: “Este lugar me encanta, ha remplazado para mí a mis campos paternales; Y lo he pagado con mis sueños y mi tiempo…”
Más tarde en la misma obra afirmaría: “La Valleè-aux-Loupes, de todas las cosas que he perdido, es la única que echo de menos. Está escrito que no me quedará nada
Apasionado por aquella visita, François le mostró la propiedad, explicando lo que cada pequeño tramo del terreno había significado para él, los recuerdos que el lugar le evocaba. Los árboles traídos de América, su Torre estudio, sus paseos preferidos, en fin… Chateaubriand se vio invadido por sentimientos de su juventud, sensaciones que había olvidado. Indagó más en su pasado, describiendo hechos de su infancia. En momentos, paseando con Madame Rècamier y mirando esos amables ojos, sentía un escalofrío de reconocimiento, pero no podía identificarlo del todo. Lo único que sabía era que debía volver a las memorias que había dejado de lado, "intento emplear el poco tiempo que me queda en describir mi juventud", dijo, "mientras su esencia sigue siendo palpable para mí."
Todavía hoy se discute si Madame Rècamier correspondió al amor de Chateaubriand, o tan solo mantuvo un romance espiritual.
En una tercera de ABC de 11 de mayo de 1949, Luis Calvo, con ocasión del centenario de la muerte de Julie, nos dice: Chateaubriand moría en 1848: ella en 1849 y  hasta al último momento Madame Rècamier le cuidó como una novia, alagándole,  aconsejándole, atendiendo a  todos  sus caprichos y vanidades,  avivando su celo de poeta y sus virtudes de hombre cristiano, pura y abnegada. No ha habido en la historia de las grandes pasiones insatisfechas un ejemplo tan melancólico de amor crepuscular.
Sin embargo, si ”L'Enchanteur” llevaba bien puesto su mote, su poesía, su aire de melancolía y su persistencia se impusieron finalmente, y ella sucumbiría, por primera vez en su vida. No creo que el amor entre ambos personajes fuera una pasión insatisfecha, sino por el contrario plena, aunque intermitente en el tiempo. Fueron efectivamente amantes, y como amantes, fueron inseparables, aunque esta primera fase del romance durase poco, y Rècamier y Chateaubriand dejaran de verse.
La propia madame de Rècamier explica con estas palabras porqué había caído rendida en brazos de Rene: “Los otros se ocupaban solamente de mí. Chateaubriand exige que yo me ocupe únicamente de él”, era 1829.
Pocos años más tarde, en 1832, Chateaubriand viajaba por Suiza. Una vez más, su vida había sufrido un vuelco; sólo que para entonces ya estaba viejo de verdad, en cuerpo y alma.
Se enteró de que Madame Récamier se hallaba en la zona. No la había visto en los últimos años, y corrió a la posada en que se hospedaba. Ella fue con él tan gentil como siempre; durante el día daban largos paseos juntos, y en la noche se quedaban conversando hasta muy tarde.
Un día, Chateaubriand le dijo que por fin había decidido concluir sus memorias. Y tenía una confesión que hacerle: le contó la historia de Sylphide, su imaginaria amante juvenil. Ahora, ya viejo, no sólo pensaba en ella, sino que podía ver su rostro y oír su voz. Con estos recuerdos confesó que había conocido a Syplhide en la vida real: era ella, Madame Récamier. El rostro y la voz se identificaban. Más aún, ahí estaba el mismo espíritu sereno, la cualidad inocente y virginal de su ideal.
Al leerle la oración a Sylphide, que acababa de escribir, le dijo que verla le había devuelto su juventud.
“Yo me formé a mi antojo una mujer, de todas cuantas había conocido: tenía el talle, el cabello y la sonrisa de la forastera que me oprimió contra su seno, y le di los ojos de una joven de la aldea, y la frescura de otra. Los retratos de las grandes señoras del tiempo de Francisco I, de Enrique IV y de Luis XIV, que adornaban los salones, me proporcionaron algunos otros rasgos, y había ido a hurtar virtudes hasta de los cuadros de las vírgenes colgados en las iglesias.
Esta encantadora mujer me seguía invisible á todas partes; hablaba con ella como con un ser real, y la variaba á medida de mi capricho. Aphrodita sin velo, Diana vestida de azul y rosa, Talía con su máscara risueña, y Hebé con la copa de la juventud, venia á ser frecuentemente un hada que la naturaleza había sometido a mi voluntad. A cada paso estaba retocando mi lienzo y quitaba a mi deidad una de sus gracias para reemplazarla por otra. Algunas veces cambiaba también sus formas tomándolas prestadas de todos los países, de todos los siglos, de todas las artes y de todas las religiones. Después, cuando había hecho una obra maestra, esparcía de nuevo mis dibujos y mis colores, mi mujer única se transformaba en una multitud de mujeres, en las que idolatraba por separado los encantos que había añorado en conjunto.
Pygmalion estuvo menos enamorada de su estatua; traíame, sin embargo bastante inquieto el modo de agradar a la mía. No reconociendo en mi mismo nada de lo que era preciso para ser amado, me prodigaba en todo aquello que me hacía falta. Montaba a caballo como Castor y Pólux; tocaba la lira como Apolo; Marte manejaba sus armas con menos fuerza y destreza que yo; convertíame en héroe de novela o de historia, y ¡cuántas ficticias aventuras no aglomeraba sobre estas ficciones! Los sombras de las hijas de Morven, las sultanas de Bagdad y de Granada, las castellanas de las antiguas viviendas feudales, baños, perfumes, danzas, delicias del Asia, todo me lo apropiaba por medio de una varita magnetizada.
He aquí la joven reina, que viene adornada con diamantes y flores (esta era siempre mi Sílfide); que me busca a media noche, a través de los jardines de naranjos, en las galerías de un palacio bañado por las olas del mar, situado en las embalsamadas playas de Nápoles ó de Messina, bajo un cielo de amor, que el astro de Endimión ilumina con su luz: estatua animada de Praxíteles, avanza por entre sus estatuas inmóviles, los pálidos cuadros y los frescos silenciosamente blanqueados por los rayos de la luna: el leve rumor de sus pasos sobre los mosaicos de mármol, se mezcla con el murmullo insensible de los campos. Vémonos rodeados de amaranto por todas partes. Yo me precipito a los pies de la soberana de Enna, y las sedosas ondas de su sucinta diadema vienen a acariciar mi frente cuando inclina sobre mi rostro su cabeza de diez y seis años y cuando sus manos se posan sobre mi seno palpitante de respeto y de voluptuosidad.”
Reconciliado con Madame Récamier, Chateaubriand se puso a trabajar otra vez en sus memorias, que finalmente se publicaron bajo el título de “Memorias de ultratumba”, obra maestra, sin duda, del escritor.
 Las memorias están dedicadas a Madame Récamier, de quien él siguió siendo devoto hasta el momento de su propia muerte, en 1848, a la que seguiría enseguida la de madame Rècamier en 1849, quien había seguido amando a Chateaubriand también hasta el momento de su muerte.
En una bella carta enviada por Chateaubriand a Julie estando ella en Roma, François Rene anticipa ya la permanencia de ese amor hasta su muerte, cuando le dice:
Recuerda que debemos terminar juntos nuestros días. Es un pobre presente, regalarte el resto de mi vida, pero tómalo… Mi buen ángel, sé mi guardián”.

Víctor Hugo, en sus memorias, nos relata el final de esta historia de amor:


Monsieur de  Chateaubriand, a principios de 1847, era un paralítico;  la Sra. Récamier estaba ciega. Todos los días, a las 3 en punto, Chateaubriand era llevado a la cabecera de Mme. Récamier. Era emocionante y triste. La mujer que no podía ver extendía sus manos a tientas  hacia el hombre que ya no podía sentir; sus manos se encontraban. ¡¡Alabado sea Dios!! La vida se estaba muriendo, pero el amor aún vivía.”

François René Chateaubriand fue enterrado en una tumba bajo una losa de granito, sin inscripción alguna, en el islote de Grand-Be, en su Saint-Malò natal, solo una placa de bronce cercana recuerda que en ella yace "Un gran escritor francés que ha querido reposar aquí para no oír más que el mar y el viento, paseante respeta su última voluntad"



Por su parte Madame de Rècamier reposa en el cementerio de Montmartre, entonces un pequeño pueblo de las afueras de París. En su tumba siempre hay flores depositadas por algún admirador.




Solo la muerte sería capaz de alejarles definitivamente.


Pourquoi me réveiller

Werther
Massenet




“¿Por qué me despiertas? oh viento de primavera
¿Por qué me despiertas?
En mi frente siento tus caricias
Y así muy pronto llegará el tiempo
de tormentas y tristezas!
¿Por qué me despiertas?
oh viento de primavera
Mañana en el valle vendrá el viajero,
recordando mi gloria anterior

Y sus ojos en vano buscarán mi esplendor
¡no encontraran sino luto y miseria!
Hélas! ¿Por qué me despiertas? oh viento de primavera.

3 comentarios:


  1. "No esperes poder engañarme, la amistad alimenta muchas más ilusiones que el amor, y son mucho más duraderas. La amistad se crea ídolos y los ve siempre tal como los ha creado. Vive con el corazón y el alma; la fidelidad le resulta algo natural y se acrecienta con los años y a diario descubre nuevas prendas en el objeto de su predilección.

    El amor se engaña a sí mismo; no te embriagues con él, pues la ebriedad pasa. No vive de poesía, no se alimenta de gloria, al descubrir, todos los días, que el ídolo que se creó pierde algo a sus ojos. Pronto ve los defectos y sólo el tiempo lo vuelve infiel al despojar al objeto que amó de sus encantos. El talento no devuelve lo que el tiempo borra." (F.R.Chateaubriand).

    Tal vez como producto de su intensa vida sentimental, compuesta por múltiples y efímeras relaciones sin profundidad, llegó a esta convicción, alcanzada la madurez. Lo cual no contradice, en absoluto, este post.

    Con Madame Recamier vivió, exactamente frase a frase -y de punto a punto-, las sensaciones que describe en el primer párrafo hasta que los dos, vencidos por la evidencia, reconocen en su vínculo disfrazado de amistad, el amor -cuyo broche final es la frase de Víctor Hugo-.

    La confusión entre amor y amistad reside en el empeño por encontrar a su Sylphide, en el espejismo del enamoramiento que da al trastre con la continuidad que requiere el amor; porque el amor, el verdadero, es correspondido y sereno; no teme, comprende, y asume con naturalidad la imperfección.

    Así lo creo yo.

    Precioso post, don Jesús.

    L.Valois.

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  2. Gracias Lolita, me queda una pregunta por formular, ¿fue amor transmutado en fiel amistad con la vejez o amistad transmutada en amor apasionado?

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    1. Amistad, transformada en amor que no teme, porque es correspondido; sereno, porque no teme; que comprende, porque es sereno; y que asume la imperfección, porque comprende.

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