martes, 10 de diciembre de 2013

Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOSTROS


En el versículo 14 del capítulo 1 del Evangelio según San Juan se recoge la frase que da título a este post. (Juan 1:14)
       Y me sugiere una reflexión relativa a este “misterio” de nuestra fe cristiana la época litúrgica en la que nos encontramos, que es el “Adviento”, época en la que preparamos el “advenimiento” o nacimiento de Jesús.
       Pues vayamos a ello.
¿Por qué, según explica la fe cristiana,  la salvación del hombre hubo de pasar por la encarnación del Hijo de Dios y Su sacrificio en la Cruz?

Esta es una de las cuestiones que frecuentemente me planteo en relación con mi fe cristiana y mi necesidad de someter la misma a la razón.
Cabría una explicación tal vez no muy ortodoxa, en cuanto que condiciona el principio de que Dios es Todopoderoso y Goza del don de la Ubicuidad, es decir la facultad de estar en todas partes al mismo tiempo.
Esta explicación partiría del hecho de que hay un lugar en el que Dios no está, en el que no puede estar, pese a su carácter ubicuo y todopoderoso.
Ese lugar es el infierno, pues el infierno es la pura negación de Dios, la total y absoluta falta de su presencia, pues si Dios estuviera en el Infierno, ya no sería tal.
Y partiendo de esa idea conceptualmente formal, aunque comprendo que discutible, o al menos difícilmente de aceptar, hemos de llegar a la conclusión de que si no puede estar en el Infierno no puede rescatar a las almas que están en él.
Recientemente se ha publicado en Roma bajo el título “Porqué Continuamos en la Iglesia”, una recopilación de artículos teológicos de Ratzinger antes de acceder al papado.
 
En uno de dichos artículos, precisamente llamado “El infierno es estar solo” Ratzinger nos dice:
Si existiese [después de la muerte] una suspensión de la existencia tan grave que en ese lugar [o situación] no pudiera haber ningún tú, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno
Para concluir afirmando:
 
Una cosa es cierta, hay una noche a cuyo abandono no llega ninguna voz; hay una puerta que podemos atravesar solo en soledad: la puerta de la muerte. La muerte es la soledad por antonomasia. Aquella soledad en la cual el amor no puede penetrar es el infierno. Sin embargo Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; con su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado. Allí donde no se podía escuchar ninguna voz. Allí está Él. De este modo el infierno, la muerte que antes era el infierno, ya no lo es más.
       Y ¿a cuento de que estas reflexiones? me pueden decir mis lectores, pues porque vienen a reforzar mi teoría.
       Si Jesús ha bajado a los infiernos, pues efectivamente así lo proclamamos en nuestro “Credo”:
Fue Crucificado, Muerto y sepultado. Descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos
 
Lo hizo en tanto y cuanto que Hombre [aunque “Dios Verdadero”], que con su muerte “descendió a los infiernos” para redimir al género humano, pues, ya que como Dios Padre no podría hacerlo, según antes hemos querido explicar, tuvo que hacerlo el Hijo como Hombre, tal y como nos dice Ratzinger:
Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; con Su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado [el Infierno]

 

 
        Pero aún hay más: ¿Y por qué hubo de morir en un sacrificio cruento, bajo tortura y en la terrible muerte del crucificado?
Esto para mi tiene más difícil contestación.
Sin embargo vamos a intentarlo.
Según la teología oficial, es tal el dolor que los pecados de los hombres causan a Dios, que ese sufrimiento se muestra expresamente en el suplicio y muerte del Hijo.
 
Otros teólogos afirman que el suplicio y muerte de Cristo es una prueba de la humildad de Dios frente a sus creaturas, frente al hombre, al  manifestar su amor hacia su creación aceptando un sufrimiento que, difícilmente, un hombre, salvo los santos, estaría dispuesto a aceptar por sus semejante, y que en este caso alcanza su máxima expresión al ser el Dios creador y todo poderoso quien acepta aquella humillación, dolor y tortura en su muerte, como lección de amor hacia los hombres.
“Juan 3, 16-21
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”
 

3 comentarios:

  1. Dijo su padre en la parte final de la conferencia de 1963 -en Alcoy- recogida bajo el título "Albert Camus y el testimonio de los cristianos", que "merecería la pena (...) hacer la historia de los gritos de Cristo". Escogeré uno de ellos, sin otra intención que hacer un simple comentario relacionado; lo contrario, sería un atrevimiento y un despropósito -precisamente porque no me siento capacitada para tan compleja labor-.

    "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", dijo Jesús en la cruz, disculpando a sus verdugos; como disculpó un padre al hijo pródigo frente al asombro de su hermano mayor que, como nos dice don Torcuato Fernández-Miranda, tenía la "actitud del justo" -al igual que Judas en contraposición a Pedro-; "del hombre con conciencia de justo", en la que hay "exigencia estricta, impositiva, del que considera la verdad, el bien y la justicia con facilidad de juicio, dureza con la caída del prójimo y complacencia en la propia virtud".

    Este "grito" expresa a la perfección la relatividad de la justicia en los hombres -la del hermano mayor del hijo pródigo-, que ni el propio Dios "inflige", por ser indulgente; cuestión de actualidad a causa de las recientes palabras del Papa Francisco que, comenzó la catequesis de una audiencia, bromeando: "voy a hablar del juicio final...pero no tengáis miedo, ¡eh!"; para continuar diciendo: «el amor de Jesús es más fuerte, más grande que todas las demás cosas. Pero tú debes abrirte, arrepentirte, lamentar las cosas malas que hayas hecho». Y añado yo: porque Dios te acogerá aún siendo -y más aún, reconociéndote-, pecador.

    Algo semejante dice su padre, en su ensayo, sin el carácter "parroquial" del actual Papa y referido al último grito -"todo está consumado"-: "el Dios de los cristianos es, antes que nada, un Dios humilde, un Dios que respeta profundamente la individualidad, la personalidad, la libertad de todos los seres humanos, que no ejercita el poder, sino que se inclina humildemente ante la propia actitud del hombre, en sus miserias, pero en su sagrada libertad. Y esa humildad encendida de amor es la que grita en Cristo".

    Por todo ésto, se podría decir que, el infierno -la pavorosa sombra que acecha tras la muerte-, no es lo que nos espera tras ella.

    L. Valois.

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  2. Gracias por su interesante comentario, redondea, el post, y además ha tenido Vd. la preciosa idea de hacerlo con citas a una interesante obra de mi padre.
    Insisto Gracias y enhorabuena por su acertado comentario

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  3. PILAR DIJO: Dificil, muy dificil cuestión y me gusta tu forma de indagar y razonar sobre ella. Es un buen intento de explicar la fe mediante un ejercicio intelectual. Y pienso que Dios no puede estar en el infierno porque ni el mismo Dios puede estar en su no estar, dejaría de ser ¿no? eso si que es una contradicción. Muy bien traidas las citas de Ratzinger. Menos clara la explicación de porque la redención es a través del dolor del Hijo hecho hombre. Para mi tambien es dificil no solo explicarlo sino aceptarlo, pero pienso que todo nace en el "misterio del mal" que nos supera a todos

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