sábado, 6 de mayo de 2017

HISTORIA DE DESAMOR

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Cayo Argentius Nepociano paseaba por la Casa de Campo una tarde de primavera.

Los pinos y las retamas comenzaban a despedir su característico olor balsámico como reacción al sol que los calentaba.

Los pájaros cantaban y la tranquilidad del momento le relajaba.

Tras un recodo del camino, que serpenteaba entre los pinos y las encinas, descubrió la presencia de una bella joven que leía tranquilamente, sentada en un banco, bajo una gran encina que extendía una gruesa rama sobre ella resguardándola con su sombra, con los auriculares de su MP3 colocados en sus oídos y una expresión de calma y placidez maravillosas.

Se quedó un rato, extasiado, contemplando a la bella mujer, hasta que, al cabo de un rato ella, que había percibido su presencia, pero que intencionadamente le había ignorado, le miró y le sonrió.

Aquello fue el comienzo de una bella historia de amor.

Meses más tarde, los titulares de los periódicos relataban en las páginas de sucesos:

“Un joven aparece ahorcado en una encina de la Casa de Campo”

A sus pies, sobre un banco del parque había aparecido una nota que confirmaba el suicidio del joven.

“Señor Juez:

La presente tiene por objeto imputar la causa de mi suicidio a los políticos progresistas que velan por nosotros, tanto los que nos gobiernan como los de la oposición, pues ellos son los que han dado pié a mi drama y al enorme engaño del que he sido víctima.

Yo era un hombre feliz, normal y corriente, que conocí por casualidad a quien pensé sería mi compañera de por vida y la madre de mis hijos, tal y como le ocurre al común de los mortales en algún momento determinado de su vida.

Claudia Quinta Sertoria, pues a sí se llamaba la interfecta, era una mujer bella, aunque en ocasiones me sorprendían sus reacciones poco femeninas y ciertos ademanes excesivamente vigorosos, que yo, ingenuamente, achacaba a su educación o a sus orígenes, sobre los que se negaba a hablar.

Compramos un piso de esos que las administraciones sortean para jóvenes con pocos ingresos, pues tuvimos la inmensa suerte de que me adjudicasen uno en un sorteo, así que ya ve que la vida nos sonreía. El piso, como diría la Ministra de la Vivienda no es que fuera pequeño, sino que era coqueto, una “solución habitacional” que, más o menos, satisfacía nuestras necesidades, con un único inconveniente, cuando vas al cuarto de baño has de tener cuidado de cerrar la puerta, no ya por los olores, sino porque si alguien abre la puerta de la calle te pillan in fraganti, sentado en el trono, con una visión directa desde el descansillo de la escalera.

Ya el día que fuimos al Notario, pues consideré oportuno cederle el 50% de mi piso en prueba de amor, me extrañó que su carnet de identidad fuese uno de esos tan modernos con el chip incorporado, que tan solo hacía un mes que se había anunciado que se ponían en circulación, pero ella me dijo con esa gran sonrisa que me deslumbraba, que lo había tenido que renovar hacía poco porque el anterior lo había perdido.

Planeamos nuestra boda con esmero. No queríamos una boda religiosa, sino civil, y el banquete sería reducido para un grupo de amigos solamente, porque como ella me contó sus padres habían muerto cuando era pequeña y no tenía familia.

Nuestras relaciones sexuales antes del matrimonio fueron muy conservadoras. Ella me decía que quería mantener incólume su cuerpo hasta el matrimonio, así que se limitaron a algunos besos, más o menos apasionados y algunos intentos de “tocamiento” que ella siempre frustraba.

El día de nuestra boda hubiese deseado hacer el amor con ella apasionadamente, pero después de intentarlo infructuosamente solo me dejó hacerlo con la luz apagada, sin desvestirse y por un conducto a mi juicio inapropiado, pero como siempre había escuchado a los amigos del trabajo decir que las mujeres no quieren hacerlo normalmente por ahí, pensé muy ufano que aquello no era sino una muestra más de amor de mi adorada Claudia.

No voy a entretenerle con otros detalles sórdidos de nuestra relación, que poco a poco, y en muy poco tiempo arruinaron nuestra convivencia.

El mayor de mis pesares consistía en su obstinación de no hacer el amor, pues ella se negaba a tener hijos, defraudando así mi deseo de crear una familia, siempre con la disculpa de que no quería truncar su carrera profesional, ¡¡¡ ella que era dependienta de una tienda de ultramarinos !!!.

Su terco comportamiento llegó a no tener disculpa, pues yo le insistía en que el mejor sistema para no procrear, aceptando resignadamente su dedicación al trabajo, era una visita al ginecólogo para que le recetase algún anticonceptivo, de tal modo que, al menos, recuperásemos la ilusión en nuestro matrimonio que marchitaba, haciendo el amor, cosa que me estaba vedada. A lo que ella se negó reiteradamente con igual ahínco, acrecentando así mis sospechas de infidelidad conyugal.

Pero la gota que colmó el vaso y que me ha llevado a la determinación que hoy ejecuto, ocurrió esta misma mañana.

Me sentí indispuesto en el trabajo y decidí marcharme a Casa.

Al llegar pensé que Claudia estaría despachando mortadela en su colmado, pero la horrorosa escena que contemplé en mi hogar me ha empujado irremediablemente a quitarme de en medio de este mundo, pues soy el hombre más desafortunado que por él pudiera arrastrar sus huesos.

Al entrar en Casa me encontré allí a Claudia desnuda, su espalda era enorme, nunca hasta el momento me había fijado en el detalle, de pie ante el retrete haciendo pis.

Al descubrir mi presencia, instintivamente se giró hacia mi con cara de horror y con un inmenso pene entre sus manos que continuaba orinando.

Salí corriendo sin atender a sus gritos y sus súplicas de que volviera, que seguí oyendo mientras bajaba precipitadamente las escaleras.

Al llegar a la calle no supe que hacer. Me alejé del barrio tan rápido como pude y me encontré, de repente y sin pensarlo, ante el banco en el que la había visto por primera vez en mi vida, y que estoy decidido a que sea la ultima visión de mi existencia.”

Según relata una pareja de ciclistas, que descubrieron el cuerpo inherte de Cayo colgando de una rama de una gran encina de la Casa de Campo, antes de llegar hasta ella escucharon un gran crujir de ramas, precedido de una desesperada exclamación vociferante que decía:

“Me cago en la madre que parió la Ley LGTB”