martes, 19 de diciembre de 2006

EUROVISION

El grupo finés “Lordi” Ganador de Eurovisión 2006


Ver, en compañía de la familia, el festival de Eurovisión, sigue siendo una de las viejas tradiciones, algo cutre porque no decirlo, pero entrañable, que se mantienen en los hogares españoles.


La técnica de votación ha cambiado sustancialmente con el tiempo, pero aún se nos deleita, por los corresponsales de los países miembros, con el consabido “France one point, France un point, England two points, Royaume Uni deux points, Russia five points La Rusie cinq points, Spain six points, L’Espagne six points…” Que se repite, una y otra vez, hasta el final del escrutinio.


Este año mi favorita era una preciosa y triste balada de Bosnia-Herzegovina llamada “Lajla” y cantada por el servio Hari Varesanovick; sin embargo los ganadores fueron una banda de rock duro disfrazada de demonios sin gracia alguna, cuya fotografía promocional reproduzco.


La estética contemporánea occidental es, cuando menos, peculiar. Lo feo gusta, tiene éxito, y no entiendo por qué.


Este amor por la fealdad me intriga, no llego a comprenderlo.


A veces pienso que es un mero intento “postmoderno” de ruptura con nuestras tradiciones eclécticas de búsqueda de la belleza y el placer conforme a los cánones clásicos, es decir dentro del orden y el equilibrio.


Concepto tradicional–clásico de lo bello y lo feo que conecta con las tradiciones de nuestra moral cristiana europeo occidental, más o menos puritana, más o menos latina.


El filósofo cristiano Kierkegaard dice que:
"La fealdad es una forma de comunicación que nos ayuda a recuperar la realidad del aquí y del ahora, a valorar lo bello y el bien"
pero no creo que el amor de la gente hacia lo feo tenga visos de trascendentalidad intelectual.


Pero ¿Qué es realmente lo feo?


El disípulo de Hegel, Karl Rosenkranz en su “Estética de lo feo” (1853) consideraba que la belleza es un concepto puramente “convencional”.
Lo bello sería, así y según este autor, lo que está de moda y, por lo tanto, fenómenos que juzgados desde el ideal clásico de belleza ---proporción y equilibrio--- se definirían como feos, cuando la moda social los reconoce como bellos terminamos aceptándolos como tales.
El cualquier caso la consecuencia de ese carácter convencional y temporal de los cánones de belleza-fealdad es que lo bello solo es bello, y lo feo sólo es feo, de manera temporal, porque puede volverse bello o feo en cualquier momento en atención a los criterios de la moda.


En la misma línea se manifiesta Adolfo Beltrán en su obra “Valencia Fea” en donde nos dice que:
Lo feo es un concepto evanescente, discutible, un juicio que es difícil fundamentarlo en esquemas de referencia irrebatibles, la fealdad es una categoría debatible y, además, un dictamen pronunciado siempre bajo determinadas circunstancias
para concluir afirmando que:
Lo feo, que atenta contra el equilibrio, contra lo apolíneo, contra lo estable, contra lo coherente, puede alcanzar el estatuto de lo sublime precisamente, hasta cobrar, con el paso del tiempo, una pátina de belleza. Modas que fueron espantosas las vemos después con gusto o se recuperan como si fueran hallazgos involuntariamente refinados


Pero aún así, ¿por qué los cánones de belleza-fealdad contemporáneos, admiten como bello lo deforme, lo monstruoso, lo atormentado?


Creo sinceramente que los cánones estéticos se han tergiversado en aras de una modernidad mal entendida.


No se trata tanto de apreciar la belleza en expresiones estéticas objetivamente bellas, rechazadas en el pasado más por prejuicios ético-morales, que por criterios estéticos, sino de que se aprecie como admirable no lo bello, sino lo feo reconocido como tal feo.


Como dijera Silvia Schwarzbök, en un artículo publicado en la revista electrónica “Ñ” del grupo Clarín de Buenos Aires, el 12 de marzo de 2005, bajo el título “El fracaso de lo feo”, criticando la obra de Humberto Ecco “Historia de la Belleza”:
No es un dato menor que el arte moderno haya querido ser feo él, en lugar de representar lo feo


La pregunta en cualquier caso sería:


¿Por qué al público le gusta el arte contemporáneo si efectivamente es feo?


Burke, el pensador irlandés que anticipándose a Kant en la reflexión sobre los conceptos de lo bello y lo sublime, vinculaba lo sublime a la estética del terror desde cánones neoclásicos, anticipándose a las formulaciones románticas del alemán, puede darnos parte de la clave que buscamos en su respuesta a la pregunta de cómo pueden resultarnos agradables el sufrimiento o el terror:
Porque no nos tocan demasiado de cerca”.
decía.


Sin embargo esto, en ocasiones, no es cierto, pues el arte musical propio de la música experimental de principios del s. XX, por ejemplo, llega incluso a ser doloroso, por estridente, para el auditorio y sin embargo es considerado arte y apreciado por muchos. Dentro de este movimiento “caotico” disonante y provocador podemos citar a autores como George Antheil ---que produjo música impactante para la audiencia de la época por su desprecio de las convenciones musicales--- Charles Ives ---que combinó frecuentemente música popular con múltiples o bitonales capas de música, extremas disonancias y una complejidad rítmica casi inejecutable--- o finalmente Henry Cowell ---que interpretaba sus solos de piano pulsando las cuerdas del piano, golpeando la caja, o presionando teclas con sus brazos y otros objetos con la exclusiva finalidad de provocar la disonancia y la alteración anímica de sus auditorios---


Tengo muchos amigos muy aficionados al arte contemporáneo que critican mi siempre escéptica actitud frente a las corrientes plásticas imperantes hoy en día.


Incluso alguno de ellos me ha regalado algún libro para tratar de reconducirme.


En una de estas obras magistrales que me han regalado, la “Historia del Arte” de H.C. Gombrich, se nos dice que el arte no debe analizarse desde las perspectivas de la belleza o fealdad convencionales, sino que debemos acercarnos a su valoración desde los conceptos de la “expresión” y la “representación”, más que desde el de la “contemplación placentera”.
La conclusión es que el arte no debe juzgarse como consecuencia de la aproximación estética a la belleza, sino desde la fuerza representativa o expresiva que el autor haya tratado de transmitirnos, y así se nos presenta como ejemplo de obra de arte indiscutible, pese a la fealdad intrínseca del sujeto retratado, el retrato de su madre de Durero, que refleja magistralmente la decadencia y decrepitud de la ancianidad.


Avanzando un paso más allá, es cierto que el arte que pudiéramos denominar “clásico” o “convencional” está lleno de expresiones horrorosas, como el “Saturno devorando a sus hijos” de Goya, o los seres monstruosos de las obras de El Bosco, o incluso la vieja que aparece en “Judith decapitando a Olofernes” de Caravaggio, o la expresión de pánico de Isaac en el cuadro de su sacrificio del mismo autor, obras en las que nos encontramos ante manifestaciones de lo que Kant denominaría sublime, por dramático y horroroso, pero no “feo” por contraposición a lo “bello”.


Pero el arte contemporáneo, ya figurativo o no, y desde los años 60 , ha sido presa de una corriente “intelectual” amante de lo feo, que ha penetrado insidiosamente en sus entresijos, hasta el punto que en el Puente de la Academia de Venecia, y con ocasión de la 51 Bienal, se podía contemplar una gran pancarta con la frase de Patrick Mimran, conocido por su faceta empresarial como propietario en su día de Lamborghini y hoy en día por haber llegado a convertirse en un reconocido artista multimedia y compositor:
"El arte no tiene que ser feo para parecer inteligente".


Aunque dicho sea de paso, no es este suizo tampoco uno de mis autores “admirados”, pues sin menospreciar su obra, no entra esta dentro de lo que son mis gustos plásticos algo trasnochados.
Y digo algo trasnochados porque mi espíritu no se conmueve con el arte que no busca expresar sino provocación o reivindicación de “modernidad”, y que queda circunscrito a los ámbitos cerrados de los ambientes estrictamente culturales formados por autores, críticos y galeristas, en una sublimación del dicho popular “ellos se lo guisan y ellos se lo comen”.


La verdad es que este arte no despierta en mí sino el desinterés, que me parece un concepto acertado para definir qué tipo de actitud mantengo frente a la “belleza” intrascendente y artificialmente forzada hacia lo “feo”, del arte actual.


Y que no se me diga que es que “no entiendo de arte contemporáneo” y que por eso no me gusta o no me interesa, pues como dice Kant en su “De lo Bello y lo sublime”:
No se tiene razón cuando se acusa a quien no ve el valor o la hermosura de lo que nos conmueve o encanta de no entenderlo. Tratase aquí no tanto de lo que el entendimiento comprende como de lo que el sentimiento experimenta.”


Debo ser muy contumaz en mis errores o muy poco sensible, pero lo cierto es que soy incapaz de conmoverme, de experimentar sentimiento alguno, ante la “fealdad” convencional de una obra de arte contemporánea.


Y sigo sin entender, ni poder explicar, porqué la gente adora lo feo y se estremece en sentimientos conturbados ante las manifestaciones estéticas, generalmente “feas”, del llamado arte contemporáneo.


Y ello aunque el arte contemporáneo sea un negocio estupendo y la cotización de los artistas de moda, pese a la “fealdad” intrínseca de sus obras, esté por las nubes.

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