miércoles, 16 de abril de 2014

ROMANTICISMO


Todo ideal romántico se hizo, hace tiempo, sospechoso de totalitarismo, confundiendo el ansia de superación intelectual con el hedonismo y el individualismo con la prepotencia, por no ser elemento común a los demás, por no ser colectivo, social.

Y si se habla de “élite cultural”, enseguida se sobrepone la idea del superhombre nietzscheano, cuando solo hay de común entre tales conceptos la idea de superioridad cultural, sin tener porqué aceptar ni la superación de la moral, ni abandonar la idea de trascendencia del ser humano.

O peor, se prefiere el término marxista de “Hombre Nuevo” esa utopía en la que se fundamenta el clímax de la ideología Comunista y que no sería sino:

“Un individuo superior, plenamente emancipado y desarrollado multifacéticamente en todos sus aspectos, es decir, perfeccionado espiritual, moral, física y estéticamente.”

Y ello no por vía de la libertad individual sino de la igualdad de todos, con lo que entramos en la clásica retorica “Libertad/Igualdad” que viene enfrentando a marxistas y liberales desde el siglo XIX, sin que aquel “Hombre Nuevo” se haya logrado materializar en ninguno de los ensayos del llamado “Socialismo Real”.

Incluso recientemente se ha venido en identificar “Romanticismo” con inmadurez, considerando que las características propias de este movimiento cultural filosófico son las propias de la adolescencia humana.

Sin embargo, no podemos olvidar, en una aproximación a la verdadera esencia del Romanticismo, que en su origen se trató de una reacción revolucionaria contra el racionalismo extremo nacido de la Ilustración, que lo encorsetó todo en las inamovibles reglas del empirismo y la razón.

El romanticismo, constituyó la extrema expresión de la sublimación del YO, entendido como entidad autónoma frente a la universalidad de la razón dieciochesca, que se consideraba restrictiva del propio YO y de sus capacidades individuales, como la fantasía o el sentimiento.

Se valoró así lo diferente frente a lo común, el liberalismo frente al despotismo, la originalidad frente a la tradición.

Es propio de este movimiento un gran aprecio de lo personal, un subjetivismo e individualismo absoluto, un culto al YO fundamental.

Es precisamente esa afirmación del YO frente a la POLIS, del individuo frente al colectivo social, lo que ha hecho que el Romanticismo haya sido duramente atacado desde posiciones en las que prima la idea del grupo, de la Sociedad, frente a la del individuo, sin buscar elementos que hagan compatible la coexistencia de ambos conceptos.

No.

Se suprime el derecho a ser individuo —“YO”— en beneficio de la “alteridad” social; de todos los demás, de “los otros”.

Ahí se encuentra, en primera línea, el socialismo marxista.

Y ¿por qué?

Muy sencillo, porque basta la fantasía, la indisciplina, el genio individual, la originalidad, el inconformismo de un solo hombre, para desbaratar el proyecto utópico socialista de la igualdad, desencadenando el axioma “no es que yo sea diferente, es que los demás son todos iguales”.

Nietzsche, ya en sus últimos momentos de lucidez manifestó destempladamente esa idea, al afirmar:

La degeneración global del hombre, hasta rebajarse a aquello que hoy les parece a los cretinos y majaderos socialistas su «hombre del futuro», —¡su ideal! esa degeneración y empequeñecimiento del hombre en completo animal de rebaño (o, como ellos dicen, en hombre de la «sociedad libre»), esa animalización del hombre hasta convertirse en animal enano dotado de igualdad de derechos y exigencias son posibles, ¡no hay duda! Quien ha pensado alguna vez hasta el final esa posibilidad, conoce una náusea más que los demás hombres, ¡y tal vez también una nueva tarea!...—[2]

Ortega, en sus lecciones ¿Qué es la filosofía? [3], hace una reflexión interesante sobre la superación, por la filosofía, del racionalismo positivista propio de las ciencias del XIX, que contaminó la filosofía en los últimos años del siglo y que impuso una corriente que aceptó el «imperialismo de la física», tendencia iniciada por Kant.

“Como los problemas genuinamente filosóficos no toleran ser resueltos según el modo de conocimiento físico, los filósofos renunciaron a atacarlos, renunciaron a su filosofía contrayendola a un mínimum, póniendola humildemente al servicio de la física. Decidieron que el único tema filosófico era la meditación sobre el hecho mismo de la física, que filosofía era sólo teoría del conocimiento.

Kant es el primero que en forma radical adopta tal actitud, no se interesa directamente en los grandes problemas cósicos, sino que con un gesto de policía urbano detiene la circulación filosófica ―veintiséis siglos de pensamiento metafísico― diciendo: «Quede en suspenso todo filosofar mientras no se conteste a esta pregunta: cómo son posible los juicios sintéticos a priori». Ahora bien, los juicios sintéticos a priori son para la física, el factum de la ciencia fisicomatemática.”

Luego el propio planteamiento kantiano es absurdo.

La conclusión es que el filósofo debe superar aquellas limitaciones que le impone la “razón empírica” y tratar de contestar precisamente a otras cuestiones, lo que Ortega resume en su expresión, tomada de la misma obra:

“Superada la idolatría del experimento, recluido el conocimiento físico en su modesta órbita, queda la mente franca para otros modos de conocer y viva la sensibilidad para los problemas verdaderamente filosóficos.”

Lo que nos retrotrae, en definitiva, a valorar el pensamiento propio del YO, a la esencia de la originalidad de los planteamientos del YO romántico, más allá de las limitaciones “racionales/empíricas”, fruto del racionalismo ilustrado.




[2] Nietzsche; Más allá del Bien y del Mal -  Editorial Tomo (México) 2005 – Sección Quinta: Para la Historia natural de la Moral; Apartado 203, último párrafo.

[3] ¿QUÉ ES FILOSOFÍA? José Ortega y Gasset; Volumen VII, Obras completas, Alianza Editorial-Revista de Occidente, Madrid 1983

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