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martes, 10 de febrero de 2009

SARAMAGO

Escribe Saramago en su bitácora "Cuadernos de Saramago" el pasado día 8 de los corrientes, lo siguiente:
Vaticanadas o vaticanerías. No consigo ver a los señores cardenales y a los señores obispos trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret, apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y seguramente no lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica que Fellini, genialmente, colocó en Ocho y Medio para su y nuestro disfrute. Estos señores se suponen investidos de un poder que sólo nuestra paciencia ha hecho perdurar. Se dicen representantes de Deus en la tierra (nunca lo han visto y no tienen la menor prueba de su existencia) y se pasean por el mundo sudando hipocresía por todos los poros. Tal vez no mientan siempre, pero cada palabra que dicen o escriben lleva por detrás otra pegada que la niega o limita, que la disimula o pervierte. A esto ya muchos más o menos nos habíamos habituado antes de pasar a la indiferencia, cuando no al desprecio. Se dice que la asistencia a los actos religiosos va disminuyendo rápidamente, pero me permito apuntar que también es menor el número de personas que, aun no siendo creyentes, entran en una iglesia para disfrutar de la belleza arquitectónica, de las pinturas y esculturas, de todo ese escenario que la falsedad de la doctrina que lo sustenta al final no merece. Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la sociedad civil, las cuentas no les salen. Ante el lento aunque implacable hundimiento de este Titanic que es la iglesia católica, el papa y sus acólitos, nostálgicos del tiempo en que imperaban, en criminal complicidad, el trono y el altar, recurren ahora a todos los medios, incluyendo el chantaje moral, para inmiscuirse en la gobernación de los países, en especial aquellos que, por razones históricas y sociales, todavía no han osado cortar las amarras que sieguen atándolos a la institución vaticana. Me entristece ese temor (¿religioso?) que parece paralizar al gobierno español siempre que tiene que enfrentarse no sólo a enviados papales, sino también a los “papas” domésticos. Y digo todavía más: como persona, como intelectual, como ciudadano, me ofende la displicencia con que el papa y su gente trata al gobierno de Rodríguez Zapatero, ese que el pueblo español eligió con entera conciencia. Por lo visto, parece que alguien tendrá que tirarle un zapato a uno de esos cardenales. Esto escribe Saramago, ese que se autoproclama intelectual y que, con su estilo melifluo, plúmbeo, pedante y pretencioso, destila hiel contra todo aquello que le disgusta, aunque se calle cuando se trata de criticar al Dictador Castro o la doctrina periclitada del Comunismo, con la que aún comulga con la nostalgia de lo que a la postre es, un pobre anciano venido a menos que con su pluma de medio pelo trata de tener la razón absoluta de su parte. Nos dice ―manido argumento― que los Cardenales y Obispos se proclaman representantes de Dios en la Tierra, aunque nunca lo han visto y no tienen la menor prueba de su existencia. ¿Acaso Saramago pretende tenerlas de su no existencia? Continúa el portugués diciendo: Ante el lento aunque implacable hundimiento de este Titanic que es la iglesia católica, el papa (expresamente con minúscula) y sus acólitos, nostálgicos del tiempo en que imperaban, en criminal complicidad, el trono y el altar, recurren ahora a todos los medios, incluyendo el chantaje moral, para inmiscuirse en la gobernación de los países. ¿No rezumará acaso la mente de Saramago de desbordante nostalgia hacia la época en que el Comunismo imperante en la Europa del Este ―en criminal complicidad con los intelectuales occidentales― se inmiscuía en la gobernación del universo mundo, llevándose, por lo demás a la tumba a cientos de miles de almas inocentes? Concluye diciendo que como persona, como intelectual, como ciudadano, me ofende la displicencia con que el papa (expresamente con minúscula) y su gente trata al gobierno de Rodríguez Zapatero, (expresamente en mayúsculas) ese que el pueblo español eligió con entera conciencia. ¿Con entera conciencia? ¿Acaso Saramago pretenda argumentar que no tuvo influencia alguna, en esa elección, la cadena de atentados terroristas del 11M, con las enormes dudas que en relación con los mismos siguen existiendo? Me parece, Saramago, que quien se merece el zapatazo eres tu.

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