jueves, 28 de enero de 2016

MUERTES COTIDIANAS

Tumba de santa Cecilia, Catacumbas de San Calixto, Roma


Para vivir un año es ne­ce­sa­rio
mo­rir­se mu­chas veces mucho.
    Ángel González

Lo cierto es que la vida son muchas pequeñas muertes cotidianas. Mueren los sentimientos, las ilusiones, las decepciones, las alegrías, las desgracias.

Van muriendo nuestros recuerdos, nuestras sensaciones nuestros amigos y parientes, nuestras ambiciones.

Hasta el máximo placer es llamado “la petite mort” por nuestros vecinos franceses, como si experimentarlo matase parte de nuestro ser.

Solo falta que muramos, del todo, nosotros mismos para alcanzar la plenitud de esa muerte que vivimos cada instante.

Según Albiac:
“… el fin del mundo no sucede un día, a una hora, en un instante; el fin del mundo es cada instante en el cual el mundo existe, porque jamás podremos remontar el flujo herácliteo del tiempo, y ese mundo que fue se extingue en el acto mismo de nombrarlo. Y, con él, nosotros. (…………) La muerte, como el fin del mundo, sucede en cada partícula del tiempo, es el tiempo. Y así lo supo San Agustín, ásperamente empeñado en ser griego en cristiano: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé; pero si quiero explicarlo al que me lo pregunta no lo sé... Porque los dos tiempos de pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es él y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad».”

Y a tal tránsito del tiempo, inexplicable, acomete otro Grande, Quevedo en su verso soy un fue y un será y un es cansado

Esa fuga inescrutable del tiempo, ha inspirado a todo escritor desde el nacimiento de la filosofía en la Grecia Clásica hasta nuestros días.

Pero nada lo altera, y tras múltiples pequeñas muertes, todo se disolverá y no dejará rastro, y llegará el dormir postrero.


¡Morir, dormir, dormir… tal vez soñar!