domingo, 5 de enero de 2014

TORCUATO FERNANDEZ-MIRANDA: "DISCURSO DE LAS NIEBLAS"



No es fácil hablar del propio padre, cuando lo que se pretende es hacer un panegírico de sus cualidades.

Torcuato Fernandez-Miranda. Duque de Fernandez-Miranda y Caballero de la Orden del Toisón de Oro fue, ante todo, un amantísimo padre; y tal es el recuerdo que anida en el alma de sus siete hijos: mis hermanos y yo. Pero también era un hombre profundamente inteligente, con un inmenso olfato político y unas extraordinarias habilidades dialécticas y retóricas, de las que hizo gala —entre otras muchas ocasiones— en el conocido como “Discurso de las nieblas”.

Ayer, 4 de enero de 2014, se cumplieron 40 años de la fecha en la que Torcuato, mi padre, pronunció uno de los, tal vez, más bellos y menos entendidos discursos políticos de nuestra historia, cuya comprensión y análisis solo puede hacerse desde la empatía, partiendo de la posición y circunstancias —complejas— del entorno en las que él se encontraba en el momento de pronunciarlo.

Tal vez sea un discurso que nunca haya sido profundamente analizado, pues la mayoría de los comentarios existentes se refieren sólo a su faceta poética, y no a su trasfondo político de calado, tal vez porque, entonces, todos pensaban que era la despedida de un cadáver político.

El 20 de diciembre de 1973, el Presidente del Gobierno, el Almirante Carrero Blanco, había sido asesinado por la banda terrorista ETA; y mi padre, en su calidad de Vicepresidente del Gobierno, había ocupado la Presidencia Interina del mismo, que asumió con un comunicado mesurado y sosegado —difundido por televisión—, que tranquilizó —en tan difícil tesitura— a los españoles, que durmieron tranquilos aquella noche con el convencimiento de que la convulsión, fruto del asesinato, estaba bajo control.

15 días más tarde, y consecuencia de lo que el propio Torcuato —en el borrador de sus memorias inéditas— llamó “la Noche de Walpurgis”: los mecanismos de El Pardo, el entorno del Caudillo avejentado, que nunca antes habían influido de modo tal sobre Franco, auparon a la Presidencia del Gobierno a un hombre “del Régimen” sin fisuras, pero que era, ni más ni menos, que el Ministro de Gobernación del Gobierno del asesinado Carrero, el responsable del Orden y la Seguridad ciudadana, que no había sido capaz de proteger a su Presidente. Era nombrado su sustituto: Carlos Arias Navarro.

El día 4 de enero de 1974, se celebró un sencillo acto de toma de Posesión del Nuevo Presidente y su Gobierno, en el antiguo edificio de la Presidencia del Gobierno —en el nº3 del paseo de la Castellana—, en el que Torcuato, a modo de despedida de quienes ya le consideraban acabado, pronunció las siguientes palabras:

«Se ha dicho que soy un hombre sin corazón, frió y sin nervios. No es verdad. Lo que sucede es que soy asturiano. Y los asturianos tenemos cierto miedo al corazón y al sol. Sí, al corazón y al sol.
En las tardes abiertas de cielo raso, cuando el sol luce con toda su fuerza, los asturianos sabemos que a la caída de la tarde las nieblas y las nubes surgirán de las entrañas de la Tierra o desde la invasión de la mar.
 En esos atardeceres, los valles, las montañas y senderos se hacen peligrosos.
Hay quien dice que entre la densa niebla cabalgan las brujas. Sólo los altos picachos cubiertos de nieve, erguidos, logran librarse de las nieblas, y no siempre.
Los asturianos sabemos también, es un saber ancestral, que de la olla hirviente del corazón vivo pueden surgir nieblas que turben la cabeza. Por eso se nos enseña a tener embridado el corazón, sujeto, y en su sitio.
Desde mi corazón quiero hoy, en este acto de relevo, reafirmar mis fidelidades esenciales.
He distinguido siempre entre lealtad y fidelidad. La lealtad es aquella virtud social que Impone un comportamiento claro y limpio, basado en la veracidad, que surge de un compromiso de honor.
Hoy hablo de una lealtad más profunda: de aquella que surge de la fidelidad; aquella que determina un comportamiento que nace de la fe en la persona a quien se sirve.
Afirmo de modo rotundo mi lealtad, basada en la fidelidad, al Caudillo Franco.
 Nunca agradeceré bastante el honor de estos cuatro años de servicio y aprendizaje a su lado.
Afirmo mi lealtad, basada en la fidelidad, al Príncipe de España, expresión perfecta del limpio y claro futuro de nuestra Patria. Y afirmo esta fidelidad de modo radical e inequívoco.
Afirmo mi lealtad desde la fidelidad al ejemplo vivo del almirante Carrero Blanco. De este ejemplo surge mi talante futuro en el comportamiento político que hoy inicio. No termino, continúo un nuevo caminar político al servicio del pueblo.
Lealtad desde la fidelidad al pueblo español. A este espléndido pueblo español a quien tengo el orgullo de pertenecer. Le he servido y le serviré desde el amor a España. A esta España que amo sobre todas las cosas.
Tengo el orgullo de haber servido al Estado, encarnación de la soberanía del pueblo. Tengo y tendré el orgullo de la ética del Estado.
Pido perdón a todos. Pido perdón, sobre todo, a mis colaboradores. Servir desde la veracidad es duro, por eso pido perdón.
Tengo el honor de hablar también en nombre de mis compañeros que hoy son relevados en su cargo y responsabilidad. En su nombre y en el mío te digo a ti, señor presidente del Gobierno, que te deseo, que te deseamos a tí y a tu Gobierno los mayores éxitos en el servicio a España. Tú sabes que quedo a tus órdenes, señor presidente, desde una sincera estima a tu persona.
Y ahora para terminar quiero, desde mi corazón ardiente y vivo, gritar nuestro entrañable grito:
¡Arriba España!»[i]

Llegados a este punto, creo que es preciso analizar -en su esencia- el discurso llamado de las nieblas, que se centra en tres partes: una primera, reivindicativa de la personalidad de su autor, que tenía fama de hombre frio y distante -sin serlo realmente-, y que se justifica ante la opinión pública frente a esa inmerecida fama.

“Se ha dicho que soy un hombre sin corazón, frió y sin nervios. No es verdad. Lo que sucede es que soy asturiano. Y los asturianos tenemos cierto miedo al corazón y al sol. Si, al corazón y al sol.
En las tardes abiertas de cielo raso, cuando el Sol luce con toda su fuerza, los asturianos sabemos que a la caída de la tarde tas nieblas y las nubes surgirán de las entrañas de la Tierra o desde la Invasión de la mar.
En esos atardeceres, los valles, las montañas y senderos se hacen peligrosos.
Hay quien dice que entre la densa niebla cabalgan las brujas. Sólo los altos picachos cubiertos de nieve, erguidos, logran librarse de las nieblas, y no siempre.
Los asturianos sabemos también, es un saber ancestral, que de la olla hirviente del corazón vivo pueden surgir nieblas que turben la cabeza. Por eso se nos enseña a tener embridado el corazón, sujeto, y en su sitio.”

En este primer inciso del discurso vemos, a su vez, tres afirmaciones: la primera, la invocación de no ser frío y sin corazón, sino asturiano, cuyo carácter es reservado y firme; la segunda, la afirmación de la experiencia de los asturianos ante las nieblas que, en los atardeceres, hacen peligrosos los valles, las montañas y los senderos, y de las que a veces no se libran ni los más altos picachos erguidos y nevados, en clara referencia a Franco y lo que Torcuato consideraba un error del Jefe del Estado en el nombramiento de Arias Navarro, pues ante el próximo fin del Franquismo —El propio Franco había dicho a Torcuato “El franquismo se que terminará cuando yo me muera”—  no parecía lo más adecuado nombrar a alguien sin visión de futuro y con ánimo restringido al apuntalamiento del Régimen. (Franco no quiso verlo así, y unos días más tarde, le dijo a mi padre: “Y no se preocupe Miranda, los Picachos están despejados”); y la tercera, la expresión del autocontrol que, él mismo, se impone ante las turbaciones que “la olla del corazón vivo” pudiera provocarle, sujetándose a la disciplina de mantener, pese a todo, su corazón, embridado, sujeto y en su sitio.

 La segunda parte de su discurso, se inicia con la distinción dialéctica entre la lealtad, entendida como aquella virtud social que impone un comportamiento claro y limpio, basado en la veracidad, que surge de un compromiso de honor;  y la fidelidad, entendida como una lealtad más profunda: aquella que determina un comportamiento que nace de la fe en la persona a quien se sirve y, que emerge por tanto, del entendimiento de la política como un “servicio a una persona o una causa”.

Y habla de cuatro lealtades:

1.- La lealtad, basada en la fidelidad, al Caudillo Franco, a quien agradece el honor de haber servido y aprendido junto a él durante los cuatro últimos años —como Ministro del Gobierno—.
Torcuato había sido combatiente en nuestra guerra civil. Incluido en las listas de las personas a quienes había que fusilar, en los pasquines de la izquierda, por su calidad de Delegado estudiantil de la CEDA en la Universidad de Oviedo. Huyó campo a través para unirse a las tropas nacionales en Galicia. Fue Alférez Provisional y ganó la medalla militar individual por su valor en la batalla del Ebro. Pese a todo, ¡qué difícil era arrancarle una sola referencia de la guerra! Entre mis recuerdos juveniles, sólo permanece una conversación con él sobre tan dramático episodio de su vida; y a mi pregunta “¿Porqué os alzasteis en Armas?”, su respuesta fue un lacónico: “Porque no podíamos consentir que una pandilla de matones nos asesinase impunemente por el mero hecho de no pensar como ellos”.

2.- La lealtad, basada en la fidelidad, al Príncipe de España, a quien considera expresión perfecta del limpio y claro futuro de nuestra Patria. Aprovechando para enviar un aviso a navegantes: “Afirmo esta fidelidad de modo radical e inequívoco”. Lealtad que se había iniciado en el año 1960, en el que, como Director General de Enseñanza Media y catedrático de derecho Político, fue designado Profesor del Príncipe Juan Carlos, labor desde la que se convirtió en uno de los más íntimos Consejeros del Sucesor -según la designación franquista-  refrendada, más tarde por los españoles-.

3.- La lealtad, desde la fidelidad, al ejemplo vivo del asesinado almirante Carrero Blanco, con quien había sido Vicepresidente del Gobierno, y a quien pone como ejemplo de lo que será su talante futuro en el comportamiento político “que hoy inicio. No termino, continúo un nuevo caminar político al servicio del pueblo”. — insiste para avisar de sus intenciones a quienes le daban por amortizado —.
 Es una lástima, por cierto, que no se haya publicado nada serio acerca del Almirante Carrero, hombre que, encarnando las esencias del “Régimen”, era uno de los más preocupados en encontrar una fórmula real de transición hacia el futuro, en el convencimiento expresado por el mismo Franco, de que el Franquismo moriría con él.

4.- Y finalmente, la lealtad, desde la fidelidad, al pueblo español. Y aquí hace varias precisiones:
a.- Su orgullo por pertenecer al “espléndido pueblo español”.
b.- Su vocación de servicio, precisamente, a ese pueblo, desde el amor a España. “A esta España que amo sobre todas las cosas”.
c.- El orgullo y la conciencia de haber servido al Estado, encarnación de la soberanía del pueblo. “Tengo y tendré el orgullo de la ética del Estado”. Rara avis hoy en día.

Finalmente el discurso de las nieblas concluye con una petición de perdón, fundamentalmente a sus colaboradores, y ello porque sabe lo duro que es el ejercicio de la política como él la entendía, “desde la veracidad”.

Para terminar desembridando su corazón, exclamó:
“…para terminar quiero, desde mi corazón ardiente y vivo, gritar nuestro entrañable grito: ¡Arriba España!”





[i] Discurso tal y como fue publicado en la página 19 del diario ABC de Madrid del día 5 de febrero de 1974, según se recoge en el “Archivo Linz de la Transición Española” del “Centro de Estudios Avanzados de Ciencias Sociales” (CEACS), de la Fundación Juan March.
http://www.march.es/ceacs/biblioteca/proyectos/linz/Documento.asp?Reg=r-43062

viernes, 3 de enero de 2014

MOMENTOS ESTELARES


 


“Una vez sucedió por la noche que, estando despierto en la cama, empecé de pronto a recitar versos, versos demasiado bellos, demasiado singulares para que yo hubiera podido pensar en escribirlos, versos que a la mañana siguiente ya no recordaba y que, sin embargo, estaban guardados en mí como la nuez sana y hermosa dentro de una cáscara rugosa y vieja.”
Hermann Hesse; El Lobo estepario
 
Tal vez esta sea una de las experiencias que todos hemos sentido alguna vez; que en ese estado especial de duerme/vela próximo al momento de dormirnos, hayamos creado párrafos, poemas, pensamientos sublimes, que a la mañana siguiente ya no recordamos.
¿Es una realidad, o es sólo una jugada más de nuestro subconsciente, que nos hace pensar que somos capaces de crear belleza siendo seres insignificantes?.
Los clásicos pensaban que el genio, la perfección, eran atributo exclusivo de los Dioses y que, al igual que la felicidad, Ellos tan solo nos dejaban intuirla.
 
Los pensadores paganos de la antigüedad equiparaban las diferentes pasiones humanas con los héroes imperfectos nacidos de los Dioses, y el ideal de lo perfecto solo encontraba reflejo en los atributos de cada morador del Olimpo.
Junto a ellos Apolo, dominando desde su morada del Parnaso el hogar de las Musas, en el vecino monte Helicón, permitía a las hijas de Mnemósine inspirar pensamientos elevados a un pequeño grupo de mortales escogidos, por el solo placer de ver a sus criaturas participar en el conocimiento de lo eterno.
 
Pero el Mundo ha evolucionado, los Dioses ya no existen, "Dios ha Muerto" como pretendiera el todavía lúcido "Nietzsche" en uno de sus últimos escritos antes de entregar su mente a las Bacantes.
¿Acaso nuestro destino es ser pasto de la locura como recompensa a nuestros desvelos?
 
No lo sé, pero mientras mantenga la lucidez trataré de culminar mis reflexiones, como si de una pincelada de luz difuminada, como la del atardecer que ilustra este post, se tratase.
 
En cualquier caso, y no sé si en lucidez o en arrebato, he continuado cultivando mi afición por el arte de Calíope, Erato y Polimnia en los distintos momentos en que he necesitado refugiarme en mi mismo para combatir, o para disfrutar, mis episodios esporádicos de melancolía.
Esa melancolía que el DRAE define como aquella situación de genio destemplado y tristeza recurrente, vaga, profunda y sosegada, en que el individuo que la padece no encuentra gusto ni diversión en nada, y que aparece muy frecuentemente en los espíritus atormentados por la duda, la reflexión o el proceso creativo, y que Víctor Hugo consideraba que era “la dicha de estar triste”, pues la consideraba una placentera sensación de tristeza.
 
Estoy de acuerdo con el atrabiliario francés siempre que la melancolía no llegue a ser patológica, pues en tal caso deja de ser una situación anímica placentera de espíritus cultivados, para convertirse en una verdadera alteración psicótico depresiva, y la frontera entre ambos márgenes está, en ocasiones, como casi siempre en relación con las emociones anidadas en la mente humana, muy difuminada.
Mientras tanto, lúcido o trastornado, solo sé que las horas pasan siempre más deprisa de lo que desearíamos. Las horas, los días, las semanas, los meses…
 
La vida, en fin, se escapa inexorable en cada bocanada de aire respirado, en cada latido de sangre bombeada…
Menos mal que el tiempo pasado no se acumula en ningún sitio. Sería terrible llevar encima el saco de los minutos agotados, creciendo cada minuto; contemplar la montaña del tiempo pasado y no ver, siempre incógnito, el tiempo que aún nos quede por llegar.
 
Quedan del pasado solo los recuerdos, como señales indelebles del tiempo agotado, pese a que los recuerdos también envejecen y se borran, al igual que las esperanzas, y no damos mayor importancia al tiempo venidero que, inevitablemente, pondrá a cada uno en su sitio.
Algunos como Chateubriand, se autoconfortan:
 
“La incertidumbre acerca de nuestro porvenir confiere a las cosas su verdadero valor”
aunque en ocasiones entra en aquella melancolía:
 
” El tiempo hace justicia por igual a las pretensiones de todos  —ricos o pobres, famosos o ignorados— y todos acaban siendo igual de ridículos o indiferentes a los ojos de las generaciones que les suceden.”
En relación con el devenir del tiempo, en definitiva, solo hay una verdad incontrovertible: A medida que vamos añadiendo tiempo al cómputo del tiempo vivido, más nos alejamos del momento de nuestro nacimiento y más nos acercamos al de nuestra muerte.
 
La vida, sin los males que la vuelven grave, es una futilidad, y esa extraña mezcla, conformada por la certeza y la incertidumbre de la muerte, es el más grave de los males que nos amenaza.
No obstante, en un ingenuo juego de autodefensa, el hombre, en nuestro entorno, suele obviar estas reflexiones.
 
La muerte es tema tabú de nuestras conversaciones, el futuro no es más que expresión de nuestras ambiciones, y el pasado la constatación de los éxitos, mayores o menores, de la propia vida y generalmente, olvido de nuestros fracasos o de nuestros errores.
Y desgraciadamente, para la mayoría de los seres humanos la vida no es más que el esfuerzo cotidiano por la mera supervivencia.
 
Mientras tanto, los filósofos de nuestro tiempo se encuentran perplejos ante la actitud del “hombre civilizado”, al que solo importa su propio bienestar, volviendo a las viejas formulas del aforismo romano “Panem et Circus”, concretado en nuestras sociedades en el binomio “Bienestar Social” – “Ocio”.
Otros conceptos más elevados (solidaridad, justicia, respeto, etc...) solo son contemplados en tanto y cuanto su garantía para los demás no sea si no garantía para uno mismo, sin el más mínimo atisbo de generosidad o desprendimiento.
 
«Homo homini lupus est» dice la locución latina.
Pero ya, ni tan siquiera. En nuestra avanzada sociedad occidental el hombre es un mero elemento más de la colmena, un engranaje de la maquinaria en funcionamiento, destinado a cumplir con su papel....siempre que esté bien “engrasado y entretenido”.
 
A los lobos, en esta sociedad, tan solo los queremos en los zoológicos... o en las cárceles.
Mientras, yo sigo escribiendo..., buscando esos momentos estelares.