sábado, 15 de marzo de 2014

SI LOS LOBOS CONTAGIAN A LA MANADA, UN MAL DÍA EL REBAÑO SE CONVIERTE EN HORDA


“¿Qué es la vida? un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
Una sombra, una ficción,
Y el mayor bien es pequeño;
Porque toda la vida es sueño,
Y los sueños, sueños son.” [[i]]

Laméntase Segismundo de su suerte considerando que todo en la vida no es más que un sueño, una ilusión.

Pero, ¿hasta qué punto no debemos pensar todos lo mismo que Segismundo?, ¿hasta qué punto nuestra vida no es más que una quimera?

Hace unos días Gabriel Albiac publicaba una columna en ABC en que reflexionaba acerca de este extremo y en la que destaco estos párrafos:

“Todo el modelo del poder, todo el modelo de Estado que define a la edad moderna cabe en esto: que el más impermeable de los despotismos requiere la manufactura y gestión de las fantasías que forjan orden en las mentes humanas. Y que el sujeto político no es más que el siervo de esa jerarquía de afectos con la cual su imaginación es saturada. Lo real en política no existe. Ahí nace la política moderna. Que es una artesanía de lo imaginario, su muy bien calibrada escena. (y donde) hasta el último destello de las candilejas, hasta el mínimo detalle de esos decorados que deben suplir la vida con ventaja, han sido calculados para desencadenar afectos en el espectador paciente: emociones primarias de amor, odio, risa o llanto. Y bajo esa marea, la inteligencia es ahogada, sin remedio. La libertad con ella: inteligencia y libertad son lo mismo.

El artículo de Albiac me sugiere una pregunta: ¿Qué queremos, en definitiva, al aceptar ese juego de luces, esas candilejas, esa puesta en escena, ese teatro del mundo?

Nietzsche, en su obra “Más allá del bien y del mal”, considera que el hombre moderno se mueve en sociedad por instinto gregario y en atención a una cuestión elemental que él llama “Imperativo del temor gregario”
Su formulación es la siguiente:

“Quien examine la conciencia del europeo actual habrá de extraer siempre, de mil pliegues y escondites morales, idéntico imperativo, el imperativo del temor gregario:
¡¡¡Queremos que alguna vez no haya ya nada que temer!!!
Alguna vez…
La voluntad y el camino que conduce hacia allá llámase hoy, en todas partes de Europa, «progreso».” [[ii]]

Es decir, conforme al enunciado del filósofo y melómano, el hombre moderno, amparado en la masa, en el conjunto de los demás ciudadanos, en la sociedad democrática, lo que quiere es obviar sus temores: “sentirse seguro”, para él el progreso es sinónimo de seguridad.

Y lo grave es que este “hombre moderno” a cambio de esa seguridad, —o más exactamente: sensación de seguridad— está dispuesto a ceder parte de su libertad, (según Albiac de su inteligencia, pues ya hemos visto que este autor considera que libertad e inteligencia son la misma cosa).

 Ya sé que no está de moda, que la corriente política y filosófica imperante no es defender la excelencia de unos pocos, sino la extensión de dicha excelencia a todos, que la filosofía romántica ha de considerarse superada, pero me resisto a aceptarlo. Creo que en ella todavía persisten formulaciones que, aún hoy, continúan siendo válidas.

¿O acaso no tiene razón Nietzsche cuando nos dice?:

“… tam­bién aquí el miedo vuel­ve a ser el padre de la moral. Cuan­do los ins­tin­tos más ele­va­dos y más fuer­tes, irrum­pien­do apa­sio­na­da­men­te, arras­tran al in­di­vi­duo más allá y por en­ci­ma del tér­mino medio y de la hon­do­na­da de la con­cien­cia gre­ga­ria, en­ton­ces el sen­ti­mien­to de la propia dig­ni­dad de la co­mu­ni­dad se de­rrum­ba, y su fe en sí misma, su es­pi­na dor­sal, por así de­cir­lo, se hace pe­da­zos: en con­se­cuen­cia, a lo que más se es­tig­ma­ti­za­rá y se ca­lum­nia­rá será ca­bal­men­te a tales ins­tin­tos. La espirituali­dad ele­va­da e in­de­pen­dien­te, la vo­lun­tad de estar solo, la gran razón son ya sen­ti­das como pe­li­gro; todo lo que eleva al in­di­vi­duo por en­ci­ma del re­ba­ño e infun­de temor al pró­ji­mo es ca­li­fi­ca­do, a par­tir de este mo­men­to, de mal­va­do. Los sen­ti­mien­tos equi­ta­ti­vos, modes­tos, su­mi­sos, igua­li­ta­ris­tas, la me­dio­cri­dad de los ape­ti­tos al­can­zan ahora nom­bres y ho­no­res mo­ra­les.[ii]

Y es precisamente esa reacción del ciudadano global, de la sociedad estructurada, de protegerse frente a lo temido, lo que, en definitiva, constituye el nudo gordiano de su comportamiento.

Ya no es importante lo que sea bueno en términos de desarrollo futuro o de mejora de las condiciones de vida, sino que será bueno aquello que aleje nuestro miedo al peligro. Pero ¿a qué peligro?

La frase de Nietzsche al respecto, anteriormente mencionada, es la clave:

“¡¡¡Queremos que alguna vez no haya ya nada que temer!!!” [ii]
Que no tengamos que temer ya, nunca más, por nuestro trabajo, por nuestra vivienda, por nuestra familia, por nuestra alimentación, por nuestra educación, por nuestra sanidad, por nuestro ocio…”

Y eso ¿Cómo se consigue?

El problema radica en que mientras algunos, tal vez los más, están conformes con el Ideal Utópico de la extensión de la excelencia a todos y asume el comportamiento de respeto al orden social establecido; otros, tal vez los menos, pero los más activos, están efectivamente contra el sistema y la paz, y hay numerosos ejemplos de ello en lo que han venido a llamarse los “movimientos antisistema” que contradicen el principio de coexistencia pacífica en aras del progresismo, con el objetivo de alcanzar otra Utopía, la igualitaria, aunque sea por medio de la violencia y fomentando los temores del resto de la sociedad con sus actitudes transgresoras.

Es, precisamente, a ese progresismo al que debemos oponer nuestra individualidad, nuestro espíritu libre, para evitar que, como dijera Jünger:

Si los lobos contagian a la manada, un mal día el rebaño se convierte en horda.[[iii]]

Y eso es precisamente lo que provocan los movimientos revolucionarios radicales, transformar los “rebaños en hordas.

No nos olvidemos que conforme a la cita clásica homo homini lupus est, es decir, que el hombre es un lobo para el hombre.

La sociedad contemporánea no es, por desgracia, una balsa de aceite en la que los individuos que la componen se integren en ella y sus instituciones de forma voluntaria y pacífica, confirmando el orden constituido mediante su acatamiento normal, libre, y no coaccionado.

Frente a tal concepción,  son numerosos los ejemplos de incitación a proceder a una sistemática desobediencia de la Ley, de perturbación del orden y de deseo de imposición de las propias ideas por la sinrazón de la fuerza y mediante la transgresión de la sensación de seguridad de los conciudadanos
Pero es que esa lucha contra el “temor al peligro” se extiende en nuestra sociedad a situaciones difícilmente conciliables incluso con el derecho de autodefensa, así ya Nietzsche nos dice en el s.XIX algo que hoy es el catecismo del progresismo jurídico penal:

“Fi­nal­men­te, en si­tua­cio­nes de mucha paz fal­tan cada vez más la oca­sión y la ne­ce­si­dad de edu­car nues­tro pro­pio sen­ti­mien­to para el rigor y la du­re­za; y ahora todo rigor, in­clu­so en la jus­ti­cia, co­mien­za a mo­les­tar ala con­cien­cia; una aris­to­cra­cia y una au­to­rres­pon­sa­bi­li­dad ele­va­das y duras son cosas que casi ofen­den y que des­pier­tan des­con­fian­za, «el cor­de­ro» y, más to­da­vía, «la oveja» ganan en con­si­de­ra­ción. Hay un punto en la his­to­ria de la so­cie­dad en el que el re­blan­de­ci­mien­to y el lan­gui­de­ci­mien­to en­fer­mi­zos son tales que ellos mis­mos co­mien­zan a tomar par­ti­do a favor de quien los per­ju­di­ca, a favor del cri­mi­nal, y lo hacen, desde luego, de ma­ne­ra seria y ho­nes­ta. Cas­ti­gar: eso les pa­re­ce inicuo en cier­to sen­ti­do, la ver­dad es que la idea del «castigar» y del «deber cas­ti­gar» les causa daño, les pro­du­ce miedo. «¿No basta con vol­ver nope­li­gro­so al criminal? ¿Para qué cas­ti­gar­le ade­más? ¡El cas­ti­gar es cosa te­rri­ble!» la moral del re­ba­ño, la moral del temor, saca su úl­ti­ma con­se­cuen­cia con esa in­te­rro­ga­ción. Su­po­nien­do que fuera po­si­ble lle­gar a eli­mi­nar el pe­li­gro, el mo­ti­vo de temor, en­ton­ces se ha­bría eli­mi­na­do tam­bién esa moral: ¡ya no sería ne­ce­sa­ria, ya no se con­si­de­ra­ría a sí misma ne­ce­sa­ria!” [ii]

Efectivamente, nuestra sociedad huye del castigo, y profundiza en conceptos más socialmente confortables como la reeducación o la reinserción del criminal, que en la práctica resultan mayoritaria y lamentablemente inútiles.

Pero sea todo en honor de la obra de teatro que representamos, no desentonemos con las candilejas ni con el attrezzo, y si es preciso, que sean otros quienes hagan el trabajo sucio entre bambalinas, pero sin enterarnos; idealicemos nuestra Sociedad, considerémosla fruto de nuestra bonhomía, aceptemos el deseo general de no tener más temores, y convezámonos de que podemos vivir en una situación permanente de paz y armonía. Pero ya que aceptamos vivir en una permanentemente representada obra de teatro, seamos al menos conscientes de que, como dijera Shakespeare, por boca de Próspero:

“Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, como dije, eran sólo espíritus y se han fundido en el aire, en la levedad del aire; y al igual que la efímera obra de esta visión, las altas torres que las nubes tocan, los palacios espléndidos, los templos solemnes, el inmenso globo, y todo lo que en él habita, se disolverá; y, tal como ocurre en esta vana ficción, desaparecerán sin dejar humo ni estela. Estamos hechos de la misma materia que los sueños y nuestra pequeña vida cerrará su círculo con otro sueño.[[iv]]

Y hago mío, como conclusión de esta reflexión, el final de la citada columna de Albiac:

“Riámonos, ya que no hay manera de salvarnos. Con el Quevedo que pone en burlón verso castellano el severo moralismo de Epicteto:

«No olvides que es comedia nuestra vida
Y teatro de farsa el mundo todo,
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes»

Todos, Ellos (los políticos). Nosotros (los ciudadanos)”



[[i]] La Vida es sueño, Calderón de la Barca, final del acto 2º
[[ii]] Nietzsche: Más allá del bien y del mal, Sección quinta “Para la Historial natural de la Moral” punto 201. Editorial Tomo (México) 2005
[[iii]] Ernst Jünger: La Emboscadura. Editorial Tusquets 1988
[[iv]] William Shakespeare: La Tempestad;


Creo que esta entrada no se merece menos que un sólido acompañamiento musical, el Concierto nº 5 para Piano y Orquesta "El Emperador" de Beethoven interpretado por Rubinstein


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