sábado, 28 de diciembre de 2013

RÈCAMIER - CHATEAUBRIAND, UNA HISTORIA DE AMOR



El cuadro que abre este post, es un delicioso retrato de Juliette Rècamier, obra del pintor François Gérard, que se encuentra en el Museo Carnavalet de Paris.

Su historia es interesante.

Según se cuenta, en 1808 Juliette regaló el cuadro a su enamorado el Príncipe Augusto de Prusia, con quien se dice que había planeado casarse, lo que resultó imposible por la oposición de su marido al divorcio. El cuadro le fue devuelto a Mme Rècamier en 1848, justo antes de su muerte, con ocasión del fallecimiento del príncipe prusiano y fue adquirido por el Museo a los herederos de Juliette Rècamier en 1860.

El otro protagonista de nuestra historia es François Rène de Chateaubriand, que debió ser un muchacho tímido y retraído en su adolescencia, en la que creó una figura femenina, cuando tenía unos quince años, a la que llamó Sylphide; La mujer creada en su imaginación, era una amalgama de todas las heroínas, diosas y cortesanas de las que había leído en los libros. Obsesionado con su creación imaginaria, veía constantemente sus facciones en su mente, y oía su voz, paseaba con ella y con ella conversaba, era el ideal de mujer que François René esperaba encontrar algún día en la realidad.
Transcurridos los años el carácter mujeriego de Chateaubriand fue en aumento, llegado a ser conocido con el sobrenombre de el “L'enchanteur”,  “el gran encantador”, por su afición desmedida por la seducción de las damas; y aunque estaba casado, y era un católico fervoroso, tuvo numerosas aventuras, aunque no encontraba lo que por todos lados buscaba, su mujer ideal, su  Sylphide.
En el año de 1807 Chateaubriand compró una finca llamada “Vallée-aux-Loups”, a dos jornadas de París, y a la que se retiró a escribir, construyendo una deliciosa torre llamada la “Tour Velleda” en honor al personaje de su novela “Los Mártires”, en la que instaló su biblioteca y su estudio.
Llenó el lugar, de una extensión aproximada de 10 hectáreas,  de árboles del mundo entero, creando un bello jardín. Incluso la Emperatriz Josefina le regaló un Magnolio de flores púrpura, hoy muy frecuente en parís, pero del que en aquella época solo existía otro ejemplar en la “Malmaison”.
Allí empezó a escribir sus memorias, que acabarían siendo su obra maestra.
En 1817, sin embargo, la vida de Chateaubriand se desmoronó. Problemas financieros le obligaron a vender su Vallée-aux-Loups. Con casi cincuenta años de edad, de repente se sintió viejo y agotada su inspiración.
 Ese mismo año visitó a su amiga Madame de Staël, enferma y próxima a la muerte. Pasó varios días junto a su lecho, en compañía de la mejor amiga de la Staël, Juliette Rècamier, a quien conoció con ocasión de esa visita.
Así describe su primer encuentro:
Una mañana estaba con Madame de Staël; que me recibió mientras estaba siendo vestida por Mademoiselle Oliva, hablándome mientras jugaba con una pequeña ramita verde entre sus dedos: de repente Madame Rècamier entró con un vestido blanco, se sentó en un sofá de seda azul; Madame de Staël continuó su conversación, de una manera muy animada y hablando quedamente y con elocuencia; Apenas le respondí, mis ojos quedaron fijos en Madame Rècamier. Me pregunté si estaba viendo una imagen de ingenuidad o de  voluptuosidad. Nunca había imaginado algo igual y me desanimé más que nunca; mi admiración me provoco un gran disgusto conmigo mismo. Creo que este ángel, para reducir un poco su divinidad, para ponernos menos lejos, se amparaba en su tierna edad. Cuando soñaba con mi Syphide, yo estaba dotado de toda perfección para complacerla; cuando pensaba en Madame Rècamier disminuía mi encanto para poder atraerla: estaba claro que quería que mis sueños fuesen realidad: Madame Rècamier, a quien no volví a ver durante doce años.
 Madame Rècamier era célebre por su belleza e inteligencia. Casada con un hombre mucho mayor que ella, el banquero Lyones  Jacques Rècamier, con el que no vivía desde hacía tiempo, se dice que había roto los corazones de los más ilustres hombres de Europa, como el príncipe Metternich, el duque de Wellington o el escritor Benjamín Constant, incluso se dice que el propio Napoleón ordenó su destierro ante los rechazos sufridos de la bella cortejada, aunque se rumoreaba que, pese a sus coqueteos, seguía siendo virgen, pues en realidad, se afirmaba, era hija de su marido el banquero Rècamier, quien se habría casado con ella para ampararla y darle cobijo.


Cuando conoció a Chateaubriand, Julie de Rècamier tenía casi cuarenta años, pero mantenía la belleza y la frescura de la juventud.
Atraídos mutuamente, y apenados por el pesar de la muerte de su común amiga Madame Staël, Rècamier y Chateaubriand se hicieron amigos. Ella lo escuchaba con atención, adoptando sus estados anímicos y haciéndose eco de sus sentimientos, y él presintió que, al fin, había conocido a la mujer que personificaría a Sylphide.
Doce años más tarde Chateaubriand y Récamier se encuentran, y al año siguiente del retorno a  su amistad, Madame de Rècamier convenció a Madamme de Montmorency -cuyo esposo había comprado la  Vallée-aux-Loups- para que, con ocasión de una de sus ausencias, le permitiera invitar a Chateaubriand a que pasaran juntos una temporada en su antigua finca.
Chateaubriand aceptó encantado. No en balde en sus Memorias de Ultratumba se refiere en dos ocasiones, apasionadamente a esta propiedad:
La primera para afirmar: “Este lugar me encanta, ha remplazado para mí a mis campos paternales; Y lo he pagado con mis sueños y mi tiempo…”
Más tarde en la misma obra afirmaría: “La Valleè-aux-Loupes, de todas las cosas que he perdido, es la única que echo de menos. Está escrito que no me quedará nada
Apasionado por aquella visita, François le mostró la propiedad, explicando lo que cada pequeño tramo del terreno había significado para él, los recuerdos que el lugar le evocaba. Los árboles traídos de América, su Torre estudio, sus paseos preferidos, en fin… Chateaubriand se vio invadido por sentimientos de su juventud, sensaciones que había olvidado. Indagó más en su pasado, describiendo hechos de su infancia. En momentos, paseando con Madame Rècamier y mirando esos amables ojos, sentía un escalofrío de reconocimiento, pero no podía identificarlo del todo. Lo único que sabía era que debía volver a las memorias que había dejado de lado, "intento emplear el poco tiempo que me queda en describir mi juventud", dijo, "mientras su esencia sigue siendo palpable para mí."
Todavía hoy se discute si Madame Rècamier correspondió al amor de Chateaubriand, o tan solo mantuvo un romance espiritual.
En una tercera de ABC de 11 de mayo de 1949, Luis Calvo, con ocasión del centenario de la muerte de Julie, nos dice: Chateaubriand moría en 1848: ella en 1849 y  hasta al último momento Madame Rècamier le cuidó como una novia, alagándole,  aconsejándole, atendiendo a  todos  sus caprichos y vanidades,  avivando su celo de poeta y sus virtudes de hombre cristiano, pura y abnegada. No ha habido en la historia de las grandes pasiones insatisfechas un ejemplo tan melancólico de amor crepuscular.
Sin embargo, si ”L'Enchanteur” llevaba bien puesto su mote, su poesía, su aire de melancolía y su persistencia se impusieron finalmente, y ella sucumbiría, por primera vez en su vida. No creo que el amor entre ambos personajes fuera una pasión insatisfecha, sino por el contrario plena, aunque intermitente en el tiempo. Fueron efectivamente amantes, y como amantes, fueron inseparables, aunque esta primera fase del romance durase poco, y Rècamier y Chateaubriand dejaran de verse.
La propia madame de Rècamier explica con estas palabras porqué había caído rendida en brazos de Rene: “Los otros se ocupaban solamente de mí. Chateaubriand exige que yo me ocupe únicamente de él”, era 1829.
Pocos años más tarde, en 1832, Chateaubriand viajaba por Suiza. Una vez más, su vida había sufrido un vuelco; sólo que para entonces ya estaba viejo de verdad, en cuerpo y alma.
Se enteró de que Madame Récamier se hallaba en la zona. No la había visto en los últimos años, y corrió a la posada en que se hospedaba. Ella fue con él tan gentil como siempre; durante el día daban largos paseos juntos, y en la noche se quedaban conversando hasta muy tarde.
Un día, Chateaubriand le dijo que por fin había decidido concluir sus memorias. Y tenía una confesión que hacerle: le contó la historia de Sylphide, su imaginaria amante juvenil. Ahora, ya viejo, no sólo pensaba en ella, sino que podía ver su rostro y oír su voz. Con estos recuerdos confesó que había conocido a Syplhide en la vida real: era ella, Madame Récamier. El rostro y la voz se identificaban. Más aún, ahí estaba el mismo espíritu sereno, la cualidad inocente y virginal de su ideal.
Al leerle la oración a Sylphide, que acababa de escribir, le dijo que verla le había devuelto su juventud.
“Yo me formé a mi antojo una mujer, de todas cuantas había conocido: tenía el talle, el cabello y la sonrisa de la forastera que me oprimió contra su seno, y le di los ojos de una joven de la aldea, y la frescura de otra. Los retratos de las grandes señoras del tiempo de Francisco I, de Enrique IV y de Luis XIV, que adornaban los salones, me proporcionaron algunos otros rasgos, y había ido a hurtar virtudes hasta de los cuadros de las vírgenes colgados en las iglesias.
Esta encantadora mujer me seguía invisible á todas partes; hablaba con ella como con un ser real, y la variaba á medida de mi capricho. Aphrodita sin velo, Diana vestida de azul y rosa, Talía con su máscara risueña, y Hebé con la copa de la juventud, venia á ser frecuentemente un hada que la naturaleza había sometido a mi voluntad. A cada paso estaba retocando mi lienzo y quitaba a mi deidad una de sus gracias para reemplazarla por otra. Algunas veces cambiaba también sus formas tomándolas prestadas de todos los países, de todos los siglos, de todas las artes y de todas las religiones. Después, cuando había hecho una obra maestra, esparcía de nuevo mis dibujos y mis colores, mi mujer única se transformaba en una multitud de mujeres, en las que idolatraba por separado los encantos que había añorado en conjunto.
Pygmalion estuvo menos enamorada de su estatua; traíame, sin embargo bastante inquieto el modo de agradar a la mía. No reconociendo en mi mismo nada de lo que era preciso para ser amado, me prodigaba en todo aquello que me hacía falta. Montaba a caballo como Castor y Pólux; tocaba la lira como Apolo; Marte manejaba sus armas con menos fuerza y destreza que yo; convertíame en héroe de novela o de historia, y ¡cuántas ficticias aventuras no aglomeraba sobre estas ficciones! Los sombras de las hijas de Morven, las sultanas de Bagdad y de Granada, las castellanas de las antiguas viviendas feudales, baños, perfumes, danzas, delicias del Asia, todo me lo apropiaba por medio de una varita magnetizada.
He aquí la joven reina, que viene adornada con diamantes y flores (esta era siempre mi Sílfide); que me busca a media noche, a través de los jardines de naranjos, en las galerías de un palacio bañado por las olas del mar, situado en las embalsamadas playas de Nápoles ó de Messina, bajo un cielo de amor, que el astro de Endimión ilumina con su luz: estatua animada de Praxíteles, avanza por entre sus estatuas inmóviles, los pálidos cuadros y los frescos silenciosamente blanqueados por los rayos de la luna: el leve rumor de sus pasos sobre los mosaicos de mármol, se mezcla con el murmullo insensible de los campos. Vémonos rodeados de amaranto por todas partes. Yo me precipito a los pies de la soberana de Enna, y las sedosas ondas de su sucinta diadema vienen a acariciar mi frente cuando inclina sobre mi rostro su cabeza de diez y seis años y cuando sus manos se posan sobre mi seno palpitante de respeto y de voluptuosidad.”
Reconciliado con Madame Récamier, Chateaubriand se puso a trabajar otra vez en sus memorias, que finalmente se publicaron bajo el título de “Memorias de ultratumba”, obra maestra, sin duda, del escritor.
 Las memorias están dedicadas a Madame Récamier, de quien él siguió siendo devoto hasta el momento de su propia muerte, en 1848, a la que seguiría enseguida la de madame Rècamier en 1849, quien había seguido amando a Chateaubriand también hasta el momento de su muerte.
En una bella carta enviada por Chateaubriand a Julie estando ella en Roma, François Rene anticipa ya la permanencia de ese amor hasta su muerte, cuando le dice:
Recuerda que debemos terminar juntos nuestros días. Es un pobre presente, regalarte el resto de mi vida, pero tómalo… Mi buen ángel, sé mi guardián”.

Víctor Hugo, en sus memorias, nos relata el final de esta historia de amor:


Monsieur de  Chateaubriand, a principios de 1847, era un paralítico;  la Sra. Récamier estaba ciega. Todos los días, a las 3 en punto, Chateaubriand era llevado a la cabecera de Mme. Récamier. Era emocionante y triste. La mujer que no podía ver extendía sus manos a tientas  hacia el hombre que ya no podía sentir; sus manos se encontraban. ¡¡Alabado sea Dios!! La vida se estaba muriendo, pero el amor aún vivía.”

François René Chateaubriand fue enterrado en una tumba bajo una losa de granito, sin inscripción alguna, en el islote de Grand-Be, en su Saint-Malò natal, solo una placa de bronce cercana recuerda que en ella yace "Un gran escritor francés que ha querido reposar aquí para no oír más que el mar y el viento, paseante respeta su última voluntad"



Por su parte Madame de Rècamier reposa en el cementerio de Montmartre, entonces un pequeño pueblo de las afueras de París. En su tumba siempre hay flores depositadas por algún admirador.




Solo la muerte sería capaz de alejarles definitivamente.


Pourquoi me réveiller

Werther
Massenet




“¿Por qué me despiertas? oh viento de primavera
¿Por qué me despiertas?
En mi frente siento tus caricias
Y así muy pronto llegará el tiempo
de tormentas y tristezas!
¿Por qué me despiertas?
oh viento de primavera
Mañana en el valle vendrá el viajero,
recordando mi gloria anterior

Y sus ojos en vano buscarán mi esplendor
¡no encontraran sino luto y miseria!
Hélas! ¿Por qué me despiertas? oh viento de primavera.

jueves, 26 de diciembre de 2013

...EN LA MISMA PIEDRA

 
La Primera Guerra Mundial supuso la caída de los últimos vestigios del “Antiguo Régimen” en dos zonas tan importantes de Europa como el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Ruso.
Sin embargo su conclusión no supuso la tan ansiada “Paz”, sino que dio lugar a una crisis económica mundial, cuyo máximo exponente fue el Crack de 1929. El paro y la hambruna se extendieron por todo el mundo y se acabó desembocando en la Segunda Gran Guerra Mundial.
 El periodo histórico de “entreguerras”, en el que se produjo esta situación económica insostenible, dio lugar al nacimiento y consolidación de doctrinas de carácter socialistas y antidemocráticas, por una parte el fascismo-nazismo, socialismo nacionalista, y por otra el marxismo-comunismo, socialismo de signo internacionalista. Cuyo enfrentamiento protagonizó la historia del siglo XX todo.
Fueron fruto del sentimiento popular, de las clases sociales más desfavorecidas, de que la “Reforma” del sistema democrático “burgués” no solucionaba, ni sería capaz de hacerlo en el futuro, los graves problemas por los que se atravesaba.
Las circunstancias culturales, económicas, estructurales en fin, de la Europa de 2013 nada tienen que ver con las de la década de los 20 del siglo pasado, pero la pregunta empieza a formularse con cierta reiteración: ¿Estamos todavía en situación de solucionar nuestros problemas mediante reformas de nuestro sistema democrático, o necesitamos romper con este sistema, ya gastado, e inventar otro mejor?
Es famosa la frase de Winston Churchill afirmando que “La democracia es la peor forma de gobierno inventada por el hombre, con excepción de todas las demás formas que se han probado de vez en cuando”
Y lo cierto es que todas las formulaciones teóricas que en estos momentos se están barajando frente al sistema, que con carácter general podemos denominar “democracia occidental” y al que se considera en crisis insuperable, no aportan nada nuevo, no son sino meras variaciones sobre fórmulas ya fracasadamente ensayadas.
Y así, como panacea para controlar “Los Mercados”, concepto que, demagógicamente y desde ambas posiciones maximalistas, ha alcanzado la categoría de “Leviatán”, de mal absoluto, se proponen soluciones bien de tipo nacionalista, excluyentes de terceros, xenófobas, totalitarias y limitadoras de la libertad y claramente fascistas (Ejemplo de ello son los movimientos de alcance nacional como el “Amanecer Dorado” griego, o los movimientos nacionalistas territoriales de derechas de Cataluña o Vascongadas); o se tratan de reimplantar, con otras palabras, las doctrinas del socialismo internacionalista, marxista-comunista, igual de xenófobo, totalitario y antidemocrático, pero presentado hoy con otras palabras más amables, como hace el desaparecido y viejo marxista Stéphane Hessel, autor del libro ¡Indignaos! que planteaba  recuperar al espíritu de la “Resistencia” marxista-antifascista francesa de los años 40 y 50 del s.XX. como solución a nuestros actuales problemas y que se ha convertido en autor de cabecera de los movimientos “antisistema”.
O sea, que ideológicamente sigue sin haber nada nuevo bajo el sol. Tropezamos exactamente en las mismas piedras de siempre.
De nada sirven las bienintencionadas intentonas de crear un movimiento ciudadano —al margen de los partidos políticos—  como fórmula para el saneamiento de lo que se ha definido como un sistema podrido.
Creo que la única fórmula válida es el regeneracionismo desde la plataforma de los propios partidos.
Se me podrá llamar ingenuo, tratar de convencer de que la corrupción, instalada en los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, harían imposible esa regeneración, pero creo que la solución a nuestros problemas pasa por una democracia ordenada, donde, qué duda cabe, se necesita una regeneración intensa y cambios profundos, que solo se lograran dentro de un ordenado sistema de partidos.
Ahora bien, y dicho esto, se necesita un verdadero esfuerzo de regeneración y gran capacidad de gestión,  liderazgo e imaginación, para llevar a cabo el saneamiento que nuestras instituciones y nuestra vida social precisan.
Esperemos que alguno de nuestros políticos reúna esas características, y los necesarios apoyos para llevar adelante ese proyecto.
Sin embargo como es muy fácil terminar diciendo “que lo hagan ellos”, aquí propongo una serie de medidas —las más básicas y elementales— que creo que, razonablemente, podrían contribuir a la regeneración que proponemos. Tales medidas no son fáciles, necesitarían el acuerdo de la Sociedad toda vía referéndum, pues implican reformas de nuestra Constitución, pero creo que son imprescindibles.
1.- Reordenación del “Estado de las Autonomías” con recuperación de las competencias en materia de educación, sanidad, justicia y orden público, así como representación y fomento internacional, que hubiesen sido cedidas por el Estado Central  a las Comunidades Autónomas.
2.- Desaparición de los órganos legisladores de las Comunidades autónomas. Sus normas de funcionamiento tendrán el carácter de normas internas ejecutivas con carácter de ordenanzas y reglamentos sometidas, siempre, a la legislación general emanada del Estado a través del Parlamento Nacional.
3.- Desaparición del Senado Nacional por inoperante.
4.- Desaparición de las Subvenciones a Partidos Políticos y a Sindicatos, que habrán de financiarse con las cuotas de sus asociados y donaciones que habrán de regularse en una Ley de Financiación ad hoc.
5.- Reforma de la Justicia, abandonando el concepto Asambleario de la Cortes, que mantendrán las competencias de designación del Ejecutivo, y sus propias competencias legislativas, pero transfiriendo a los Jueces y Magistrados la elección de los miembros del Örgano de Gobierno del Poder Judicial, y estableciendo un sistema de meritos objetivos para el ascenso de los Jueces, que serán inamovibles y solamente sancionables por la Sala correspondiente del Tribunal Supremo, evitando asi influencias directas sobre los jueces de los poderes legislativo o ejecutivo.
6.- Reforma del Ministerio Fiscal, de tal forma que siendo el Fiscal General del Estado designado en proceso electoral, sea independiente del Poder Ejecutivo, lo que debería acompañarse de una reforma del Estatuto de la Fiscalía y de las normas procesales, suprimiendo las competencias de Instrucción de los Jueces, cuya función habrá de ser Juzgar y no Instruir o investigar, y correspondiendo el impulso investigador y acusador, además del de defensa de la legalidad, a la Fiscalía y no a los Jueces.
Apunto sólo esta media docena de medidas; Más deberían impulsarse, pero todo ese proceso regenerador y reformista —que por desgracia presumo que contaría siempre con la oposición de la cerril izquierda patria— es la única garantía de un futuro mejor para nuestros ciudadanos.
Esperemos que alguien sea capaz de iniciar este proceso.

jueves, 19 de diciembre de 2013

EXCESO DE INFORMACION

 
En una sociedad con hiper información, como es la nuestra, en la que nos llegan, permanentemente, relatos de actualidad y opiniones a través de los medios de comunicación, internet o incluso rumores pseudo informativos procedentes de fuentes desconocidas,  lo crítico es tener criterio, saber diferenciar lo verdadero de lo falso y lo accesorio de lo fundamental;  saber lo qué es realmente importante, dentro de la marea informativa que nos abruma y diferenciarlo de su envoltorio, extrayéndolo el elemento esencial de lo que se nos cuenta, vemos  o escuchamos, tratando de que solo lo cierto e importante afecte a nuestra forma de pensar y actuar.
Lao Tse ya nos advirtió que los colores atractivos ciegan los ojos; los sonidos musicales ensordecen; los sabores exquisitos engañan al paladar; y la lucha por la adquisición de riquezas envilece las acciones humanas. Por eso el Hombre que desee ser un hombre justo no solamente ha de educar sus ojos, sino que también su mente, y así, libre de la influencia de los colores, sonidos y gustos, podrá elegir el verdadero camino de su vida.
Lo mismo debemos hacer con la información y opiniones que nos colapsan, educar nuestro criterio para no dejarnos influenciar por sus colores o melodías.
Sin embargo la tarea no es fácil, pues nunca sabremos donde está el contrapunto, el matiz diferencial, la certeza de las informaciones que nos llegan en un momento determinado.
Sobre todo si pensamos como Heráclito que Uno no se baña nunca en el mimo rio, pues las aguas en las que nos sumergimos nunca son ya las mismas”.
Así, el Taoismo de Lao tse, en un intento de preservarnos frente a la información que nos asalta desde el exterior, estableció una reglas para mantener el “sano criterio”
La primera es conocer a los demás y conocerse a uno mismo, para alcanzar la sabiduría.
La segunda es conquistar a los demás; pero conquistarse a uno mismo para ser invencible.
La tercera  es conservar la posición que se tiene; pensando no obstante que todo lo mundano se perderá  y que nuestro objetivo real es alcanzar la vida eterna, lo que significa morir y no perecer.
Con todo ello, continúa el maestro chino, el hombre llegara a ser “Justo” y su comportamiento se caracterizará por ser cauteloso como el que atraviesa un río en pleno invierno; vigilante como si temiera la actitud de los que le rodean; ceremonioso como si estuviera de visita; discreto como el hielo que se disuelve; sincero como la madera virgen; acogedor como un valle; turbulento como las aguas turbias de un río caudaloso.
Sin embargo la frenética hiperactividad de nuestro mundo contemporáneo nos cierra, en muchas ocasiones, la posibilidad de tomarnos el respiro necesario para reflexionar sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea, al modo que las viejas lecciones recomiendan, solucionando los conflictos entre las cuestiones opuestas que se nos planteen mediante una solución que no dé lugar a otros conflictos mayores.
Y frente al relativismo, que en este punto quiero representar con una poética frase de Paul Desjardins: “Ya está el bosque sombrío, pero azul sigue el cielo”, no olvidemos que son los árboles los que no nos dejan ver el bosque, ni la luz del sol, que por encima de sus copas, aún brilla majestuoso.
Y tampoco nos dejemos despistar por los “déjà vù, esas sensaciones, que nos vienen ocasionalmente, de que lo que estamos diciendo, haciendo o viviendo, ya lo hemos vivido, dicho o hecho antes, en una época remota; de haber estado rodeados, hace tiempo, por las mismas caras, objetos y circunstancias, como si no viviésemos una situación nueva para nosotros, sino que la recordásemos, pues en ocasiones la información recibida nos parece repetición de otras previas, aunque los supuestos sean diferentes y por lo tanto las conclusiones que de los mismos se deriven hayan de ser, forzosamente, diferentes.
Mi recomendación: No creamos nunca la primera “verdad” que nos llegue, contrastémosla con otras versiones de la misma “verdad y saquemos nuestras propias conclusiones.
Y, por desgracia, seamos mal pensados, llegando a la conclusión que todas las fuentes quieren transmitirnos no “La Verdad” sino “su verdad” y no dejemos manipularnos.[]

lunes, 16 de diciembre de 2013

DESLEALTAD



 
Quien no tenga enemigos, es señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor temido, ni carácter que impresione, ni honra de la que no se murmure, ni bienes que se codicien, ni cosa buena que se envidie. [José Martí]
 
Así pues, habremos de llegar a la conclusión de que cualquier persona de mínima valía tendrá enemigos; y frente a esa realidad me adhiero a lo dicho por Marco Tulio Cicerón:
 
“Del destino nada temo pues yo ya he visto otros vientos; y he afrontado otras tempestades”
 
No obstante, el elemento esencial frente a la enemistad, es la lealtad, cuyo ideograma japonés encabeza este escrito (Chuu) y que no es sino uno de los principios del Bu-shido, el código ético moral sincrético del budismo y el sintoísmo que, al igual que el sentido caballeresco de la nobleza europea, constituyó -en Oriente-, una de las más puras expresiones de la nobleza, el valor y la moral, antes de que degenerasen —uno y otro— en una fatua concepción del honor vinculado a la posición económica o legítima del individuo o su clan, es decir, en la aristocracia de papel couché, o en los códigos de la mafia yakuza.
 
 
No es -sin embargo- este que vivimos, tiempo de lealtades sino de egoísmos y posiciones meramente individualistas.
 
 
El diccionario de la Real Academia Española lo define, en su primera acepción como: “cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”.
 
 La lealtad pues, es un perfecto respeto a las obligaciones que al individuo imponen la fidelidad y el honor; el comportamiento conforme a lo que se ha venido en llamar hombría de bien, es decir, con probidad y honradez.
 
 Por otra parte, donde la lealtad adquiere su máxima importancia, no es en el ámbito de las relaciones interpersonales privadas, en las qué no cabe duda de que juega un papel esencial, sino en el ámbito de las relaciones interpersonales públicas, es decir, en el quehacer profesional y político.
 
 ¿Y porqué esta reflexión acerca de la lealtad?
 
 Pues precisamente porque España sufre un reiterado ataque de deslealtad que es necesario denunciar y comentar.
 
 En su obra "La velada en Benicarló", escrita en 1937, Azaña nos dice: "un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía a mano (...) en el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en algunos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición (...) Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en exaltar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho". Mientras que en sus memorias afirma: “yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas [el comportamiento de los nacionalistas vascos y catalanes] me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco."
 
 
​​Y es precisamente esa deslealtad hacia España lo que ha presidido el espíritu y las ambiciones de la oligarquía catalana a lo largo de los siglos con un afán puramente egoísta, antiespañol y centrado en el exclusivo deseo de defender sus privilegios, con permanente engaño hacia su pueblo.
 
 
Y así, fue deslealtad la proclamación de la República Catalana y su reconocimiento de vasallaje al Rey de Francia en 1640, momento en el que el Conde Duque de Olivares dijera, en carta al Virrey Santa Coloma:
 
 “Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella... Si la acometen los enemigos, la tiene que defender su rey sin hacer ellos la parte que les corresponde, ni exponer su gente a los peligros. Ha de traerse el ejército de fuera, se le ha de sustentar, se han de recobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle, ni lo sustenta ni lo aloja la provincia... Y siempre andan con que si la constitución dijo esto o aquello, y el usatje se trata como suprema ley con el fin único de la propia conservación de la provincia.”
 
 
Y deslealtad fue la proclamación de la Republica Independiente de Catalunya por Companys, y su proclama de 6 de octubre de 1934, tras la victoria electoral de las Derechas en las elecciones generales de ese año:
 
 "Las fuerzas monárquicas y fascistas, que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República, han logrado su objetivo y han asaltado el Poder.”
 
 
Hoy, el enemigo fascista a derrocar es el legítimo Gobierno del PP, que se sustenta en la mayoría absoluta parlamentaria alcanzada en las Elecciones generales de noviembre de 2011. Y así, deslealtad es el anuncio de someter al parlamento Catalán, por el Gobierno de la Generalidad del Sr. Mas, una propuesta de referéndum secesionista para Cataluña.
 
 Y frente a esa nueva demostración de deslealtad, conviene actuar, aunque habremos de reconocer que el Gobierno de la Nación ya ha dicho alto y claro por boca de su Presidente, el Sr. Rajoy, y varios de sus ministros, que esa consulta “NO SE VA A CELEBRAR”. Esperemos que sea así.
 
 Concluyo esta reflexión con unas palabras del escritor austriaco Stefan Zweig:
 
 "Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea".

martes, 10 de diciembre de 2013

Y EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOSTROS


En el versículo 14 del capítulo 1 del Evangelio según San Juan se recoge la frase que da título a este post. (Juan 1:14)
       Y me sugiere una reflexión relativa a este “misterio” de nuestra fe cristiana la época litúrgica en la que nos encontramos, que es el “Adviento”, época en la que preparamos el “advenimiento” o nacimiento de Jesús.
       Pues vayamos a ello.
¿Por qué, según explica la fe cristiana,  la salvación del hombre hubo de pasar por la encarnación del Hijo de Dios y Su sacrificio en la Cruz?

Esta es una de las cuestiones que frecuentemente me planteo en relación con mi fe cristiana y mi necesidad de someter la misma a la razón.
Cabría una explicación tal vez no muy ortodoxa, en cuanto que condiciona el principio de que Dios es Todopoderoso y Goza del don de la Ubicuidad, es decir la facultad de estar en todas partes al mismo tiempo.
Esta explicación partiría del hecho de que hay un lugar en el que Dios no está, en el que no puede estar, pese a su carácter ubicuo y todopoderoso.
Ese lugar es el infierno, pues el infierno es la pura negación de Dios, la total y absoluta falta de su presencia, pues si Dios estuviera en el Infierno, ya no sería tal.
Y partiendo de esa idea conceptualmente formal, aunque comprendo que discutible, o al menos difícilmente de aceptar, hemos de llegar a la conclusión de que si no puede estar en el Infierno no puede rescatar a las almas que están en él.
Recientemente se ha publicado en Roma bajo el título “Porqué Continuamos en la Iglesia”, una recopilación de artículos teológicos de Ratzinger antes de acceder al papado.
 
En uno de dichos artículos, precisamente llamado “El infierno es estar solo” Ratzinger nos dice:
Si existiese [después de la muerte] una suspensión de la existencia tan grave que en ese lugar [o situación] no pudiera haber ningún tú, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno
Para concluir afirmando:
 
Una cosa es cierta, hay una noche a cuyo abandono no llega ninguna voz; hay una puerta que podemos atravesar solo en soledad: la puerta de la muerte. La muerte es la soledad por antonomasia. Aquella soledad en la cual el amor no puede penetrar es el infierno. Sin embargo Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; con su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado. Allí donde no se podía escuchar ninguna voz. Allí está Él. De este modo el infierno, la muerte que antes era el infierno, ya no lo es más.
       Y ¿a cuento de que estas reflexiones? me pueden decir mis lectores, pues porque vienen a reforzar mi teoría.
       Si Jesús ha bajado a los infiernos, pues efectivamente así lo proclamamos en nuestro “Credo”:
Fue Crucificado, Muerto y sepultado. Descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos
 
Lo hizo en tanto y cuanto que Hombre [aunque “Dios Verdadero”], que con su muerte “descendió a los infiernos” para redimir al género humano, pues, ya que como Dios Padre no podría hacerlo, según antes hemos querido explicar, tuvo que hacerlo el Hijo como Hombre, tal y como nos dice Ratzinger:
Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; con Su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado [el Infierno]

 

 
        Pero aún hay más: ¿Y por qué hubo de morir en un sacrificio cruento, bajo tortura y en la terrible muerte del crucificado?
Esto para mi tiene más difícil contestación.
Sin embargo vamos a intentarlo.
Según la teología oficial, es tal el dolor que los pecados de los hombres causan a Dios, que ese sufrimiento se muestra expresamente en el suplicio y muerte del Hijo.
 
Otros teólogos afirman que el suplicio y muerte de Cristo es una prueba de la humildad de Dios frente a sus creaturas, frente al hombre, al  manifestar su amor hacia su creación aceptando un sufrimiento que, difícilmente, un hombre, salvo los santos, estaría dispuesto a aceptar por sus semejante, y que en este caso alcanza su máxima expresión al ser el Dios creador y todo poderoso quien acepta aquella humillación, dolor y tortura en su muerte, como lección de amor hacia los hombres.
“Juan 3, 16-21
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.”
 

viernes, 6 de diciembre de 2013

ADOLFO SUAREZ ILLANA

Hace algunos meses publiqué en este blog un post bajo el título "Este chico..." en el que contenía una ácida crítica hacia Adolfo Suarez Illana, por el hecho de haber este, a su vez, publicado un post en su blog personal, en el que se apropiaba para su padre el Duque de Suarez, de todos y cada uno de los méritos de la transición, definiéndole como "el hombre que trajo la democracia a España" sin reconocer la labor que, otros muchos, entre ellos mi padre Torcuato Fernández-Miranda, habían hecho durante la Transición.

La frase contenida en ese post que no quiero borrar es esta:


Afirmar que  Adolfo Suárez era visitado por el entonces Príncipe Juan Carlos en la sede del Gobierno Civil de Segovia para definir, “sobre un papel en blanco” los planes de la transición —(SIC)“incluida la Ley para la Reforma”— es no solo increíble, si no también mentira, y parece responder a un incontrolado esfuerzo de Suárez (hijo), de acaparar en la figura de su padre todo el mérito de aquella “Transición”, cuando dicho mérito ha de repartirse necesariamente entre unos cuantos.

Tales declaraciones han sido generosamente corregidas por el Sr. Suarez en el reportaje publicado sobre la labor de su padre, y otros, durante la transición, y por lo tanto es de justicia reconocer su positivo cambio de actitud y agradecer su homenaje a mi padre y a la Historia por él realizado.
 
Por otra parte, es de justicia, después de ver el video que les acompaño, que borre de mi blog aquel post y así queda hecho

 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

CARTAS DE AMOR




Se habla mucho, últimamente, de historias referidas a cartas de amor, extraordinariamente encontradas, celosamente guardadas en los más recónditos lugares y siempre dramáticas, como si el amor fuese el último baluarte de nuestra resistencia moral frente a las adversidades.

Voy a referirme a dos de ellas por su belleza e intensidad.
La primera carta a la que quiero referirme apareció en las excavaciones arqueológicas de un enterramiento en Korea, en donde, junto al cuerpo momificado de un desconocido hombre del s.XVI, al parecer de gran estatura y prestancia para su época, apareció una bella carta redactada por su viuda encinta:
 
“1 de junio de 1586 – Al padre de Won:
Siempre dijiste: "Amor, vivamos juntos hasta que nuestro pelo encanezca y podamos morir el mismo día. ¿Cómo has podido morirte sin mí? ¿A quién vamos a escuchar mi pequeño y yo, cómo debemos vivir? ¿Cómo pudiste alejarte de mí?
¿Recuerdas cómo tu corazón moraba en mí y cómo yo habitaba en el tuyo? Cada vez que nos acostábamos juntos siempre te decía: "Amor, ¿habrá alguien que se quiera como nosotros? ¿Realmente como nosotros?"
¿Cómo pudiste dejarme así, después de todo?
Es que no puedo vivir sin ti. Es que quiero irme contigo. Por favor, llévame a donde estés. Mi corazón, mis sentimientos hacia ti son lo último que podré olvidar en este mundo. En mi corazón desgarrado solo queda un dolor sin límites. Solo puedo preguntarme: ¿cómo puedo vivir con el niño si nos faltas, pensando en ti, sin fuerzas para sosegarme?
Por favor, respóndeme a todas estas preguntas, lee esta carta y contéstame con todo detalle en mis sueños, en cuanto puedas. Esa es la razón por la que te escrito esta carta y la entierro contigo. Ojalá pueda escuchar tu voz suavemente en mis sueños. Mírala atentamente y habla conmigo. Un día me dijiste que querías decirle algo al niño cuando viniera al mundo, pero te has ido tan repentinamente. Cuando dé a luz al niño, ¿a quién llamará padre?
¿Cómo puedes entender cómo me siento? No existe una tragedia como este dolor mío bajo el cielo. Te has ido a otro lugar, pero no padeces una tristeza tan profunda como la que me dejas. No puedo contar cómo me siento realmente, no puedo expresar mi dolor sin fin salvo con estas palabras ásperas y precipitadas.
Por favor, como te digo, lee atentamente esta carta y ven a mis sueños y muéstrate y hablemos de todas estas cosas. Estoy tan segura de que podré verte en mis sueños. Ven a mí en secreto y muéstrate, ¿Lo harás? Hay tantas cosas que debo decirte, tanto que queda fuera de esta carta. Adiós.
Te quiere, Tu esposa.”
 
En la carta, bellísima, la desconsolada viuda encinta reclama a su amado que se le presente en sueños y le hable, como consuelo a su insustituible pérdida y su profunda tristeza.

En esencia me recuerda el deseo de continuar la conversación con el ser amado tras su muerte, que otros poetas plasmaran en sus obras, como los versos con que concluye la “Elegía” que Miguel Hernández dedicara a su amigo Ramón Sijé, con ocasión de su muerte, cuando le dice:
 
“A las aladas almas de las rosas...
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”
 
Pero, posiblemente, la carta encontrada en los restos de uno de los soldados asesinados por los moros de las Kabilas de Abd El Krim en Monte Arruit -el 9 de agosto de 1921-, fue la que más dificultades encontró para llegar a su destino y la que más hondo dolor causó en su receptora que, en un ejercicio de resignación, tuvo que aprender a vivir sin su remitente.
 
En el sobre se lee:
 Hermano de armas, si lees esto será porque yo habré muerto. Por favor, cumple la última voluntad de este soldado español que ha caído por la Patria y haz llegar esta carta a María (...) que vive en Málaga en la calle (....) Sus padres se llaman Manolo y Antonia.
 
La carta dice:
 
“Mi dulce María,
Nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por causa enemiga o por efecto del calor y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria. Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que mandarán refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de Monte Arruit no la he vivido. Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten. En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, día tras día, los oficiales nos recuerdan lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos.
La verdad que no sé por qué te estoy contando esto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches, la única persona por la cual suspiro día tras día y me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.
Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que este sol africano y convertir a cualquier hombre en estatua de sal con sólo regalarle una mirada tuya. Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas pues venías del mercado y como yo, apoyado en la
pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan, pero giraste tu preciosa cara, me miraste y me sonreíste. Bendito piropo aquel. Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste. Desde entonces fuimos inseparables, me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia siempre ha sido mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando me acuerdo de aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía, se nos paró el mundo alrededor en ese instante. En fin, hay tantas cosas que podría contar... Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré. No quiero ser egoísta y por ello te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta, pues yo siempre estaré contigo en cada momento de tu vida. Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté.                                                          
Monte Arruit, a 8 de agosto de 1921, tu Soldadito Pedro”
 
Esta carta, llena de amor y tristeza, es la mejor documentada de las comentadas.
 
Según narran las fuentes investigadoras, el 9 de agosto el General Navarro parlamentó la entrega de Monte Arruit con los jefes tribales marroquíes. Las condiciones fueron que los españoles entregaban las armas y saldrían del fortín sin hostigárseles y, además, se proporcionaría transporte a los heridos. Así pues, los soldados españoles desarmados comenzaron a salir de Monte Arruit en columna, pero al poco tiempo los moros, de manera inesperada, atacaron a los españoles desde distintos flancos produciéndose una enorme matanza. De un contingente de 3.000 hombres, solo sobrevivieron 60.
 
A veces el destino y la suerte se unen  y aunque no ha sido fácil, según revelan los investigadores, se ha podido localizar a familiares de la destinataria de la carta (María). Antonio, un nieto de ésta mujer, ha contado que su abuela, aunque se casó años después de lo acontecido en Monte Arruit, siempre tuvo en su mesita de noche la foto de un joven soldado con un rosario sujeto en la esquina del marco.
 
Durante muchos de años, incluso ya casada y con hijos, día tras día acudía al puerto de Málaga con la esperanza de que llegara el barco que habría de traerlo. Su marido siempre respetó a María y supo que jamás ocuparía el puesto de aquel primer novio. No obstante, fueron un matrimonio feliz.
 
Falleció en 1987, a la edad de 85 años. Pidió ser enterrada con la foto de su primer amor y el rosario entre las manos.
 
La carta en si misma tiene tres partes diferenciadas claramente. En la primera Pedro le cuenta a María los agónicos momentos que está viviendo con sus compañeros en el Monte Arruit sitiado por los moros. Sentimiento de temor que se concreta en la frase:
 
Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar”
 
bien sabía el soldado Pedro como se las gastan los moros.
 
En la segunda se disculpa por trasladarle a su amada sus agonías y hace un delicioso repaso del momento en que se conocieron y de su intenso amor:
 
“…esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que este sol africano y convertir a cualquier hombre en estatua de sal con sólo regalarle una mirada tuya… …Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa.”
 
En la tercera y última parte de su carta, Pedro, sabiendo que su destino próximo va a ser la muerte se despide de María, pidiéndole que no haga luto por él y que rehaga su vida, y le dice:
 
“Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte.”
 
Muchos de ustedes ya conocerían estas historias, recogidas por la prensa, pero a mí me hacen pensar que las cartas de amor son el género literario más autentico, escritas por quienes, tal vez con escasa formación o cultura, expresan -desnudando su alma- sus más profundos sentimientos de forma directa e incluso poética; en el que no tiene cabida la aseveración de La Rochefoucauld, para quien:
 
“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.”