lunes, 18 de noviembre de 2013

"LA ROJA" MAS ROJA QUE NUNCA


 
Andan todos los progres alegres cual pajarillos revoloteadores porque, de cara al Mundial de futbol de Brasil, la equipación de la selección española es “Mas roja que nunca” y han conseguido, ya de forma definitiva, que al equipo de España se le llame “LA ROJA”, pero lo que no saben perroflautas, marxistas y demás pájaros de mal agüero que tanto se regodean, que el rojo ha sido el color distintivo de España desde tiempos de los Tercios de los reyes Austrias.
Efectivamente, el rojo era el color característico de España, como el verde lo era de los italianos que servían a nuestros Reyes, pues gran parte de Italia era también España. Una orden del Veedor General de la Armada de la Liga, fechada el 20 de junio de 1571 ordenaba que:
“Traerán los soldados y demás gente de guerra de España un lazo rojo, los italianos verde, la infantería alemana negro, los venecianos amarillo, los caballeros de san Juan blanco y los que sirvan al Papa azul.
     El texto anterior es curioso, máxime cuando el blanco fue generalmente la divisa de Francia, como también lo fue el azul, y el amarillo lo usaron muchos militares al servicio de los Emperadores. Los holandeses enemigos de España tomaron el naranja de la Casa de Orange; como contraposición a estos, tenemos representaciones de walones al servicio de Su Majestad Católica, con divisa púrpura (morado-rojizo).

     
Pero volvamos al color rojo. En el retrato del Emperador Carlos en Mühlberg, obra de Tiziano Vecellio conservada el El Prado, vemos que lleva banda roja del hombro izquierdo al costado derecho, y una toquilla roja en la borgoñota; plumas y cubiertas del caballo son también rojas.
 
En el retrato de Felipe II, pintado por Moro en 1557, vemos que lleva un lazo rojo en cada brazo.
 
Lo mismo sucede con el de D.Juan de Austria pintado por Sánchez Coello
 
 
En el de Filiberto de Saboya, de Juan Pantoja de la Cruz Coello, los lazos son verdes por ser italiano.
 
Y para terminar, como banda del hombro derecho al costado izquierdo, se la pintó Peter Paul Rubens al Cardenal Infante D.Fernando de Austria.
 

Por tanto, los españoles llevaron lazos, fajas o bandas rojas como distintivo de servir en los ejércitos del Rey. Quizá D. Alonso de Contreras sea quien mejor nos describe la banda al contarnos como vestía cuando se presentó en Madrid de Capitán de caballos:
“Calcillas de gamuza cuajadas de pasamano de oro, y mangas y coleto de lo mismo, un monte de plumas azules y verdes y blancas encima de la celada, y una banda roja recamada de oro, cuajada, que, a fe, podía servir de manta en una cama.”
Pero la más bella historia que en torno al rojo de España se haya jamás contado está la de nuestra Infanta Maria Teresa, hija de Felipe IV, esposa del Rey Sol de Francia Luis XIV y abuela del Rey Felipe V de España que implantó la dinastía Borbón en nuestro reino.
Cuéntase que en el momento de retratarse a la Reina se decidio que usase el mismo vestido que había lucido en otro retrato la abuela de su marido, María de Médici en obra ejecutada por Frans Pourbus el Joven, y ello fundamentalmente porque su tela estaba bordada con las flores de Lis de la casa de Francia.


Retrato de maria de Medicis

Sin embargo, dados los años transcurridos la reina decidió adaptarlo a los nuevos tiempos cambiando cuellos y mangas, y añadiendo un detalle que a nadie debe pasar desapercibido, y que no es otro que el de colocarse un medallón al cuello, en el escote fijado con un lazo intencionadamente rojo.
Retrato de Maria Teresa de Austria Infanta de España y Reina de Francia
 
La jugada de la reina pasó desapercibida, pero en el retrato que aún hoy se conserva en el palacio de Versalles, la Reina de Francia, que jamás intervino en la política de su reino ni a favor ni en contra de España, pues su marido el Rey Sol actuaba a su antojo, quiso dejar a la posteridad un breve mensaje subliminal
 
“Si, soy vuestra Reina, pero mi sangre es española, roja como el lazo que, atrevidamente, me he colocado para ser retratada.”

 En cuanto a la equipación deportiva, inicialmente en las Olimpiadas de Amberes de 1920 fue roja, posteriormente paso por el azul entre 1941 y 1947, año en el que el General Moscardó, entonces Delegado Nacional de Deportes y Presidente del Comité Olimpico Español, decidió que se volviera al tradicional color rojo que desde entonces se usa, en referencia al rojo tradicional insignia de las tropas españolas.

sábado, 16 de noviembre de 2013

CUESTIONES DE FE


Me plantean un amigos cuestiones que son difíciles de contestar y que se refieren a la existencia de la fe, posiblemente tras repasar los post de mi blog, y con  la siguiente misiva:
 
“Querido Jesús: Cuan angosto es el camino hacia el paraíso, Quien sabe, tal vez tengamos la hoja de ruta grabada en nuestro subconsciente, pero que enorme grito de angustia cerrar las puertas a la fe y acabar en la descreencia. En cualquier caso, crea o no, no estoy dispuesto a aceptar a un Dios vengativo que entrega la gloria quienes secundan sus mandamientos y cantiga,, en un juego retributivo del bien y del mal a quienes le desobedecen.”
 
Cuan angosto es el camino hacia el paraíso....
 
Quien sabe, tal vez el libro de instrucciones venga grabado en nuestro subconsciente cual el software de los cachivaches que llenan nuestras vidas.
 
Los filósofos clásicos partidarios del “iusnaturalismo” consideraban que determinadas “potencias” espirituales eran consustanciales al hombre, implícitas a su propia existencia, inspiradas desde la naturaleza propia de las cosas, por el Creador o por la propia Evolución de las especies según construcciones más tardías, como un código genético indeleble a modo de evolución de los instintos animales.
 
O tal vez se nos grabe, a sangre y fuego, en el subconsciente por la propia sociedad en la que nos desarrollamos, desde el momento mismo en que se nos inflige la vida.
 
¿Por qué el rechazo de la fe habría de ser un grito de angustia....?
 La angustia es la descreencia misma....:  ¿Qué mayor angustia que vernos huérfanos en la inmensidad de nuestra propia existencia?
 
No pienso que el rechazo de la fe  pueda ser considerado desde las perspectivas de la culpa o el  victimismo, salvo en cuanto reacción anímica frente a una situación “anómala” que se plantea en el círculo más intimo de cada individuo, pues algo de “antinatural” tendrá cuando da lugar a una situación anímica tan peculiar de “pugna interna”.
 
Si la falta de fe, la descreencia,  fuera algo adecuado a la naturaleza del hombre, al igual que la respiración o el sueño, no daría lugar a debates intelectuales tan intensos.
 
Y no quiero circunscribir mis reflexiones  al ámbito de la fe conforme a las doctrinas de los credos imperantes, ya sean  cristianos, budistas, animistas mahometanos...., si no a la consideración de la existencia “trascendental” de ser humano, de la existencia de su espíritu entendido como algo más que el resultado de una afortunada conjunción de conexiones neuronales..... y de la creencia en un más allá que exista por encima de consideraciones retributivas.
 
El alma es y existe y su destino es reunirse con el sumo hacedor, en la glorificación de su esencia y si negamos esta “verdad” no nos queda más consuelo que pensar que el fin de nuestra existencia es tan absoluto, que al fin y a la postre, no somos más que materia absurda destinada a su desaparición y que solo los genios tendrán futuro en nuestro mundo conforme a lo expresado por CICERON: La vida de los muertos perdura, tan solo, en la memoria de los vivos

sábado, 9 de noviembre de 2013

LOS JACOBINOS

Iglesia Dominica de San Jacobo de París Sede de los Jacobinos
El diccionario de la Real Academia define Jacobino, en su tercera acepción, como "demagogo partidario de la revolución".
Sin embargo, en mi uso frecuente, comprendo que incluso excesivo, del término para definir determinadas actitudes de la izquierda intolerante, el concepto de "Jacobino" es algo más elaborado.
 
El origen del concepto se encuentra en la antiguo convento de los Dominicos de la calle de San Jacobo de Paris, que fue ocupado por el grupo revolucionario francés más radical y extremista, la "Société des Amis de la Constitution"', o "Club de los Jacobinos", grupo revolucionario que se caracterizó por sus posiciones intolerantes contra la Monarquía —pues fueron quienes impulsaron la decapitación del Rey Luis XVI— contra la religión —pues defendieron los fundamentos anticlericales y anticatólicos de la revolución— y contra sus opositores —pues persiguieron y aniquilaron en la guillotina a los moderados (Los Girondinos)— sumiendo  a  Francia en el  Régimen  del Terror, guillotinando a miles de sus adversarios reales o supuestos, y acabando por guillotinarse entre ellos mismos.
 
Por lo demás, no nos llamemos a engaño, el concepto jacobino de la República no era, en absoluto, democrático sino ilustrado y despótico.
 
El grupo parlamentario jacobino, que controló la Asamblea entre julio de  1793 y julio de 1794, fue denominado el de los "Montagnards", el partido de la montaña, por ocupar la zona más alta de la tribuna de la Asamblea, a la izquierda de la presidencia, lo que dio históricamente lugar a la distinción entre izquierdas y derechas, estas últimas representadas por los moderados.
 
Los herederos del movimiento jacobino —partidarios de la demagogia revolucionaria— lo son, en la actualidad, los marxistas, tan despóticos, anticatólicos y antidemocráticos como sus predecesores.
 
Es de destacar que, originalmente, el marxismo fue un cuerpo de doctrina científica que trató de explicar el desarrollo histórico humano sobre la base de la economía (Materialismo Histórico).
Todo el sistema marxista se basa en considerar que a lo largo de la historia los hombres se han agrupado en clases empeñadas en una lucha permanente —la lucha de clases— por el control de los medios de producción y la distribución de la riqueza, que ha dado lugar al dominio de unos pocos (la burguesía) y la dominación y sometimiento de la mayoría (el proletariado). Y que esa lucha debe decantarse a favor del proletariado a través de la revolución.
 
La tarea revolucionaria respondería, así, a la necesidad de derrocar a la clase dominante capitalista y burguesa, destruyendo la ideología y los principios políticos y religiosos en los que se ha basado su preeminencia histórica, traspasando la propiedad de los medios de producción al proletariado y abriendo paso a una sociedad emancipada material, moral  intelectualmente, de las taras del pasado, en donde el “hombre nuevo" emancipado, liberado de toda clase de enajenación social o moral y de raíz proletaria, sería capaz de alcanzar la felicidad en el seno del estado ideal socialista o comunista.
 
Ahora bien, si la validez de una teoría o modelo económico depende del cumplimiento de sus predicciones, podemos concluir que el marxismo, y todas las construcciones posteriores de análisis económico de raíz marxista, han fracasado estrepitosamente, pues lo cierto es que las "sociedades burguesas" cuya "autodestrucción" se predecía por el marxismo como consecuencia del efecto demoledor de sus propias "contradicciones internas" no solo han sobrevivido, sino que se han convertido, en el mundo contemporáneo, en las sociedades más prósperas, más desarrolladas, más libres y en las que "el proletariado" mejor ha participado en la riqueza y libertad alcanzadas, sin perjuicio de indeseables desequilibrios persistentes servidumbre inevitable de cualquier organización humana.
 
De esta forma el marxismo-jacobinismo constituye, hoy en día, no tanto una doctrina económico-política, sino una actitud vital, un código de conducta basado en un escaso conocimiento de las doctrinas económico filosóficas de Marx y Engels y en un amplio conjunto de prejuicios socio económicos, socio culturales y socio políticos.
 
El marxismo, cayendo en los vicios criticados de la clase social que quiere combatir, se ha "aburguesado". Es decir, ha establecido un código moral, unas convenciones de comportamiento social excluyentes, una escala de valores indiscutibles, no ya en defensa de la conquista del poder por el proletariado y la instauración de la "dictadura de clase" preconizada por aquella doctrina —lo que no sería compatible con una sistema democrático como el existente en los países occidentales— sino para la demagógica defensa de los intereses de quienes se han convertido en los destinatarios objetivos de sus pretendidos desvelos: los desheredados de la tierra, los discriminados y los débiles.
 
Y así, lo que inicialmente en el marxismo era la lucha revolucionaria del proletariado por la conquista del poder, hoy se ha transformado, ha degenerado, en lucha particular —ya de un individuo, ya de un grupo de individuos organizados a tal fin— por la conquista del poder sobre la base instrumental  del   resentimiento  y   la frustración sociales, y en la que la destrucción del adversario es el elemento que permitirá la propia perpetuación en el poder.
 
Recuerdo a mis compañeros marxistas de Universidad recitando, con pueril entusiasmo, pasajes literales del "Manifiesto Comunista", entre cuyas frases preferidas se encuentra aquella que dice que:
 
"Las leyes, la moral, la religión, no son para el proletariado sino prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía"
 
que esgrimían como fundamento de su posicionamiento " revolucionario, antiburgués y progresista", cuando no eran ni lo uno ni lo otro, apoltronados en los hábitos confortables de la sociedad de consumo en que vivían, encorsetados en un modo de vida sujeto a prejuicios aburguesados frente a la sociedad contra la que, teóricamente, combatían, y excluyentes e intolerantes frente a quienes no nos plegábamos a sus consignas.
 
Lamentablemente, y como dijera Arthur Koestler, en su libro "El Cero y el Infinito":
 
"El dominio de la jerga marxista permite a cualquier idiota pasar por inteligente"
 
La realidad es que los modernos jacobinos, pese a haber abandonado sus referencias al marxismo, por interés político y conveniencias de su estrategia de asalto al poder, no han sido capaces de desembarazarse de los tópicos, tics y fundamentos de base marxistas que se mantienen, larvadamente, en el substrato de sus planteamientos ideológicos.
 
Dentro de esos tics se encuentra, en primer y fundamental lugar, lo que podríamos llamar la "elusión de la crítica", es decir su carácter intolerante y excluyente, pues el marxismo no solo establece un código propio de conducta, sino que achaca a intereses reaccionarios y antidemocráticos la actitud de quienes no lo aceptan, de tal modo que la crítica, la discrepancia, se vuelven inaceptables por principio, pues los marxistas no intentan esclarecer los hechos sino descalificar rápidamente al discrepante para privarle de su capacidad dialéctica.
 
Por otra parte vemos como la superación de los valores "burgueses" de la sociedad occidental, como la familia o los principios morales del llamado "humanismo cristiano", se ha convertido en el objetivo preferido de los jacobinos contemporáneos, pues no en balde conectan, en su deseo de aniquilarlos, con la tradición marxista, conforme a la cual es preciso destruir todos los elementos en los que la burguesía, los conservadores y liberales, cimentaron la adquisición y el control de su poder sobre la sociedad, para dar paso a una sociedad nueva dominada por ellos, como “representantes del pueblo", concepto que, en la moderna retórica política "progresista", ha venido a sustituir al de proletariado.
 
El ideal del “hombre nuevo" ha evolucionado, también, hacia formas más groseras de adoctrinamiento. Hoy el objetivo es la consecución de un "pueblo" formado por ciudadanos alienados, sin criterio, sin valores ni principios, hedonistas y sumisos ante el poder del Estado a cambio de su bienestar material.
 
Y todo ello adobado, como ya he apuntado anteriormente, en la dinámica de la desautorización inmediata, tajante y no argumentada, de las posiciones de los que no compartimos su visión de la Sociedad.
 
Desde los postulados del libre pensamiento, desde la defensa de lo que siempre, frente al marxismo y el jacobinismo, fue el mundo libre, que hoy se nos vuelve a tratar de hurtar, reivindico mi derecho a ser diferente, a pensar de otro modo, a defender mis principios morales aunque sean minoritarios en la sociedad, a manifestar mis discrepancias con la mayoría o con el Poder dominante.
 
Y no es que yo sea diferente, es que todos los demás están empezando a ser demasiado iguales.
 
No me importa ser la oveja negra del rebaño rojo en que jacobinos y marxistas quieren convertir a nuestra Sociedad.
 
Aunque desde su daltonismo interesado digan que soy "azul" cuando, simplemente, es que no soy “rojo”
 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

LA POLITIZACION

 
Varios titulares de prensa de estos últimos días me llenan de estupor y tristeza. Y me plantean una cuestión de fondo para mi importante:
¿Qué le está pasando a la Sociedad Española?
 
Según las encuestas de la UE España es el país con mayor índice de abandono escolar y universitario, en cifras que nos dicen que en torno al 30 % de los estudiantes de secundaria o universitarios abandonan sus estudios sin terminarlos.
Y ello es un dato preocupante que no se compadece con el hecho -puesto también de manifiesto en esas encuestas-  conforme al cual en España los profesores están pagados por encima de la media del resto de países de la Unión, el número de alumnos es inferior por aula al que es media en la Unión y existen más profesores que por alumno que los existentes, como media, en los países de la Unión.
 
Para tratar de poner remedio a este dislate el Gobierno del PP ha presentado, y el Parlamento ha aprobado, una nueva Ley de educación (LOMCE), frente a la cual se ha movilizado una marea de alumnos, profesores y padres, de los que pienso que pocos habrán leído la Ley y menos la habrán entendido; Da igual, la consigna de los jóvenes que se manifestaban en estos días pasados en Madrid era “La Solución es la Revolución” que no se que tendrá que ver con la educación, aunque rime con ambos términos.
Ello se ha unido al “tópico” marxista de defensa del “Sistema público de Educación”, que tampoco muchos saben que significa, pero que es peligrosamente demagógico; sobre todo cuando las instituciones de la UE advierten que el mantenimiento de algunos de los hitos del llamado Estado del Bienestar pasa, precisamente, por la privatización de muchos de sus servicios.
 
Lo mismo ocurre con la Sanidad, en la que la privatización del Servicio, que seguirá siendo gratuito para los ciudadanos, no es contestado en las comunidades donde gobierna el PSOE con los comunistas; como es el caso de Andalucía, región líder en privatización de Servicios sanitarios y Hospitales; o en Asturias; pero que saca a las enfurecidas “Batas blancas” a la calle cuando se trata de Comunidades Autónomas gobernadas por el PP como son Madrid o Valencia.
Pero los problemas que padecemos no son solo económico/políticos, sino de índole sociológico/moral.
 
Llamar “matrimonio” a una legítima, porque no, unión de vida de una pareja homosexual, o tildar de “sagrado” el pretendido derecho al aborto, no son sino reflejo de los males morales que también afectan a nuestra Sociedad, desnortada éticamente.
Vivimos en una sociedad dominada por tópicos marxistas, todos ellos recogidos en el “Manifiesto Comunista” y todos ellos superados desde su publicación por Marx y Engels en 1848.
 
Estamos viviendo, en el segundo decenio del s. XXI, nuestro propio “Mayo del 68” sin que la Sociedad esté siendo consciente de ello.
El movimiento francés de “Mayo del 68” constituyó la más exitosa operación de AGITPROP protagonizada por el Partido Comunista francés, que impregnó a las capas burguesas acomodadas, de principios marxistas.
 
De una parte maquilló al comunismo con la etiqueta de “Eurocomunismo”, haciendo a las clases medias perder el miedo a su amenaza mediante la declaración del abandono (teórico) de las técnicas de revolución violenta, la integración en el juego democrático de partidos y la aplicación doctrinal de la revolución pacífica “científico/técnica”.
De otra socavó los cimientos de la moral burguesa cristiana, con la puesta en práctica de medios de superación del concepto de “familia burguesa” y de liberación de la mujer, contenidos en el Manifiesto Comunista, que denunciaba la “prostitución legal” que para la mujer suponía el matrimonio, promoviendo los movimientos feministas radicales y propugnando utopías como el “amor libre” o dramas como la defensa del aborto.
 
Pues bien, los “Movimientos antisistema” tan en boga hoy en día bajo la genérica denominación de “Movimientos 15 M” no han hecho sino volver a los planteamientos propios del “Mayo del 68”
Efectivamente se han puesto en marcha todos y cada uno de los planteamientos de aquel movimiento, desde su dinámica “asamblearia”, su oposición de corte anarquista al poder establecido, aunque provenga de la legitimidad de las urnas, la exigencia de un anticipo electoral y de la apertura de un “Proceso Constituyente”, o la búsqueda de su fuente doctrinal en obras del comunismo más rancio, como es el “Indignaos” de Stefan Hessel, que propugna, ni más ni menos, que la vuelta a los modelos de actuación política de la resistencia francesa de postguerra, con el objetivo indisimulado de “derribar las estructuras de la Sociedad”.
 
Lo más lamentable es que los instigadores de todos estos movimientos manipulan a los jóvenes, desconocedores del fracaso de los principios comunistas y del propio proceso revolucionario del 68 y que vuelven inocentemente a las andadas como si hubiesen descubierto “la modernidad”, algo nuevo nunca ensayado, con olvido de que ya los clásicos nos advertían de la ingenuidad de la juventud, pues como dijera Homero “La juventud tiene genio vivo y juicio débil”
Pero llegados a este punto debemos plantearnos nuevamente:
 
¿A qué responde esta actitud ciudadana?
La respuesta simplista es fácil pues, cabría decir que, es normal que la ciudadanía se movilice en momentos de crisis como la que padecemos, máxime si esta situación viene adobada por inadmisibles y reiterados casos de corrupción político/económica que afecta a los principales partidos políticos.
 
Pienso, sin embargo, que hay razones de fondo mucho más importantes que expliquen estos movimientos populares, y que desacreditan la teoría del carácter espontaneo de estas reacciones sociales.
 
Según mi parecer, la situación que vivimos es fruto, nuevamente, del AGITPROP protagonizado por la izquierda marxista radical, que ha inoculado en nuestra sociedad el mal de la POLITIZACION.
 
Efectivamente, y por impulso de los partidos de izquierda radical, la política ha desbordado los cauces normales por los que debería moverse y ha anegado la vida social toda, contaminando a la sociedad civil con unos contenidos políticos que ella no debería gestionar.
Las sociedades civiles de los países desarrollados ejercen su poder soberano en las urnas, periódicamente, y asumen roles políticos o asistenciales que los Estados o las Administraciones periféricas no asumen, pero no tratan de suplantar al poder político institucional, no tratan de imponer leyes a los legisladores ni medidas ejecutivas a los Gobiernos.
 
Eso solo lo hacen las sociedades civiles anómalamente POLITIZADAS por el influjo de los partidos de extrema izquierda, pues en ello está su propia esencia.
En España los comunistas, se denominen como ellos quieran para ocultar su esencia, (izquierda Unida, Izquierda Plural, o lo que sea) no han sabido evolucionar ni aceptar la superación de sus tópicos, ni la falsedad de sus asertos, falsedad de la que es muestra indiscutible la afirmación contenida en el Manifiesto Comunista según la cual: “La mejora de los medios de producción capitalistas nunca mejorará la calidad de vida del proletariado”; cuando ha sido precisamente el capitalismo quien ha creado el “Estado del Bienestar” que ahora dicen defender.
 
Y pese a ello se han anclado en un política decimonónica de “lucha de clases” y en su empeño de destruir la sociedad burguesa en aras de “la igualdad” y no por defensa de sus principios, todos ellos fallidos según se demostró en el “socialismo real”, sino por resentimiento y ambición personal de sus dirigentes.
Y a ello contribuye un PSOE desnortado, carente de ideas y liderazgo, que se radicaliza y vuelve a sus orígenes marxistas, nunca del todo olvidados y colaboran con los comunistas en esa operación de AGITPROP a través de la cual los “nuevos redentores” manipulan a una sociedad inculta y asustada, POLITIZÁNDOLA y tratando de ponerla a su servicio por medio de su manipulación.
 
Y al final de todo ello, tan solo se adivina un “frentepopulismo” de sainete del “quitémosles a ellos para ponernos nosotros”, con el riesgo que ello implica de desarticulación de la Sociedad, uso de la violencia y renacimiento de un FRENTE POPULAR estructurado; idea ante la cual tan solo se me ocurre pensar “Que Dios nos pille confesados”
Sinceramente no me gustaría que mis hijas viviesen el calvario que vivieron sus abuelos por la contumaz voluntad marxista de volar por los aires, con evidente violencia, y como dice el Manifiesto Comunista “hasta la última astilla del sistema burgués”

sábado, 2 de noviembre de 2013

HISTORIA DE CATALUÑA

Escudo del Condado Principado de Barcelona antes de la incorporación de Cataluña a Aragón
Cervantes, cuando define la Historia lo hace con estas palabras:
“Émula del tiempo, depósito de acciones, testigo del pasado, aviso del presente, advertencia de lo porvenir.”
 
Y, ¿Por qué esta cita cervantina? Pues a propósito del proceso de reinvención de nuestra historia al que se han apuntado -con fruición- nacionalistas e izquierdas, en un intento de reeducar al ciudadano en una visión del pasado - la suya claro-, para reforzar sus posiciones –o suposiciones- políticas y, de este modo, justificar su proceder.
Así pues, cada Comunidad Autónoma, malhadado invento de los padres de nuestra Constitución, reinventa una historia plagada de mitos y leyendas que justifique el tan cacareado expolio de que han sido históricamente víctimas de España; sí, como lo leen Vds., de España; no de Castilla, o de Aragón o de otro reino milenario. Al tiempo, desacreditan con falsedades, mentiras, infundios y desmanes, todo lo que no haya sido su propio proceder, no ya en el presente próximo, en el que pudieran haber existido, sino a lo largo de la toda Historia Patria, desde los Neandertales a nuestros días; con lo que, a su vez, justifican sus desmedidas exigencias económicas, culturales o políticas frente a lo que tristemente -desde que Zapatero impusiera tan zarrapastrosa definición- se llama, eufemísticamente, “Gobierno de España”, no Gobierno central, claro, ni Gobierno a secas, pues sería tanto como desvirtuar las pretensiones de los administradores de nuestras actuales Taifas.
 
Miles son los ejemplos de lo que está pasando y pocos los historiadores, salvo honrosas -aunque oficialmente desacreditadas- excepciones, que tratan de oponerse a la corriente historicista “políticamente correcta” –y absurda e inocentemente conciliadora- que cuenta nuestra Historia no científicamente, sino al albur de sus propios intereses políticos, o de aquellos a los que intelectualmente sirven en menoscabo de la verdad.
 
Pero como el movimiento se demuestra andando, vayamos allá, y comencemos en el noreste patrio (Cataluña) para trazar una espiral hasta el centro –tratando de emular la fuerza centrífuga de Ortega- y en el sentido contrario a las agujas del reloj, como es menester hacer, cuando nos remontamos hacia el pasado, en busca de las pertinentes explicaciones históricas que buscamos.
 
La retórica nacionalista imperante en Cataluña, e impulsada por Convergencia y ERC, con ausencia del PSC, que ni está ni se le espera, e impotencia, por su escasa representación política del PP y Ciutadans, parte de afirmar que Cataluña fue, históricamente, una “Nación Soberana” y que esa soberanía le fue arrebatada por “España”.
 
Y de ese polvo vienen todos los lodos colaterales.
 
Pero vayamos por partes.
 
Cataluña, lo que hoy conocemos como Cataluña, tiene su origen en la creación por Carlomagno, a finales del s.VIII de la “Marca Hispánica” formada por condados fronterizos en los valles del, para él, Pirineo trasmontano, y como línea defensiva frente a los invasores musulmanes que ya habían conquistado la mayor parte del territorio peninsular hispano, excepto el entonces naciente Reino de Asturias, con el que Carlomagno mantenía importante alianza.
 
No merece la pena que nos detengamos en los avatares de estos condados en sus permanentes guerras durante las primeras fases de la reconquista, ni en su  vasallaje al Reino Francés hasta finales del s.X en que el Conde Borrel I de Barcelona se negó a someterse a los Reyes Capetos tras la desaparición de la Dinastía Carolingia.
 
En este punto es interesante destacar el matrimonio entre el Conde de Barcelona Ramón Berenguer III con Petronila, hija del Rey de Aragón Ramiro II, cuyo hijo Alfonso II se convertiría en Rey de Aragón incorporando al mismo el Condado de Barcelona, a mediados del s.XII.
 
Pero las disputas entre Francia y Aragón por el control de los condados catalanes se mantiene hasta 1251 (s.XIII), momento en que el Rey de Aragón Jaime I el Conquistador, firma con el Rey de Francia Luis IX un tratado por el que el primero renuncia a sus pretensiones sobre Occitania y el segundo a las suyas sobre los condados Catalanes.
 
Por lo tanto, desde el s.XII los condados catalanes, aglutinados en torno al Condado de Barcelona, forman parte del Reino de Aragón, y todo lo que se cuente diferente a esto es mentira.
 
Pero hay más. Desde el matrimonio entre Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, que someten a su corona los reinos de Navarra y Granada, se constituye la monarquía Hispánica, que une en una sola corona y reino los disgregados reinos peninsulares, y pese a las disputas entre aquellos Católicos Reyes, lo cierto es que todo se une en una sola corona en su Hija Juana, llamada “La Loca”.
 
Por otra parte tiene gracia lo de la “Cuatribarrada” y su versión independentista de ERC la “estelada”.
 
Los catalanes la consideran “su” bandera y han creado una leyenda en torno a su origen. Así cuentan que las cuatro barras fueron pintadas por el Rey carolingio Carlos el Calvo con la sangre de Wilfredo el Velloso sobre un escudo o tela de color amarillo-dorado.
 
Sin embargo la verdad es que la historia de las cuatro barras de Wilfredo el Velloso sólo es una leyenda, un mito sin fundamento histórico. Ni Wilfredo fue contemporáneo de Carlos el calvo, ni se usaba la heráldica en su época. Además, hasta la unión con Aragón, el emblema de los condes de Barcelona fue la cruz de San Jorge (una cruz de gules sobre campo de plata) y sólo a partir de su incorporación a Aragón, Cataluña pasa a ser representada por el emblema del Reino de Aragón que la incorpora a su Corona.
 
Lo que ya es de broma es lo de la estelada, que es como la ikurriña, una bandera de partido que toma la naturaleza de bandera de los independentistas catalanes, hasta el punto de ser la enseña nacional catalana para quienes sueñan con esa utópica Cataluña independiente. Pero poca gente sabe que su origen data de inicios del siglo XX -se cree que en 1908- y que nació de la fusión de las cuatro barras tradicionales de la bandera de la Corona de Aragón (el Señal Real de Aragón), con el triángulo estrellado inspirado en las banderas de Cuba y Puerto Rico, tras una estancia en Cuba de Vicenç Albert Ballester, que fue activista del partido Unión Catalanista y de otros movimientos e iniciativas de carácter independentista catalán.
 
Se tomó este modelo puesto que Cuba era un estado que se había independizado hacía poco de España y era por lo tanto un referente en la lucha nacionalista. Ballester residió en Cuba temporalmente y admiró su lucha contra el Imperio español. Y de aquí su invento.
Y en cuanto a la lengua no debemos tampoco olvidar que su origen se encuentra en el sur de Francia, pues hasta el s.XIX el catalán fue llamado occitano, provenzal o Lemosín, lo que tampoco dota de idiosincrasia propia a los hoy llamados “Paisos Catalans” y no deja de ser, en consecuencia, una lengua romance de nítidas influencias francesas propia de las “Marcas” occidentales carolingias.
 
 Vamos, que sí, que los condados catalanes gozaron de cierta “independencia” entre los siglos XI y XIII, lo que es tanto como decir que Granada o Navarra fueron reinos independiente hasta el S.XV y que por lo tanto tiene derecho, hoy, quinientos años más tarde, a la independencia.
 
Pero como los nacionalistas catalanes son contumaces, vuelven nuevamente a buscar elementos justificativos de su Independencia política en nuevos hechos históricos, falseando nuevamente la verdadera historia.
 
Llegamos así a la Guerra de Sucesión del s.XVIII que se produce como consecuencia de la muerte de Carlos II el último Austria, sin descendencia, lo que hace que se manifiesten como pretendientes a la Corona dos príncipes europeos, por una parte Felipe, nieto del Luis XIV de Francia y de su esposa María Teresa de Austria, hija del Rey de España Felipe IV, y por otro lado el Archiduque Carlos de Habsburgo hijo de la infanta de España María Ana, hija de Felipe III.
 
En esta guerra el Reino de Aragón, que no Cataluña, tomó partido por el pretendiente austracista, pero la Guerra primero por la derrota militar de los austracistas y el hecho después de que el Archiduque Carlos se convirtiese en Emperador de Austria -por muerte de su hermano Fernando-, hizo que los aliados del Habsburgo le abandonaran temiendo un excesivo poder en sus manos que reprodujese el Imperio de Carlos I; lo que, a la postre, determinó la victoria del pretendiente Borbón, que fue proclamado rey como Felipe V.
 
Y aquí es donde vienen las leyendas nacionalistas catalanas, pues el nuevo Rey no derogó “Derechos de Cataluña”, sino que promulgó los llamados “Decretos de Nueva Planta” entre 1707 y 1715, por los cuales quedaron abolidas las leyes e instituciones propias de la Corona de Aragón que se había decantado por el Archiduque Carlos, poniendo fin así a la estructura de Corona compuesta de la Monarquía Hispánica de los Austrias. La "Nueva Planta" también fue aplicada a la organización jurídica y administrativa de la Corona de Castilla. Formalmente los Decretos eran una serie de Reales Cédulas por las que se establecía la "nueva planta" de las Reales Audiencias de los estados de la Corona de Aragón y de la Corona de Castilla.
 
Para entender esta etapa histórica es preciso tener en cuenta que La Monarquía Hispánica, sobre la que iba a reinar Felipe V, era bastante diferente a la fórmula de Monarquía de Francia de la que procedía y que, durante el reinado de Luis XIV, había alcanzado un grado de unidad muy superior al del resto de las monarquías compuestas europeas, gracias a una hábil política de la Corona que había redundado en el fortalecimiento del poder absoluto del rey.
 
Por el contrario, en 1700, la Monarquía Hispánica de los Austrias continuaba siendo un conglomerado dinástico de diversos "Reinos, Estados y Señoríos" unidos según el principio de que los reinos constituyentes continuaban, después de su unión, siendo tratados como entidades distintas, de modo que conservaban sus propias leyes, fueros y privilegios.
 
La consecuencia de todo ello era que el rey no tenía los mismos poderes en sus Estados. Así, mientras en la Corona de Castilla se gozaba de una amplia libertad de acción, no ocurría lo mismo en los estados de la Corona de Aragón —y en Portugal cuando estuvo unido a la Corona entre 1580 y 1668— donde la autoridad real estaba considerablemente limitada por las leyes e instituciones de cada uno de ellos.
 
Ello supuso que Castilla soportara la mayor carga de los gastos de la Monarquía, aunque también gozaba del beneficio de constituir el núcleo central de la misma —por ejemplo, la inmensa mayoría de los cargos eran ocupados por la nobleza castellana y por juristas castellanos— y que quedara adscrita a su Corona el Imperio de las Indias.
 
Las dificultades por las que atravesaba la Monarquía Hispánica a principios del siglo XVII, exhausta, arruinada, y agobiada después de un siglo de guerras casi continuas, dio lugar al proyecto del Conde-Duque de Olivares, valido de Felipe IV de España, de lograr una mayor unidad de la Monarquía que quedó resumido en su aforismo “Multa regna, sed una lex”, «Muchos reinos, pero una ley», que implicaba la modificación del modelo político de monarquía compuesta de los Austrias en el sentido de uniformizar las leyes e instituciones de sus reinos y conseguir de esta forma que la autoridad del rey saliera reforzada al alcanzar el mismo poder que tenía en Castilla.
 
Tras la pérdida de Portugal en 1668 no se volvió a hablar más de "unificar" la Monarquía Hispánica, sobre todo tras el duro golpe que supuso para los Austrias reconocer la independencia de Portugal, hasta que con motivo de su triunfo en la Guerra de Sucesión Felipe V impusiese finalmente un sistema de unificación del Reino siguiendo el modelo francés.
 
Otro capítulo importante a tener en cuenta por su trascendencia es la Rebelión catalana de 1640, otro de los grandes hitos de la Historia Ficticia nacionalista, que llena de leyenda el himno del “Els segadors” aunque este no fuera compuesto sino hasta finales del s.XIX, y que no es sino la historia de una traición, la tónica propia de los nacionalistas.
 
¿Cómo fueron los hechos históricos?
 
 
En 1635 Luis XIII de Francia declara la guerra a Felipe IV, guerra que se centra en los territorios Catalanes transpirenaicos del Rosellón y la Cerdaña.
 
 El Conde-Duque de Olivares se propuso concentrar en Cataluña un ejército de 40.000 hombres para atacar Francia por el sur y al que el Principado tendría que aportar 6.000 hombres. Para poner en marcha su proyecto en 1638 nombra como nuevo virrey de Cataluña al conde de Santa Coloma. Pronto surgen los conflictos entre el ejército real y la población local a propósito del alojamiento y manutención de las tropas. El Conde-Duque de Olivares, necesitado de dinero y de hombres, confiesa estar harto de los catalanes: «Si las Constituciones embarazan, que lleve el diablo las Constituciones». En febrero de 1640, cuando ya hace un año que la guerra ha llegado a Cataluña, Olivares le escribe al virrey Santa Coloma:
 
Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella... Si la acometen los enemigos, la tiene que defender su rey sin hacer ellos la parte que les corresponde, ni exponer su gente a los peligros. Ha de traerse el ejército de fuera, se le ha de sustentar, se han de recobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle, ni lo sustenta ni lo aloja la provincia... Y siempre andan con que si la constitución dijo esto o aquello, y el usatje se trata como suprema ley con el fin único de la propia conservación de la provincia.
Así a lo largo de 1640 el virrey Santa Coloma, siguiendo las instrucciones de Olivares, adopta medidas cada vez más duras contra los que niegan el alojamiento a las tropas. Los enfrentamientos entre campesinos y soldados menudean hasta que se produce una insurrección general en la región de Gerona que pronto se extiende a la mayor parte del Principado.
 
Otro hecho que condujo a un mayor deterioro, de la ya enrarecida relación entre Cataluña y la Corona, fue la negativa en 1638 de la Diputació General de aportar tropas catalanas al levantamiento del sitio de Fuenterrabía (Guipúzcoa), donde sí habían acudido tropas desde Castilla, provincias vascas, Aragón y Valencia.
 
Por otra parte, la nobleza y la burguesía catalanas odiaban por motivos personales al virrey, conde de Santa Coloma, por no haber defendido sus intereses de estamento por encima de la obediencia al gobierno de Madrid. Los campesinos odiaban a la soldadesca de los tercios por las requisas de animales y los destrozos ocasionados a sus cosechas, amén de otros incidentes y afrentas derivadas del alojamiento forzoso de las tropas en sus casas. El clero también lanzaba prédicas contra los soldados de los tercios, a los que llegaron a excomulgar.
 
El comienzo de la sublevación es conocido como “El Corpus de Sangre”. El 7 de junio de 1640, fiesta del Corpus Christi, rebeldes mezclados con segadores que habían acudido a la ciudad para ser contratados para la cosecha, entran en Barcelona y estalla la rebelión. "Los insurrectos se ensañan contra los funcionarios reales y los castellanos; el propio virrey procura salvar la vida huyendo, pero ya es tarde. Muere asesinado. Los rebeldes son dueños de Barcelona".
 
Pau Claris, al frente de la Generalidad de Cataluña, proclama la República Catalana. Pero la revuelta también escapa a este primer y efímero control de la oligarquía catalana. La sublevación derivó en una revuelta de empobrecidos campesinos contra la nobleza y ricos de las ciudades que también fueron atacados. La oligarquía catalana se encontró en medio de una auténtica revolución social entre la autoridad del rey y el radicalismo de sus súbditos más pobres.
 
Conscientes de su incapacidad de reducir la revuelta y sus limitaciones para dirigir un estado independiente, los gobernantes catalanes hicieron lo que solo se puede esperar de este tipo de traidores, se aliaron con Luis XIII de Francia con el pacto de Ceret.
 
En octubre de 1640 se permitió a los navíos franceses usar los puertos catalanes y Cataluña accedió a pagar un ejército francés inicial de 3.000 hombres que Francia enviaría al condado. En noviembre, un ejército de unos 20.000 soldados recuperó Tortosa para Felipe IV, en su camino hacia Barcelona. Cuando el ejército del marqués de los Vélez se acercaba a Barcelona, estalló una revuelta popular el 24 de diciembre, con una intensidad superior a la del Corpus, por lo que Claris tuvo que decidirse por una salida sin retorno, que tampoco era la deseable: Pactar la alianza con Francia en contra de Felipe IV. El 16 de enero de 1641 anunció que Cataluña se constituía en república independiente bajo la protección de Francia. Pero el 23 del mismo mes pasó a anunciar que el nuevo conde de Barcelona sería Luis XIII de Borbón, rememorando el antiguo vasallaje de los condados catalanes con el Imperio Carolingio. En enero de 1641, Cataluña se sometió voluntariamente al gobierno del rey de Francia y la Generalidad proclama conde de Barcelona y soberano de Cataluña al rey Luis XIII de Francia como Luis I de Barcelona.
 
Cataluña se encontró siendo el campo de batalla de la guerra entre Francia y España e, irónicamente, los catalanes padecieron la situación que durante tantas décadas habían intentado evitar: Sufragar el pago de un ejército y ceder parcialmente su administración a un poder extranjero, pero no al que era de su señor natural, España, sino en este caso el francés. La política francesa respecto a Cataluña estaba dominada por la táctica militar y el propósito de atacar Valencia y Aragón.
 
Luis XIII nombró un virrey francés y llenó la administración catalana de conocidos pro-franceses. El coste del ejército francés para Cataluña era cada vez mayor, y mostrándose cada vez más como un ejército de ocupación. Mercaderes franceses comenzaron a competir con los locales, favorecidos aquellos por el gobierno francés, que convirtió a Cataluña en un nuevo mercado para Francia. Todo esto, junto a la situación de guerra, la consecuente inflación, plagas y enfermedades llevó a un descontento que iría a más en la población, consciente de que su situación había empeorado con Luis XIII respecto a la que soportaban con Felipe IV.
 
En 1643, el ejército francés de Luis XIII conquista el Rosellón, Monzón y Lérida. Un año después Felipe IV recupera Monzón y Lérida.
 
Conocedor del descontento de la población catalana por la ocupación francesa, Felipe IV considera que es el momento de atacar y en 1651 un ejército dirigido por Juan José de Austria comienza un asedio a Barcelona. El ejército francocatalán de Barcelona se rinde en 1652 y se reconoce a Felipe IV como soberano y a Juan de Austria como virrey en Cataluña, si bien Francia conserva el control del Rosellón
 
Esto da paso a la firma del Tratado de los Pirineos en 1659, muy negativo para el conjunto de España, pero especialmente para Cataluña, pues Francia tomó posesión definitiva de las tierras transpirenaicas de Cataluña, El Rosellón y la Cerdaña.
 
Y esta historia de una traición, de ambiciones personales de la Oligarquía catalana y de grave perjuicio para Cataluña y España con la pérdida a favor de Francia de importantes territorios por los que se había luchado contra el Francés desde tiempos anteriores a los Reyes Católicos, es el origen del tan cacareado himno de “Els segadors”
 
La historia de Cataluña no es pues la de una Nación Independiente explotada por extranjeros (Los Españoles) sino la de las constantes traiciones de la oligarquía nobiliaria y económica catalana hacia España.
 
 
Pero esta historia no es la que se estudia en los colegios catalanes…