lunes, 25 de febrero de 2013

REY DE ESPAÑA...Y DE JERUSALEN

Hoy les contamos algo que no es muy conocido por la gran mayoría de los españoles: el Rey de España ostenta, entre sus muchos títulos históricos, también el de Rey de Jerusalén.

En el “Escudo Grande” del Rey, que no se utiliza protocolariamente, pues el usado es el de España, aparece el escudo del Rey de Jerusalén, Titulo que, como decimos, ostenta, entre otros históricos, nuestro Monarca.

El Reino de Jerusalén fue fundado por Balduino I en el año 1100 tras la conquista de la ciudad durante la I Cruzada por su hermano Godofredo de Bouiilón, en 1099, quien no aceptó coronarse rey "donde Cristo había sido coronado de espinas", limitándose a titularse "Protector del santo Sepulcro".
Tras Balduino I y hasta la definitiva pérdida de la ciudad ante Saladino en 1187 y la posterior de Acre en 1291, el reino funcionó según el esquema de los reinos cristianos europeos.
María de Antioquía, nieta de la reina de Jerusalén Isabel I (1192-1205), vendió sus derechos sucesorios al referido título a Carlos I de de Anjou, Rey de Ñapóles, por conquista frente a los Hohenstaufen, Conrado IV y su hijo 'Cornadillo', vinculando así para siempre ambas coronas mediterráneas, Ñapóles y Jerusalén.
Sin embargo, su antecesor 'Cornadillo', decapitado por Carlos I de Anjou en 1268, cedió sus derechos dinásticos, antes de su ejecución, a su tío Pedro, heredero de Aragón, que reclamó el reino como marido de Constanza, hija de Manfredo de Sicilia.

¿Y cómo termina la historia? Pues en que, sobre las bases de aquellos derechos hereditarios Atagón reclamó la soberanía sobre los Reinos de Napoles y Sicilia, que fueron conquistados por las tropas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, para nuestro rey Fernando de Aragón, el Rey Católico. Este fue reconocido como Rey de Napóles (y también de Jerusalén) tras la conquista por bula papal de Julio II de 3 de julio de 1510, lo que fundamentó en adelante la vinculación del título de Rey de Jerusalén a la Corona española. Una vinculación de la que hizo buen alarde el propio Fernando el Católico, pero sobre todo Felipe II, que recibió el título en 1554 de manos de su padre, Carlos I, para casarse en pie de igualdad, de monarca a monarca —pues aún no era Rey de España—, con María Tudor, Reina de Inglaterra.


Y esto dio lugar a otro curioso escudo, en el que se combinan los de Inglaterra y España, usado por María I —hija de Enrique VIII y esposa de Felipe II y muerta sin descendencia — desde su matrimonio en 1154 hasta su muerte en 1558, momento en que el trono pasó a su hermanastra Isabel I. El escudo combina las armas de los Tudor, que son las de Inglaterra y las flores de lis, pues eran pretendientes al trono de Francia, y las de los Habsburgo de Felipe, y sustituyendo por soporte el unicornio escocés por el águila de San Juan, sostén a su vez del escudo español desde los Reyes Católicos, tan franquista ella, según algunos ignorantes.

Pero eso es ya otra historia...

ARTICULO PUBLICADO EN EL Nº 10, DE 24 DE FEBRERO DE 2013 DEL SUPLEMENTO DOMINICLA DE LA GACETA “ESTILO G”

viernes, 22 de febrero de 2013

MEDIAS LUCES


En muchas ocasiones, aprovecho el ocaso de las luces del día para tratar de encontrar la vena de inspiración que me permita expresar, sobre el papel, las ideas que, a lo largo de día, hayan mantenido encadenados mis pensamientos.

En los meses de abril y mayo, son las horas en que los vencejos, mis viejos compañeros de cada primavera, revolotean entre sus alegres chillidos en los cielos de Madrid, en esas tardes en que todavía los calores del verano no agostan los campos ni las paciencias, y se abren a la calle las ventanas para permitir el acceso del aire fresco del atardecer. En el invierno son esas tardes lluviosas en que lo desapacible de la calle te lleva a refugiarte en una cálida habitación, sobre la mesa, con tus papeles y tu perro tumbado en el sillón de la esquina, esperando que te levantes a leer para cederte el sitio.

A lo largo de mi vida he disfrutado, siempre, de dos momentos mágicos del día: el amanecer y el atardecer.

Esa sensación del amanecer, sobre todo en el campo, en que la media luz de la mañana permite comenzar a distinguir las formas sin sombra de cada objeto, es difícilmente comparable a nada.

Sin embargo los amaneceres son momentos que generalmente se disfrutan poco, pues habitualmente se viven como final de una noche que se extingue o como comienzo, laborioso, de un nuevo día

El atardecer, por contra, es momento de paz, de reflexión, de resumen del día que se extingue, y su juego de luces, invirtiendo el ciclo de la mañana, difumina la imagen de los objetos, que poco a poco se disuelven en la oscuridad que va avanzando.

Generalmente el alma se adormece en estas situaciones placenteras, y como dijera Oscar Wilde “los placeres sencillos son el último refugio de los hombres complicados” y la verdad es que yo conozco a pocos hombres sencillos.

Y en esas ocasiones es fácil llegar a una simple conclusión: El fluir del tiempo descoloca, ¡¡¡en cuantas ocasiones!!! a los protagonistas de cada historia, de cada realidad, de cada episodio vital en el que se auto complacen .

Chateaubriand, al que cito últimamente tal vez en demasía, recoge la misma idea en un delicioso párrafo de sus obras:

“Recordaba los versos que escribía entonces a dos jóvenes ladyes que se habían hecho viejas a la sombra de las torres de Westminster; torres que volvía yo a encontrar erguidas como las había dejado, mientras que al pie de ellas habían quedado enterradas las ilusiones y las horas de su juventud de mis amigas.”

Recuerdo también, a un viejo profesor universitario, con el que durante algún tiempo compartí ratos de tertulia, que lastimeramente se quejaba:

“El gran peligro de la docencia es que no te das cuenta del paso del tiempo, pues cada curso, año tras año, te enfrentas a jóvenes de la misma edad, 20 o 21 años, y te crees que como por ellos tampoco por ti pasa el tiempo.... hasta que contemplas tu imagen avejentada ante el espejo”

O la frase que hace años escuché a mi madre:

“Te das cuenta de que eres mayor el día que descubres que los soldados son niños”

Todas estas reflexiones no hacen sino poner de manifiesto el devastador efecto del paso del tiempo: La Vejez, la decadencia.

En las culturas antiguas la vejez era sinónimo de sabiduría. El Senado, concepto procedente del latín (senectus-vejez), era la reunión de los sabios-viejos, que desde su experiencia ordenaban la vida de la comunidad.

Hoy la vejez es sinónimo de inutilidad. Lo viejo es lo inservible y los viejos, nuestros mayores, están en esa categoría contemplados.

“¡¡¡¿Viejo?!!! ya llegaras a ello, rapacín, si el diablo no te lleva antes” protestaba un anciano ante las prisas de un mozalbete que le apremiaba: ¡¡¡deje paso, viejo!!!



Y sin embargo olvidamos algo esencial, la experiencia, la memoria, la capacidad de juicio tamizada por la multitud de vivencias que se han filtrado por el alma, constituyen una riqueza que difícilmente pueda suplantarse por el espíritu combativo e impertinente de los jóvenes.

Salvo que como en el tan manido chiste, el abuel esté entre las medias luces del ocaso y pregunte:

¿Cómo se llama, hijo, que no me acuerdo, esa novia alemana tan pesada que me he echado?
Alzheimer, abuelo, Alzheimer......

Pero tampoco quiero olvidar que la vejez implica, también, una vuelta a los principios aprendidos en la infancia, a lo “aprendido en casa”, de tal modo y manera que el adulto toma conciencia en su vejez de que “su madre tenía razón”, lo me recuerdan el discurso de la vejez aniñada que aparece extensamente reflejado en Erasmo, quien en su “Elogio de la Locura” y por boca de la diosa “Estulticia” nos cuenta como es ella misma, ayudada por las ninfas ”Lethé” (el olvido) y “Anoia” (la demencia) quienes vuelven nuevamente niños a los viejos:

(SIC) “Cuanto más se acerca el hombre a la senectud, tanto más se va asemejando, por nuestro concurso, a la infancia, hasta que al modo de esta, el viejo emigra de la vida sin tedio de ella ni sensación de morir.”

aniñamiento que la Diosa y sus compañeras aplicarían al ser humano como remedio para evitar al hombre el sufrimiento insoportable que para él implicaría, en caso contrario, la propia vejez; y ese aniñamiento según manifiesta el propio Erasmo por boca de la Diosa, sería bondadoso no solo para con el mismo anciano, sino también para cuantos le rodean, pues:

(SIC) ¿Quién podría soportar la relación y trato con un viejo que a su enorme experiencia sobre las cosas, uniera parigual vigor mental y agudeza de juicio?

Ejemplo de esa actitud infantil propia de la vejez, sería la del anciano a quien conocí en Asturias, hace años, una tarde lluviosa de agosto, conduciendo con su vara de avellano su carro de vacas y que a sus más de 70 años y por el mero placer de hacerlo ―pues en ello no encuentra utilidad alguna― enyunta sus vacas al carro para realizar las labores que su yerno realiza, con su tractorcillo, en un tercio del tiempo empleado por él con su carro.

Sus vecinos afirman ante su actitud:

“que el buen anciano ya chochea… y que pierde más tiempo enyuntando y desenyuntando les vaques al carro, que el preciso para realizar las labores que luego acomete.”

¿Y qué le importará el tiempo, me pregunto yo, al buen paisano, si ya prácticamente ha agotado el que le concediera el destino….?

Lo único que a él le importa es poder enyuntar sus vaques al carro, como hiciera de rapacín, como le enseñase su padre, como hiciera el abuelo, como se “hacía en casa” ―antes de haber tenido que marchar a trabajar a Gijón para mantener a su familia― en un intento porfiado de recuperar una infancia y una juventud que se le escaparon de entre los dedos a fuerza de necesidad...y de años.

Solo y nada más, que eso…

martes, 12 de febrero de 2013

MARIA DE LAS MERCEDES Y ALFONSO XII

 ¿Quien no conoce la romántica historia de la Reina María de las Mercedes?, efímera Reina de España por su matrimonio con su primo el Rey Alfonso XII, matrimonio que tan solo duró cinco meses, desde el 23 de enero de 1878 hasta el 28 de junio del mismo año, fecha en la que falleció por causa de unas fiebres tifoideas.

La reina nació y murió en el Palacio Real de Madrid, y tan solo vivió 18 años.

Su popularidad se vio en su momento muy impulsada por la película rodada por Luis Cesar Amadori en 1958, en la que se contenía la popular canción que incluía la famosa estrofa:

“Donde vas Alfonso XII
Donde vas Triste de ti,
Voy en busca de Mercedes
Que ayer tarde no la vi.”

Pero tras la historia de este romántico matrimonio, que nace de un enamoramiento a primera vista, según reconoció el propio Alfonso XII en una carta dirigida a su abuela la Reina Cristina, viuda de Fernando VII, existe todo un folletín romántico en el que se entremezclan pretensiones dinásticas, duelos y asesinatos, que constituyen uno de los más novelescos períodos de nuestra historia durante el s XIX.


Todo comienza con la figura de Antonio de Orleans, 10º hijo del último Rey de Francia Luis Felipe I de Francia, uno de los tres reyes que ostentaron la Corona francesa en el periodo que transcurre entre la primera república y Napoleón Bonaparte y la instauración de la II República.

Con el título de Duque de Montpensier, y tras la abdicación de su padre, Antonio se exilió en España donde contrajo matrimonio con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, hija de Fernando VII y hermana pequeña de Isabel II Reina de España. Montpensier fue, durante toda su vida un conspirador obsesionado con el ascenso al trono, que disputó a su cuñada Isabel II y a su sobrino Alfonso XII .

Tras la llamada revolución Gloriosa de 1868 encabezada por el General Serrano y Prim y apoyada financieramente por Montpensier, en España se suceden distintas formas de gobierno una vez destronada la Reina Isabel II, que se exilió en París: el Gobierno Provisional (1868–1870), la monarquía democrática de Amadeo I (1870–1873) y la I República (1873–1874) hasta que esta fue liquidada en el mes de enero por el golpe de estado del general Pavía, y se abrió un segundo período de gobiernos provisionales. Durante esta etapa histórica (el Sexenio Democrático), la causa alfonsina estuvo representada en las Cortes por Antonio Cánovas del Castillo.

En todo momento Montpensier maniobró para convertirse en uno de los más firmes candidatos a suceder a su cuñada como Rey de España; Sin embargo su destino se vio empañado por la muerte del Duque de Sevilla, el infante Enrique María Fernando de Borbón, nieto de Fernando VII y hermano de Francisco de Asís, rey consorte esposo de Isabel II, y otro de los posibles candidatos a la obtención de la Corona.

Efectivamente Fernando María había denunciado por escrito en el periódico “La Epoca”, las conspiraciones del de Montpensier, entre las que se contaba la financiación de la llamada Revolución Gloriosa de 1868, lo que motivó un duelo “a primera sangre” que tuvo lugar en la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel, en la mañana del 12 de marzo de 1870. En el duelo Montpensier mató de un disparo en la frente al Duque de Sevilla, derramando así sangre real española, lo que le privaría de cualquier oportunidad de acceder al Trono que ansiaba. Y efectivamente, en el mes de diciembre de 1870 y con el apoyo del general Prim, era declarado rey de España, por el Congreso, el príncipe italiano Amadeo de Saboya.

Pero las intrigas de Montpensier no quedaron ahí, tras la reinstauración de la monarquía por impulso de Prim, en la persona de Amadeo de Saboya, y según numerosos estudios, entre otros los de Antonio Pedrol Rius, durante años Decano del Colegio de Abogados de Madrid, Montpensier fue el financiador e instigador del asesinato del General Prim, pensando que con su muerte liquidaría la posesión del trono del Saboya pudiendo nuevamente optar al mismo.

Pero tampoco en esta ocasión alcanzó sus objetivos.

Efectivamente Prim fue asesinado, y no solamente gravemente herido por los disparos recibidos en la emboscada sufrida en las calles de madrid, sino que al parecer, según los estudios que en estos momentos se están realizando sobre sus restos momificados, fue estrangulado ante el temor de que se recuperase de sus heridas por arma de fuego, que no revestían gravedad mortal y se asegura que nuevamente con la implicación de Montpensier y del general Serrano.

Pero Montpensier no accedió al trono, sino que, en diciembre de 1874, se restauró la monarquía en España, con el pronunciamiento en Sagunto del general Martínez Campos, en favor del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, que reinaría como Alfonso XII. Un joven Alfonso XII que accedía al trono con 17 años de edad.

En 1872 Alfonso había coincidido con su prima María de las Mercedes en la fiesta de Pascua de Navidad, contando él con 15 años y ella con 12, pero, pese a su juventud, el enamoramiento fue mutuo e instantáneo. Así lo reconoce el propio Alfonso, que pese a la oposición de su madre Isabel, dadas las pésimas relaciones con su cuñado Montpensier, padre de María de las Mercedes, como consecuencia de sus constantes conspiraciones, y del propio Presidente del Consejo Canovas del Castillo, impuso su voluntad de casarse con su prima, de la que está profundamente enamorado.

La boda se celebró en la Basílica de la Virgen de Atocha de Madrid el día 23 de enero de 1878. Los novios contaban con 20 y 18 años respectivamente, y fue todo un acontecimiento celebrado alegremente por el pueblo de Madrid

Sin embargo esa felicidad duraría poco, ya que después de un aborto sufrido por la reina su salud se resintió, y su creciente debilidad se complico con una infección de tifus, que acabaría con su vida el 28 de junio, a la edad de 18 años y apenas cinco meses después de su boda.

Se cuenta que el Rey cayó en una profunda melancolía y que se recluyó en el Palacio de Rio Frio para curar sus penas, aunque algunos historiadores comentan que no se encerró solo en el palacio de la dehesa segoviana, sino que lo hizo acompañado de quien fuera su amante, la cantante Elena Sanz, con la que al parecer tuvo dos hijos.

A partir de este momento las crónicas populares comentan que el Rey se convirtió en un personaje taciturno, bebedor y mujeriego, con permanentes escapadas de Palacio buscando la compañía de actrices, cantantes y juerguistas, siendo algunos de sus acompañantes habituales José Isidro Osorio y Silva-Bazán, Duque de Sesto, Fabián Gómez y Anchorena, conde del Castaño, y el Coronel Jefe de su Regimiento de Escolta Jacinto de León y Barreda.

Como consecuencia de las presiones de su madre y del Gobierno, que exigían al Rey que garantizase la descendencia a la Corona, Alfonso volvió a casarse, esta vez con la Princesa Austríaca María Cristina de Habsburgo-Lorena, matrimonio que se celebró el 29 de noviembre de 1879, y si bien es cierto que el Rey no estuvo enamorado de su nueva esposa, esta le dio tres hijos, entre ellos el póstumo Alfonso que nació como Rey Alfonso XIII tras la también temprana muerte de su padre por tuberculosis en 1885 a la edad de 27 años, y que fue una gran Reina Regente hasta la mayoría de edad del Rey Alfonso XIII en 1902.

Artículo publicado en el suplemento dominical de LA GACETA - ESTILO G del 10 de febrero de 2013

lunes, 11 de febrero de 2013

EL CRISTO DE CELORIO

En un recodo de la costa asturiana, cerca de la localidad de Celorio, en el Concejo de Llanes, existe una formación rocosa que durante la marea baja se asemeja, con increíble detalle, a una cabeza de Jesús con su corona de espinas. Es el famoso Cristo de Celorio, cuya impactante imagen puedes ver ilustrando este suelto. La figura, tomada desde el ángulo adecuado, presenta una perfección asombrosa, pues son reconocibles en este perfil el ojo, la nariz, los labios y la barba del Cristo sin ningún esfuerzo. La fotografía en cuestión fue tomada, hace ya muchos años, por Pepe, un fotógrafo llanisco, y se ha convertido con el paso del tiempo en la postal más vendida de Llanes.

Para llegar hasta el punto exacto para la observación perfecta hay que partir de Celorio por la carretera LLN-19 en dirección a Barro y llegar hasta la playa de Borizu. Entre ésta y la de Troenzo se halla la península de Borizu, prácticamente plana en su superficie y que alcanza una altura de 36 metros sobre el mar. Penetrando hacia el mar abierto en dirección norte, y mirando al oeste de su itsmo, se halla la playa de Troenzo y a su este, Desde la península de Borizu, en el lugar conocido como El Púlpitu, tenemos que situarnos hasta hacer coincidir un saliente de la península con el islote de Llubeces. Así, la cara es el saliente de la península y la cabeza es la parte alta del islote. Cuando sube la marea a una altura determinada y las olas rompen en la base del acantilado, podemos ver la cara de Cristo con su corona de espinas, tal como se aprecia
en esta foto-postal.

CÓMO LLEGAR A CELORIO: La comarcal AS-263 une Llanes y Celorio, que distan 5,5 Km. Desde el pueblo, sigue las detalladas instrucciones que te damos en este artículo.

Articulo publicado en ESTILO G, suplemento dominical de LA GACETA del 10, de febrero de 2013

jueves, 7 de febrero de 2013

LO FEO

Hoy no ilustro mi post, como de costumbre, con una ilustración de entrada, y ello con el objeto de evitar que el debate se centre sobre si lo que pongo es feo o no, y no se profundice en el fondo de estai reflexión heteróclita.

Prefiero ilustrarla con una canción.

La estética contemporánea occidental es, cuando menos, peculiar. Lo feo gusta, tiene éxito, y no entiendo por qué.
Este amor por la fealdad me intriga, no llego a comprenderlo.

A veces pienso que es un mero intento “postmoderno” de ruptura con nuestras tradiciones eclécticas de búsqueda de la belleza y el placer conforme a los cánones clásicos, es decir dentro del orden y el equilibrio.
Concepto tradicional–clásico de lo bello y lo feo que conecta con las tradiciones de nuestra moral cristiana europeo occidental, más o menos puritana, más o menos latina.

El filósofo cristiano Kierkegaard dice que:
"La fealdad es una forma de comunicación que nos ayuda a recuperar la realidad del aquí y del ahora, a valorar lo bello y el bien"

pero no creo que el amor de la gente hacia lo feo tenga visos de trascendentalidad intelectual.
Pero ¿Qué es realmente lo feo?

El disípulo de Hegel, Karl Rosenkranz en su “Estética de lo feo” (1853) consideraba que la belleza es un concepto puramente “convencional”.
Lo bello sería, así y según este autor, lo que está de moda y, por lo tanto, fenómenos que juzgados desde el ideal clásico de belleza                ---proporción y equilibrio--- se definirían como feos, cuando la moda social los reconoce como bellos terminamos aceptándolos como tales.

El cualquier caso la consecuencia de ese carácter convencional y temporal de los cánones de belleza-fealdad es que lo bello solo es bello, y lo feo sólo es feo, de manera temporal, porque puede volverse bello o feo en cualquier momento en atención a los criterios de la moda.
Pero aún así, ¿por qué los cánones de belleza-fealdad contemporáneos, admiten como bello lo deforme, lo monstruoso, lo atormentado?

Creo sinceramente que los cánones estéticos se han tergiversado en aras de una modernidad mal entendida.
No se trata tanto de apreciar la belleza en expresiones estéticas objetivamente bellas, rechazadas en el pasado más por prejuicios ético-morales, que por criterios estéticos, sino de que se aprecie como admirable no lo bello, sino lo feo reconocido como tal feo.

Como dijera Silvia Schwarzbök, en un artículo publicado en la revista electrónica “Ñ” del grupo Clarín de Buenos Aires, el 12 de marzo de 2005, bajo el título “El fracaso de lo feo”, criticando la obra de Humberto Ecco “Historia de la Belleza”:

No es un dato menor que el arte moderno haya querido ser feo él, en lugar de representar lo feo

La pregunta en cualquier caso sería:
¿Por qué al público le gusta el arte contemporáneo si efectivamente es feo?

Burke, el pensador irlandés que anticipándose a Kant en la reflexión sobre los conceptos de lo bello y lo sublime, vinculaba lo sublime a la estética del terror desde cánones neoclásicos, anticipándose a las formulaciones románticas del alemán, puede darnos parte de la clave que buscamos en su respuesta a la pregunta de cómo pueden resultarnos agradables el sufrimiento o el terror:

                Porque no nos tocan demasiado de cerca”.

decía.

Sin embargo esto, en ocasiones, no es cierto, pues el arte musical, propio de la música experimental de principios del s. XX, por ejemplo,  llega incluso a ser doloroso, por estridente, para el auditorio y sin embargo es considerado arte y apreciado por muchos. Dentro de este movimiento “caotico”, disonante y provocador, podemos citar a autores como George Antheil ---que produjo música impactante para la audiencia de la época por su desprecio de las convenciones musicales--- Charles Ives ---que combinó frecuentemente música popular con múltiples o bitonales capas de música, extremas disonancias y una complejidad rítmica casi inejecutable--- o finalmente Henry Cowell ---que interpretaba sus solos de piano pulsando las cuerdas del piano, golpeando la caja, o presionando teclas con sus brazos y otros objetos con la exclusiva finalidad de provocar la disonancia y la alteración anímica de sus auditorios---
Tengo muchos amigos muy aficionados al arte contemporáneo que critican mi siempre escéptica actitud frente a las corrientes plásticas imperantes hoy en día.

Incluso alguno de ellos me ha regalado algún libro para tratar de reconducirme.

En una de estas obras magistrales que me han regalado, la “Historia del Arte” de H.C. Gombrich, se nos dice que el arte no debe analizarse desde las perspectivas de la belleza o fealdad convencionales, sino que debemos acercarnos a su valoración desde los conceptos de la “expresión” y la “representación”, más que desde el de la “contemplación placentera”.

La conclusión es que el arte no debe juzgarse como consecuencia de la aproximación estética a la belleza, sino desde la fuerza representativa o expresiva que el autor haya tratado de transmitirnos, y así se nos presenta como ejemplo de obra de arte indiscutible, pese a la fealdad intrínseca del sujeto retratado, el retrato de su madre de Durero, que refleja magistralmente la decadencia y decrepitud de la ancianidad.

 Avanzando un paso más allá, es cierto que el arte que pudiéramos denominar “clásico” o “convencional” está lleno de expresiones horrorosas, como el “Saturno devorando a sus hijos” de Goya, o los seres monstruosos de las obras de El Bosco, o incluso la vieja que aparece en “Judith decapitando a Olofernes” de Caravaggio, o la expresión de pánico de Isaac en el cuadro de su sacrificio del mismo autor, obras en las que nos encontramos ante manifestaciones de lo que Kant denominaría sublime, por dramático y horroroso, pero no “feo” por contraposición a lo “bello”.

Pero el arte contemporáneo, ya  figurativo o no, y desde los años 60 , ha sido presa de una corriente “intelectual” amante de lo feo, que ha penetrado insidiosamente en sus entresijos, hasta el punto que en el Puente de la Academia de Venecia, y con ocasión de la 51 Bienal, se podía contemplar una gran pancarta con la frase de Patrick Mimran, conocido por su faceta empresarial como propietario en su día de Lamborghini y hoy en día por haber llegado a convertirse en un reconocido artista multimedia y compositor:

"El arte no tiene que ser feo para parecer  inteligente".

Aunque dicho sea de paso, no es este suizo tampoco uno de mis autores “admirados”, pues sin menospreciar su obra, no entra esta dentro de lo que son mis gustos plásticos algo trasnochados.

Y digo algo trasnochados porque mi espíritu no se conmueve con el arte que no busca expresar sino provocación o reivindicación de “modernidad”, y que queda circunscrito a los ámbitos cerrados de los ambientes estrictamente culturales formados por autores, críticos y galeristas, en una sublimación del dicho popular “ellos se lo guisan y ellos se lo comen”.

La verdad es que este arte no despierta en mí sino el desinterés, que me parece un concepto acertado para definir qué tipo de actitud mantengo frente a la “belleza” intrascendente y artificialmente forzada hacia lo “feo”, del arte actual.

Y que no se me diga que es que “no entiendo de arte contemporáneo” y que por eso no me gusta o no me interesa, pues como dice Kant en su “De lo Bello y lo sublime”:

No se tiene razón cuando se acusa a quien no ve el valor o la hermosura de lo que nos conmueve o encanta de no entenderlo. Tratase aquí no tanto de lo que el entendimiento comprende como de lo que el sentimiento experimenta.”

       Debo ser muy contumaz en mis errores o muy poco sensible, pero lo cierto es que soy incapaz de conmoverme, de experimentar sentimiento alguno, ante la “fealdad” convencional de una obra de arte contemporánea.

       Y sigo sin entender, ni poder explicar, porqué la gente adora lo feo y se estremece en sentimientos conturbados ante las manifestaciones estéticas, generalmente “feas”, del llamado arte contemporáneo.

Y ello aunque el arte contemporáneo sea un negocio estupendo y la cotización de los artistas de moda, pese a la “fealdad” intrínseca de sus obras, y salvo por la influencia de la crisis económica, siga por las nubes.

 

lunes, 4 de febrero de 2013

UN ASTRONAUTA EN LA CATEDRAL DE SALAMANCA

Una de las más decoradas puertas de la Catedral de Salamanca es la llamada puerta de Ramos, o puerta norte.
En su esplendida factura destacan las cenefas de adornos, en piedra tallada, que la enmarcan.
Pero algo nos sorprende cuando examinamos las tallas detenidamente y no es sino la aparición de una figura absolutamente fuera de contexto como es la de un astronauta.
 Efectivamente en la cenefa izquierda de adorno de la puerta, según miramos la misma,  podemos ver perfectamente, a unos tres metros de altura, la figura de un astronauta, con su escafandra y su traje espacial. ¿Cómo es posible esto cuando estamos hablando de un edificio construido entre los siglos XVI y XVII?
No se trata de ninguna adivinación del picapedrero renacentista, ni de ningún misterio, sino tan solo de una broma de uno de los artesanos, el cantero Miguel Romero, durante los trabajos de  restauración de esta parte de la catedral en 1992, que quiso dejar su firma en esta original manera.
Tan sencillo y original como eso.
 Según los expertos no es este el único ejemplo de “broma” realizada en nuestro país por los restauradores de monumentos, así, en la Catedral de San Antolín de Palencia del s XVI, en una de las restauraciones realizadas, concretamente en los años 20 del siglo pasado, una de sus gárgolas se restauró representando a un hombre sosteniendo una cámara fotográfica, o el escudo del Club de futbol Atlético de Bilbao en un capitel de la Torre Julia de la Iglesia de Santa María la Mayor de Trujillo del s. XVII. Caprichos de picapedrero…

Artículo publicado en el suplemento dominical de LA GACETA "ESTILO G" del 3 de febrero de 2013

viernes, 1 de febrero de 2013

SANTONES INTELECTUALES

Decía Sócrates, en su dialogo con Gorgias a cerca de la elocuencia, según relata Platón:
Soy de los que gustan que se les refute cuando no dicen la verdad y de refutar a los otros cuando se apartan de ella, complaciéndome tanto en refutar como en ser refutado. Considero, en efecto, que es un bien mucho mayor el ser refutado, porque es más ventajoso verse libre del mayor de los males que librar a otro de él. No conozco, además, que exista mayor mal para un hombre que el de tener ideas falsas en la materia que tratemos
Para concluir diciéndole a su interlocutor:
Si la disposición de tu espíritu es igual a la mía, prosigamos la conversación, y si crees que debemos darla por terminada, consiento y sea como quieras”
Me gustaría, en esta materia, seguir las enseñanzas del sabio ateniense, con quien desearía compartir no solo su fealdad proverbial, si no también su talante intelectual.
Estas Reflexiones socráticas me traen a la memoria  el hecho de que las cuestiones culturales hayan  tenido siempre, especialmente en España, un tufillo de contaminación política que no deja de sorprenderme.
Efectivamente, la derecha, los conservadores y los liberales, han manifestado, siempre,  un tradicional y un tanto peculiar respeto hacia los “intelectuales y artistas de la izquierda”, con evidente respeto personal y político hacia los mismos, sobre la base de la calidad de sus creaciones o representaciones.
Se nos dice, a tal respecto,  que las creaciones del espíritu y la capacidad de su representación plástica, merecen todo el respeto de las almas cultivadas, sea cual fuere el espectro político en el que se muevan sus autores.
Se nos dice, además, que en las materias intelectuales y culturales hay que ser muy objetivo, muy aséptico, muy imparcial, y que nunca se puede politizar su tratamiento.
En principio estoy de acuerdo.
Sin embargo esa actitud abierta, aséptica y despolitizada propia de los conservadores y liberales en el ámbito del arte y la cultura, raramente la encontramos en la izquierda, que generalmente actúa dogmática, sesgada y partidistamente en los temas culturales, arrimando, casi siempre, el ascua a la sardina de sus intereses políticos.
La izquierda utiliza, con artera maestría, los temas intelectuales y culturales dentro de su estrategia propagandística.
Y una de las técnicas utilizadas es la de denostar la actitud cultural de la derecha, presentar a los intelectuales o artistas de la derecha como “malos”, cuando no “falsos” intelectuales o artistas; catalogarlos de “fascistas” y no aportar argumento alguno que contradiga sus planteamientos, a parte de la descalificación.
Y así, por ejemplo, Pio Moa, con quien se podrá estar o no de acuerdo, y cuyas tesis podrían ser sosegadamente contradichas por otros historiadores con fundados argumentos, es atacado furibundamente por los historiadores “oficialistas” de la izquierda, que le definen como un “dogmático y falso historiador instalado en las inaceptables fórmulas del revisionismo histórico fascista” pues contradice la teoría oficial historiográfica de la izquierda en el tratamiento e investigación histórica del siglo XX.
Y ello porque sus conclusiones ponen de manifiesto el talante profundamente totalitario y antidemocrático de la izquierda española durante la II Republica, la Guerra Civil y la Oposición al Franquismo, época en la que no podemos olvidar las justificaciones, las manifestaciones de comprensión, cuando no de complacencia, o las coartadas de la izquierda hacia el terrorismo etarra. Y aquella descalificación se le aplica taxativamente desde la izquierda sin una crítica científica, formal y profunda, de sus tesis.
Por otra parte, personajes de la talla de Ortega, Unamuno, Marías... y otros más modernamente, son catalogados de retrógrados, intransigentes o dogmáticos desde el punto y hora que sus posiciones ideológicas no son “correctas” vistas desde las posiciones de la izquierda.
O se les instrumentaliza groseramente extrayendo sus frases de su contexto, para demostrar que estaban más cerca de la izquierda de lo que la derecha dice, y así se ha manipulado hasta el empacho la frase de Unamuno  “Venceréis pero no convenceréis”.
Mientras tanto, petimetres intelectuales como Castelao ---con su sensiblonería lastimera y lloriqueante--- Cambó ---que no fue un intelectual, si no un rico empresario metido a político--- Sabino Arana ---fascista, racista y panfletario que en su último año de vida abjuró de sus planteamientos nacionalistas en pro de un movimiento vasco españolista--- o Blas Infante ---quien propuso la peregrina idea de un nuevo “Al-Andalus” que incluyera todas las provincias andaluzas y Marruecos, tras su conversión al Islam---, son elevados, pese a su evidente mediocridad, a la categoría de “autoridades intelectuales indiscutibles” tan solo por su cualidad de “padres del nacionalismo” condición que, por si sola, hace que cualquier crítica a los mismos sea objeto de anatema.
Pero lo más lamentable en toda esta realidad cultural que vivimos, es el caso de la creación de “santones intelectuales” en el seno de la “farandula”.
Gustavo Bueno, en un artículo publicado en la web, nos dice que: “La farándula, compuesta por artistas músicos, directores de cine, cantantes, residuos de la movida madrileña, actores, diseñadores, etc… de cuyas filas salían los lectores de los comunicados en las manifestaciones… ha heredado las funciones que los frailes del Antiguo Régimen, incluso en la época del Padre Cádiz, asumiendo el papel de predicar la Paz, la Humanidad…”
Pues dentro de esa “farándula”, se aplica el método de la creación de aquellos “santones intelectuales” y su elevación a los altares de la “excelencia intelectual”.
El planteamiento es que cualquiera que cante, baile, declame, actúe, escriba, diseñe o pinte medianamente bien, y con tal de que sea de izquierdas, asume automáticamente el papel de “paladín ideológico del pueblo” y por lo tanto sus opiniones y sus comportamientos, aunque sean una patochada, pasan a ser modelos de opinión o comportamiento social incontestables.
Paradigma del sistema de los “santones” lo constituyen cantantes, escritores y actores  que se han convertido en tertulianos, polemistas y charlatanes profesionales, aupados a la categoría de representantes indiscutibles de la “intelectualidad de izquierdas” pese a que nunca se les haya escuchado una sola frase medianamente inteligente y que son reiteradamente invitados a tertulias, foros de discusión, actos político-culturales o lectura de pregones, en los que se limitan a ser voceros de las posiciones avaladas por la izquierda política.
Entre Ellos porque no citar al Clan Bardem, Ramoncin o el impresentable de Guillermo (Willy) Toledo, aunque este lleva más tiempo en el paro que el la escena.
Cuenta Plutarco en el Tomo II de sus “Vidas Paralelas” que Antístenes, oyendo que Ismenias era buen flautista, comentó:
Pero hombre baladí, pues a no serlo no sería tan diestro flautista
Podemos trasladar la reflexión al asunto tratado:
Los faranduleros dominan sus artes luego, por consecuencia, si les aplicamos la reflexión de Antístenes, habremos de llegar a la conclusión de que serán hombres baladíes, pues a no serlo no serían tan diestros faranduleros.
La conclusión es evidente, serán artistas apreciables pero, como tales, no necesariamente han de ser catalogados como apreciables intelectuales.

ALTERIDAD: EL YO Y LOS OTROS

Hoy quiero desarrollar una reflexión de tipo filosófico que ha venido preocupando a los pensadores de los últimos treinta siglos, y que no es otra que la de la “alteridad”, es decir la existencia del “otro” como realidad esencial a mi propia existencia como “yo”.
En atención al concepto de “alteridad”, “Yo” solo soy “yo” en tanto y cuanto exista “otro”, pues en caso contrario solo “sería”, sin adjetivos y como realidad exclusiva y universal.
Dicho con otras palabras, la esencia del “yo” radica precisamente en la existencia de “otro”, pues si no existiese el “otro” no existiría el “yo” como concepto, y el propio concepto sería, sin más, el de la existencia en si misma, sin contraposición posible a otra realidad diferente, por ser esta inexistente.
El concepto de existencia y de yo quedarían así fundidos en si mismos.
En su “Discurso del método”, tras plantearse todas las dudas posibles como método para llegar a la conclusión de la propia existencia, Descartes llega a la formulación esencial de su obra: “Pienso luego existo”
En tal formulación se concreta el conocimiento indubitado de la realidad de la existencia del individuo, pero no la de su “yo” existencial como contraposición a la existencia de los demás.
Efectivamente, en toda su formulación, Descartes no hace mención alguna al “otro”, por cuanto que lo que le preocupa es la afirmación de la existencia del individuo en si mismo, no como “yo” diferenciado de los otros.
Sin embargo, en esa formulación cartesiana del “yo”, sin relación alguna con los demás, con los otros, el yo no sería sino una realidad capaz de autopensarse, pero vacía de otro contenido.
Desde esta perspectiva, la única expresión posible del “yo” se da en el encuentro con el otro, en la intersubjetividad, de la que emana el concepto mismo de “yo” y todas sus manifestaciones, desde el propio reconocimiento de uno mismo, en contraposición a los otros, hasta los vehículos de afirmación-concreción del propio yo en la relación con los demás, culminados en el lenguaje.
En conclusión, sin tratar de enmendar a Descartes, tal vez una formulación más adecuada de la propia existencia debería realizarse sobre la premisa de la alteridad, de tal modo que:
 “Pienso, luego existo, lo cual será trascendente, para la realidad de mi propio ser, si lo perciben los demás”
Y mientras mantengo mi espíritu enredado en esta tela de araña conceptual, descubro que una pequeña araña del jardín ha tejido, entre las ramas secas de un arbusto, la más bella tela que jamás haya visto, que ha amanecido perfilada, en cada uno de sus hilos, por minúsculas gotas de agua del rocío de la mañana.
 
Creo, sin embargo que al concepto de “yo, además de la alteridad deberíamos darle una proyección más trascendental.
Si llegamos a la conclusión de que el “yo” no tiene sentido si no es desde la perspectiva de “otro” podemos darle a la reflexión una dimensión filosófico-religiosa, y así, desde luego ese “otro” siempre existe, cuando menos de forma inmanente y como principio de toda reflexión: “Dios”.
Desde esas premisas, el concepto de un “yo” trascendental, ajeno a toda idea de otro, solo sería aceptable como referencia a la divinidad, existente antes que todo.
“En el principio existía El Verbo. Y El Verbo estaba en Dios. Y El Verbo era Dios” (Juan 1,1)
Y desde esa existencia unívoca, exclusiva y singular, Dios, la esencia creadora, ha creado lo demás, lo “otro”, cuya culminación, en una concepción antropocentrica de la creación, se encontraría en el ser humano.
Si ello no fuese así, la realidad de la propia existencia del “yo”, y por tanto del “Creador” mismo, se concretaría, como ya apuntaba anteriormente, en una mera “realidad autopensante”, capaz de ser consciente de su propia existencia, pero vacía de otro cualquier contenido.
Y no quiero decir con ello que la creación pueda definirse como un acto de autoafirmación de la divinidad que precise de lo creado para afirmarse como una realidad superior a la de su propia creación, sino que es una consecuencia de la esencial perfección de la divinidad, que desde siempre, “ad initium” y “ad aeternum”, se manifiesta como tal, todopoderosa, a través de la creación misma; a través de la existencia de lo “otro”.
Así el “yo” alcanza su plena expresión, su plena trascendencia, su pleno sentido, en si mismo y por si solo, pero inevitablemente en relación con “otro”, ya entendido como “el prójimo”, o simplemente como referencia a su propio “creador”.
Ahora solo hay que esperar a que alguien se anime a soltar más hilo a la cometa. Aunque muchos puedan pensar que nos hemos enredado en su mismo carrete.