lunes, 16 de diciembre de 2013

DESLEALTAD



 
Quien no tenga enemigos, es señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor temido, ni carácter que impresione, ni honra de la que no se murmure, ni bienes que se codicien, ni cosa buena que se envidie. [José Martí]
 
Así pues, habremos de llegar a la conclusión de que cualquier persona de mínima valía tendrá enemigos; y frente a esa realidad me adhiero a lo dicho por Marco Tulio Cicerón:
 
“Del destino nada temo pues yo ya he visto otros vientos; y he afrontado otras tempestades”
 
No obstante, el elemento esencial frente a la enemistad, es la lealtad, cuyo ideograma japonés encabeza este escrito (Chuu) y que no es sino uno de los principios del Bu-shido, el código ético moral sincrético del budismo y el sintoísmo que, al igual que el sentido caballeresco de la nobleza europea, constituyó -en Oriente-, una de las más puras expresiones de la nobleza, el valor y la moral, antes de que degenerasen —uno y otro— en una fatua concepción del honor vinculado a la posición económica o legítima del individuo o su clan, es decir, en la aristocracia de papel couché, o en los códigos de la mafia yakuza.
 
 
No es -sin embargo- este que vivimos, tiempo de lealtades sino de egoísmos y posiciones meramente individualistas.
 
 
El diccionario de la Real Academia Española lo define, en su primera acepción como: “cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”.
 
 La lealtad pues, es un perfecto respeto a las obligaciones que al individuo imponen la fidelidad y el honor; el comportamiento conforme a lo que se ha venido en llamar hombría de bien, es decir, con probidad y honradez.
 
 Por otra parte, donde la lealtad adquiere su máxima importancia, no es en el ámbito de las relaciones interpersonales privadas, en las qué no cabe duda de que juega un papel esencial, sino en el ámbito de las relaciones interpersonales públicas, es decir, en el quehacer profesional y político.
 
 ¿Y porqué esta reflexión acerca de la lealtad?
 
 Pues precisamente porque España sufre un reiterado ataque de deslealtad que es necesario denunciar y comentar.
 
 En su obra "La velada en Benicarló", escrita en 1937, Azaña nos dice: "un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía a mano (...) en el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de la mente española, sin excluir en algunos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición (...) Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término, que ahora nadie piensa en exaltar el catalanismo, la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho". Mientras que en sus memorias afirma: “yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas [el comportamiento de los nacionalistas vascos y catalanes] me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco."
 
 
​​Y es precisamente esa deslealtad hacia España lo que ha presidido el espíritu y las ambiciones de la oligarquía catalana a lo largo de los siglos con un afán puramente egoísta, antiespañol y centrado en el exclusivo deseo de defender sus privilegios, con permanente engaño hacia su pueblo.
 
 
Y así, fue deslealtad la proclamación de la República Catalana y su reconocimiento de vasallaje al Rey de Francia en 1640, momento en el que el Conde Duque de Olivares dijera, en carta al Virrey Santa Coloma:
 
 “Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella... Si la acometen los enemigos, la tiene que defender su rey sin hacer ellos la parte que les corresponde, ni exponer su gente a los peligros. Ha de traerse el ejército de fuera, se le ha de sustentar, se han de recobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle, ni lo sustenta ni lo aloja la provincia... Y siempre andan con que si la constitución dijo esto o aquello, y el usatje se trata como suprema ley con el fin único de la propia conservación de la provincia.”
 
 
Y deslealtad fue la proclamación de la Republica Independiente de Catalunya por Companys, y su proclama de 6 de octubre de 1934, tras la victoria electoral de las Derechas en las elecciones generales de ese año:
 
 "Las fuerzas monárquicas y fascistas, que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República, han logrado su objetivo y han asaltado el Poder.”
 
 
Hoy, el enemigo fascista a derrocar es el legítimo Gobierno del PP, que se sustenta en la mayoría absoluta parlamentaria alcanzada en las Elecciones generales de noviembre de 2011. Y así, deslealtad es el anuncio de someter al parlamento Catalán, por el Gobierno de la Generalidad del Sr. Mas, una propuesta de referéndum secesionista para Cataluña.
 
 Y frente a esa nueva demostración de deslealtad, conviene actuar, aunque habremos de reconocer que el Gobierno de la Nación ya ha dicho alto y claro por boca de su Presidente, el Sr. Rajoy, y varios de sus ministros, que esa consulta “NO SE VA A CELEBRAR”. Esperemos que sea así.
 
 Concluyo esta reflexión con unas palabras del escritor austriaco Stefan Zweig:
 
 "Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea".

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