miércoles, 4 de diciembre de 2013

CARTAS DE AMOR




Se habla mucho, últimamente, de historias referidas a cartas de amor, extraordinariamente encontradas, celosamente guardadas en los más recónditos lugares y siempre dramáticas, como si el amor fuese el último baluarte de nuestra resistencia moral frente a las adversidades.

Voy a referirme a dos de ellas por su belleza e intensidad.
La primera carta a la que quiero referirme apareció en las excavaciones arqueológicas de un enterramiento en Korea, en donde, junto al cuerpo momificado de un desconocido hombre del s.XVI, al parecer de gran estatura y prestancia para su época, apareció una bella carta redactada por su viuda encinta:
 
“1 de junio de 1586 – Al padre de Won:
Siempre dijiste: "Amor, vivamos juntos hasta que nuestro pelo encanezca y podamos morir el mismo día. ¿Cómo has podido morirte sin mí? ¿A quién vamos a escuchar mi pequeño y yo, cómo debemos vivir? ¿Cómo pudiste alejarte de mí?
¿Recuerdas cómo tu corazón moraba en mí y cómo yo habitaba en el tuyo? Cada vez que nos acostábamos juntos siempre te decía: "Amor, ¿habrá alguien que se quiera como nosotros? ¿Realmente como nosotros?"
¿Cómo pudiste dejarme así, después de todo?
Es que no puedo vivir sin ti. Es que quiero irme contigo. Por favor, llévame a donde estés. Mi corazón, mis sentimientos hacia ti son lo último que podré olvidar en este mundo. En mi corazón desgarrado solo queda un dolor sin límites. Solo puedo preguntarme: ¿cómo puedo vivir con el niño si nos faltas, pensando en ti, sin fuerzas para sosegarme?
Por favor, respóndeme a todas estas preguntas, lee esta carta y contéstame con todo detalle en mis sueños, en cuanto puedas. Esa es la razón por la que te escrito esta carta y la entierro contigo. Ojalá pueda escuchar tu voz suavemente en mis sueños. Mírala atentamente y habla conmigo. Un día me dijiste que querías decirle algo al niño cuando viniera al mundo, pero te has ido tan repentinamente. Cuando dé a luz al niño, ¿a quién llamará padre?
¿Cómo puedes entender cómo me siento? No existe una tragedia como este dolor mío bajo el cielo. Te has ido a otro lugar, pero no padeces una tristeza tan profunda como la que me dejas. No puedo contar cómo me siento realmente, no puedo expresar mi dolor sin fin salvo con estas palabras ásperas y precipitadas.
Por favor, como te digo, lee atentamente esta carta y ven a mis sueños y muéstrate y hablemos de todas estas cosas. Estoy tan segura de que podré verte en mis sueños. Ven a mí en secreto y muéstrate, ¿Lo harás? Hay tantas cosas que debo decirte, tanto que queda fuera de esta carta. Adiós.
Te quiere, Tu esposa.”
 
En la carta, bellísima, la desconsolada viuda encinta reclama a su amado que se le presente en sueños y le hable, como consuelo a su insustituible pérdida y su profunda tristeza.

En esencia me recuerda el deseo de continuar la conversación con el ser amado tras su muerte, que otros poetas plasmaran en sus obras, como los versos con que concluye la “Elegía” que Miguel Hernández dedicara a su amigo Ramón Sijé, con ocasión de su muerte, cuando le dice:
 
“A las aladas almas de las rosas...
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”
 
Pero, posiblemente, la carta encontrada en los restos de uno de los soldados asesinados por los moros de las Kabilas de Abd El Krim en Monte Arruit -el 9 de agosto de 1921-, fue la que más dificultades encontró para llegar a su destino y la que más hondo dolor causó en su receptora que, en un ejercicio de resignación, tuvo que aprender a vivir sin su remitente.
 
En el sobre se lee:
 Hermano de armas, si lees esto será porque yo habré muerto. Por favor, cumple la última voluntad de este soldado español que ha caído por la Patria y haz llegar esta carta a María (...) que vive en Málaga en la calle (....) Sus padres se llaman Manolo y Antonia.
 
La carta dice:
 
“Mi dulce María,
Nunca pensé escribir esta carta, pero lo preocupante de la situación me lleva a ello. Llevamos días atrincherados y defendiendo Monte Arruit, apenas tenemos agua y comida. Los moros nos cercan y nos hacen fuego, cada día tenemos nuevas bajas, ya sea por causa enemiga o por efecto del calor y no tenemos medicamentos ni medios de asistencia sanitaria. Según dicen, el General Berenguer le ha prometido a Navarro que mandarán refuerzos desde Melilla, pero la ayuda nunca parece llegar. Hay descontento y pesar entre los hombres aquí. Hay rumores fiables de que se negociará la rendición de la plaza, pero no sabemos mucho más al respecto. No sé qué pasará, hemos pasado muchas penurias en esta maldita guerra, pero como la de Monte Arruit no la he vivido. Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar, estamos prácticamente a su merced y no creo que podamos resistir mucho más el hostigamiento al que nos someten. En el campamento tratamos de animarnos los unos a los otros; por su parte, día tras día, los oficiales nos recuerdan lo que implica ser un soldado español con arengas patrióticas, pero lo que más nos reconforta, dentro de lo que se puede, es la camaradería que hacemos todos en estos difíciles momentos.
La verdad que no sé por qué te estoy contando esto, supongo que por egoísmo al desahogarme con este papel. No quiero robarte más líneas, ya que esta carta es para ti: la dulce niña de mis ojos, mi morena, mi malagueña, mi razón de vivir, mi anhelo, la estrella que me guía en las noches, la única persona por la cual suspiro día tras día y me reconforta pensar que pronto te veré, que pronto te abrazaré, que pronto te besaré y que pronto me casaré contigo. Dios sabe lo mucho que te quiero.
Aún me acuerdo de la primera vez que te vi, con aquel vestido azul, tu pelo negro azabache recogido en un coco, esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que este sol africano y convertir a cualquier hombre en estatua de sal con sólo regalarle una mirada tuya. Me acuerdo de la canasta de mimbre llena de pescado que llevabas pues venías del mercado y como yo, apoyado en la
pared de la calle de mi casa, quedé absorto ante tu belleza. Te eché un piropo cuando pasaste por delante mía, no pensé que me hicieras caso, ya que tal hermosura tiene que estar acostumbrada a que te los digan, pero giraste tu preciosa cara, me miraste y me sonreíste. Bendito piropo aquel. Te pedí acompañarte a casa para hablarte por el camino y me lo permitiste. Desde entonces fuimos inseparables, me costó que tu padre me aceptara, pero ya sabes que la insistencia siempre ha sido mi virtud. Aún me tiemblan las piernas cuando me acuerdo de aquel primer beso que te robé en la puerta de la casa de tu tía, se nos paró el mundo alrededor en ese instante. En fin, hay tantas cosas que podría contar... Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa. En estas líneas que llevo hablando de ti se me ha olvidado momentáneamente todo lo que estoy pasando aquí. Siempre serás mi mejor medicina y el remedio de todos mis males. Ya sabes que al comienzo de esta carta te dije que nunca pensé escribirla. Es de despedida, mi amor. Si recibes esta carta será porque yo ya no estaré. No quiero ser egoísta y por ello te pido que no me guardes luto, que no te apenes por mí, que rehagas tu vida lo más pronto posible y que no me eches en falta, pues yo siempre estaré contigo en cada momento de tu vida. Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte. Quiero que sepas que mis últimos pensamientos son para ti y que siempre te querré y cuidaré allá donde esté.                                                          
Monte Arruit, a 8 de agosto de 1921, tu Soldadito Pedro”
 
Esta carta, llena de amor y tristeza, es la mejor documentada de las comentadas.
 
Según narran las fuentes investigadoras, el 9 de agosto el General Navarro parlamentó la entrega de Monte Arruit con los jefes tribales marroquíes. Las condiciones fueron que los españoles entregaban las armas y saldrían del fortín sin hostigárseles y, además, se proporcionaría transporte a los heridos. Así pues, los soldados españoles desarmados comenzaron a salir de Monte Arruit en columna, pero al poco tiempo los moros, de manera inesperada, atacaron a los españoles desde distintos flancos produciéndose una enorme matanza. De un contingente de 3.000 hombres, solo sobrevivieron 60.
 
A veces el destino y la suerte se unen  y aunque no ha sido fácil, según revelan los investigadores, se ha podido localizar a familiares de la destinataria de la carta (María). Antonio, un nieto de ésta mujer, ha contado que su abuela, aunque se casó años después de lo acontecido en Monte Arruit, siempre tuvo en su mesita de noche la foto de un joven soldado con un rosario sujeto en la esquina del marco.
 
Durante muchos de años, incluso ya casada y con hijos, día tras día acudía al puerto de Málaga con la esperanza de que llegara el barco que habría de traerlo. Su marido siempre respetó a María y supo que jamás ocuparía el puesto de aquel primer novio. No obstante, fueron un matrimonio feliz.
 
Falleció en 1987, a la edad de 85 años. Pidió ser enterrada con la foto de su primer amor y el rosario entre las manos.
 
La carta en si misma tiene tres partes diferenciadas claramente. En la primera Pedro le cuenta a María los agónicos momentos que está viviendo con sus compañeros en el Monte Arruit sitiado por los moros. Sentimiento de temor que se concreta en la frase:
 
Ya se sabe cómo actúan los moros y tengo mucho miedo por lo que pueda pasar”
 
bien sabía el soldado Pedro como se las gastan los moros.
 
En la segunda se disculpa por trasladarle a su amada sus agonías y hace un delicioso repaso del momento en que se conocieron y de su intenso amor:
 
“…esos ojos verde esmeralda que son capaces de cegar más que este sol africano y convertir a cualquier hombre en estatua de sal con sólo regalarle una mirada tuya… …Seguro que mientras lees esto estás esbozando una sonrisa.”
 
En la tercera y última parte de su carta, Pedro, sabiendo que su destino próximo va a ser la muerte se despide de María, pidiéndole que no haga luto por él y que rehaga su vida, y le dice:
 
“Que seas muy feliz y que hagas realidad todos tus sueños, ya que los míos se cumplieron cuando me dejaste amarte.”
 
Muchos de ustedes ya conocerían estas historias, recogidas por la prensa, pero a mí me hacen pensar que las cartas de amor son el género literario más autentico, escritas por quienes, tal vez con escasa formación o cultura, expresan -desnudando su alma- sus más profundos sentimientos de forma directa e incluso poética; en el que no tiene cabida la aseveración de La Rochefoucauld, para quien:
 
“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos.”

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