viernes, 24 de febrero de 2012


ULISES Y MACBETH

Somos un permanente conjunto de contradicciones, un cúmulo de imperfecciones, un amontonamiento de ideas inconexas y aberrantes.

Somos humanos.

La perfección es atributo de los Dioses, y al igual que la felicidad, Ellos tan solo nos dejan intuirla.

Los pensadores paganos de la antigüedad equiparaban las diferentes pasiones humanas con los héroes imperfectos nacidos de los Dioses, y el ideal de lo perfecto solo encontraba reflejo en los atributos de cada morador del Olimpo.

Junto a ellos Apolo, dominando desde su morada del Parnaso el hogar de las Musas en el vecino monte Helicón, les permitía inspirar pensamientos elevados a un pequeño grupo de mortales escogidos, por el solo placer de ver a sus criaturas participar en el conocimiento de lo eterno.
Pero el Mundo ha evolucionado, los Dioses ya no existen, “Dios ha Muerto” como pretendiera el todavía lúcido “Nietzsche” en uno de sus últimos escritos antes de entregar su mente a las Bacantes.

¿Acaso nuestro destino es ser pasto de la locura como recompensa a nuestros desvelos?

No lo se, pero mientras mantenga la lucidez trataré de culminar mis reflexiones.

Todas estas cuestiones me llevan a comentar la realidad circundante en clave de mitología y literatura.

Así, podríamos decir que hoy nos ha gobernado un hombre carente de Patria y de Bandera, que, como si de Alcibíades se tratase, vendió Atenas a Esparta y Esparta a Persia, a cambio de la gloria
instantánea y pasajera, sin pensar que su derrota no seriá suya, si no nuestra y que la Historia es inmisericorde con los perdedores.

El Presidente del anterior Gobierno, como hiciera Ulises, perseguía los mitos insondables en un piélago abrumador de contradicciones, en busca de la recompensa de los Dioses, la Paz ansiada y el bienestar eterno, mientras Penélope, la opinión pública, su sufrida esposa, tejía y destejía su tapiz esperando que terminase su travesía.

De nada sirvieron al navegante los augurios de Tiresias, el adivino, la experiencia histórica acumulada, que le prevenía de las trampas que encontraría en su singladura, ni los cantos de las
hijas de Melpómene, las Sirenas, que cual las brujas de Macbeth le cantaban “tuya será la Gloria”,
aunque hiciera oídos sordos a la segunda estrofa: “Pero no lo será de tu estirpe”.

Mientras tanto el navegante, no se sabe si por inconsciencia o superficialidad, se entretenía entre los brazos de la bruja Circe de Elgoibar, que le arropaba entre sus promesas, su hacha ensangrentada y su emponzoñada serpiente.

O se dejaba mecer en la ignorancia de lo que a su alrededor sucedía, sin ver que las monedas de oro de su reino se trocaban en pesado plomo.

Sin embargo el moderno Ulises engendró un hijo monstruoso —el descontento social—, que al igual que el vástago de Circe y Ulises, Telégono, acabó con su progenitor entre enormes desventuras.

Efectivamente ningún hombre nacido de mujer podría acabar con Macbeth, pero, algún día, el bosque de Birnam avanzaría hacia Dunsinane en forma de elecciones.

Los votos, más tarde que temprano, desplazaron al Héroe de su atalaya, y la gloria no es ya de su
estirpe.

Y así comenzó el llanto y el crujir de dientes.

Pero desgraciadamente no los suyos, si no los de las víctimas de sus desatinos.

Todos nosotros.

Y hoy, tras tener que abandonar las naves del poder cediéndole la antorcha al enemigo, no sosiegan sus almas destempladas, sino que suben a la montaña jacobina y, desde allí, amenazan con tomar la calle a “sangre y fuego”, en un nuevo y nostálgico “No pasarán” de tristes y recordadas consecuencias.

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