lunes, 25 de octubre de 2010

LIBERALISMO

LOKE, PADRE DEL lIBERALISMO.


Torquato Accetto (1641) un desconocido pero interesante escritor del XVII italiano, escribió un pequeño libro llamado “La disimulación honesta” cuya su dolorosa meditación versa sobre las técnicas con las que, en tiempos difíciles, la gente puede defenderse de los poderosos.

Según Accetto el problema no es simular lo que uno no es (pues sería engaño) sino disimular lo que uno es, a fin de no irritar en demasía a los otros —especialmente a los poderosos— con las virtudes propias (la cuestión no es saber cómo causar daño sino cómo no recibirlo).

El origen principal de estas meditaciones radica en el hecho de que no le gusta a los poderosos que los demás tengan ningún tipo de éxito o de virtud, ni siquiera los más ínfimos.

En definitiva, en su ensayo subyace al atávico miedo de los hombres corrientes a los poderosos, ya políticos ya económicos.

Cierto que en nuestro fuero interno consideramos que sería una bella manera de castigarlos tener éxito en algo en lo que ellos crean no tener igual.

Sin embargo Accetto aconseja a la mayoría silenciosa, a los “temerosos”, en una actitud de modestia y recelo propia de los tibios, el no hacerlo, sino, muy por el contrario, ocultar nuestras virtudes y capacidades y usarlas discretamente en nuestro exclusivo provecho y defensa.

¿Son sus meditaciones aceptables?

Pues dependerá del carácter y fortaleza de cada uno.

Quevedo, por ejemplo, no se recataba en el momento de criticar a los poderosos, lo que le costó varios encarcelamientos y destierros, pero según el genial poeta:

No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?


Y lo cierto es que en estos momentos en los que se vuelve a hablar de “Regeneracionismo” como si a finales del XIX nos encontrásemos, más parece tener razón el Señor de la Torre de Juan Abad que el italiano.

Y frente a la mayoría sociológica de signo socialista, más por resabio, inercia e incultura que por fundamentos culturales o conocimiento, creo que llegado ha el momento de defender el “LIBERALISMO” del s. XXI frente a las tendencias marxistas ancladas en el XIX.

Y hablo del “Liberalismo del s. XXI”, y no del liberalismo, cuyo padre teórico es Loke, de cuño ilustrado, materialista y antireligioso de Voltaire o de los prerrevolucionarios, ni tan siquiera del liberalismo económico capitalista y materialista de la postguerra mundial, de los años 60, sino del liberalismo contemporáneo, que basado esencialmente en las formulaciones del liberalismo clásico, debe evolucionar de modo esencial no hacia el Neoliberalismo, corriente a nuestro juicio repudiable por racionalista y materialista, sino tratando de encontrar claves que nos permitiesen hablar de un “nuevo liberalismo”.

Hay varios autores que han contribuido a la formulación de lo que he venido en llamar “nuevo liberalismo”

En un artículo titulado “¿Qué significa ser liberal?”, publicado por Carlos Alberto Montaner el 6 de febrero de 2009, en la Web CATO —cuya lectura recomiendo en el enlace destacado— encontramos varias reflexiones interesantes, entre las que destacaría la siguiente:

“El liberalismo parte de una hipótesis filosófica, casi religiosa, que postula la existencia de derechos naturales que no se pueden conculcar —ni limitar por el poder— porque no se deben al Estado ni a la magnanimidad de los gobiernos, sino a la condición esencial de los seres humanos”.

En cualquier caso, en esta “REFLEXION EHETERÓCLITA” quiero hablar de la enorme confusión que ha introducido la Iglesia Católica en relación con el Liberalismo en la muy cristiana Europa, desde su condena por el Papa Gregorio XVI en la Encíclica "Mirari vos" (1832) y, más específicamente, por Pío IX en la "Quanta cura" (1864) acompañada de la Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores (Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo) y Pío X en la "Pascendi Dominici Gragis" (1907).

Ahora bien, es preciso situarnos en el contexto temporal de dichas condenas, que no son contra el liberalismo económico, ni contra la defensa, frente a toda opresión, de la libertad —valor fundamental y constitutivo del hombre como ser racional así creado por Dios— sino contra desviaciones y errores dogmáticos y morales derivados del liberalismo filosófico, basado en una supuesta defensa de la autonomía del hombre ante Dios y ante la ley moral objetiva como norma última de conducta.

Este liberalismo racionalista es el que de nuevo condenó Pablo VI en la Carta Apostólica "Octogesima adveniens" (1971), cuando dice que:

"En su raíz misma el liberalismo filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del individuo en su actividad, sus motivaciones, y el ejercicio de su libertad".

Pensemos, en todo caso, que estas condenas del liberalismo encuentran su origen en la polémica decimonónica de la Separación entre la Iglesia y el Estado y en torno a conceptos como la “Libertad de Pensamiento” o la “Tolerancia interreligiosa”, hoy superados en la Sociedad e incluso en el seno de la propia Iglesia.

Así, la “Syllabus complectens praecipuos nostrae aetatis errores” que se publicó simultáneamente con la encíclica “Quarta Cura” en 1864, considera errores, relativos al liberalismo, cuestiones que si la Iglesia tratase hoy de defender serían un escándalo, pues, por ejemplo, en la Syllabus se nos dice que es erróneo afirmar que:

“En esta nuestra edad no conviene ya que la Religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de otros cualesquiera cultos. De aquí que laudablemente se haya establecido por la ley en algunos países católicos, que a los extranjeros que vayan allí, les sea lícito tener público ejercicio del culto propio de cada uno”.

Benedicto XVI, en una carta enviada al filósofo y Senador Italiano Marcello Pera, desde Castel Gandolfo el 4 de septiembre 2008, en relación con su libro “Por qué tenemos que llamarnos cristianos.

El liberalismo, Europa, la ética”, le dice:

“(En su libro)… Con un conocimiento estupendo de las fuentes y con una lógica contundente, usted analiza la esencia del liberalismo a partir de sus fundamentos, mostrando que en la esencia del liberalismo se encuentra el enraizamiento en la imagen cristiana de Dios: su relación con Dios, de quien el hombre es imagen y de quien hemos recibido el don de la libertad”.

Para continuar diciéndole:

“Usted muestra que el liberalismo, sin dejar de ser liberalismo, más bien para ser fiel a sí mismo, puede referirse a una doctrina del bien, en particular a la cristiana, que le es familiar, ofreciendo así verdaderamente una contribución para superar la crisis”.

En esencia esta carta rectifica la posición intransigente de la Iglesia respecto del Liberalismo, y admite la existencia de un liberalismo que, siendo fiel a sí mismo, puede referirse a la doctrina cristiana, como doctrina del bien, sin conflicto.

La carta, que duda cabe, ha levantado ampollas en los sectores más conservadores de la Iglesia, que han llegado de acusar al Papa de defender ideas ya condenadas por la Iglesia "ex cathedra" en las encíclicas anteriormente citadas, llegandose a considerar que:

“La errónea opinión personal del Papa Benedicto XVI en esta materia no altera en absoluto la condena del liberalismo hecha por Papas anteriores.”

Mi primera reacción frente a tales intransigencias no puede ser sino la de un liberal católico, lamentando la intransigencia y la estrechez de miras intelectual de quienes así se posicionan.

Lo más sorprendente de esto es que quienes así se manifiestan son quienes han venido defendiendo históricamente la muy equivocada “Doctrina social de la Iglesia” trufada de concesiones reiteradas a sindicatos y economistas de la izquierda marxista; y quienes se han mostrado más beligerantes frente a la economía de mercado y más han defendido el “intervencionismo” estatal en la materia, ocasionando, desde su equivocada buena fe, más daños de los que han tratado de evitar, como de modo brillante explica el economista católico norteamericano Thomas E. Woods en su libro “Porqué el Estado SI es el problema”, en el que nos dice:

“Siento el más profundo respeto por los papas anteriores al Vaticano II cuyos comentarios económicos lamento haber tenido que criticar en el presente estudio. Eran hombres buenos, santos y valientes que gobernaron la Iglesia con gran habilidad y coraje y de cuyos escritos me he beneficiado inmensamente. Pero por grandes que fueran, por el mero hecho de ocupar el sillón de San Pedro no heredaron una perspectiva económica superior a la que pueda poseer cualquier persona medianamente inteligente.”

En cualquier caso el punto esencial de la cuestión que pretendo esclarecer en esta “Reflexión Heteróclita” es el de contestar a la pregunta:

¿Qué pretende el liberalismo?

Pues esencialmente de lo que se trata es de defender la libertad individual frente a las injerencias del Estado en todos los ordenes de la actividad humana, desde su más estricta intimidad a su comportamiento y relaciones sociales, y esencialmente en el orden moral y económico.

El poder ha tratado siempre de intervenir en la conducta de los ciudadanos, primitivamente en beneficio propio de los poderosos, y en épocas más modernas, en la teórica defensa de los más débiles de la Sociedad.

Sin embargo, como ya señalara el economista de la Escuela Austriaca, Ludwig Von Mises, el pensamiento económico liberal ilustrado descubrió ya en el s. XVIII que:

“Los esfuerzos por mejorar el bienestar de determinados grupos sociales —los más débiles— a través de la intervención de los gobiernos, puede tener efectos perjudiciales y a menudo consecuencias totalmente contrarias a los deseos expresados por sus defensores.”

En la misma línea se manifiestan los recientes premios Nóbel de Economía 2010, los profesores Peter A. Diamond (Massachussetts Institute of Technology, EEUU), Dale T. Mortensen (Northwestern University, EEUU) y Christopher Pissarides (London School of Economics, Reino Unido), que han analizado el perverso papel que pueden jugar los subsidios de desempleo en la destrucción de empleo en los países desarrollados con altas tasas de desempleo.

Así efectivamente, los trabajos de Diamond, Mortensen y Pissarides analizan los efectos de políticas económicas de protección del trabajador y fomento del empleo, como subsidios al desempleo, salarios mínimos, impuestos salariales, subsidios a la creación de puestos de trabajo, etc…, y concluyen que, en general, cualquier política puede tener virtudes y defectos. Así, los subsidios al desempleo, si bien son herramientas absolutamente necesarias para proteger a las familias que sufren el drama del desempleo, también pueden generar efectos adversos como la disminución de los incentivos a buscar trabajo, lo cual puede producir un incremento del desempleo.
Esta es, en definitiva, la clave fundamental en la que, en materia económica, se sustenta el liberalismo, en el convencimiento de que solo el mercado libre y las leyes económicas actuando en libertad, pueden generar el enriquecimiento y el progreso de las sociedades, que no se produce cuando la intervención de los Gobiernos en el mercado, en la vida económica, introducen efectos distorsionadores del funcionamiento del propio sistema.

Pero como el tema es muy largo, creo que debo dejar aquí esta introducción, para continuar en próximos post explicando el porqué de esta afirmación y realizar un análisis de los fundamentos éticos y morales del liberalismo político, no estrictamente económico, que puede llevarme bastante espacio.
Asi que ya nos veremos más adelante.

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