domingo, 24 de diciembre de 2006

ATARDECERES



He de reconocer que he llegado a ese punto en el que las musas me han dado la espalda y por mucho que lo intente, me da la impresión de que me he quedado sin nada que contar.
Releo clásicos, estrujo mis recuerdos, consulto mis notas y mis apuntes…. Y nada…
La Musa de la elocuencia, la bella Calíope, debe tener otros menesteres en los que ocuparse, o tal vez esté entretenida en dulce plática con sus hermanas, las demás hijas de Zeus y Mnemosine, y no se adivina que pueda tener ninguna intención de inspirarme alguna breve idea con que deleitarme y tratar de no aburriros.
Podría, como hizo Dante al comenzar a describir su segundo Infierno, en la Divina Comedia, implorar a las Musas su ayuda:

Oh musas, oh altos genios, ayudadme!
¡Oh memoria que apunta lo que vi,
ahora se verá tu auténtica nobleza!


Pero aunque procedo a su invocación, hoy, por lo visto, estoy condenado a su desprecio.
Menos mal que, hurgando en mis archivos fotográficos, he recuperado un hilo de inspiración, pues en una de mis numerosas incursiones por los páramos castellanos he fotografiado un apasionante atardecer, en el que el gris de la luz difuminada, se extasía con los colores rojos, amarillos, malvas o rosados con que se adornan la nubes de otoño, impregnadas por la luz del sol que se extingue estremecidamente.

Tal vez uno de los más bellos espectáculos con que nos premia la naturaleza sean los colores del cielo en esos atardeceres en los que el sol juega a ser decorador de nubes.
Recuerdo una tarde, hace ya más de quince años, en la que me dirigía con un amigo a un hospital en las afueras de Madrid.
Era un atardecer de un tormentoso día del mes de mayo; la visita que íbamos a hacer era a su hija gravemente enferma y en la tristeza del momento, por la salida de la carretera de la Coruña, superada la Puerta de Hierro, el cielo se nos presentó esplendorosamente iluminado con nubes intensamente coloreadas.
La reacción de mi amigo fue simplemente decir:

---Estoy convencido de que todo saldrá bien. Este cielo tan maravilloso es un buen presagio. Solo puede ser un mensaje de ánimo del mismo Dios.

Y efectivamente todo salió bien y mi amigo disfruta de la vida en compañía de su hija que superó aquella crisis de salud.

Ya os he contado, en uno de mis anteriores escritos, mi pasión por los amaneceres y los atardeceres. Y mi subyugación por esos momentos adquiere su máxima expresión con estos juegos de luz con que, en algunas ocasiones, nos premia el sol coloreando las nubes.
Y ya que vamos de fotos os contaré otra historia.

Hace muchos años descubrí, en una abandonada cantera de granito, en la margen derecha de la carretera de Villalba a Navacerrada, en la sierra de Madrid, el dibujo, hecho con pincel y pintura roja, y no con los “sprays” con que pintan los actuales “artistas urbanos” como ellos mismos gustan en llamarse, que entonces fotografié y que hoy reproduzco en este escrito.

Se trata de una imagen de Dios Padre, inspirada en el momento de la creación del hombre pintado por Miguel Angel en la Capilla Sixtina del Vaticano.

Me cautivó la placidez del gesto de Dios, su majestuosidad, la “auctoritas” que inspira su mirada, su rostro emanando de las nubes…
La iconografía clásica occidental representa a Dios como un venerable anciano protector, amable y todopoderoso, abandonando la concepción previa del judaísmo para quien Dios era implacable, vengativo y castigador.
Y ciertamente la grandiosidad de la naturaleza es una de las realidades que, con mayor intensidad, me hacen presentir la existencia de ese Dios amable y todopoderoso.
Es precisamente el problema de la existencia de Dios uno de los que más atención ha recabado de los pensadores y filósofos a lo largo de la historia.
Sin embargo, la existencia de Dios como problema no se presenta del mismo modo al teólogo y al metafísico.
El teólogo parte de la existencia de Dios conocida por revelación y aceptada por fe, y reflexiona ulteriormente sobre ella. La Teología es pues esencialmente “creyente”.
El metafísico, por el contrario, trata de indagar a cerca de la existencia de Dios, incitado a ello por las exigencias del conocimiento del ser en cuanto ser y de la razón, y termina nombrando a Dios en conformidad con los atributos que descubre en Él, si acaso llega a encontrarlo. La Metafísica, pues, puede ser creyente, agnóstica o atea.
El ateismo consiste en la negación de la existencia de Dios, mientras que el agnosticismo llega a la conclusión de la irrelevancia de la existencia de Dios por la absoluta imposibilidad de llegar a su conocimiento.
Es decir, que ya que la existencia de Dios es incognoscible, todo empeño en tratar de investigar tal existencia es inútil, y por tanto la propia existencia de Dios es un hecho irrelevante para el ser humano por inalcanzable.
En nuestro mundo da la impresión de que el ateismo, o cuando menos el agnosticismo, han cobrado carta de naturaleza, y en tal sentido la corriente metafísica más influyente, que encuentra sus orígenes en el iluminismo y el racionalismo, es la del “humanismo existencial ateo”, que se caracteriza por un acentuado inmanentismo ---conforme al cual el hombre, en el plano individual, es dueño absoluto de su destino y no se debe sino a si mismo en el aquí y ahora de su existencia personal--- junto con la sublimación de la libertad individual y de la más absoluta autonomía existencial.
Sus máximos representantes han sido Nietzsche:
«Dios ha muerto. El Dios que todo lo veía, hasta al mismo hombre, tenía que morir. El hombre no soporta que un testigo semejante viva»
y Sartre:
«Dios no existe. ¡Alegría, lágrimas de alegría! ¡Aleluya! Loco, no pegues; te estoy libertando y libertándome. No más cielo; no más infierno; sólo la Tierra»

Doctrinalmente, la expansión, el éxito, el desarrollo de esta corriente filosófica práctica, en el mundo contemporáneo, encuentra su origen en numerosas circunstancias que rodean al ser humano en nuestro ajetreado mundo:
1. La dificultad natural del conocimiento cierto de la existencia de Dios y de la compaginación de sus atributos, como el de la inmutabilidad frente a un mundo contingente, el de la providencia infalible frente al acontecer libre, o el de la bondad infinita de Dios frente al hecho del mal.
2. La supremacía de conceptos ideológicos agnósticos y libertarios, con la consiguiente valoración de la dignidad y libertad del hombre como valores absolutos, que conducen al endiosamiento del hombre en la sociedad moderna, hedonista y antropocéntrica.
3. El ambiente social de autosuficiencia humana por consecuencia del desarrollo de la ciencia y de la técnica utilitaria. Todo se puede resolver humanamente sin necesidad de Dios; y lo que no está al alcance del hombre no interesa
4. La influencia social de las corrientes laicistas de origen marxista y jacobino.
5. La falta de formación intelectual suficiente en relación con los asuntos de la religión, unida a la deficiencia en los conocimientos teológicos de los intelectuales creyentes, así como las peculiaridades de la expresión cultural contemporánea, tendente a la negación no argumentada y a la ridiculización de los argumentos teístas, por influencia de la “elusión de la crítica” de raíz marxista instalada en los métodos culturales del “progresismo dogmático” imperante en la izquierda, que dificultan sobremanera la defensa de los mismos.
Esta Situación ha dado lugar, tal y como expresan en un interesante manifiesto colgado en la red[1] por Alvaro Mutis y Javier Ruiz Portella, a una situación social intelectual en la que:

Es tal el materialismo que impregna los más íntimos resortes de nuestro pensamiento y de nuestro corazón, que basta utilizar positivamente el término “espíritu”, basta atacar en su nombre el materialismo reinante, para que la palabra “espíritu” se vea automáticamente cargada de despectivas connotaciones religiosas, si ya no esotéricas

Si ese materialismo es fruto de las concepciones intelectuales dominantes en el mundo filosófico contemporáneo, tampoco es menos cierto lo poco que contribuye a la superación de esas tendencias ateo-agnósticas de nuestra sociedad occidental lo escasamente atractivo del lenguaje utilizado por las distintas iglesias cristianas, su estética social un poco “rancia”, o el carácter excesivamente elitista del mensaje de los teólogos “oficiales”.
El gran reto de quienes concebimos al hombre “espiritualmente” está en defender la esencia de tal concepción, y de defenderla creativa y atractivamente, pues:

Lo que nos mueve no es la inquietud ante la muerte de Dios, sino ante la del espíritu: ante la desaparición de ese aliento por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo como entidades orgánicas. La inquietud que aquí se expresa es la derivada de ver desvanecerse ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo; ese ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su interrogación ante el portento del que ninguna razón podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan: estén dotados de sentido y significación”. [2]
tal y como dice el manifiesto comentado.

La clave del rearme moral-espiritual de la Sociedad Occidental ha de pasar, necesaria y no solamente, por una reforma de la comunicación teológica, la vulgarización de sus mensajes, y la popularización de sus argumentos, unido a una necesaria renovación de los objetivos morales y de la estética del mundo religioso, que lo haga más atractivo, más adecuado a las exigencias de las sociedades contemporáneas, más motivador para la sociedad, y especialmente para los jóvenes, los “creyentes” del futuro.
Pero también será imprescindible la transformación de las corrientes intelectuales dominantes mediante la asunción sincera de la existencia del elemento espiritual inmanente al hombre por parte de los pensadores contemporáneos, pues, en definitiva:

Plantear la cuestión de dios no es otra cosa, en últimas, que plantear la cuestión de la imaginación, interrogarnos sobre su naturaleza: la de esa fuerza que, a partir de nada, crea signos y significaciones, creencias y pasiones, instituciones y símbolos…; esa fuerza de la que quizá todo dependa y de la que el hombre moderno, como no podía ser menos, también se pretende dueño y señor.” [3]

Si estas transformaciones no llegasen a producirse el futuro de la humanidad se vería, irremediablemente, abocado a un feroz materialismo, en el que la inexistencia de una idea de trascendencia del ser humano daría lugar a una Sociedad deshumanizada, hedonista, de objetivos cortoplacistas, desmoralizada, deprimente y limitada a su mera existencia material, que al preguntarse por su “destino” solo podría contestarse:

Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”. [4]

[1] http://www.luzserena.net/articulodeinteres1.htm
[2] http://www.luzserena.net/articulodeinteres1.htm
[3] y (4) http://www.luzserena.net/articulodeinteres1.htm

viernes, 22 de diciembre de 2006

LAS PUERTAS


Sería preciso replantearse cual deba ser el papel de las “elites” sociales e intelectuales en el mundo contemporáneo.
Desde luego ya ha pasado el tiempo en que las declaraciones de los intelectuales o de los dirigentes sociales, de las élites en definitiva, tenían el efecto inmediato de crear opinión en la sociedad o de modelarla conforme a sus formulaciones teóricas.
Una de las razones por las que esas élites intelectuales no gozan ya del predicamento social de antaño es su substitución por lo que podríamos definir como “castas” sociales.
El concepto tradicional de “élite” responde a la idea de “excelencia”. En esta línea cabe la definición de élite elaborada por el sociólogo italiano Vilfredo Pareto:
Hay hombres con cualidades extraordinarias ---más allá de la calidad ética o la utilidad social de dichas cualidades--- que se diferencian de la mayoría de la población por la capacidad óptima que tienen en cada rama de la actividad humana. Se puede formar una clase con aquellos que tienen las calificaciones más elevadas en el ramo de su actividad, y a ésta le da el nombre de elite.”
Sin embrago dudo que hoy en día subsista esa vinculación de los conceptos de élite y excelencia. O al menos si existiese, no se trataría ya de excelencia cultural, científica o ideológica, sino meramente práctica: la excelencia en los mecanismos de acceso y mantenimiento en los resortes del poder en un proceso endogámico y autoalimentado. Lo que podríamos llamar excelencia en la praxis política.
Efectivamente, en nuestra sociedad la capacidad de “influencia” y de control del poder no corresponde ya a grupos de excelencia cultural o intelectual cuyas opiniones se consideren indiscutibles o al menos superiores, sino que las masas responden a otros parámetros de conformación de su forma de pensar y de actuar.
Los modelos de influencia social no son los intelectuales, no importa el conocimiento o la cultura, sino que los referentes son los “triunfadores” que alcanzan el reconocimiento social.
Tienen así mayor capacidad de alterar los comportamientos de la sociedad, el joven inculto, iletrado, pero triunfador en cualquier “reality show” o programa-concurso televisivo de gran audiencia, la estrella mediocre, de moda transitoria, que brille en el firmamento retratado por las revistas de papel couché, cualquier figurante del mundo de la “cultureta mediática” tan en boga, o el más inculto e iletrado de los políticos, con tal de que maneje adecuadamente los resortes de aquella “praxis política”, por encima de cualquier profesor universitario, pensador culto y profundo, o intelectual o ideólogo serio y trabajador, a quienes la moda social imperante tachará de “aburridos”.
Y eso se debe a que el destinatario de los menajes intelectuales es una mayoría social invertebrada, carente de inquietudes culturales, masificada y mecanizada en sus actos-respuestas.
Efectivamente el problema no es de clases sociales.
Es cierto que el proletariado, término que procede del latín “Proletarii” ---concepto que San Agustín utiliza en su “La Ciudad de Dios” y que aparece también en la “Republica” de Cicerón, para referirse a esa masa miserable e inculta de ciudadanos que formaban la clase social más baja de la antigua Roma a quien, por su incapacidad económica y cultural para asumir otras funciones políticas, económicas o militares, correspondía el duro trabajo físico y la multiplicación de la prole--- no es ya, hoy en día, esa clase miserable y paupérrima, sino que está formada precisamente por su prole engendrada, urbanizada, autosatisfecha y pretenciosa, a la que el sistema educativo, en muchos casos incluso universitario, ha dotado de “instrumentos” de progresión laboral y económica, aunque no cultural, y por lo tanto carece de inquietudes intelectuales.
Pero lo mismo ocurre con las clases medias y altas de nuestra sociedad, quienes, en teoría deberían considerarse de mayor nivel cultural-intelectual, pero que no lo son.
Todas estas clases sociales en que tradicionalmente se dividía la sociedad, están hoy más preocupadas por garantizarse una situación económica desahogada, incluso lujosa, que por el pensamiento, las ideas o el conocimiento, homogeneizándose todas ellas en sus planteamientos vitales, de modo que nuestras sociedades están formadas por individuos que, pese a su diferente capacidad económica, responden a parámetros materialistas muy similares, conformando en definitiva una única “clase”, la de los “ciudadanos”, que solo se diferencian entre ellos por su dispar poder adquisitivo, no por sus planteamientos vitales.
Y esta nueva mayoría sociológica “desclasada”, poseedora no de “cultura” sino de “formación general básica”, como el sistema educativo en que se ha formado, no precisa de “sabios” miembros de una élite intelectual que le abra las “puertas de la sabiduría”, que le oriente a través del camino vital que debe transitar, sino que los mensajes necesarios los percibe y los asimila desde otros canales, esencialmente mediáticos.
Todo lo cual conectaría, haciéndolo más universal, con el concepto orteguiano de “rebelión de las masas” y de desprecio a “los mejores”, a quienes se da la espalda.
Algunos autores consideran que nos encontraríamos así ante una expresión críticamente al límite de lo que el italiano Vilfredo Pareto vino en denominar “circulación de las élites”, consecuencia, esencialmente, de la evolución de los sentimientos colectivos de la población, que suele darse bajo la forma de ondas o ciclos.
Esos ciclos serían tendencias cambiantes de gran amplitud ---sentimientos de fe o desconfianza, de optimismo o pesimismo--- que hacen que la gente acepte los argumentos y acciones que están de acuerdo con la tendencia y rechace los contrarios, determinando así la nueva élite que se constituiría en grupo social dirigente, que no responde ya al concepto de excelencia propio de las élites clásicas, sino al de “castas” o grupos sociales cerrados que asumen el rol de dirigentes de la sociedad con independencia de su poso cultural, ideológico o intelectual.
Y así, en atención al último “ciclo” de tendencias sociales las “elites” han sido substituidas por lo que yo he preferido denominar “castas”, para significar su carácter precisamente no “elitista”, no “excelente”, pues lo que sí es cierto es que la sociedad precisa de esos grupos dirigentes que asuman el poder director de la propia sociedad ---a través de los procedimientos político-sociológicos imperantes en cada sociedad, ya democráticos ya despóticos---.
El problema radica en saber cuales son los sentimientos, las tendencias que, en estos momentos, están dando lugar a esa aparición de una clase dirigente en forma de “casta”, de élite social vacía de contenido cultural.
Y más aún, determinar cual haya de ser el papel de aquellas élites culturalmente excelentes, que pese a serlo no juegan ya el papel de grupo dirigente, ni tan siquiera referente, de la sociedad.
Lamentablemente, si llegamos al convencimiento de que el hombre moderno, la mayoría social, se acomoda en su comportamiento y en sus ambiciones a la mera satisfacción de sus necesidades fisiológicas, desde las más elementales ---alimentación, vestido, vivienda y salud--- a las más elaboradas ---confort, servicios, mejora de las condiciones de trabajo, etc…--- lo que se traduce el la llamada “sociedad del bienestar”, completada por su “necesidad de divertirse”, habremos de llegar necesariamente a la conclusión de que el quehacer cultural, ideológico o intelectual viene a ocupar un papel secundario en las sociedades contemporáneas, salvo que identifiquemos el concepto de “cultura” con el conjunto de mecanismos creados por las sociedades desarrolladas para satisfacer aquella necesidad de divertirse a que nos hemos referido.
Volviendo al sociólogo italiano Vilfredo Pareto, y a su discípulo y recensor Georges Bousquet, nos encontramos con que la “circulación de las élites” sería un fenómeno que se produce con independencia de la calidad moral o ética de las cualidades que adornen a la élite (la casta) emergente.
Lo fundamental no es el conjunto de aquellas cualidades, cuya trascendencia social era evidente en el s.XIX, sino la capacidad del grupo, de la “casta”, para acceder y mantenerse en el poder.
Así, pese a que en el “Manifiesto Comunista” se nos diga que
A lo largo de la historia todos los movimientos sociales han sido, hasta el presente, movimientos de minorías en beneficio de las minorías
y que eso solo puede cambiar a través de la revolución del proletariado pues:
El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa
lo cierto es que tal y como escribe Bousquet, las luchas históricas entre patricios y plebeyos, senadores y caballeros, jacobinos y aristócratas, socialistas y burgueses, etc…, no han sido nada más que luchas entre minorías sociales ---élites o castas--- que se disputaban el poder, por mucho que se trate de encontrar y admirar en sus conflictos la lucha siempre renovada, nunca definitiva, de las masas contra los privilegiados, pues, en definitiva la élite emergente procederá de la masa oprimida y destruirá, para substituirla, a la élite preexistente, a los antiguos privilegiados.
Como dijera el propio Pareto:
La Historia es un gran cementerio de aristocracias
Llegados a este punto podemos distinguir, pues entre élites político-sociológicas, participantes en la cotidiana lucha por el poder de la sociedad, con independencia de la calidad de sus cualidades intelectuales, lo que hemos venido en denominar “castas”, y élites culturales que responden al concepto de “excelencia” intelectual, con independencia de que en ellas se den o no las cualidades practicas, las habilidades políticas, que permiten, a las primeras, el acceso y mantenimiento en el poder.
Ambos grupos sociales “privilegiados” cumplen diferente papel en las sociedades contemporáneas.
Si la cultura es, según el antropólogo francés Maurice Godelier, "la parte ideal de lo real", la política podría ser definida como “la parte práctica de lo real”.
Así, desde el punto de vista de la praxis política, la cualidad esencial del hombre es la de ser capaz de contar con los instrumentos, las habilidades, que le permitan acceder al poder y utilizarlo para el cumplimiento de sus fines.
Por el contrario, el hombre espiritual, el intelectual, parte de considerar que la característica esencial del hombre sería la de su capacidad de poder tender a la racionalidad, más que el hecho mismo de ser racional, y participar, desde esa premisa, en la elaboración de las formulaciones teóricas que permitan explicar el mundo, la sociedad, sus realidades y sus proyecciones, anticipando la solución de sus problemas y anticipando también su destino, por el mero placer de encontrar respuesta a las preguntas que vienen atormentando al “alma” humana desde que el hombre es tal y responde, en su vida al aforismo agustiniano:
“Primum vívere, deinde filosofare”
“Primero vivir, después filosofar”
y por lo tanto su inestimable papel, minoritario pero imprescindible, habrá de ser el de continuar respondiendo a la:
inquietud derivada de ver desvanecerse ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo; ese ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su interrogación ante el portento del que ninguna razón podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan: estén dotados de sentido y significación”.
tal y como se expresa en el “Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra”[1] lanzado desde las páginas de “el Cultural” de El Mundo por Ruiz Portella.
En definitiva, abrir las puertas del conocimiento, acceder al espacio cerrado de los desconocido y por conocer, en un intento de enriquecer el propio yo, el propio espíritu, y al mismo tiempo tratar de facilitar a los demás los instrumentos de tal enriquecimiento.

La tarea es grandiosa, y digna de todo respeto y devoción, aunque en nuestra “desespiritualizada” sociedad occidental contemporánea pueda parecer fútil.



[1] http://www.manifiesto.org/manifiesto2.htm

martes, 19 de diciembre de 2006

EUROVISION

El grupo finés “Lordi” Ganador de Eurovisión 2006


Ver, en compañía de la familia, el festival de Eurovisión, sigue siendo una de las viejas tradiciones, algo cutre porque no decirlo, pero entrañable, que se mantienen en los hogares españoles.


La técnica de votación ha cambiado sustancialmente con el tiempo, pero aún se nos deleita, por los corresponsales de los países miembros, con el consabido “France one point, France un point, England two points, Royaume Uni deux points, Russia five points La Rusie cinq points, Spain six points, L’Espagne six points…” Que se repite, una y otra vez, hasta el final del escrutinio.


Este año mi favorita era una preciosa y triste balada de Bosnia-Herzegovina llamada “Lajla” y cantada por el servio Hari Varesanovick; sin embargo los ganadores fueron una banda de rock duro disfrazada de demonios sin gracia alguna, cuya fotografía promocional reproduzco.


La estética contemporánea occidental es, cuando menos, peculiar. Lo feo gusta, tiene éxito, y no entiendo por qué.


Este amor por la fealdad me intriga, no llego a comprenderlo.


A veces pienso que es un mero intento “postmoderno” de ruptura con nuestras tradiciones eclécticas de búsqueda de la belleza y el placer conforme a los cánones clásicos, es decir dentro del orden y el equilibrio.


Concepto tradicional–clásico de lo bello y lo feo que conecta con las tradiciones de nuestra moral cristiana europeo occidental, más o menos puritana, más o menos latina.


El filósofo cristiano Kierkegaard dice que:
"La fealdad es una forma de comunicación que nos ayuda a recuperar la realidad del aquí y del ahora, a valorar lo bello y el bien"
pero no creo que el amor de la gente hacia lo feo tenga visos de trascendentalidad intelectual.


Pero ¿Qué es realmente lo feo?


El disípulo de Hegel, Karl Rosenkranz en su “Estética de lo feo” (1853) consideraba que la belleza es un concepto puramente “convencional”.
Lo bello sería, así y según este autor, lo que está de moda y, por lo tanto, fenómenos que juzgados desde el ideal clásico de belleza ---proporción y equilibrio--- se definirían como feos, cuando la moda social los reconoce como bellos terminamos aceptándolos como tales.
El cualquier caso la consecuencia de ese carácter convencional y temporal de los cánones de belleza-fealdad es que lo bello solo es bello, y lo feo sólo es feo, de manera temporal, porque puede volverse bello o feo en cualquier momento en atención a los criterios de la moda.


En la misma línea se manifiesta Adolfo Beltrán en su obra “Valencia Fea” en donde nos dice que:
Lo feo es un concepto evanescente, discutible, un juicio que es difícil fundamentarlo en esquemas de referencia irrebatibles, la fealdad es una categoría debatible y, además, un dictamen pronunciado siempre bajo determinadas circunstancias
para concluir afirmando que:
Lo feo, que atenta contra el equilibrio, contra lo apolíneo, contra lo estable, contra lo coherente, puede alcanzar el estatuto de lo sublime precisamente, hasta cobrar, con el paso del tiempo, una pátina de belleza. Modas que fueron espantosas las vemos después con gusto o se recuperan como si fueran hallazgos involuntariamente refinados


Pero aún así, ¿por qué los cánones de belleza-fealdad contemporáneos, admiten como bello lo deforme, lo monstruoso, lo atormentado?


Creo sinceramente que los cánones estéticos se han tergiversado en aras de una modernidad mal entendida.


No se trata tanto de apreciar la belleza en expresiones estéticas objetivamente bellas, rechazadas en el pasado más por prejuicios ético-morales, que por criterios estéticos, sino de que se aprecie como admirable no lo bello, sino lo feo reconocido como tal feo.


Como dijera Silvia Schwarzbök, en un artículo publicado en la revista electrónica “Ñ” del grupo Clarín de Buenos Aires, el 12 de marzo de 2005, bajo el título “El fracaso de lo feo”, criticando la obra de Humberto Ecco “Historia de la Belleza”:
No es un dato menor que el arte moderno haya querido ser feo él, en lugar de representar lo feo


La pregunta en cualquier caso sería:


¿Por qué al público le gusta el arte contemporáneo si efectivamente es feo?


Burke, el pensador irlandés que anticipándose a Kant en la reflexión sobre los conceptos de lo bello y lo sublime, vinculaba lo sublime a la estética del terror desde cánones neoclásicos, anticipándose a las formulaciones románticas del alemán, puede darnos parte de la clave que buscamos en su respuesta a la pregunta de cómo pueden resultarnos agradables el sufrimiento o el terror:
Porque no nos tocan demasiado de cerca”.
decía.


Sin embargo esto, en ocasiones, no es cierto, pues el arte musical propio de la música experimental de principios del s. XX, por ejemplo, llega incluso a ser doloroso, por estridente, para el auditorio y sin embargo es considerado arte y apreciado por muchos. Dentro de este movimiento “caotico” disonante y provocador podemos citar a autores como George Antheil ---que produjo música impactante para la audiencia de la época por su desprecio de las convenciones musicales--- Charles Ives ---que combinó frecuentemente música popular con múltiples o bitonales capas de música, extremas disonancias y una complejidad rítmica casi inejecutable--- o finalmente Henry Cowell ---que interpretaba sus solos de piano pulsando las cuerdas del piano, golpeando la caja, o presionando teclas con sus brazos y otros objetos con la exclusiva finalidad de provocar la disonancia y la alteración anímica de sus auditorios---


Tengo muchos amigos muy aficionados al arte contemporáneo que critican mi siempre escéptica actitud frente a las corrientes plásticas imperantes hoy en día.


Incluso alguno de ellos me ha regalado algún libro para tratar de reconducirme.


En una de estas obras magistrales que me han regalado, la “Historia del Arte” de H.C. Gombrich, se nos dice que el arte no debe analizarse desde las perspectivas de la belleza o fealdad convencionales, sino que debemos acercarnos a su valoración desde los conceptos de la “expresión” y la “representación”, más que desde el de la “contemplación placentera”.
La conclusión es que el arte no debe juzgarse como consecuencia de la aproximación estética a la belleza, sino desde la fuerza representativa o expresiva que el autor haya tratado de transmitirnos, y así se nos presenta como ejemplo de obra de arte indiscutible, pese a la fealdad intrínseca del sujeto retratado, el retrato de su madre de Durero, que refleja magistralmente la decadencia y decrepitud de la ancianidad.


Avanzando un paso más allá, es cierto que el arte que pudiéramos denominar “clásico” o “convencional” está lleno de expresiones horrorosas, como el “Saturno devorando a sus hijos” de Goya, o los seres monstruosos de las obras de El Bosco, o incluso la vieja que aparece en “Judith decapitando a Olofernes” de Caravaggio, o la expresión de pánico de Isaac en el cuadro de su sacrificio del mismo autor, obras en las que nos encontramos ante manifestaciones de lo que Kant denominaría sublime, por dramático y horroroso, pero no “feo” por contraposición a lo “bello”.


Pero el arte contemporáneo, ya figurativo o no, y desde los años 60 , ha sido presa de una corriente “intelectual” amante de lo feo, que ha penetrado insidiosamente en sus entresijos, hasta el punto que en el Puente de la Academia de Venecia, y con ocasión de la 51 Bienal, se podía contemplar una gran pancarta con la frase de Patrick Mimran, conocido por su faceta empresarial como propietario en su día de Lamborghini y hoy en día por haber llegado a convertirse en un reconocido artista multimedia y compositor:
"El arte no tiene que ser feo para parecer inteligente".


Aunque dicho sea de paso, no es este suizo tampoco uno de mis autores “admirados”, pues sin menospreciar su obra, no entra esta dentro de lo que son mis gustos plásticos algo trasnochados.
Y digo algo trasnochados porque mi espíritu no se conmueve con el arte que no busca expresar sino provocación o reivindicación de “modernidad”, y que queda circunscrito a los ámbitos cerrados de los ambientes estrictamente culturales formados por autores, críticos y galeristas, en una sublimación del dicho popular “ellos se lo guisan y ellos se lo comen”.


La verdad es que este arte no despierta en mí sino el desinterés, que me parece un concepto acertado para definir qué tipo de actitud mantengo frente a la “belleza” intrascendente y artificialmente forzada hacia lo “feo”, del arte actual.


Y que no se me diga que es que “no entiendo de arte contemporáneo” y que por eso no me gusta o no me interesa, pues como dice Kant en su “De lo Bello y lo sublime”:
No se tiene razón cuando se acusa a quien no ve el valor o la hermosura de lo que nos conmueve o encanta de no entenderlo. Tratase aquí no tanto de lo que el entendimiento comprende como de lo que el sentimiento experimenta.”


Debo ser muy contumaz en mis errores o muy poco sensible, pero lo cierto es que soy incapaz de conmoverme, de experimentar sentimiento alguno, ante la “fealdad” convencional de una obra de arte contemporánea.


Y sigo sin entender, ni poder explicar, porqué la gente adora lo feo y se estremece en sentimientos conturbados ante las manifestaciones estéticas, generalmente “feas”, del llamado arte contemporáneo.


Y ello aunque el arte contemporáneo sea un negocio estupendo y la cotización de los artistas de moda, pese a la “fealdad” intrínseca de sus obras, esté por las nubes.

lunes, 11 de diciembre de 2006

LOS TOROS


La llamada “Fiesta de los Toros” es un espectáculo tradicional español muy puesto en cuestión por los movimientos “verdes” ecologistas y los “progres” al uso.
Se trata de un “arte” de difícil comprensión para el no “iniciado”; una danza que se baila entre el torero y la fiera que quiere herirle, y a la que aquel engaña con belleza a lo largo del trance.
No voy a referirme a antecedentes históricos de la fiesta de los toros que los estudiosos remontan a la prehistoria y a Micenas.

Lo cierto es que el toreo, tal y como lo conocemos hoy en día, nace a finales del s. XVII y principios del XVIII, fruto de la labor de las escuelas sevillana y Navarra, y del trabajo de los que se consideran los padres del toreo moderno: Joaquín Rodríguez Costillares, José Delgado Guerra “Pepe-Hillo”, y Pedro Romero; trabajo que cristaliza, ya en el s XIX con Francisco Arjona Herrero “Cúchares”, primer torero que asienta el toreo a muleta por el pitón derecho y los naturales de izquierdas, y cuya influencia en el toreo moderno es tal que este arte es conocido como “El arte de Cúchares”.

No obstante si bien el toreo en la Plaza y conforme al reglamento taurino, la lidia ordenada y regular del toro bravo, es la quintaesencia de la tauromaquia, lo cierto es que el mundo taurino encuentra su máxima expresión en los festejos populares, que se reproducen en prácticamente la totalidad de la geografía española.
No existe fiesta local que se precie, salvo raras excepciones, en que no se toree, corra o de otra manera se juegue con un toro, novillo, o vaquilla brava.
En cuanto al toro de lidia, su crianza se remonta al Uro, bóvido centroeuropeo salvaje (Bos taurus primigenius) que dio lugar, tras su domesticación, a la mayor parte del ganado vacuno actual, y que cuantan que se extinguió en torno a 1627.
En España los primeros indicios de selección del toro bravo apuntan a los siglos XV y XVI en la provincia de Valladolid, en los términos de Boecillo, La Pedraja de Portillo y Aldeamayor de San Martín, donde ciaba una vacada que pudo sentar las bases del toro de lidia actual.
El nombre de esta pretendida ganadería primigenia fue Raso de Portillo.
Desde principios del siglo XVIII, y mediante la prueba de la tienta, a fin de elegir para su reproducción ejemplares en los que concurrieran determinadas características que permitieran el ejercicio de la lidia, es decir, la sucesión de suertes que se ejecutan en las corridas de toros desde que el toro sale al ruedo hasta que, una vez que el diestro le ha dado muerte, es arrastrado por las mulillas, nacieron las que se consideran las castas fundacionales de las que parten los encastes actuales: Morucha Castellana (Boecillo), Navarra, Toros la Tierra y Jijona (Madrid y la Mancha), Cabrera y Gallardo (El Puerto de Santa María), Vazqueña, Vega-Villar (Utrera) y Vistahermosa, si bien en la actualidad, el 90% de la divisas existentes proceden todas de esta última.

Las características del toro bravo han variado tanto a lo largo de los siglos como el toreo mismo, manteniéndose un único denominador común: la bravura del toro.
En cuanto a las pasiones favorables y contrarias que desata el mundo de los toros, solo quisiera introducir un apunte.

Comprendo que desde determinadas posiciones ecológicas radicales o de quienes se preocupan por los derechos de los animales la fiesta de los toros resulte inadmisible por cruenta.
Les pediría que realizasen, no obstante, un ejercicio de comprensión que aclararía bastante la cuestión.

En el toreo el aficionado no disfruta con el sufrimiento del toro, eso es absolutamente falso, es más sufre y se disgusta cuando las suertes, la de varas o la de banderillas, se practican inadecuadamente, de forma que el toro reciba un daño inadecuado o desproporcionado a la finalidad de la suerte, al igual que si el matador usa defectuosamente la espada sin matar certeramente al toro, pues de lo que se trata no es de disfrutar con el sufrimiento del animal, sino con el arte, la danza a que antes me refería, entre el hombre y la fiera.
El sufrimiento del toro es algo consustancial a la fiesta, pero no es en si mismo el espectáculo que se disfruta, sino algo accesorio aunque necesario.

Es un procedimiento para mermar la ferocidad del toro hasta el punto que la lidia sea posible, que la danza se desarrolle estéticamente bella, sin eliminar del todo la fiereza del animal y el riesgo consustancial a esa fiereza.

Si el toro no fuese “picado” nadie podría, en el coso, parar sus brutales acometidas; si no fuese “banderilleado” no se le podría enseñar, espoleado por la irritación del castigo infligido, a embestir franca y humilladamente con ambos pitones.

En definitiva, si no se le aplicasen las suertes primeras, nadie sería capaz de torear a un toro bravo con la muleta, de danzar con él y de pararlo para hacer posible su muerte con la espada.
Pero insisto, todas esas suertes de castigo físico, con ser esenciales en la lidia, son accesorias a su finalidad última: la lidia del toro con la muleta, en la que se concentra el momento de plenitud artística de la faena.

Recuerdo como una de las más bellas faenas que nunca he visto en una plaza de toros, la de Julio Aparicio en la plaza de Las Ventas de Madrid al toro “Cañego” de la Ganadería de Alcurrucén, del día 18 de mayo de 1994, cuyo video os traigo de "you tube".
Lo más bello de la faena fue el estilo desmayado del torero en sus derechazos, su parsimonia, su ritmo quedo, su temple en cuatro o cinco series maravillosas.

Es difícil abdicar de la afición al mundo de los toros si te emocionan.

Y no conozco a ningún aficionado que no sienta esa “emoción” ante una buena faena.

Pero, en cualquier caso, gusten o disgusten, los toros son parte consustancial de nuestra cultura y nuestra historia.

El chiste de Mingote, publicado hoy 10 de noviembre de 2006 en ABC, que os reproduzco, conecta con el pensamiento de Unamuno, que explicaba que no le gustaban las corridas, no porque fuese un espectáculo cruento, sino porque se perdía mucho tiempo hablando de ellas y esto explicaba la formación cultural de sus espectadores.



Ortega y Gasset, por su parte, consideraba que era impensable estudiar la historia de España sin tener en cuenta las corridas de los toros. En su obra “La caza y los toros”, se extrañaba, sin embargo, de que el toreo, siendo un ejercicio callado, diese tanto que hablar.
Finalmente Federico García Lorca manifestaba su abierto apoyo y gusto por la tauromaquia, manifestando que:

"El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo"

Lo que demuestra que la fiesta de los toros es una realidad que tiene detractores y partidarios en todos los segmentos culturales españoles, conservadores, liberales, e incluso marxistas.
Hago, en todo caso, un apunte interesante, la generación del 98, afectada por la crisis moral política y social de la España de finales del s.XIX, es en general crítica o al menos poco amante de los toros, que identifican con una de las muestras del atraso de nuestra sociedad, a diferencia de los intelectuales miembros de la más vitalista y más heterogénea generación del 27, quienes, en su mayoría eran más favorables a los toros.




viernes, 8 de diciembre de 2006

HETERÓCLITOS Y HETERODOXOS

He de confesar que le he cogido gusto a esto de escribir, e incluso no me importaría, de vez en cuando, declamar las palabras escritas.

Pero en este empeño de literatura y tentación de oratoria, lo primero que debo hacer a cada intento es no reprocharme mi locuacidad, como se la reprochaba Chateaubriand, pues como él puedo llegar, en caso contrario a

No hablar nunca con nadie de mis intereses, de mis intenciones, de mis trabajos, de mis ideas, de mis afectos, de mis alegrías, de mis tristezas, pues estoy convencido del profundo tedio que se causa a los demás hablándoles de uno mismo.”

Pero también he de confesarme curado de tales prevenciones e insolentemente decidido a importunar sin pudor a mis prójimos, preferiblemente a los amigos, con mi manía de escribir cosas, en ocasiones incluso fútiles, por el mero hecho de procurarme un divertimento inofensivo consistente en trasladarles, en negro sobre blanco, mis reflexiones.

Así que aquí va la primera de ellas.

Diccionario de la RAE :

Heteróclito : 1.- Irregular, extraño y fuera de orden
2.- Se dice, en general, de todo paradigma que se aparta de lo regular.

Heterodoxo: Disconforme con las doctrinas o prácticas generalmente admitidas.


Cuenta la tradición que cuando Buda sintió la proximidad de su muerte, quiso reunir a todos los animales para dejar testimonio de su voluntad. Solo aparecieron 12: La rata , el buey, el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la cabra, el mono, el gallo, el perro y el cerdo y como premio a su respuesta, Buda los convirtió en los doce signos del zodiaco chino.

Lo cual nos lleva a la conclusión de la escasa capacidad de convocatoria de Buda en los ambientes animales, pues al parecer hay más de dos millones de especies catalogadas por los zoólogos, aunque otros, más condescendientes con Siddharta “El Iluminado”, piensan que todo se trata de una mera invención de los astrólogos que quisieron deidificar los signos zodiacales para darles mayor “glamour”

Este no es si no un bello ejemplo de pensamiento heteróclito.

Si alguien fuera a catalogarme intelectualmente me gustaría más serlo como heteróclito que como heterodoxo pues, en mis inquietudes, estoy más cerca de moverme de modo extraño o fuera del orden regular de las cosas, que en una actitud de disconformidad con las prácticas o las doctrinas generalmente admitidas por nuestra sociedad.

Es decir, que soy poco convencional aunque dentro de una cierta ortodoxia social.

Ya se que es una cuestión de puro matiz, pero la entiendo esencial.

Vivimos en un mundo en el que si no te estás quieto no te sacan en la foto, aunque si lo estás demasiado pueden pensar que te has muerto. Y te pasan por encima.

El secreto está en moverse en atención a lo que te inspire tu libre albedrío y saber detenerse, en los momentos oportunos, sobre todo con un gesto bonancible para no fastidiarle la instantánea al fotógrafo.

PRESENTACIÓN

Desde hace algunas fechas vengo dedicando espacios perdidos de mi tiempo a escribir mis ocurrencias.
No es una dedicación muy intensa, pero me divierte, y ahora he decidido publicar estos escritos, que venía enviando por correo electrónico a algunos amigos, con lo que supero la sensación, siempre frustrante para el escritor, de que solo escribo para mi mismo.
No pretendo sentar cátedra en relación con ninguno de los temas a los que vaya a referirme, y desde luego no pretendo tener razón en mis reflexiones o mis argumentos.
El único objetivo de estos breves escritos es el de conseguir en el lector una sonrisa, una reflexión, una crítica, una alteración de su ánimo cotidiano, y si lo consigo, aunque sea levemente, habré triunfado.
Y al final, estos pequeños escritos no responden sino a la reflexión de Nietzsche:
“Divertirse con pequeños pensamientos maliciosos le ahorra a la gente muchas grandes acciones malvadas.”