domingo, 24 de diciembre de 2006

ATARDECERES



He de reconocer que he llegado a ese punto en el que las musas me han dado la espalda y por mucho que lo intente, me da la impresión de que me he quedado sin nada que contar.
Releo clásicos, estrujo mis recuerdos, consulto mis notas y mis apuntes…. Y nada…
La Musa de la elocuencia, la bella Calíope, debe tener otros menesteres en los que ocuparse, o tal vez esté entretenida en dulce plática con sus hermanas, las demás hijas de Zeus y Mnemosine, y no se adivina que pueda tener ninguna intención de inspirarme alguna breve idea con que deleitarme y tratar de no aburriros.
Podría, como hizo Dante al comenzar a describir su segundo Infierno, en la Divina Comedia, implorar a las Musas su ayuda:

Oh musas, oh altos genios, ayudadme!
¡Oh memoria que apunta lo que vi,
ahora se verá tu auténtica nobleza!


Pero aunque procedo a su invocación, hoy, por lo visto, estoy condenado a su desprecio.
Menos mal que, hurgando en mis archivos fotográficos, he recuperado un hilo de inspiración, pues en una de mis numerosas incursiones por los páramos castellanos he fotografiado un apasionante atardecer, en el que el gris de la luz difuminada, se extasía con los colores rojos, amarillos, malvas o rosados con que se adornan la nubes de otoño, impregnadas por la luz del sol que se extingue estremecidamente.

Tal vez uno de los más bellos espectáculos con que nos premia la naturaleza sean los colores del cielo en esos atardeceres en los que el sol juega a ser decorador de nubes.
Recuerdo una tarde, hace ya más de quince años, en la que me dirigía con un amigo a un hospital en las afueras de Madrid.
Era un atardecer de un tormentoso día del mes de mayo; la visita que íbamos a hacer era a su hija gravemente enferma y en la tristeza del momento, por la salida de la carretera de la Coruña, superada la Puerta de Hierro, el cielo se nos presentó esplendorosamente iluminado con nubes intensamente coloreadas.
La reacción de mi amigo fue simplemente decir:

---Estoy convencido de que todo saldrá bien. Este cielo tan maravilloso es un buen presagio. Solo puede ser un mensaje de ánimo del mismo Dios.

Y efectivamente todo salió bien y mi amigo disfruta de la vida en compañía de su hija que superó aquella crisis de salud.

Ya os he contado, en uno de mis anteriores escritos, mi pasión por los amaneceres y los atardeceres. Y mi subyugación por esos momentos adquiere su máxima expresión con estos juegos de luz con que, en algunas ocasiones, nos premia el sol coloreando las nubes.
Y ya que vamos de fotos os contaré otra historia.

Hace muchos años descubrí, en una abandonada cantera de granito, en la margen derecha de la carretera de Villalba a Navacerrada, en la sierra de Madrid, el dibujo, hecho con pincel y pintura roja, y no con los “sprays” con que pintan los actuales “artistas urbanos” como ellos mismos gustan en llamarse, que entonces fotografié y que hoy reproduzco en este escrito.

Se trata de una imagen de Dios Padre, inspirada en el momento de la creación del hombre pintado por Miguel Angel en la Capilla Sixtina del Vaticano.

Me cautivó la placidez del gesto de Dios, su majestuosidad, la “auctoritas” que inspira su mirada, su rostro emanando de las nubes…
La iconografía clásica occidental representa a Dios como un venerable anciano protector, amable y todopoderoso, abandonando la concepción previa del judaísmo para quien Dios era implacable, vengativo y castigador.
Y ciertamente la grandiosidad de la naturaleza es una de las realidades que, con mayor intensidad, me hacen presentir la existencia de ese Dios amable y todopoderoso.
Es precisamente el problema de la existencia de Dios uno de los que más atención ha recabado de los pensadores y filósofos a lo largo de la historia.
Sin embargo, la existencia de Dios como problema no se presenta del mismo modo al teólogo y al metafísico.
El teólogo parte de la existencia de Dios conocida por revelación y aceptada por fe, y reflexiona ulteriormente sobre ella. La Teología es pues esencialmente “creyente”.
El metafísico, por el contrario, trata de indagar a cerca de la existencia de Dios, incitado a ello por las exigencias del conocimiento del ser en cuanto ser y de la razón, y termina nombrando a Dios en conformidad con los atributos que descubre en Él, si acaso llega a encontrarlo. La Metafísica, pues, puede ser creyente, agnóstica o atea.
El ateismo consiste en la negación de la existencia de Dios, mientras que el agnosticismo llega a la conclusión de la irrelevancia de la existencia de Dios por la absoluta imposibilidad de llegar a su conocimiento.
Es decir, que ya que la existencia de Dios es incognoscible, todo empeño en tratar de investigar tal existencia es inútil, y por tanto la propia existencia de Dios es un hecho irrelevante para el ser humano por inalcanzable.
En nuestro mundo da la impresión de que el ateismo, o cuando menos el agnosticismo, han cobrado carta de naturaleza, y en tal sentido la corriente metafísica más influyente, que encuentra sus orígenes en el iluminismo y el racionalismo, es la del “humanismo existencial ateo”, que se caracteriza por un acentuado inmanentismo ---conforme al cual el hombre, en el plano individual, es dueño absoluto de su destino y no se debe sino a si mismo en el aquí y ahora de su existencia personal--- junto con la sublimación de la libertad individual y de la más absoluta autonomía existencial.
Sus máximos representantes han sido Nietzsche:
«Dios ha muerto. El Dios que todo lo veía, hasta al mismo hombre, tenía que morir. El hombre no soporta que un testigo semejante viva»
y Sartre:
«Dios no existe. ¡Alegría, lágrimas de alegría! ¡Aleluya! Loco, no pegues; te estoy libertando y libertándome. No más cielo; no más infierno; sólo la Tierra»

Doctrinalmente, la expansión, el éxito, el desarrollo de esta corriente filosófica práctica, en el mundo contemporáneo, encuentra su origen en numerosas circunstancias que rodean al ser humano en nuestro ajetreado mundo:
1. La dificultad natural del conocimiento cierto de la existencia de Dios y de la compaginación de sus atributos, como el de la inmutabilidad frente a un mundo contingente, el de la providencia infalible frente al acontecer libre, o el de la bondad infinita de Dios frente al hecho del mal.
2. La supremacía de conceptos ideológicos agnósticos y libertarios, con la consiguiente valoración de la dignidad y libertad del hombre como valores absolutos, que conducen al endiosamiento del hombre en la sociedad moderna, hedonista y antropocéntrica.
3. El ambiente social de autosuficiencia humana por consecuencia del desarrollo de la ciencia y de la técnica utilitaria. Todo se puede resolver humanamente sin necesidad de Dios; y lo que no está al alcance del hombre no interesa
4. La influencia social de las corrientes laicistas de origen marxista y jacobino.
5. La falta de formación intelectual suficiente en relación con los asuntos de la religión, unida a la deficiencia en los conocimientos teológicos de los intelectuales creyentes, así como las peculiaridades de la expresión cultural contemporánea, tendente a la negación no argumentada y a la ridiculización de los argumentos teístas, por influencia de la “elusión de la crítica” de raíz marxista instalada en los métodos culturales del “progresismo dogmático” imperante en la izquierda, que dificultan sobremanera la defensa de los mismos.
Esta Situación ha dado lugar, tal y como expresan en un interesante manifiesto colgado en la red[1] por Alvaro Mutis y Javier Ruiz Portella, a una situación social intelectual en la que:

Es tal el materialismo que impregna los más íntimos resortes de nuestro pensamiento y de nuestro corazón, que basta utilizar positivamente el término “espíritu”, basta atacar en su nombre el materialismo reinante, para que la palabra “espíritu” se vea automáticamente cargada de despectivas connotaciones religiosas, si ya no esotéricas

Si ese materialismo es fruto de las concepciones intelectuales dominantes en el mundo filosófico contemporáneo, tampoco es menos cierto lo poco que contribuye a la superación de esas tendencias ateo-agnósticas de nuestra sociedad occidental lo escasamente atractivo del lenguaje utilizado por las distintas iglesias cristianas, su estética social un poco “rancia”, o el carácter excesivamente elitista del mensaje de los teólogos “oficiales”.
El gran reto de quienes concebimos al hombre “espiritualmente” está en defender la esencia de tal concepción, y de defenderla creativa y atractivamente, pues:

Lo que nos mueve no es la inquietud ante la muerte de Dios, sino ante la del espíritu: ante la desaparición de ese aliento por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo como entidades orgánicas. La inquietud que aquí se expresa es la derivada de ver desvanecerse ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo; ese ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su interrogación ante el portento del que ninguna razón podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan: estén dotados de sentido y significación”. [2]
tal y como dice el manifiesto comentado.

La clave del rearme moral-espiritual de la Sociedad Occidental ha de pasar, necesaria y no solamente, por una reforma de la comunicación teológica, la vulgarización de sus mensajes, y la popularización de sus argumentos, unido a una necesaria renovación de los objetivos morales y de la estética del mundo religioso, que lo haga más atractivo, más adecuado a las exigencias de las sociedades contemporáneas, más motivador para la sociedad, y especialmente para los jóvenes, los “creyentes” del futuro.
Pero también será imprescindible la transformación de las corrientes intelectuales dominantes mediante la asunción sincera de la existencia del elemento espiritual inmanente al hombre por parte de los pensadores contemporáneos, pues, en definitiva:

Plantear la cuestión de dios no es otra cosa, en últimas, que plantear la cuestión de la imaginación, interrogarnos sobre su naturaleza: la de esa fuerza que, a partir de nada, crea signos y significaciones, creencias y pasiones, instituciones y símbolos…; esa fuerza de la que quizá todo dependa y de la que el hombre moderno, como no podía ser menos, también se pretende dueño y señor.” [3]

Si estas transformaciones no llegasen a producirse el futuro de la humanidad se vería, irremediablemente, abocado a un feroz materialismo, en el que la inexistencia de una idea de trascendencia del ser humano daría lugar a una Sociedad deshumanizada, hedonista, de objetivos cortoplacistas, desmoralizada, deprimente y limitada a su mera existencia material, que al preguntarse por su “destino” solo podría contestarse:

Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”. [4]

[1] http://www.luzserena.net/articulodeinteres1.htm
[2] http://www.luzserena.net/articulodeinteres1.htm
[3] y (4) http://www.luzserena.net/articulodeinteres1.htm

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